“Broma de chiquillos”

Como todas las mañanas me levanté, me duché, desayuné y salí por la puerta. Solo que esa mañana no era como una cualquiera, aquella mañana empezaba mi primer año de instituto. Si, esa época en la que no se es ni pequeño ni mayor, pero hay que aparentar ser muy mayor.
Mi nuevo instituto era muy grande y yo no estaba acostumbrada a ver tantos compañeros en una clase, tantos profesores, tantas clases…
Cuando llegamos a aquel edifico tan grande, nos juntaron en uno de los salones de actos a todos los nuevos para darnos la bienvenida y nos fueron llamando uno por uno para asignarnos clase. Cuando dijeron mi nombre, me levanté con una sonrisa de oreja a oreja y fui directa a mi nueva clase, 1ºA.
No todos mis compañeros eran caras nuevas, algunos venían conmigo de mi colegio de primaria, éramos unos treinta en clase, más chicos que chicas, y teníamos un profesor por asignatura, toda una novedad.
Al terminar el día, mi madre nos esperaba a mi y a mi hermana en el cruce que quedaba en frente del instituto, me encantaba que viniese a buscarnos a la salida, el instituto estaba cerca de casa y el camino de vuelta se hacía mucho más entretenido yendo las tres. Le contábamos todas las novedades mientras comíamos, la cantidad de gente que había, nuestros profesores, las clases nuevas…todo.
Esa noche me fui a dormir muy contenta, todos los cambios que íbamos a experimentar me hacían una ilusión tremenda pero, sobre todo, me encantaba la idea de poder hacer nuevos amigos.

A medida que avanzaban los días me daba cuenta de que aprender cosas nuevas me encantaba, los estudios no suponían un problema para mi y los sacaba sin dificultad. Sin embargo, sentía que hacer amigos era un trabajo de chinos, allí la gente rechazaba a muchos por el simple hecho de ser diferentes. De un día para otro, que tu madre o padre te fuese a buscar a la hora de comer no era guay, las mochilas de ruedas ya no molaban y algo tan natural como manchar la camiseta de sudor era motivo de mofa. De un día para otro, el objetivo principal ya no era pasárselo bien y jugar con tus amigos, si no fijarte en qué chico te parecía guapo, criticar a la chica que intentara quitarte a “tu chico” y decir muchas, muchas palabrotas. Eran muchas cosas a tener en cuenta para poder encajar en una clase en la que todos estábamos en igualdad de condiciones, o eso pensaba yo.
Había un chico en mi clase que empezó a acercarse a mi, que me pedía “salir”, ser novios:
- ¿Quieres salir conmigo?- solía preguntarme.
- No gracias, es que no me gustas- era mi respuesta habitual.
La verdad que por aquel entonces el concepto que yo tenía de “novios” era el de darse la manita de vez en cuando y el resto del tiempo cada uno a lo suyo, pero aún así, ese chico no me gustaba. A la tercera o cuarta vez que tuve que responder, dejó de preguntarme.
Llegó el final del curso y las notas fueron muy buenas, además, me eché una “mejor” amiga y conseguí llevarme bastante bien con todos mis compañeros.

El segundo curso del instituto se presentó con muy buenas expectativas, me sentía una veterana, mucho más cómoda entrando por la puerta, subiendo las escaleras, viendo las caras de aquellos que llegaban nuevos.
Según avanzábamos, sin embargo, empezamos a darnos cuenta de que había muchas cosas de aquel centro que dejaban mucho que desear. Mi hermana tuvo serios problemas con su profesora de matemáticas, ¿por qué siempre las matemáticas?.
En cuanto a mi, el chico que me quería como novia siguió insistiendo, y yo seguía diciéndole amablemente que no.
Un día me llegó un mensaje al móvil de un número que no conocía: “kieres salir cnmigo???”, no contesté. Al rato me llegó otro del mismo número: “sbes kien soi???”, tampoco contesté. No necesitaba preguntar quién era para saberlo, sabía perfectamente quien era, lo que no sabía era cómo había conseguido mi número de teléfono.
Al día siguiente le pregunté a mi compañero quién le había dado mi número de teléfono y por qué no paraba de mandarme mensajes:
- Pero, ¿quieres o no quieres?- fue su respuesta.
Al repetirle de nuevo que no, no quería ser su novia, entonces se enfadó mucho y empezó a gritarme que yo era una “puta” que venía de una familia de “putas” donde mi hermana era “puta”, mi madre también y hasta mi abuela era “puta”.
Me quedé paralizada, era el primer día que me insultaban de esa manera y descubrí el daño que podían llegar a hacerme unas pocas palabras en unos pocos segundos y todo por decir “no”.
Al acabar aquel día nefasto, tenía que volver sola a casa y, durante el camino, este chico vino conmigo con la excusa de que tenía que ir a un sitio cerca de donde yo vivía. Sin embargo, cuando llegamos a mi calle, en lugar de irse por su camino, fue hasta mi portal detrás de mi haciendo caso omiso a mis peticiones de que me dejara en paz, vio mi porta y mi piso, cuando entré, al fin se marchó. Todo lo hacía como si fuese tan natural que me hacía pensar que estaba paranoica por sentirme incómoda e intimidada.
El viernes de esa misma semana a eso de las diez y media de la noche alguien llamó al telefonillo:
- Es un compañero de clase que pregunta por ti- me dijo mi madre.
Cuando me puse al telefonillo aquella voz hizo que se me revolviera el estómago:
- ¿Sabes quién soy?
- Si- respondí asustada.
- ¿Bajas a darme un besito?- se escucharon risitas al otro lado del aparato.
Colgué el telefonillo de golpe y le dije a mi madre quién era y lo qué quería, salimos al portal a ver si estaba, pero se había ido..
Empecé a ir con miedo al instituto, miedo a ser insultada, miedo a que alguien se riera de mi, miedo a decir que no.

Un día la profesora de lengua no vino a clase y nadie puso un sustituto, así que estábamos solos unos veinticinco niños de catorce años. Yo tenía que ir al baño porque necesitaba cambiarme, hacía poco que me había venido la regla y era toda una novedad para mi y un tema tabú para todos. Mientras iba al baño vi que este chico venía detrás de mi y, como ya me había seguido una vez, le pregunté desconfiada que dónde iba, el respondió que al baño y no le di más vueltas.
Entonces todo empezó a ir a cámara rápida en mi cabeza, cuando estaba en la cabina del baño, desnuda de cintura para abajo, escuché una voz, esa voz: “Hola, ¿qué haces ahí?”, “¡Huy que mayor que te ha bajado la regla!”, “¿necesitas ayuda?”.
Me asusté tanto que no podía ni subirme los pantalones, miraba todo el rato las rendijas de arriba y abajo de la puerta:
- ¡¿Qué hacéis?! ¡Dejad de grabar!- gritó de repente una compañera desde fuera.
Me quedé paralizada, de repente todo se quedó inmóvil, en silencio, ¿qué habían grabado? ¿quién más estaba en el baño? ¿por qué querrían grabarme?…
No era posible que hubiesen pasado tantas cosas en lo que yo pensaba que eran cinco minutos. Se dejaron de oír voces, así que cogí todo el aire que pude, me subí los pantalones y abrí la puerta despacio por si seguían ahí.
Cuando salí al pasillo me esperaba otra reacción completamente diferente a lo que pasó, a nadie pareció importarle lo que acababa de pasar, todo eran risas. Uno de los chicos, el que grababa, me cogió al salir y me sentó en sus piernas mientras se reía con el otro y me decían que era una broma, que no dijera nada… para mi, toda esa situación estaba pasando ajena a mi, como en un sueño.
Fue tan impactante que no pude contar nada a nadie ese día, ni al siguiente, ni al otro…
Pasado un tiempo lo conté en casa, lo conté como una anécdota, sin pararme mucho en los detalles, como quien cuenta que se tropezó con una piedra. Mi madre si le dio la importancia que tenía, fue cuando me di cuenta que no era un simple tropiezo y que consiguieron hacerme pequeña, destructible, débil.
Para intentar solucionar algo, mi madre habló con la tutora de la clase, que se quedó perpleja con la historia y habló con el chico, pero él negaba todo continuamente. Al enterarse de que lo había contado en el instituto borraron el vídeo y me pidieron grabar otro donde no se viera nada, ¿así que algo se veía? Fue lo que pasó por mi mente en aquel momento. La verdad que yo me sentía completamente fuera de toda esa situación, en un mundo paralelo donde cada vez era más y más pequeña.
Mientras todo esto sucedía a mi alrededor, mis compañeros, sobre todo compañeras, se habían dedicado a recoger firmas en mi contra por “haberme chivado” de sus amigos, no llegaron muy lejos porque mi hermana rompió el papelito en cuanto le pidieron firmar.
El tema pasó a la directora, pero no quiso saber nada de mi, no quiso que le contara la historia, no quiso saber por qué un niño me había estado acosando durante dos años, no quiso saber por qué grababan en su centro donde supuestamente estaba prohibido, no quería saber nada. Solo les pidió a los chicos el vídeo, pero como no lo tenían se fueron como habían llegado, sin castigos, ni expulsiones, nada.
Al año siguiente dejamos ese instituto y olvidé aquella pequeña “broma de chiquillos”.

“Broma de chiquillos”

Como todas las mañanas me levanté, me duché, desayuné y salí por la puerta. Solo que esa mañana no era como una cualquiera, aquella mañana empezaba mi primer año de instituto. Si, esa época en la que no se es ni pequeño ni mayor, pero hay que aparentar ser muy mayor.
Mi nuevo instituto era muy grande y yo no estaba acostumbrada a ver tantos compañeros en una clase, tantos profesores, tantas clases…
Cuando llegamos a aquel edifico tan grande, nos juntaron en uno de los salones de actos a todos los nuevos para darnos la bienvenida y nos fueron llamando uno por uno para asignarnos clase. Cuando dijeron mi nombre, me levanté con una sonrisa de oreja a oreja y fui directa a mi nueva clase, 1ºA.
No todos mis compañeros eran caras nuevas, algunos venían conmigo de mi colegio de primaria, éramos unos treinta en clase, más chicos que chicas, y teníamos un profesor por asignatura, toda una novedad.
Al terminar el día, mi madre nos esperaba a mi y a mi hermana en el cruce que quedaba en frente del instituto, me encantaba que viniese a buscarnos a la salida, el instituto estaba cerca de casa y el camino de vuelta se hacía mucho más entretenido yendo las tres. Le contábamos todas las novedades mientras comíamos, la cantidad de gente que había, nuestros profesores, las clases nuevas…todo.
Esa noche me fui a dormir muy contenta, todos los cambios que íbamos a experimentar me hacían una ilusión tremenda pero, sobre todo, me encantaba la idea de poder hacer nuevos amigos.

A medida que avanzaban los días me daba cuenta de que aprender cosas nuevas me encantaba, los estudios no suponían un problema para mi y los sacaba sin dificultad. Sin embargo, sentía que hacer amigos era un trabajo de chinos, allí la gente rechazaba a muchos por el simple hecho de ser diferentes. De un día para otro, que tu madre o padre te fuese a buscar a la hora de comer no era guay, las mochilas de ruedas ya no molaban y algo tan natural como manchar la camiseta de sudor era motivo de mofa. De un día para otro, el objetivo principal ya no era pasárselo bien y jugar con tus amigos, si no fijarte en qué chico te parecía guapo, criticar a la chica que intentara quitarte a “tu chico” y decir muchas, muchas palabrotas. Eran muchas cosas a tener en cuenta para poder encajar en una clase en la que todos estábamos en igualdad de condiciones, o eso pensaba yo.
Había un chico en mi clase que empezó a acercarse a mi, que me pedía “salir”, ser novios:
- ¿Quieres salir conmigo?- solía preguntarme.
- No gracias, es que no me gustas- era mi respuesta habitual.
La verdad que por aquel entonces el concepto que yo tenía de “novios” era el de darse la manita de vez en cuando y el resto del tiempo cada uno a lo suyo, pero aún así, ese chico no me gustaba. A la tercera o cuarta vez que tuve que responder, dejó de preguntarme.
Llegó el final del curso y las notas fueron muy buenas, además, me eché una “mejor” amiga y conseguí llevarme bastante bien con todos mis compañeros.

El segundo curso del instituto se presentó con muy buenas expectativas, me sentía una veterana, mucho más cómoda entrando por la puerta, subiendo las escaleras, viendo las caras de aquellos que llegaban nuevos.
Según avanzábamos, sin embargo, empezamos a darnos cuenta de que había muchas cosas de aquel centro que dejaban mucho que desear. Mi hermana tuvo serios problemas con su profesora de matemáticas, ¿por qué siempre las matemáticas?.
En cuanto a mi, el chico que me quería como novia siguió insistiendo, y yo seguía diciéndole amablemente que no.
Un día me llegó un mensaje al móvil de un número que no conocía: “kieres salir cnmigo???”, no contesté. Al rato me llegó otro del mismo número: “sbes kien soi???”, tampoco contesté. No necesitaba preguntar quién era para saberlo, sabía perfectamente quien era, lo que no sabía era cómo había conseguido mi número de teléfono.
Al día siguiente le pregunté a mi compañero quién le había dado mi número de teléfono y por qué no paraba de mandarme mensajes:
- Pero, ¿quieres o no quieres?- fue su respuesta.
Al repetirle de nuevo que no, no quería ser su novia, entonces se enfadó mucho y empezó a gritarme que yo era una “puta” que venía de una familia de “putas” donde mi hermana era “puta”, mi madre también y hasta mi abuela era “puta”.
Me quedé paralizada, era el primer día que me insultaban de esa manera y descubrí el daño que podían llegar a hacerme unas pocas palabras en unos pocos segundos y todo por decir “no”.
Al acabar aquel día nefasto, tenía que volver sola a casa y, durante el camino, este chico vino conmigo con la excusa de que tenía que ir a un sitio cerca de donde yo vivía. Sin embargo, cuando llegamos a mi calle, en lugar de irse por su camino, fue hasta mi portal detrás de mi haciendo caso omiso a mis peticiones de que me dejara en paz, vio mi porta y mi piso, cuando entré, al fin se marchó. Todo lo hacía como si fuese tan natural que me hacía pensar que estaba paranoica por sentirme incómoda e intimidada.
El viernes de esa misma semana a eso de las diez y media de la noche alguien llamó al telefonillo:
- Es un compañero de clase que pregunta por ti- me dijo mi madre.
Cuando me puse al telefonillo aquella voz hizo que se me revolviera el estómago:
- ¿Sabes quién soy?
- Si- respondí asustada.
- ¿Bajas a darme un besito?- se escucharon risitas al otro lado del aparato.
Colgué el telefonillo de golpe y le dije a mi madre quién era y lo qué quería, salimos al portal a ver si estaba, pero se había ido..
Empecé a ir con miedo al instituto, miedo a ser insultada, miedo a que alguien se riera de mi, miedo a decir que no.

Un día la profesora de lengua no vino a clase y nadie puso un sustituto, así que estábamos solos unos veinticinco niños de catorce años. Yo tenía que ir al baño porque necesitaba cambiarme, hacía poco que me había venido la regla y era toda una novedad para mi y un tema tabú para todos. Mientras iba al baño vi que este chico venía detrás de mi y, como ya me había seguido una vez, le pregunté desconfiada que dónde iba, el respondió que al baño y no le di más vueltas.
Entonces todo empezó a ir a cámara rápida en mi cabeza, cuando estaba en la cabina del baño, desnuda de cintura para abajo, escuché una voz, esa voz: “Hola, ¿qué haces ahí?”, “¡Huy que mayor que te ha bajado la regla!”, “¿necesitas ayuda?”.
Me asusté tanto que no podía ni subirme los pantalones, miraba todo el rato las rendijas de arriba y abajo de la puerta:
- ¡¿Qué hacéis?! ¡Dejad de grabar!- gritó de repente una compañera desde fuera.
Me quedé paralizada, de repente todo se quedó inmóvil, en silencio, ¿qué habían grabado? ¿quién más estaba en el baño? ¿por qué querrían grabarme?…
No era posible que hubiesen pasado tantas cosas en lo que yo pensaba que eran cinco minutos. Se dejaron de oír voces, así que cogí todo el aire que pude, me subí los pantalones y abrí la puerta despacio por si seguían ahí.
Cuando salí al pasillo me esperaba otra reacción completamente diferente a lo que pasó, a nadie pareció importarle lo que acababa de pasar, todo eran risas. Uno de los chicos, el que grababa, me cogió al salir y me sentó en sus piernas mientras se reía con el otro y me decían que era una broma, que no dijera nada… para mi, toda esa situación estaba pasando ajena a mi, como en un sueño.
Fue tan impactante que no pude contar nada a nadie ese día, ni al siguiente, ni al otro…
Pasado un tiempo lo conté en casa, lo conté como una anécdota, sin pararme mucho en los detalles, como quien cuenta que se tropezó con una piedra. Mi madre si le dio la importancia que tenía, fue cuando me di cuenta que no era un simple tropiezo y que consiguieron hacerme pequeña, destructible, débil.
Para intentar solucionar algo, mi madre habló con la tutora de la clase, que se quedó perpleja con la historia y habló con el chico, pero él negaba todo continuamente. Al enterarse de que lo había contado en el instituto borraron el vídeo y me pidieron grabar otro donde no se viera nada, ¿así que algo se veía? Fue lo que pasó por mi mente en aquel momento. La verdad que yo me sentía completamente fuera de toda esa situación, en un mundo paralelo donde cada vez era más y más pequeña.
Mientras todo esto sucedía a mi alrededor, mis compañeros, sobre todo compañeras, se habían dedicado a recoger firmas en mi contra por “haberme chivado” de sus amigos, no llegaron muy lejos porque mi hermana rompió el papelito en cuanto le pidieron firmar.
El tema pasó a la directora, pero no quiso saber nada de mi, no quiso que le contara la historia, no quiso saber por qué un niño me había estado acosando durante dos años, no quiso saber por qué grababan en su centro donde supuestamente estaba prohibido, no quería saber nada. Solo les pidió a los chicos el vídeo, pero como no lo tenían se fueron como habían llegado, sin castigos, ni expulsiones, nada.
Al año siguiente dejamos ese instituto y olvidé aquella pequeña “broma de chiquillos”.

“Broma de chiquillos”

Como todas las mañanas me levanté, me duché, desayuné y salí por la puerta. Solo que esa mañana no era como una cualquiera, aquella mañana empezaba mi primer año de instituto. Si, esa época en la que no se es ni pequeño ni mayor, pero hay que aparentar ser muy mayor.
Mi nuevo instituto era muy grande y yo no estaba acostumbrada a ver tantos compañeros en una clase, tantos profesores, tantas clases…
Cuando llegamos a aquel edifico tan grande, nos juntaron en uno de los salones de actos a todos los nuevos para darnos la bienvenida y nos fueron llamando uno por uno para asignarnos clase. Cuando dijeron mi nombre, me levanté con una sonrisa de oreja a oreja y fui directa a mi nueva clase, 1ºA.
No todos mis compañeros eran caras nuevas, algunos venían conmigo de mi colegio de primaria, éramos unos treinta en clase, más chicos que chicas, y teníamos un profesor por asignatura, toda una novedad.
Al terminar el día, mi madre nos esperaba a mi y a mi hermana en el cruce que quedaba enfrente del instituto, me encantaba que viniese a buscarnos a la salida, el instituto estaba cerca de casa y el camino de vuelta se hacía mucho más entretenido yendo las tres. Le contábamos todas las novedades mientras comíamos, la cantidad de gente que había, nuestros profesores, las clases nuevas…todo.
Esa noche me fui a dormir muy contenta, todos los cambios que íbamos a experimentar me hacían una ilusión tremenda pero, sobre todo, me encantaba la idea de poder hacer nuevos amigos.

A medida que avanzaban los días me daba cuenta de que aprender cosas nuevas me encantaba, los estudios no suponían un problema para mi y los sacaba sin dificultad. Sin embargo, sentía que hacer amigos era un trabajo de chinos, allí la gente rechazaba a muchos por el simple hecho de ser diferentes. De un día para otro, que tu madre o padre te fuese a buscar a la hora de comer no era guay, las mochilas de ruedas ya no molaban y algo tan natural como manchar la camiseta de sudor era motivo de mofa. De un día para otro, el objetivo principal ya no era pasárselo bien y jugar con tus amigos, si no fijarte en qué chico te parecía guapo, criticar a la chica que intentara quitarte a “tu chico” y decir muchas, muchas palabrotas. Eran muchas cosas a tener en cuenta para poder encajar en una clase en la que todos estábamos en igualdad de condiciones, o eso pensaba yo.
Había un chico en mi clase que empezó a acercarse a mi, que me pedía “salir”, ser novios:
- ¿Quieres salir conmigo?- solía preguntarme.
- No gracias, es que no me gustas- era mi respuesta habitual.
La verdad que por aquel entonces el concepto que yo tenía de “novios” era el de darse la manita de vez en cuando y el resto del tiempo cada uno a lo suyo, pero aún así, ese chico no me gustaba. A la tercera o cuarta vez que tuve que responder, dejó de preguntarme.
Llegó el final del curso y las notas fueron muy buenas, además, me eché una “mejor” amiga y conseguí llevarme bastante bien con todos mis compañeros.

El segundo curso del instituto se presentó con muy buenas expectativas, me sentía una veterana, mucho más cómoda entrando por la puerta, subiendo las escaleras, viendo las caras de aquellos que llegaban nuevos.
Según avanzábamos, sin embargo, empezamos a darnos cuenta de que había muchas cosas de aquel centro que dejaban mucho que desear. Mi hermana tuvo serios problemas con su profesora de matemáticas, ¿por qué siempre las matemáticas?.
En cuanto a mi, el chico que me quería como novia siguió insistiendo, y yo seguía diciéndole amablemente que no.
Un día me llegó un mensaje al móvil de un número que no conocía: “kieres salir cnmigo???”, no contesté. Al rato me llegó otro del mismo número: “sbes kien soi???”, tampoco contesté. No necesitaba preguntar quién era para saberlo, sabía perfectamente quien era, lo que no sabía era cómo había conseguido mi número de teléfono.
Al día siguiente le pregunté a mi compañero quién le había dado mi número de teléfono y por qué no paraba de mandarme mensajes:
- Pero, ¿quieres o no quieres?- fue su respuesta.
Al repetirle de nuevo que no, no quería ser su novia, entonces se enfadó mucho y empezó a gritarme que yo era una “puta” que venía de una familia de “putas” donde mi hermana era “puta”, mi madre también y hasta mi abuela era “puta”.
Me quedé paralizada, era el primer día que me insultaban de esa manera y descubrí el daño que podían llegar a hacerme unas pocas palabras en unos pocos segundos y todo por decir “no”.
Al acabar aquel día nefasto, tenía que volver sola a casa y, durante el camino, este chico vino conmigo con la excusa de que tenía que ir a un sitio cerca de donde yo vivía. Sin embargo, cuando llegamos a mi calle, en lugar de irse por su camino, fue hasta mi portal detrás de mi haciendo caso omiso a mis peticiones de que me dejara en paz, vio mi porta y mi piso, cuando entré, al fin se marchó. Todo lo hacía como si fuese tan natural que me hacía pensar que estaba paranoica por sentirme incómoda e intimidada.
El viernes de esa misma semana a eso de las diez y media de la noche alguien llamó al telefonillo:
- Es un compañero de clase que pregunta por ti- me dijo mi madre.
Cuando me puse al telefonillo aquella voz hizo que se me revolviera el estómago:
- ¿Sabes quién soy?
- Si- respondí asustada.
- ¿Bajas a darme un besito?- se escucharon risitas al otro lado del aparato.
Colgué el telefonillo de golpe y le dije a mi madre quién era y lo qué quería, salimos al portal a ver si estaba, pero se había ido..
Empecé a ir con miedo al instituto, miedo a ser insultada, miedo a que alguien se riera de mi, miedo a decir que no.

Un día la profesora de lengua no vino a clase y nadie puso un sustituto, así que estábamos solos unos veinticinco niños de catorce años. Yo tenía que ir al baño porque necesitaba cambiarme, hacía poco que me había venido la regla y era toda una novedad para mi y un tema tabú para todos. Mientras iba al baño vi que este chico venía detrás de mi y, como ya me había seguido una vez, le pregunté desconfiada que dónde iba, el respondió que al baño y no le di más vueltas.
Entonces todo empezó a ir a cámara rápida en mi cabeza, cuando estaba en la cabina del baño, desnuda de cintura para abajo, escuché una voz, esa voz: “Hola, ¿qué haces ahí?”, “¡Huy que mayor que te ha bajado la regla!”, “¿necesitas ayuda?”.
Me asusté tanto que no podía ni subirme los pantalones, miraba todo el rato las rendijas de arriba y abajo de la puerta:
- ¡¿Qué hacéis?! ¡Dejad de grabar!- gritó de repente una compañera desde fuera.
Me quedé paralizada, de repente todo se quedó inmóvil, en silencio, ¿qué habían grabado? ¿quién más estaba en el baño? ¿por qué querrían grabarme?…
No era posible que hubiesen pasado tantas cosas en lo que yo pensaba que eran cinco minutos. Se dejaron de oír voces, así que cogí todo el aire que pude, me subí los pantalones y abrí la puerta despacio por si seguían ahí.
Cuando salí al pasillo me esperaba otra reacción completamente diferente a lo que pasó, a nadie pareció importarle lo que acababa de pasar, todo eran risas. Uno de los chicos, el que grababa, me cogió al salir y me sentó en sus piernas mientras se reía con el otro y me decían que era una broma, que no dijera nada… para mi, toda esa situación estaba pasando ajena a mi, como en un sueño.
Fue tan impactante que no pude contar nada a nadie ese día, ni al siguiente, ni al otro…
Pasado un tiempo lo conté en casa, lo conté como una anécdota, sin pararme mucho en los detalles, como quien cuenta que se tropezó con una piedra. Mi madre si le dio la importancia que tenía, fue cuando me di cuenta que no era un simple tropiezo y que consiguieron hacerme pequeña, destructible, débil.
Para intentar solucionar algo, mi madre habló con la tutora de la clase, que se quedó perpleja con la historia y habló con el chico, pero él negaba todo continuamente. Al enterarse de que lo había contado en el instituto borraron el vídeo y me pidieron grabar otro donde no se viera nada, ¿así que algo se veía? Fue lo que pasó por mi mente en aquel momento. La verdad que yo me sentía completamente fuera de toda esa situación, en un mundo paralelo donde cada vez era más y más pequeña.
Mientras todo esto sucedía a mi alrededor, mis compañeros, sobre todo compañeras, se habían dedicado a recoger firmas en mi contra por “haberme chivado” de sus amigos, no llegaron muy lejos porque mi hermana rompió el papelito en cuanto le pidieron firmar.
El tema pasó a la directora, pero no quiso saber nada de mi, no quiso que le contara la historia, no quiso saber por qué un niño me había estado acosando durante dos años, no quiso saber por qué grababan en su centro donde supuestamente estaba prohibido, no quería saber nada. Solo les pidió a los chicos el vídeo, pero como no lo tenían se fueron como habían llegado, sin castigos, ni expulsiones, nada.
Al año siguiente dejamos ese instituto y olvidé aquella pequeña “broma de chiquillos”.

“Broma de chiquillos”

Como todas las mañanas me levanté, me duché, desayuné y salí por la puerta. Solo que esa mañana no era como una cualquiera, aquella mañana empezaba mi primer año de instituto. Si, esa época en la que no se es ni pequeño ni mayor, pero hay que aparentar ser muy mayor.
Mi nuevo instituto era muy grande y yo no estaba acostumbrada a ver tantos compañeros en una clase, tantos profesores, tantas clases…
Cuando llegamos a aquel edifico tan grande, nos juntaron en uno de los salones de actos a todos los nuevos para darnos la bienvenida y nos fueron llamando uno por uno para asignarnos clase. Cuando dijeron mi nombre, me levanté con una sonrisa de oreja a oreja y fui directa a mi nueva clase, 1ºA.
No todos mis compañeros eran caras nuevas, algunos venían conmigo de mi colegio de primaria, éramos unos treinta en clase, más chicos que chicas, y teníamos un profesor por asignatura, toda una novedad.
Al terminar el día, mi madre nos esperaba a mi y a mi hermana en el cruce que quedaba enfrente del instituto, me encantaba que viniese a buscarnos a la salida, el instituto estaba cerca de casa y el camino de vuelta se hacía mucho más entretenido yendo las tres. Le contábamos todas las novedades mientras comíamos, la cantidad de gente que había, nuestros profesores, las clases nuevas…todo.
Esa noche me fui a dormir muy contenta, todos los cambios que íbamos a experimentar me hacían una ilusión tremenda pero, sobre todo, me encantaba la idea de poder hacer nuevos amigos.

A medida que avanzaban los días me daba cuenta de que aprender cosas nuevas me encantaba, los estudios no suponían un problema para mi y los sacaba sin dificultad. Sin embargo, sentía que hacer amigos era un trabajo de chinos, allí la gente rechazaba a muchos por el simple hecho de ser diferentes. De un día para otro, que tu madre o padre te fuese a buscar a la hora de comer no era guay, las mochilas de ruedas ya no molaban y algo tan natural como manchar la camiseta de sudor era motivo de mofa. De un día para otro, el objetivo principal ya no era pasárselo bien y jugar con tus amigos, si no fijarte en qué chico te parecía guapo, criticar a la chica que intentara quitarte a “tu chico” y decir muchas, muchas palabrotas. Eran muchas cosas a tener en cuenta para poder encajar en una clase en la que todos estábamos en igualdad de condiciones, o eso pensaba yo.
Había un chico en mi clase que empezó a acercarse a mi, que me pedía “salir”, ser novios:
- ¿Quieres salir conmigo?- solía preguntarme.
- No gracias, es que no me gustas- era mi respuesta habitual.
La verdad que por aquel entonces el concepto que yo tenía de “novios” era el de darse la manita de vez en cuando y el resto del tiempo cada uno a lo suyo, pero aún así, ese chico no me gustaba. A la tercera o cuarta vez que tuve que responder, dejó de preguntarme.
Llegó el final del curso y las notas fueron muy buenas, además, me eché una “mejor” amiga y conseguí llevarme bastante bien con todos mis compañeros.

El segundo curso del instituto se presentó con muy buenas expectativas, me sentía una veterana, mucho más cómoda entrando por la puerta, subiendo las escaleras, viendo las caras de aquellos que llegaban nuevos.
Según avanzábamos, sin embargo, empezamos a darnos cuenta de que había muchas cosas de aquel centro que dejaban mucho que desear. Mi hermana tuvo serios problemas con su profesora de matemáticas, ¿por qué siempre las matemáticas?.
En cuanto a mi, el chico que me quería como novia siguió insistiendo, y yo seguía diciéndole amablemente que no.
Un día me llegó un mensaje al móvil de un número que no conocía: “kieres salir cnmigo???”, no contesté. Al rato me llegó otro del mismo número: “sbes kien soi???”, tampoco contesté. No necesitaba preguntar quién era para saberlo, sabía perfectamente quien era, lo que no sabía era cómo había conseguido mi número de teléfono.
Al día siguiente le pregunté a mi compañero quién le había dado mi número de teléfono y por qué no paraba de mandarme mensajes:
- Pero, ¿quieres o no quieres?- fue su respuesta.
Al repetirle de nuevo que no, no quería ser su novia, entonces se enfadó mucho y empezó a gritarme que yo era una “puta” que venía de una familia de “putas” donde mi hermana era “puta”, mi madre también y hasta mi abuela era “puta”.
Me quedé paralizada, era el primer día que me insultaban de esa manera y descubrí el daño que podían llegar a hacerme unas pocas palabras en unos pocos segundos y todo por decir “no”.
Al acabar aquel día nefasto, tenía que volver sola a casa y, durante el camino, este chico vino conmigo con la excusa de que tenía que ir a un sitio cerca de donde yo vivía. Sin embargo, cuando llegamos a mi calle, en lugar de irse por su camino, fue hasta mi portal detrás de mi haciendo caso omiso a mis peticiones de que me dejara en paz, vio mi porta y mi piso, cuando entré, al fin se marchó. Todo lo hacía como si fuese tan natural que me hacía pensar que estaba paranoica por sentirme incómoda e intimidada.
El viernes de esa misma semana a eso de las diez y media de la noche alguien llamó al telefonillo:
- Es un compañero de clase que pregunta por ti- me dijo mi madre.
Cuando me puse al telefonillo aquella voz hizo que se me revolviera el estómago:
- ¿Sabes quién soy?
- Si- respondí asustada.
- ¿Bajas a darme un besito?- se escucharon risitas al otro lado del aparato.
Colgué el telefonillo de golpe y le dije a mi madre quién era y lo qué quería, salimos al portal a ver si estaba, pero se había ido..
Empecé a ir con miedo al instituto, miedo a ser insultada, miedo a que alguien se riera de mi, miedo a decir que no.

Un día la profesora de lengua no vino a clase y nadie puso un sustituto, así que estábamos solos unos veinticinco niños de catorce años. Yo tenía que ir al baño porque necesitaba cambiarme, hacía poco que me había venido la regla y era toda una novedad para mi y un tema tabú para todos. Mientras iba al baño vi que este chico venía detrás de mi y, como ya me había seguido una vez, le pregunté desconfiada que dónde iba, el respondió que al baño y no le di más vueltas.
Entonces todo empezó a ir a cámara rápida en mi cabeza, cuando estaba en la cabina del baño, desnuda de cintura para abajo, escuché una voz, esa voz: “Hola, ¿qué haces ahí?”, “¡Huy que mayor que te ha bajado la regla!”, “¿necesitas ayuda?”.
Me asusté tanto que no podía ni subirme los pantalones, miraba todo el rato las rendijas de arriba y abajo de la puerta:
- ¡¿Qué hacéis?! ¡Dejad de grabar!- gritó de repente una compañera desde fuera.
Me quedé paralizada, de repente todo se quedó inmóvil, en silencio, ¿qué habían grabado? ¿quién más estaba en el baño? ¿por qué querrían grabarme?…
No era posible que hubiesen pasado tantas cosas en lo que yo pensaba que eran cinco minutos. Se dejaron de oír voces, así que cogí todo el aire que pude, me subí los pantalones y abrí la puerta despacio por si seguían ahí.
Cuando salí al pasillo me esperaba otra reacción completamente diferente a lo que pasó, a nadie pareció importarle lo que acababa de pasar, todo eran risas. Uno de los chicos, el que grababa, me cogió al salir y me sentó en sus piernas mientras se reía con el otro y me decían que era una broma, que no dijera nada… para mi, toda esa situación estaba pasando ajena a mi, como en un sueño.
Fue tan impactante que no pude contar nada a nadie ese día, ni al siguiente, ni al otro…
Pasado un tiempo lo conté en casa, lo conté como una anécdota, sin pararme mucho en los detalles, como quien cuenta que se tropezó con una piedra. Mi madre si le dio la importancia que tenía, fue cuando me di cuenta que no era un simple tropiezo y que consiguieron hacerme pequeña, destructible, débil.
Para intentar solucionar algo, mi madre habló con la tutora de la clase, que se quedó perpleja con la historia y habló con el chico, pero él negaba todo continuamente. Al enterarse de que lo había contado en el instituto borraron el vídeo y me pidieron grabar otro donde no se viera nada, ¿así que algo se veía? Fue lo que pasó por mi mente en aquel momento. La verdad que yo me sentía completamente fuera de toda esa situación, en un mundo paralelo donde cada vez era más y más pequeña.
Mientras todo esto sucedía a mi alrededor, mis compañeros, sobre todo compañeras, se habían dedicado a recoger firmas en mi contra por “haberme chivado” de sus amigos, no llegaron muy lejos porque mi hermana rompió el papelito en cuanto le pidieron firmar.
El tema pasó a la directora, pero no quiso saber nada de mi, no quiso que le contara la historia, no quiso saber por qué un niño me había estado acosando durante dos años, no quiso saber por qué grababan en su centro donde supuestamente estaba prohibido, no quería saber nada. Solo les pidió a los chicos el vídeo, pero como no lo tenían se fueron como habían llegado, sin castigos, ni expulsiones, nada.
Al año siguiente dejamos ese instituto y olvidé aquella pequeña “broma de chiquillos”.

“Broma de chiquillos”

Como todas las mañanas me levanté, me duché, desayuné y salí por la puerta. Solo que esa mañana no era como una cualquiera, aquella mañana empezaba mi primer año de instituto. Si, esa época en la que no se es ni pequeño ni mayor, pero hay que aparentar ser muy mayor.
Mi nuevo instituto era muy grande y yo no estaba acostumbrada a ver tantos compañeros en una clase, tantos profesores, tantas clases…
Cuando llegamos a aquel edifico tan grande, nos juntaron en uno de los salones de actos a todos los nuevos para darnos la bienvenida y nos fueron llamando uno por uno para asignarnos clase. Cuando dijeron mi nombre, me levanté con una sonrisa de oreja a oreja y fui directa a mi nueva clase, 1ºA.
No todos mis compañeros eran caras nuevas, algunos venían conmigo de mi colegio de primaria, éramos unos treinta en clase, más chicos que chicas, y teníamos un profesor por asignatura, toda una novedad.
Al terminar el día, mi madre nos esperaba a mi y a mi hermana en el cruce que quedaba enfrente del instituto, me encantaba que viniese a buscarnos a la salida, el instituto estaba cerca de casa y el camino de vuelta se hacía mucho más entretenido yendo las tres. Le contábamos todas las novedades mientras comíamos, la cantidad de gente que había, nuestros profesores, las clases nuevas…todo.
Esa noche me fui a dormir muy contenta, todos los cambios que íbamos a experimentar me hacían una ilusión tremenda pero, sobre todo, me encantaba la idea de poder hacer nuevos amigos.

A medida que avanzaban los días me daba cuenta de que aprender cosas nuevas me encantaba, los estudios no suponían un problema para mi y los sacaba sin dificultad. Sin embargo, sentía que hacer amigos era un trabajo de chinos, allí la gente rechazaba a muchos por el simple hecho de ser diferentes. De un día para otro, que tu madre o padre te fuese a buscar a la hora de comer no era guay, las mochilas de ruedas ya no molaban y algo tan natural como manchar la camiseta de sudor era motivo de mofa. De un día para otro, el objetivo principal ya no era pasárselo bien y jugar con tus amigos, si no fijarte en qué chico te parecía guapo, criticar a la chica que intentara quitarte a “tu chico” y decir muchas, muchas palabrotas. Eran muchas cosas a tener en cuenta para poder encajar en una clase en la que todos estábamos en igualdad de condiciones, o eso pensaba yo.
Había un chico en mi clase que empezó a acercarse a mi, que me pedía “salir”, ser novios:
- ¿Quieres salir conmigo?- solía preguntarme.
- No gracias, es que no me gustas- era mi respuesta habitual.
La verdad que por aquel entonces el concepto que yo tenía de “novios” era el de darse la manita de vez en cuando y el resto del tiempo cada uno a lo suyo, pero aún así, ese chico no me gustaba. A la tercera o cuarta vez que tuve que responder, dejó de preguntarme.
Llegó el final del curso y las notas fueron muy buenas, además, me eché una “mejor” amiga y conseguí llevarme bastante bien con todos mis compañeros.

El segundo curso del instituto se presentó con muy buenas expectativas, me sentía una veterana, mucho más cómoda entrando por la puerta, subiendo las escaleras, viendo las caras de aquellos que llegaban nuevos.
Según avanzábamos, sin embargo, empezamos a darnos cuenta de que había muchas cosas de aquel centro que dejaban mucho que desear. Mi hermana tuvo serios problemas con su profesora de matemáticas, ¿por qué siempre las matemáticas?.
En cuanto a mi, el chico que me quería como novia siguió insistiendo, y yo seguía diciéndole amablemente que no.
Un día me llegó un mensaje al móvil de un número que no conocía: “kieres salir cnmigo???”, no contesté. Al rato me llegó otro del mismo número: “sbes kien soi???”, tampoco contesté. No necesitaba preguntar quién era para saberlo, sabía perfectamente quien era, lo que no sabía era cómo había conseguido mi número de teléfono.
Al día siguiente le pregunté a mi compañero quién le había dado mi número de teléfono y por qué no paraba de mandarme mensajes:
- Pero, ¿quieres o no quieres?- fue su respuesta.
Al repetirle de nuevo que no, no quería ser su novia, entonces se enfadó mucho y empezó a gritarme que yo era una “puta” que venía de una familia de “putas” donde mi hermana era “puta”, mi madre también y hasta mi abuela era “puta”.
Me quedé paralizada, era el primer día que me insultaban de esa manera y descubrí el daño que podían llegar a hacerme unas pocas palabras en unos pocos segundos y todo por decir “no”.
Al acabar aquel día nefasto, tenía que volver sola a casa y, durante el camino, este chico vino conmigo con la excusa de que tenía que ir a un sitio cerca de donde yo vivía. Sin embargo, cuando llegamos a mi calle, en lugar de irse por su camino, fue hasta mi portal detrás de mi haciendo caso omiso a mis peticiones de que me dejara en paz, vio mi porta y mi piso, cuando entré, al fin se marchó. Todo lo hacía como si fuese tan natural que me hacía pensar que estaba paranoica por sentirme incómoda e intimidada.
El viernes de esa misma semana a eso de las diez y media de la noche alguien llamó al telefonillo:
- Es un compañero de clase que pregunta por ti- me dijo mi madre.
Cuando me puse al telefonillo aquella voz hizo que se me revolviera el estómago:
- ¿Sabes quién soy?
- Si- respondí asustada.
- ¿Bajas a darme un besito?- se escucharon risitas al otro lado del aparato.
Colgué el telefonillo de golpe y le dije a mi madre quién era y lo qué quería, salimos al portal a ver si estaba, pero se había ido..
Empecé a ir con miedo al instituto, miedo a ser insultada, miedo a que alguien se riera de mi, miedo a decir que no.

Un día la profesora de lengua no vino a clase y nadie puso un sustituto, así que estábamos solos unos veinticinco niños de catorce años. Yo tenía que ir al baño porque necesitaba cambiarme, hacía poco que me había venido la regla y era toda una novedad para mi y un tema tabú para todos. Mientras iba al baño vi que este chico venía detrás de mi y, como ya me había seguido una vez, le pregunté desconfiada que dónde iba, el respondió que al baño y no le di más vueltas.
Entonces todo empezó a ir a cámara rápida en mi cabeza, cuando estaba en la cabina del baño, desnuda de cintura para abajo, escuché una voz, esa voz: “Hola, ¿qué haces ahí?”, “¡Huy que mayor que te ha bajado la regla!”, “¿necesitas ayuda?”.
Me asusté tanto que no podía ni subirme los pantalones, miraba todo el rato las rendijas de arriba y abajo de la puerta:
- ¡¿Qué hacéis?! ¡Dejad de grabar!- gritó de repente una compañera desde fuera.
Me quedé paralizada, de repente todo se quedó inmóvil, en silencio, ¿qué habían grabado? ¿quién más estaba en el baño? ¿por qué querrían grabarme?…
No era posible que hubiesen pasado tantas cosas en lo que yo pensaba que eran cinco minutos. Se dejaron de oír voces, así que cogí todo el aire que pude, me subí los pantalones y abrí la puerta despacio por si seguían ahí.
Cuando salí al pasillo me esperaba otra reacción completamente diferente a lo que pasó, a nadie pareció importarle lo que acababa de pasar, todo eran risas. Uno de los chicos, el que grababa, me cogió al salir y me sentó en sus piernas mientras se reía con el otro y me decían que era una broma, que no dijera nada… para mi, toda esa situación estaba pasando ajena a mi, como en un sueño.
Fue tan impactante que no pude contar nada a nadie ese día, ni al siguiente, ni al otro…
Pasado un tiempo lo conté en casa, lo conté como una anécdota, sin pararme mucho en los detalles, como quien cuenta que se tropezó con una piedra. Mi madre si le dio la importancia que tenía, fue cuando me di cuenta que no era un simple tropiezo y que consiguieron hacerme pequeña, destructible, débil.
Para intentar solucionar algo, mi madre habló con la tutora de la clase, que se quedó perpleja con la historia y habló con el chico, pero él negaba todo continuamente. Al enterarse de que lo había contado en el instituto borraron el vídeo y me pidieron grabar otro donde no se viera nada, ¿así que algo se veía? Fue lo que pasó por mi mente en aquel momento. La verdad que yo me sentía completamente fuera de toda esa situación, en un mundo paralelo donde cada vez era más y más pequeña.
Mientras todo esto sucedía a mi alrededor, mis compañeros, sobre todo compañeras, se habían dedicado a recoger firmas en mi contra por “haberme chivado” de sus amigos, no llegaron muy lejos porque mi hermana rompió el papelito en cuanto le pidieron firmar.
El tema pasó a la directora, pero no quiso saber nada de mi, no quiso que le contara la historia, no quiso saber por qué un niño me había estado acosando durante dos años, no quiso saber por qué grababan en su centro donde supuestamente estaba prohibido, no quería saber nada. Solo les pidió a los chicos el vídeo, pero como no lo tenían se fueron como habían llegado, sin castigos, ni expulsiones, nada.
Al año siguiente dejamos ese instituto y olvidé aquella pequeña “broma de chiquillos”.

Cuanto más cerca del 10, mejor.

Mayo de 2016 se ha terminado, ese mes que, junto con Enero, han sido tantas veces comentados, nos hemos quejado de ellos, hemos deseado que se pasaran rápido… Y es que, esos dos meses son los que hacen que me plantee varias cuestiones.
Cuatro meses de clases, de trabajos, de estrés, de enfados, de fiestas… se resumen en un día, en tres horas, en un examen. Te lo juegas todo a pura suerte.
Muchas personas dicen que si has estudiado apruebas, que es la única manera de evaluación, que la evaluación continua no sirve para nada, que si suspende más de la mitad de la clase sigue siendo culpa del alumnado por vago, que no hay otra manera de sacarse un título que haciendo exámenes una y otra vez.
Unos exámenes que consisten en demostrar la capacidad que tienes de retener información. Información que ha ido contándote a lo largo del cuatrimestre un profesor o profesora que no paraba de hablar delante de ti mientras tú pensabas en todo menos en las palabras que salían de su boca.
Una vez mi madre me dijo que el sistema educativo era bulímico y tenía toda la razón. Retienes durante dos días (como máximo) toda la información que has ido recuperando de esa persona que hablaba sin parar delante de ti, para luego soltarla en el examen como si vomitaras para no volverte a acordar posiblemente nunca.
Hablamos mucho de cambiar el sistema, pero realmente la mayoría no son capaces de concebir un sistema educativo sin exámenes, sin mejores ni peores, sin clases magistrales que consisten en soltar información, sin niños sentados sin moverse, sin hablar… Estamos tan acostumbrados a “en clase no se hablar”, “nos se come chicle”, “guarda el móvil o te lo quito”, “estate quieto”, “tenéis que sacar buenas notas para la media”, “hay que ir a la universidad”, “hay que hacer bachillerato”…
Deberíamos centrarnos más en aprender que en memorizar, en clases prácticas con asignaturas que nos sirvan para aplicarlas realmente cuando salgamos ahí fuera que en exprimir al alumnado durante un mes para conseguir esa ansiada media, ese número, porque al final somos un número que, cuanto más cerca del diez, mejor.
Y es que, aunque me queden cinco años de carrera, tengo la sensación de que lo único que voy a tener es un papel que diga que tengo un doble grado maravilloso. ¿Y luego qué? ¿Cómo lo hago? ¿Qué hago?.

Un café y un bollo

El otro día, como cualquier otro, volvía de la universidad en el Cercanías de Madrid, tenía que comer en la universidad y de postre decidí comprarme un café y un bollo.

El tren iba vacío por la hora que era, así que decidí poner mi bolso en el asiento de al lado, pero poco después tuve que quitarlo porque un chico quería sentarse a mi lado. Hasta aquí podéis pensar que vaya porquería de artículo porque no cuenta nada interesante ni reivindicativo.

Pues bien, iba yo bebiéndome mi café cuando noté como me acariciaban la pierna, me quedé un poco extrañada pero en ese momento pensé que se estaría acomodando en su asiento y me había rozado sin querer. Entonces, sentí como volvía a acariciarme la pierna y ahí, si que me quedé paralizada…
No supe como reaccionar, ni siquiera supe que decirle, tenía una sensación tan incomoda que no podía ni moverme, se me cerró el estómago y no podía dejar de mirar al frente.

Nunca me había pasado nada parecido. Si, me habían dicho de todo por la calle, si, habían intentado sacar la mano del coche para tocarme el culo en un cruce y si, me habían soltado piropos delante de mi madre, pero ¿tocarme?.
En ese momento tenía que reaccionar, el chico no paraba de mirarme y hasta se había girado y había puesto su brazo rodeando mi asiento. En mi cabeza aparecieron múltiples situaciones repugnantes por las que no quería pasar, por las que ninguna mujer debería pasar, así que agarré con fuerza mi bolso, mi café y mi bollo y me levante más rápido que en toda mi vida. Avancé todo lo que pude por el tren hasta sentarme al lado de una mujer, allí, ya por fin más tranquila, pude terminarme mi café y mi bollo, pero aún con la mirada alerta cada vez que alguien pasaba por mi lado.

Os juro que nunca una caricia había sido tan repugnante como aquellas, que una mirada no me producía tanta rabia como la de aquel chico, y eso que solo fueron dos caricias y una mirada. No quiero ni imaginar por todo lo que pasan muchísimas mujeres que sufren la violencia y el machismo que nos rodea.
Para que luego me digan que “esas cosas no son para tanto”.

Un café y un bollo

El otro día, como cualquier otro, volvía de la universidad en el Cercanías de Madrid, tenía que comer en la universidad y de postre decidí comprarme un café y un bollo.

El tren iba vacío por la hora que era, así que decidí poner mi bolso en el asiento de al lado, pero poco después tuve que quitarlo porque un chico quería sentarse a mi lado. Hasta aquí podéis pensar que vaya porquería de artículo porque no cuenta nada interesante ni reivindicativo.

Pues bien, iba yo bebiéndome mi café cuando noté como me acariciaban la pierna, me quedé un poco extrañada pero en ese momento pensé que se estaría acomodando en su asiento y me había rozado sin querer. Entonces, sentí como volvía a acariciarme la pierna y ahí, si que me quedé paralizada…
No supe como reaccionar, ni siquiera supe que decirle, tenía una sensación tan incomoda que no podía ni moverme, se me cerró el estómago y no podía dejar de mirar al frente.

Nunca me había pasado nada parecido. Si, me habían dicho de todo por la calle, si, habían intentado sacar la mano del coche para tocarme el culo en un cruce y si, me habían soltado piropos delante de mi madre, pero ¿tocarme?.
En ese momento tenía que reaccionar, el chico no paraba de mirarme y hasta se había girado y había puesto su brazo rodeando mi asiento. En mi cabeza aparecieron múltiples situaciones repugnantes por las que no quería pasar, por las que ninguna mujer debería pasar, así que agarré con fuerza mi bolso, mi café y mi bollo y me levante más rápido que en toda mi vida. Avancé todo lo que pude por el tren hasta sentarme al lado de una mujer, allí, ya por fin más tranquila, pude terminarme mi café y mi bollo, pero aún con la mirada alerta cada vez que alguien pasaba por mi lado.

Os juro que nunca una caricia había sido tan repugnante como aquellas, que una mirada no me producía tanta rabia como la de aquel chico, y eso que solo fueron dos caricias y una mirada. No quiero ni imaginar por todo lo que pasan muchísimas mujeres que sufren la violencia y el machismo que nos rodea.
Para que luego me digan que “esas cosas no son para tanto”.

Un café y un bollo

El otro día, como cualquier otro día, volvía de la universidad en el Cercanías de Madrid, tenía que comer en la universidad y de postre decidí comprarme un café y un bollo.

El tren iba vacío por la hora que era, así que decidí poner mi bolso en el asiento de al lado, pero poco después tuve que quitarlo porque un chico quería sentarse a mi lado. Hasta aquí podéis pensar que vaya porquería de artículo porque no cuenta nada interesante ni reivindicativo.

Pues bien, iba yo bebiéndome mi café cuando noté como me acariciaban la pierna, me quedé un poco extrañada pero en ese momento pensé que se estaría acomodando en su asiento y me había rozado sin querer. Entonces, sentí como volvía a acariciarme la pierna y ahí, si que me quedé paralizada…
No supe como reaccionar, ni siquiera supe que decirle, tenía una sensación tan incomoda que no podía ni moverme, se me cerró el estómago y no podía dejar de mirar al frente.

Nunca me había pasado nada parecido. Si, me habían dicho de todo por la calle, si, habían intentado sacar la mano del coche para tocarme el culo en un cruce y si, me habían soltado piropos delante de mi madre, pero ¿tocarme?.
En ese momento tenía que reaccionar, el chico no paraba de mirarme y hasta se había girado y había puesto su brazo rodeando mi asiento. En mi cabeza aparecieron múltiples situaciones repugnantes por las que no quería pasar, por las que ninguna mujer debería pasar, así que agarré con fuerza mi bolso, mi café y mi bollo y me levante más rápido que en toda mi vida. Avancé todo lo que pude por el tren hasta sentarme al lado de una mujer, allí, ya por fin más tranquila, pude terminarme mi café y mi bollo, pero aún con la mirada alerta cada vez que alguien pasaba por mi lado.

Os juro que nunca una caricia había sido tan repugnante como aquellas, que una mirada no me producía tanta rabia como la de aquel chico, y eso que solo fueron dos caricias y una mirada. No quiero ni imaginar por todo lo que pasan muchísimas mujeres que sufren la violencia y el machismo que nos rodea.
Para que luego me digan que “esas cosas no son para tanto”.

Un café y un bollo

El otro día, como cualquier otro día, volvía de la universidad en el Cercanías de Madrid, tenía que comer en la universidad y de postre decidí comprarme un café y un bollo.

El tren iba vacío por la hora que era, así que decidí poner mi bolso en el asiento de al lado, pero poco después tuve que quitarlo porque un chico quería sentarse a mi lado. Hasta aquí podéis pensar que vaya porquería de artículo porque no cuenta nada internaste ni reivindicativo.

Pues bien, iba yo bebiéndome mi café cuando noté como me acariciaban la pierna, me quedé un poco extrañada, pero en ese momento pensé que se estaría acomodando en su asiento y me había rozado sin querer. Entonces, sentí como volvía a acariciarme la pierna y, ahí, si que me quedé paralizada…
No supe como reaccionar, ni siquiera supe que decirle, tenía una sensación tan incomoda que no podía ni moverme, se me cerró el estómago y no podía dejar de mirar al frente.

Nunca me había pasado nada parecido. Si, me habían dicho de todo por la calle, si, habían intentado sacar la mano del coche para tocarme el culo en un cruce y si, me habían soltado piropos delante de mi madre, pero ¿tocarme?.
En ese momento tenía que reaccionar, el chico no paraba de mirarme y hasta se había girado y había puesto su brazo rodeando mi asiento. En mi cabeza aparecieron múltiples situaciones repugnantes por las que no quería pasar, por las que ninguna mujer debería pasar, así que agarré con fuerza mi bolso, mi café y mi bollo y me levante más rápido que en toda mi vida. Avancé todo lo que pude por el tren hasta sentarme al lado de una mujer, allí, ya por fin más tranquila, pude terminarme mi café y mi bollo, pero aún con la mirada alerta cada vez que alguien pasaba por mi lado.

Os juro que nunca una caricia había sido tan repugnante como aquellas, que una mirada no me producía tanta rabia como la de aquel chico, y eso que solo fueron dos caricias y una mirada. No quiero ni imaginar por todo lo que pasan muchísimas mujeres que sufren la violencia y el machismo que nos rodea.
Para que luego me digan que “esas cosas no son para tanto”.