LOS PAPELES PÓSTUMOS DE LA LIGA DEL HIELO

Dictados por su miembro fundador, recopilados por sus fieles seguidores, y encontrados en el desierto de Alaska, otrora territorio Inuit por el Arqueólogo E.R. Nofrost

Yo Nanuk, como miembro fundador de la Liga del Hielo, me propongo relatar los siguientes hechos, para dejar constancia para las generaciones futuras de nuestros actos, ya que podrían servir como ejemplo. Tomo la palabra, y nuestro querido y honorable secretario, miembro cofundador y además amigo Kirima, tomará las notas pertinentes en relación a lo expuesto sobre los siguientes puntos,

De cómo comenzó todo

La Liga del Hielo comenzó un día como cualquier otro, después de salir de pesca con mi padre. Lo que pescamos, no es objeto en este foro de más explicación. Baste decir que tan al norte no tenemos truchas (risas). Íbamos caminando hacia nuestra casa, cuando mi padre me llamó la atención sobre el lago.

- Sabes, hijo- me dijo.- hace muy pocos años pasábamos con el trineo por este lago, y mira ahora, tenemos que bordearlo para llegar a casa. (rumores)

Le dije que lo recordaba muy bien. Siempre iba a patinar a ese lago, hasta que dejamos de patinar porque eso lo hacen los niños pequeños. Y también porque perdimos a nuestro amigo Inuk, en el hielo, como recordaréis todos (rumores) estaba patinando, y al momento, ya no estaba (rumores). Pero el bueno de Inuk seguro que se fue a vivir con las focas, recordad como siempre hablaba de que en realidad era un niño foca (rumores más altos).

Seguimos caminando, mientras me venían a la cabeza recuerdos de Inuk, cuando oí claramente suspirar a mi padre, preocupado.

- Un día- me dijo- tal vez no muy lejano, nos veremos obligados a marcharnos a la ciudad, hijo mío, porque nuestro mundo está desapareciendo.

Le dije que no estaba de acuerdo en absoluto, y al momento no le di importancia, ya que los adultos tienen a veces ataques de cierta melancolía.

Me traté de convencer por un instante de que nuestra vida continuaba exactamente igual que antes, pero las palabras de mi padre son sabias, y me siguió atormentando con sus pensamientos en voz alta, llamándome la atención sobre algunas zonas en las que hielo parecía haberse retirado, retrocediendo hacía el norte.

Me quedé pensando en que tal vez deberíamos ir hacia el norte en busca del hielo, tal y como decía mi padre, para seguir con nuestra vida (rumores).

Al llegar a casa encontré a mi madre muy enfadada, diciendo que debíamos contratar un seguro a todo riesgo, que cubriera el deshielo, ya que las goteras en casa de pequeños hilillos se estaban convirtiendo en auténticas cascadas. La verdad es que al principio me pareció gracioso esto de las goteras, porque te puedes lavar tranquilamente sin salir de tu cama (rumores), pero cuando estás todo el rato debajo de una fuente, aunque es muy zen, pues llega a ser bastante molesto (rumores y risas). Mi padre prometió entonces reparar el iglú cada noche. (rumores).

Pero como bien sabéis – levantando la voz- esto es una solución sólo temporal, y si no hacemos nada ahora, llegará el día en que nada podamos hacer (rumores cada vez más altos). Entonces, fue cuando pensé, que debíamos unirnos y formar algo más grande:  LA LIGA DEL HIELO (aplausos, vítores y hurras).

De cómo se constituyó la Liga

Pues todos estos pensamientos se los trasladé a Kirima y a Anouk, los miembros cofundadores de la Liga. Pido un aplauso para ellos (aplausos y vítores).  Ellos me comentaron que vivían una situación parecida (rumores) y que también los adultos de su familia habían empezado a hablar de marcharse a la ciudad.

Como bien dijo Inuk, nuestro amigo niño foca, y guía espiritual, eso es lo último. ¿Os imagináis lo que sería de un oso polar en la ciudad? Es tan difícil para mí imaginarme a un oso polar con traje y corbata, sentado en un Starbucks, pidiendo un descafeinado jamaicano dulce (risas), como imaginarme a mi padre o a mi madre, o a cualquiera de nosotros viviendo en la ciudad. (aplausos y vítores).

La ciudad está bien para ir de excursión, pero cualquier otra razón para ir, es una traición a nuestra Liga. (aplausos).

Así que aquel día, no hace tanto redactamos los estatutos de la Liga del Hielo, que a continuación nuestro secretario, el fiel Kirima, recogerá:

ESTATUTOS DE LA LIGA DEL HIELO

-  Todos los miembros de la Liga del Hielo tienen la misión de proteger el hielo. Este es el punto más importante de nuestra Liga.

- Todos los miembros de la Liga del Hielo, deberán dejar constancia en nuestras Sesiones Semanales de los progresos que realizan en su lucha contra el deshielo, ya sea a nivel local (su iglú familiar), o a nivel mundial (el lago que está al norte del poblado).

-  En caso de extrema necesidad podrán convocarse sesiones extraordinarias. La convocatoria extraordinaria consistirá en tirar bolas de nieve sobre los niños vecinos formando así una cadena.

- Se prohíbe la inclusión de elementos sólidos dentro de la nieve, así como se prohíben las guerras de bola de nieve, ya que estas cosas son muy serias y no queremos que los miembros de la Liga se alarmen sin necesidad.

- La existencia de la Liga del Hielo es secreta. Cualquier revelación de su existencia a adultos, llevará consigo la expulsión, y el repudio de los demás miembros. El repudio incluirá el recreo en el colegio.

Y para que así consten, firman,

Los miembros de la Liga del Hielo

 

De las medidas tomadas para combatir el deshielo, por Nanuk, presidente y miembro fundador de la Liga del Hielo  (fragmentado)

 

Yo Nanuk, tomo la palabra para comentar brevemente mis impresiones sobre la retirada del hielo, (………….) y sobre esas islas de tierra que cada vez aparecen con más frecuencia en nuestro mundo.

Nuestro amigo Kirima nos convenció de retirar piedras y todos los elementos de la superficie helada, ya que de esa forma dejábamos desnudo el hielo y así tendría más frío.(…….)

 

También hemos fabricado cubitos de hielo, con cubiteras gigantes fabricadas por nosotros mismos. En realidad, hemos creado en el lago norte una auténtica fábrica de ladrillos de hielo, apartada del mundo (…….)

 

¿Hablar de fracaso? No voy a hablar de fracaso. (………………) (aplausos, vítores, gritos, llantos). (………)

 

¡Ahora que importa ya!  La misión nos ha desbordado, y anoche fui hasta la fábrica de ladrillos de hielo y tallé con los que aún no se habían derretido un regalo de despedida. Un regalo para todo aquel que ha confiado en nosotros, un anillo (…….). Es un regalo efímero, lo sé, el sol entrará en el hielo, y el anillo alcanzara entonces mayor brillo, mayor belleza, y en ese instante, llorará tanto, que se deformará hasta desaparecer lentamente, como nosotros  (llantos ahogados) (…….)

 

CARTA DE ANOUK AL SR. PRESIDENTE DE LA LIGA DEL HIELO, Y MIEMBRO FUNDADOR, NANUK

Cuando leáis esto, estaré muy lejos de mi único hogar, después de los terribles sucesos acontecidos en los últimos tiempos.

Como sabéis la Liga del Hielo se fundó para luchar contra esas sombras que acechan nuestra vida. Esa terrible sombra de humo que derrite el hielo, y transforma en agua nuestra vida.

Primero el hielo se transforma en agua, y luego el agua lo hace en vapor y humo.

Al principio fueron las casas del sur, y luego el norte de la aldea.

Nuestra familia fue de las primeras en partir, pero no será la última, y pronto otras nos seguirán, en busca de un refugio que en realidad no existe. Mi padre dijo “sin hielo no tenemos mundo”.

Ahora escribo desde un tren, y veo como llego a una ciudad cubierta por nubes negras de humo. Mi vida aquí carece de significado, si no puedo patinar contigo, Nanuk,  por el hielo del lago del norte. Si no puedo hablar con las focas, ni ir en busca del oso polar,… mi vida pronto habrá terminado.

Mis padres me dicen que no sea tonta, que pronto estaréis conmigo, no se da cuenta de que yo no quiero eso si el precio es que todos perdamos nuestro mundo, que lo perdamos todo.

Yo seguiré siendo integrante de la Liga mientras viva.

Si nuestro mundo termina, deshecho por el agujero que acecha, si el oso polar muere ahogado al tener que nadar más distancia, yo prometo que volveré y seguiré apoyando esta, la mejor causa,

Anouk, con amor

Por siempre de la Liga del Hielo

De cómo término todo

Yo Nanuk, como miembro fundador de la Liga del Hielo, tomo la palabra, y nuestro querido y honorable secretario, miembro cofundador y además amigo Kirima, tomará las notas pertinentes en relación al fin de nuestro camino.

Tras la reunión de la pasada semana en la aldea, cómo sabéis los adultos acordaron su traslado a la ciudad. Muchas son las familias que nos han dejado. Cada vez, nuestra Liga del hielo está más diezmada. (rumores)

Ahora, compañeros, ¡quedan tan pocas y a la vez tantas cosas por hacer,…!

Pero no hay tiempo, por eso, y como parte de nuestro juramente, hemos acordado adelantarnos y marcharnos nosotros a probar suerte al norte. (aplausos)

Marcharemos mañana, al anochecer. Todos estamos de acuerdo. Y algunos vendrán de la ciudad a unirse a nosotros. (aplausos)

Si hay alguna respuesta, la encontraremos. (vítores, aplausos)

Y cuando despunte el día, seremos sólo unas manchas más en la blanca nieve, cada vez más oscurecida. Cuando estemos en el norte, junto a las focas y el oso polar, miraré a las paredes de hielo, y veré reflejado el rostro de todos los  que nos han acompañado. Y sonreiré, porque al fin estaremos todos juntos, en casa (aplausos, vítores, hurras).

 

Y para que así consten, firman,

 

Los miembros de la Liga del Hielo

 

NOTAS DE E.R.NOFROST ARQUEÓLOGO Y EXPERTO

EN LA LIGA DEL HIELO

En este punto se dan por concluidos los documentos relativos a la Liga del Hielo. Gran parte de los papeles se perdieron para siempre en el gran deshielo de Alaska.

Mis investigaciones al norte del poblado B donde fueron hallados los documentos, y donde probablemente se produjeron los hechos, hablan de la leyenda de unos niños que desaparecieron sin dejar rastro alguno, una noche hace varios siglos.

En cuanto a si estos hechos son leyenda o realidad, es difícil de saber. Al menos la datación de Carbono 14 confirma la antiguedad de los documentos.

 

Por otro lado, he encontrado una vieja canción en las que se habla de las focas Inuk, una extraña raza de focas que habitan Iceland, el único lugar helado del planeta.

Según dice la canción que cantan gentes de las reservas del desierto de Alaska, esta extraña raza de focas, juega a deslizarse por toboganes de hielo, patinando sobre sus cuerpos.

Pero lo más extraño de su comportamiento, dicen estas gentes, es que suelen tirarse bolas de nieve los unos a los otros, en forma de cadena, antes de reunirse en círculo, aparentemente para discutir cuestiones importantes.

 

Edgard Robert Nofrost, en el desierto de Alaska, a 15 de Marzo de 2386

 

M.S.

LOS PAPELES PÓSTUMOS DE LA LIGA DEL HIELO

LOS PAPELES PÓSTUMOS DE LA LIGA DEL HIELO

Dictados por su miembro fundador, recopilados por sus fieles seguidores, y encontrados en el desierto de Alaska, otrora territorio Inuit por el Arqueólogo E.R. Nofrost

Yo Nanuk, como miembro fundador de la Liga del Hielo, me propongo relatar los siguientes hechos, para dejar constancia para las generaciones futuras de nuestros actos, ya que podrían servir como ejemplo. Tomo la palabra, y nuestro querido y honorable secretario, miembro cofundador y además amigo Kirima, tomará las notas pertinentes en relación a lo expuesto sobre los siguientes puntos,

De cómo comenzó todo

La Liga del Hielo comenzó un día como cualquier otro, después de salir de pesca con mi padre. Lo que pescamos, no es objeto en este foro de más explicación. Baste decir que tan al norte no tenemos truchas (risas). Íbamos caminando hacia nuestra casa, cuando mi padre me llamó la atención sobre el lago.

- Sabes, hijo- me dijo.- hace muy pocos años pasábamos con el trineo por este lago, y mira ahora, tenemos que bordearlo para llegar a casa. (rumores)

Le dije que lo recordaba muy bien. Siempre iba a patinar a ese lago, hasta que dejamos de patinar porque eso lo hacen los niños pequeños. Y también porque perdimos a nuestro amigo Inuk, en el hielo, como recordaréis todos (rumores) estaba patinando, y al momento, ya no estaba (rumores). Pero el bueno de Inuk seguro que se fue a vivir con las focas, recordad como siempre hablaba de que en realidad era un niño foca (rumores más altos).

Seguimos caminando, mientras me venían a la cabeza recuerdos de Inuk, cuando oí claramente suspirar a mi padre, preocupado.

- Un día- me dijo- tal vez no muy lejano, nos veremos obligados a marcharnos a la ciudad, hijo mío, porque nuestro mundo está desapareciendo.

Le dije que no estaba de acuerdo en absoluto, y al momento no le di importancia, ya que los adultos tienen a veces ataques de cierta melancolía.

Me traté de convencer por un instante de que nuestra vida continuaba exactamente igual que antes, pero las palabras de mi padre son sabias, y me siguió atormentando con sus pensamientos en voz alta, llamándome la atención sobre algunas zonas en las que hielo parecía haberse retirado, retrocediendo hacía el norte.

Me quedé pensando en que tal vez deberíamos ir hacia el norte en busca del hielo, tal y como decía mi padre, para seguir con nuestra vida (rumores).

Al llegar a casa encontré a mi madre muy enfadada, diciendo que debíamos contratar un seguro a todo riesgo, que cubriera el deshielo, ya que las goteras en casa de pequeños hilillos se estaban convirtiendo en auténticas cascadas. La verdad es que al principio me pareció gracioso esto de las goteras, porque te puedes lavar tranquilamente sin salir de tu cama (rumores), pero cuando estás todo el rato debajo de una fuente, aunque es muy zen, pues llega a ser bastante molesto (rumores y risas). Mi padre prometió entonces reparar el iglú cada noche. (rumores).

Pero como bien sabéis – levantando la voz- esto es una solución sólo temporal, y si no hacemos nada ahora, llegará el día en que nada podamos hacer (rumores cada vez más altos). Entonces, fue cuando pensé, que debíamos unirnos y formar algo más grande:  LA LIGA DEL HIELO (aplausos, vítores y hurras).

De cómo se constituyó la Liga

Pues todos estos pensamientos se los trasladé a Kirima y a Anouk, los miembros cofundadores de la Liga. Pido un aplauso para ellos (aplausos y vítores).  Ellos me comentaron que vivían una situación parecida (rumores) y que también los adultos de su familia habían empezado a hablar de marcharse a la ciudad.

Como bien dijo Inuk, nuestro amigo niño foca, y guía espiritual, eso es lo último. ¿Os imagináis lo que sería de un oso polar en la ciudad? Es tan difícil para mí imaginarme a un oso polar con traje y corbata, sentado en un Starbucks, pidiendo un descafeinado jamaicano dulce (risas), como imaginarme a mi padre o a mi madre, o a cualquiera de nosotros viviendo en la ciudad. (aplausos y vítores).

La ciudad está bien para ir de excursión, pero cualquier otra razón para ir, es una traición a nuestra Liga. (aplausos).

Así que aquel día, no hace tanto redactamos los estatutos de la Liga del Hielo, que a continuación nuestro secretario, el fiel Kirima, recogerá:

ESTATUTOS DE LA LIGA DEL HIELO Todos los miembros de la Liga del Hielo tienen la misión de proteger el hielo. Este es el punto más importante de nuestra Liga. Todos los miembros de la Liga del Hielo, deberán dejar constancia en nuestras Sesiones Semanales de los progresos que realizan en su lucha contra el deshielo, ya sea a nivel local (su iglú familiar), o a nivel mundial (el lago que está al norte del poblado). En caso de extrema necesidad podrán convocarse sesiones extraordinarias. La convocatoria extraordinaria consistirá en tirar bolas de nieve sobre los niños vecinos formando así una cadena. Se prohíbe la inclusión de elementos sólidos dentro de la nieve, así como se prohíben las guerras de bola de nieve, ya que estas cosas son muy serias y no queremos que los miembros de la Liga se alarmen sin necesidad. La existencia de la Liga del Hielo es secreta. Cualquier revelación de su existencia a adultos, llevará consigo la expulsión, y el repudio de los demás miembros. El repudio incluirá el recreo en el colegio.

Y para que así consten, firman,

Los miembros de la Liga del Hielo

 

De las medidas tomadas para combatir el deshielo, por Nanuk, presidente y miembro fundador de la Liga del Hielo  (fragmentado)

 

Yo Nanuk, tomo la palabra para comentar brevemente mis impresiones sobre la retirada del hielo, (………….) y sobre esas islas de tierra que cada vez aparecen con más frecuencia en nuestro mundo.

Nuestro amigo Kirima nos convenció de retirar piedras y todos los elementos de la superficie helada, ya que de esa forma dejábamos desnudo el hielo y así tendría más frío.(…….)

 

También hemos fabricado cubitos de hielo, con cubiteras gigantes fabricadas por nosotros mismos. En realidad, hemos creado en el lago norte una auténtica fábrica de ladrillos de hielo, apartada del mundo (…….)

 

¿Hablar de fracaso? No voy a hablar de fracaso. (………………) (aplausos, vítores, gritos, llantos). (………)

 

¡Ahora que importa ya!  La misión nos ha desbordado, y anoche fui hasta la fábrica de ladrillos de hielo y tallé con los que aún no se habían derretido un regalo de despedida. Un regalo para todo aquel que ha confiado en nosotros, un anillo (…….). Es un regalo efímero, lo sé, el sol entrará en el hielo, y el anillo alcanzara entonces mayor brillo, mayor belleza, y en ese instante, llorará tanto, que se deformará hasta desaparecer lentamente, como nosotros  (llantos ahogados) (…….)

 

CARTA DE ANOUK AL SR. PRESIDENTE DE LA LIGA DEL HIELO, Y MIEMBRO FUNDADOR, NANUK

Cuando leáis esto, estaré muy lejos de mi único hogar, después de los terribles sucesos acontecidos en los últimos tiempos.

Como sabéis la Liga del Hielo se fundó para luchar contra esas sombras que acechan nuestra vida. Esa terrible sombra de humo que derrite el hielo, y transforma en agua nuestra vida.

Primero el hielo se transforma en agua, y luego el agua lo hace en vapor y humo.

Al principio fueron las casas del sur, y luego el norte de la aldea.

Nuestra familia fue de las primeras en partir, pero no será la última, y pronto otras nos seguirán, en busca de un refugio que en realidad no existe. Mi padre dijo “sin hielo no tenemos mundo”.

Ahora escribo desde un tren, y veo como llego a una ciudad cubierta por nubes negras de humo. Mi vida aquí carece de significado, si no puedo patinar contigo, Nanuk,  por el hielo del lago del norte. Si no puedo hablar con las focas, ni ir en busca del oso polar,… mi vida pronto habrá terminado.

Mis padres me dicen que no sea tonta, que pronto estaréis conmigo, no se da cuenta de que yo no quiero eso si el precio es que todos perdamos nuestro mundo, que lo perdamos todo.

Yo seguiré siendo integrante de la Liga mientras viva.

Si nuestro mundo termina, deshecho por el agujero que acecha, si el oso polar muere ahogado al tener que nadar más distancia, yo prometo que volveré y seguiré apoyando esta, la mejor causa,

Anouk, con amor

Por siempre de la Liga del Hielo

De cómo término todo

Yo Nanuk, como miembro fundador de la Liga del Hielo, tomo la palabra, y nuestro querido y honorable secretario, miembro cofundador y además amigo Kirima, tomará las notas pertinentes en relación al fin de nuestro camino.

Tras la reunión de la pasada semana en la aldea, cómo sabéis los adultos acordaron su traslado a la ciudad. Muchas son las familias que nos han dejado. Cada vez, nuestra Liga del hielo está más diezmada. (rumores)

Ahora, compañeros, ¡quedan tan pocas y a la vez tantas cosas por hacer,…!

Pero no hay tiempo, por eso, y como parte de nuestro juramente, hemos acordado adelantarnos y marcharnos nosotros a probar suerte al norte. (aplausos)

Marcharemos mañana, al anochecer. Todos estamos de acuerdo. Y algunos vendrán de la ciudad a unirse a nosotros. (aplausos)

Si hay alguna respuesta, la encontraremos. (vítores, aplausos)

Y cuando despunte el día, seremos sólo unas manchas más en la blanca nieve, cada vez más oscurecida. Cuando estemos en el norte, junto a las focas y el oso polar, miraré a las paredes de hielo, y veré reflejado el rostro de todos los  que nos han acompañado. Y sonreiré, porque al fin estaremos todos juntos, en casa (aplausos, vítores, hurras).

 

Y para que así consten, firman,

 

Los miembros de la Liga del Hielo

 

NOTAS DE E.R.NOFROST ARQUEÓLOGO Y EXPERTO

EN LA LIGA DEL HIELO

En este punto se dan por concluidos los documentos relativos a la Liga del Hielo. Gran parte de los papeles se perdieron para siempre en el gran deshielo de Alaska.

Mis investigaciones al norte del poblado B donde fueron hallados los documentos, y donde probablemente se produjeron los hechos, hablan de la leyenda de unos niños que desaparecieron sin dejar rastro alguno, una noche hace varios siglos.

En cuanto a si estos hechos son leyenda o realidad, es difícil de saber. Al menos la datación de Carbono 14 confirma la antiguedad de los documentos.

 

Por otro lado, he encontrado una vieja canción en las que se habla de las focas Inuk, una extraña raza de focas que habitan Iceland, el único lugar helado del planeta.

Según dice la canción que cantan gentes de las reservas del desierto de Alaska, esta extraña raza de focas, juega a deslizarse por toboganes de hielo, patinando sobre sus cuerpos.

Pero lo más extraño de su comportamiento, dicen estas gentes, es que suelen tirarse bolas de nieve los unos a los otros, en forma de cadena, antes de reunirse en círculo, aparentemente para discutir cuestiones importantes.

 

Edgard Robert Nofrost, en el desierto de Alaska, a 15 de Marzo de 2386

TODOS LOS OJOS

Me eligieron precisamente a mí para el trabajo. A mí, que a menudo me adentraba en la zonas frontera, desde las que, escondido, contemplaba con la mirada perdida el mar o el parque. Eso no se podía hacer en la zona de los privilegiados. Primero, porque no había parques, y segundo, porque nadie lo hacia, y hubiera llamado la atención de forma peligrosa.
Los otros, los marginados, disfrutaban aún del mar que, por momentos, levantaba una brisa fresca que azotaba la cara, aunque las más de las veces devolviera un pestilente hedor a ciénaga. En los distritos donde todavía reinaba la paz gobernada por un poder corrupto vivíamos ordenadamente, en bloques inmensos de pisos-colmena minúsculos. Pero nadie tenía relación con nadie. No había miradas a los ojos. No había caricias ni roces.
Así se había determinado por la Ley deProhibición del Contacto Físico de 2038, aquella ley qe vino a poner orden al caos existente.
El mundo estaba dividido en zonas, en las que los privilegiados a los que se había marcado con un pasaporte-chip en el cuello, debían vivir sólo para ellos, con la única libertad de poder traspasar la frontera hacia otras zonas, en busca de pequeños pedazos de vida.
Por supuesto nadie les garantizaba la seguridad, no había policía en aquellas zonas, ni nada parecido a una ley, más allá de la ley del más fuerte. Las zonas fronteras estaban dominados por poderosos grupos encargados de la prostitución y el tráfico de drogas, que eran pagados por el propio gobierno para  garantizar hasta cierto punto la seguridad de los habitantes, pero más allá de las zonas fronteras, en el corazón de las zonas marginales, no había nada, o al menos eso se decía. Por supuesto aquellas tenían un poderoso atractivo, y se decía que eran el refugio de los antiguos soñadores y los poetas. Había quien decía en cambio, que hacía mucho tiempo que habían sido exterminados.
En mi mundo de privilegiados, donde el el único privilegio era seguir vivo, necesitábamos irremediablemente pedazos de vida ajena para llenar el vacio de la  nuestra. Todos éramos yonquis.  Las zonas fronteras grantizaban sexo y drogas, así como la posibilidad de muerte y la destrucción, que eran también todo hay que decirlo, un poderoso atractivo.
Para los más cobardes existía la telerrealidad llevada al extremo. Todos los canales de televisión dedicaban gran parte de su programación a la vida en directo. Yo trabajaba de esa industria, como gran parte de la población. Era cámara de televisión, y aún teniendo un rumbo, era consciente de estar completamente perdido. Hacía con mi objetivo lo que no podía con mis ojos, mirar a la gente. Todos con las cabezas agachadas, sin hacer contacto visual. Quizás por eso por mi anhelo de mirar a otras personas, de no sentirme solo, había aceptado el reto de trabajar un nuevo proyecto, un nuevo reality show llamado “todos los ojos”.
Debíamos ser sólo observadores, agazapados como si grabáramos aquellos viejos documentales en la sabana africana, permanecer en un lado de la cámara, sin conmoverse por nada. La consigna principal del trabajo era no intervenir, pero por si acaso, por si las cosas se torcían me entregaron una pistola. La metí en el bolsillo de mi chaqueta y pude comprobar como descompensaba mi peso, y me hacía inclinarme ligeramente a un lado. También me dieron un salvoconducto de clase A añadido a mi pasaporte-chip, que me permitía entrar y salir de donde quisiera y me daba cierta protección, incluso en aquel lugar. De todas formas el hecho de trabajar en un reality me abría muchas puertas, y resultaba apasionante, tanto a un lado como a otro de la frontera.
Me dieron mi objetivo en una carpeta de color manila: Una foto en blanco y negro de una muchacha. Junto a la foto se adjuntaba el informe previo de una prostituta llamada Justine Basset. Por supuesto era una muchacha muy bonita ya que si no, no hubiera sido seleccionada. Sus rasgos confirmaban el informe de un origen en algún país del este, Rusia al parecer. Tras una primera infancia en un hospicio, había sido adoptada por una pareja inglesa que había muerto en un tiroteo pocos años después. La custodia de Justine pasó a las manos de un tío demasiado afectuoso que cuando se cansó de ella la había dejado en la calle, sin mucho más que su cuerpo.
La particularidad de Justine era su ceguera, provocada por las palizas que había recibido de algún cliente, o quizás de algún desaprensivo que se había aprovechado de la pobre prostituta adolescente tirada en una esquina.
Quizás por ello, pensé yo, le venía bien un protector. La fotografía borrosa de un hombre corpulento, que vigilaba como un perro guardián que todo fuera bien con los clientes. A cambio ella le entregaba una buena parte del dinero que ganaba. Este hombre aparecía en el informe como el Sr. X, ya que el programa no buscaba desenmascarar a ningún criminal, era sencillamente uno de los otros, un señor X cualquiera, que se gobernaba por una ley diferente, y por lo tanto sobre el que no había jurisdicción.
Justine vivía en un piso antiguo, en la zona del puerto. Un distrito frontera. Esos barrios en los que se mezclaban personas de ambos mundos, y que se llenaban de gentes en busca de calmar sus ansias.
La productora había habilitado un piso justo encima del de Justine. Todo estaba perfectamente equipado, lleno de pantallas que no dejaban lugar a ningún punto ciego dentro de su pequeña habitación. Todo estaba lleno de micrófonos, con los que se podría escuchar el latido de corazón de un ratón.
La primera impresión al ver a Justine fue ya intensa, no se como describirla. No me extrañó que la seleccionaran, ya que tenía cierto aire de inocencia, de evasión incluso. Desde la primera noche, noté como me hechizaba, cómo me afectaba.   Era como la luz de una luciérnaga en la noche. Parpadeante y resplandeciente en medio de la oscuridad. Parecía más joven sobre aquella colcha gastada, con una bata raída sobre su pijama. Tras unos momentos de calma, se arrodilló en el suelo, e hizo lo que la vería hacer cada día a partir de entonces. Metió los dedos entre las tablas de la madera, y extrajo una de ellas, bajo la que había una bolsa. De la bolsa de tela oscura de la que la muchacha sacó una caja de madera, que en tiempos seguro había estado recubierta de pintura brillante, pues aún quedaban manchas rojas en la tapa. Cuando abrió aquella caja, la habitación se llenó de música, mientras al compás, una  bailarina diminuta giraba sobre unas zapatillas de ballet. Tal vez, pensé, sólo le quedaba eso de su antigua vida.
Justine se quedó mirando la caja abierta, poniendo sus ojos apagados exactamente allí donde la muñeca giraba. Y entonces, fue la primera vez que escuché su voz como un murmullo,  “A tí, sí te veo”.
Después, mientras la música del lago de los cisnes iba perdiendo velocidad, haciéndose lenta y quebradiza, como ella misma, cerró los ojos y se durmió.
Ese fue mi primer contacto. Nada me hizo borrar de mi mente esa inocencia que descubrí esa noche, esa belleza en medio de la oscuridad. Día tras día, noche tras noche. Verla siempre a merced de cualquier hombre que pudiera pagarla. Yo sólo esperaba ese momento íntimo, el más íntimo de todos, en la que la vería en medio de la noche abrir su caja de música. Me quedaba mirando a la bailarina, y al verla girar, mi corazón también giraba.
Justine bajaba a tientas buscando un muelle cercano, sin perro lazarillo, sin que nadie la ayudara, siempre guiándose con sus manos contra la pared de la calle, llenas de heridas. Yo siempre iba detrás, a distancia, en la furgoneta, fumando un cigarrillo tras otro.
El Sr. X también estaba cerca, vigilando. Me repetía constantemente como un mantra que no podía intervenir, y durante un tiempo no lo hice. Tuve que soportar cada día como el muelle se llenaba de hombres que huían de sus sábanas frías buscando compañía.
La veía a través de la pantalla de las cámaras bajo aquellos cuerpos, y me mordía los labios con fuerza, mi corazón temblaba. Mi corazón ardía. Cada día era diferente, pasaban a recogerla en aquella camioneta, expuesta en el muelle como si fuese el pescado, aún vivo pero agonizante, mientras los marineros y los encorbatados pasaban revista y miraban de arriba a abajo la competencia. La elegían a ella muchas veces. De hecho, siempre. No podía estar en el muelle sin ser ella la elegida. Siempre subía a aquella habitación del hotelucho del muelle, y siempre me tocaba contemplar la misma escena. Bueno, quizás no siempre lo mismo. Cada día era diferente. Cada día aparecía un personaje siniestro. Uno la golpeaba, mientras yo me mordía el labio y me hacía sangre. “No puedes intervenir”, me repetía. Era como si me golpearan a mí. Era como si me humillaran a mí.
Muchas veces, miraba al suelo, sin poder mirarla a los ojos, y otras acariciaba su imagen en la pantalla. La besaba y le decía que un día, un día conseguiría liberarla.
Recordé aquellas viejas fotografías antiguas de niños fusilados en cualquier conflicto armado del mundo. En cualquier revuelta. Esos instantes de muerte recogidos por cámaras multipremiadas, y por su parecido, me sentí asqueado.
Una tarde cualquiera, cuando el crepúsculo acariciaba el muelle del puerto, un marinero se interesó por la muchacha, nada más verla fue directo hacia ella. Era un marinero del barco чайка. La saludó en su propio idioma, por lo que supuse que la conocía de otras veces, quizás de su pasado en su país de origen, o quizás por otras veces. Fueron hasta el hotel, juntos. Todas las habitaciones del motel del puerto tenían instaladas cámaras, por lo que pude seguirla como cada día a distancia, incómodamente sentado en la parte de atrás de la furgoneta. La veía como siempre,  callada, dócil y servicial. Sin embargo, por primera vez, levantó la voz, no para discutir,su tono era de ruego, ahogado, un sollozo.  Me quedé quieto esperando la reacción de aquel hombre, que sentado sobre la cama movía la cabeza en señal de negación sin decir poco más que algún monosílabo, que yo no podía interpretar.
No entendía lo que estaba pasando. Pero sentí una sacudida dentro de mí y dejé la furgoneta allí donde estaba y fui corriendo hasta el hotel. Subí por la escalera desvencijada nervioso. El hombre ya se había ido, y tras la puerta sólo escuchaba los sollozos ahogados de Justine. Llamé a la puerta, y noté como los golpes contra aquel material tan poco consistente del que estaba hecha acallaban los sollozos de Justine. No puedes intervenir, no puedes intervenir, me repetía dentro como si fuesen los latidos de mi corazón y aún sabiendo que estaba a punto de hacerlo. Nadie ayuda a nadie. ¿Es que no te acuerdas?
Apenas unos segundos de silencio, y  la puerta se abrió, y allí estaba ella. Por mucho que hubiera hecho zoom sobre su rostro infinidad de veces, nada era comparable a verla tan cerca. Sin poder evitarlo la abracé, y noté como su cuerpo se tensaba y trataba levemente de zafarse de mi abrazo. Sin conseguirlo. !Era tan pequeña entre mis brazos!
Y después, noté como ella se abandonaba al mismo abrazo fundiéndose con mi cuerpo. No, estaba seguro, nunca nadie la había abrazado así. Recuerdo como noté que de sus ojos apagados brotaban lágrimas, a pesar de que su rostro estaba apoyado en uno de mis hombros, con la mirada hacia el suelo. Noté mi camisa algo humedecida por su llanto. Me sentí extraño, como si tuviera un nudo dentro de mí. Entonces le dije aquellas palabras como en susurro “no te preocupes, estoy contigo, siempre estoy contigo,tú no me ves, pero yo te veo, no va a pasarte nada, yo lo arreglaré todo”, y la besé la frente.
Ella me miró, como si en realidad pudiera verme, y sonrió, acariciándome la mejilla, tratando de verme con sus dedos. Sus manos estaban ásperas. No dijo nada, pero cuando me dejó en aquella escalera dispuesta a volver al muelle en busca de clientes miró hacia atrás y sonrió.  Siempre a su lado.
Tenía la grabación de la conversación que revisaba una y otra vez pero era en ruso, y no sabía ruso, por lo que no podía podía entenderlo. Por la noche, cuando Justine extrajo la tabla del suelo y cogió con sus dedos la caja de música, como hacía cada noche, tenía una sonrisa especial, y entonces dijo:
- Si me oyes, si me ves… debes hacerlo esta noche… él vive en el cuarto distrito hacia el norte, en la calle 8ª , deja el coche en un callejón de atrás. Es el sitio perfecto. Nadie investiga la muerte de nadie, pero menos de un criminal.
Y escribió con lápiz de labios la dirección en un cristal. “Por favor, hazlo esta noche. Si quieres ayudarme, libérame”. Y el zoom cayó en sus ojos.
Así que era eso, Justine le había pedido a aquel hombre enorme, compatriota suyo que la liberara, a lo que el hombre se había negado. Verla como un animalillo indefenso doblada sobre ella misma, teniendo como único centro del universo su esperanza puesta en un desconocido… ¿cómo podía dejarla desamparada? ¿Quién hubiera tenido corazón para no apretar el gatillo?
No había tenido deseos de matar a nadie hasta ese momento. Odiaba a aquel hombre que mantenía cautiva a Justine, pero hasta ese momento no había pensado en matarle. Sin embargo en en ese momento nada ni nadie me hubiera persuadido de que no era del todo justicia matarle. Y además estaba el abrazo de Justine, su piel contra la mía. Nunca había sentido un contacto con nadie tan profundo. Algo parecido a lo que debía ser un sentimiento, cuando éstos estaban permitidos. Yo había estado con mujeres, claro, pero aquella inocencia de su piel me había transtornado, convirtiendome en otra persona. Notaba una unión espiritual con ella, como un cordón invisible del que ella tiraba. Comprendí que haría lo que fuera por liberarla, a cualquier precio.
Salí de la casa, y me dirigí a mi furgoneta. La noche era bastante fría y me costó arrancar el coche. Podía haberlo pensado mejor, pero no podía. Tenía que sacar a Julstine de aquel mundo. Pero llevarla a dónde.
Llegué hasta el callejón, y en la oscuridad esperé el momento propicio. ¿Las cosas que pensé en aquellas horas de vigilia? No lo sé. Sé que tenía fija en mi mente tan solo la imagen de Justine, tenía que liberarla. Y cuando al fin apareció el coche del Sr. X y descendió, rocé la pistola que estaba en el bolsillo de la chaqueta, deformado por el peso, y al acercarme vacié el cargador. Fue así de fácil.

Y esa es la historia, la razón por la que han encerrado en este agujero. Un antiguo cine de las afueras convertido en cárcel de seguridad media. Nadie me hubiera condenado por un crimen cometido más allá de las fronteras de mi mundo, pero estaba por alguna rázón lo habían grabado todo. Daba igual que el muerto no le importara a nadie realmente. Daba igual que aquel lugar  tuviera tanta ley como futuro. De hecho, el delito que me imputaron no era asesinato ni homicidio, sino sabotaje de programa de televisión. Y decidieron  que dado que era un caso mediático debían dar ejemplo. Y me encerraron allí, dónde pudiera estar vigilado día y noche, miles de cámaras sobre mí, miles de ojos me perseguían, aunque yo no pudiera verlos.
Al principio, me rebelé, no lo entendía, pero al tiempo lo entendí todo. Repasé mentalmente todas las pruebas que me hicieron antes de acepar el trabajo. Todas las entrevistas. Ellos sabían que me enamoraría de Justine, ¿que me enamoraría? Aún me suena extraño pensarlo. Ellos previeron todo. Por eso me eligieron. Desde el principio era yo el que era perseguido, vigilado, el protagonista de la historia, mientras ellos me observaban, mientras ellos lo grababan todo. Mientras ellos guíaban cada paso que daba. Todo era parte del show.
¿Y Justine? No puedo ni imaginar si lo era también parte de aquello o también era una víctima, pero no me importa.
Hace unos días recibí un paquete por correo, una caja de música. Pasé mi mano por la tapa descolorida, y la abrí, dejando que la música de Chaikovski llenara mi pequeña celda. Una pequeña plataforma giraba, pero sobre ella no había ninguna bailarina. Y comprendí, que ella ya no estaba cautiva. Si cierro los ojos, veo su imagen, y en mi mente la veo a ella girar, y pienso “ahora sí te veo”.

M.S.

TODOS LOS OJOS

Me eligieron precisamente a mí para el trabajo. A mí, que a menudo me adentraba en la zonas frontera, desde las que, escondido, contemplaba con la mirada perdida el mar o el parque. Eso no se podía hacer en la zona de los privilegiados. Primero, porque no había parques, y segundo, porque nadie lo hacia, y hubiera llamado la atención de forma peligrosa.
Los otros, los marginados, disfrutaban aún del mar que, por momentos, levantaba una brisa fresca que azotaba la cara, aunque las más de las veces devolviera un pestilente hedor a ciénaga. En los distritos donde todavía reinaba la paz gobernada por un poder corrupto vivíamos ordenadamente, en bloques inmensos de pisos-colmena minúsculos. Pero nadie tenía relación con nadie. No había miradas a los ojos. No había caricias ni roces.
Así se había determinado por la Ley deProhibición del Contacto Físico de 2038, aquella ley qe vino a poner orden al caos existente.
 El mundo estaba dividido en zonas, en las que los privilegiados a los que se había marcado con un pasaporte-chip en el cuello, debían vivir sólo para ellos, con la única libertad de poder traspasar la frontera hacia otras zonas, en busca de pequeños pedazos de vida.
 Por supuesto nadie les garantizaba la seguridad, no había policía en aquellas zonas, ni nada parecido a una ley, más allá de la ley del más fuerte. Las zonas fronteras estaban dominados por poderosos grupos encargados de la prostitución y el tráfico de drogas, que eran pagados por el propio gobierno para  garantizar hasta cierto punto la seguridad de los habitantes, pero más allá de las zonas fronteras, en el corazón de las zonas marginales, no había nada, o al menos eso se decía. Por supuesto aquellas tenían un poderoso atractivo, y se decía que eran el refugio de los antiguos soñadores y los poetas. Había quien decía en cambio, que hacía mucho tiempo que habían sido exterminados.
 En mi mundo de privilegiados, donde el el único privilegio era seguir vivo, necesitábamos irremediablemente pedazos de vida ajena para llenar el vacio de la  nuestra. Todos éramos yonquis.  Las zonas fronteras grantizaban sexo y drogas, así como la posibilidad de muerte y la destrucción, que eran también todo hay que decirlo, un poderoso atractivo.
 Para los más cobardes existía la telerrealidad llevada al extremo. Todos los canales de televisión dedicaban gran parte de su programación a la vida en directo. Yo trabajaba de esa industria, como gran parte de la población. Era cámara de televisión, y aún teniendo un rumbo, era consciente de estar completamente perdido. Hacía con mi objetivo lo que no podía con mis ojos, mirar a la gente. Todos con las cabezas agachadas, sin hacer contacto visual. Quizás por eso por mi anhelo de mirar a otras personas, de no sentirme solo, había aceptado el reto de trabajar un nuevo proyecto, un nuevo reality show llamado “todos los ojos”.
Debíamos ser sólo observadores, agazapados como si grabáramos aquellos viejos documentales en la sabana africana, permanecer en un lado de la cámara, sin conmoverse por nada. La consigna principal del trabajo era no intervenir, pero por si acaso, por si las cosas se torcían me entregaron una pistola. La metí en el bolsillo de mi chaqueta y pude comprobar como descompensaba mi peso, y me hacía inclinarme ligeramente a un lado. También me dieron un salvoconducto de clase A añadido a mi pasaporte-chip, que me permitía entrar y salir de donde quisiera y me daba cierta protección, incluso en aquel lugar. De todas formas el hecho de trabajar en un reality me abría muchas puertas, y resultaba apasionante, tanto a un lado como a otro de la frontera.
 Me dieron mi objetivo en una carpeta de color manila: Una foto en blanco y negro de una muchacha. Junto a la foto se adjuntaba el informe previo de una prostituta llamada Justine Basset. Por supuesto era una muchacha muy bonita ya que si no, no hubiera sido seleccionada. Sus rasgos confirmaban el informe de un origen en algún país del este, Rusia al parecer. Tras una primera infancia en un hospicio, había sido adoptada por una pareja inglesa que había muerto en un tiroteo pocos años después. La custodia de Justine pasó a las manos de un tío demasiado afectuoso que cuando se cansó de ella la había dejado en la calle, sin mucho más que su cuerpo.
La particularidad de Justine era su ceguera, provocada por las palizas que había recibido de algún cliente, o quizás de algún desaprensivo que se había aprovechado de la pobre prostituta adolescente tirada en una esquina.
Quizás por ello, pensé yo, le venía bien un protector. La fotografía borrosa de un hombre corpulento, que vigilaba como un perro guardián que todo fuera bien con los clientes. A cambio ella le entregaba una buena parte del dinero que ganaba. Este hombre aparecía en el informe como el Sr. X, ya que el programa no buscaba desenmascarar a ningún criminal, era sencillamente uno de los otros, un señor X cualquiera, que se gobernaba por una ley diferente, y por lo tanto sobre el que no había jurisdicción.
Justine vivía en un piso antiguo, en la zona del puerto. Un distrito frontera. Esos barrios en los que se mezclaban personas de ambos mundos, y que se llenaban de gentes en busca de calmar sus ansias.
La productora había habilitado un piso justo encima del de Justine. Todo estaba perfectamente equipado, lleno de pantallas que no dejaban lugar a ningún punto ciego dentro de su pequeña habitación. Todo estaba lleno de micrófonos, con los que se podría escuchar el latido de corazón de un ratón.
La primera impresión al ver a Justine fue ya intensa, no se como describirla. No me extrañó que la seleccionaran, ya que tenía cierto aire de inocencia, de evasión incluso. Desde la primera noche, noté como me hechizaba, cómo me afectaba.   Era como la luz de una luciérnaga en la noche. Parpadeante y resplandeciente en medio de la oscuridad. Parecía más joven sobre aquella colcha gastada, con una bata raída sobre su pijama. Tras unos momentos de calma, se arrodilló en el suelo, e hizo lo que la vería hacer cada día a partir de entonces. Metió los dedos entre las tablas de la madera, y extrajo una de ellas, bajo la que había una bolsa. De la bolsa de tela oscura de la que la muchacha sacó una caja de madera, que en tiempos seguro había estado recubierta de pintura brillante, pues aún quedaban manchas rojas en la tapa. Cuando abrió aquella caja, la habitación se llenó de música, mientras al compás, una  bailarina diminuta giraba sobre unas zapatillas de ballet. Tal vez, pensé, sólo le quedaba eso de su antigua vida.
Justine se quedó mirando la caja abierta, poniendo sus ojos apagados exactamente allí donde la muñeca giraba. Y entonces, fue la primera vez que escuché su voz como un murmullo,  “A tí, sí te veo”.
Después, mientras la música del lago de los cisnes iba perdiendo velocidad, haciéndose lenta y quebradiza, como ella misma, cerró los ojos y se durmió.
Ese fue mi primer contacto. Nada me hizo borrar de mi mente esa inocencia que descubrí esa noche, esa belleza en medio de la oscuridad. Día tras día, noche tras noche. Verla siempre a merced de cualquier hombre que pudiera pagarla. Yo sólo esperaba ese momento íntimo, el más íntimo de todos, en la que la vería en medio de la noche abrir su caja de música. Me quedaba mirando a la bailarina, y al verla girar, mi corazón también giraba.
Justine bajaba a tientas buscando un muelle cercano, sin perro lazarillo, sin que nadie la ayudara, siempre guiándose con sus manos contra la pared de la calle, llenas de heridas. Yo siempre iba detrás, a distancia, en la furgoneta, fumando un cigarrillo tras otro.
El Sr. X también estaba cerca, vigilando. Me repetía constantemente como un mantra que no podía intervenir, y durante un tiempo no lo hice. Tuve que soportar cada día como el muelle se llenaba de hombres que huían de sus sábanas frías buscando compañía.
La veía a través de la pantalla de las cámaras bajo aquellos cuerpos, y me mordía los labios con fuerza, mi corazón temblaba. Mi corazón ardía. Cada día era diferente, pasaban a recogerla en aquella camioneta, expuesta en el muelle como si fuese el pescado, aún vivo pero agonizante, mientras los marineros y los encorbatados pasaban revista y miraban de arriba a abajo la competencia. La elegían a ella muchas veces. De hecho, siempre. No podía estar en el muelle sin ser ella la elegida. Siempre subía a aquella habitación del hotelucho del muelle, y siempre me tocaba contemplar la misma escena. Bueno, quizás no siempre lo mismo. Cada día era diferente. Cada día aparecía un personaje siniestro. Uno la golpeaba, mientras yo me mordía el labio y me hacía sangre. “No puedes intervenir”, me repetía. Era como si me golpearan a mí. Era como si me humillaran a mí.
 Muchas veces, miraba al suelo, sin poder mirarla a los ojos, y otras acariciaba su imagen en la pantalla. La besaba y le decía que un día, un día conseguiría liberarla. 
Recordé aquellas viejas fotografías antiguas de niños fusilados en cualquier conflicto armado del mundo. En cualquier revuelta. Esos instantes de muerte recogidos por cámaras multipremiadas, y por su parecido, me sentí asqueado.
Una tarde cualquiera, cuando el crepúsculo acariciaba el muelle del puerto, un marinero se interesó por la muchacha, nada más verla fue directo hacia ella. Era un marinero del barco чайка. La saludó en su propio idioma, por lo que supuse que la conocía de otras veces, quizás de su pasado en su país de origen, o quizás por otras veces. Fueron hasta el hotel, juntos. Todas las habitaciones del motel del puerto tenían instaladas cámaras, por lo que pude seguirla como cada día a distancia, incómodamente sentado en la parte de atrás de la furgoneta. La veía como siempre,  callada, dócil y servicial. Sin embargo, por primera vez, levantó la voz, no para discutir,su tono era de ruego, ahogado, un sollozo.  Me quedé quieto esperando la reacción de aquel hombre, que sentado sobre la cama movía la cabeza en señal de negación sin decir poco más que algún monosílabo, que yo no podía interpretar.
No entendía lo que estaba pasando. Pero sentí una sacudida dentro de mí y dejé la furgoneta allí donde estaba y fui corriendo hasta el hotel. Subí por la escalera desvencijada nervioso. El hombre ya se había ido, y tras la puerta sólo escuchaba los sollozos ahogados de Justine. Llamé a la puerta, y noté como los golpes contra aquel material tan poco consistente del que estaba hecha acallaban los sollozos de Justine. No puedes intervenir, no puedes intervenir, me repetía dentro como si fuesen los latidos de mi corazón y aún sabiendo que estaba a punto de hacerlo. Nadie ayuda a nadie. ¿Es que no te acuerdas?
Apenas unos segundos de silencio, y  la puerta se abrió, y allí estaba ella. Por mucho que hubiera hecho zoom sobre su rostro infinidad de veces, nada era comparable a verla tan cerca. Sin poder evitarlo la abracé, y noté como su cuerpo se tensaba y trataba levemente de zafarse de mi abrazo. Sin conseguirlo. !Era tan pequeña entre mis brazos!
Y después, noté como ella se abandonaba al mismo abrazo fundiéndose con mi cuerpo. No, estaba seguro, nunca nadie la había abrazado así. Recuerdo como noté que de sus ojos apagados brotaban lágrimas, a pesar de que su rostro estaba apoyado en uno de mis hombros, con la mirada hacia el suelo. Noté mi camisa algo humedecida por su llanto. Me sentí extraño, como si tuviera un nudo dentro de mí. Entonces le dije aquellas palabras como en susurro “no te preocupes, estoy contigo, siempre estoy contigo,tú no me ves, pero yo te veo, no va a pasarte nada, yo lo arreglaré todo”, y la besé la frente.
Ella me miró, como si en realidad pudiera verme, y sonrió, acariciándome la mejilla, tratando de verme con sus dedos. Sus manos estaban ásperas. No dijo nada, pero cuando me dejó en aquella escalera dispuesta a volver al muelle en busca de clientes miró hacia atrás y sonrió.  Siempre a su lado.
 Tenía la grabación de la conversación que revisaba una y otra vez pero era en ruso, y no sabía ruso, por lo que no podía podía entenderlo. Por la noche, cuando Justine extrajo la tabla del suelo y cogió con sus dedos la caja de música, como hacía cada noche, tenía una sonrisa especial, y entonces dijo:
- Si me oyes, si me ves… debes hacerlo esta noche… él vive en el cuarto distrito hacia el norte, en la calle 8ª , deja el coche en un callejón de atrás. Es el sitio perfecto. Nadie investiga la muerte de nadie, pero menos de un criminal.
Y escribió con lápiz de labios la dirección en un cristal. “Por favor, hazlo esta noche. Si quieres ayudarme, libérame”. Y el zoom cayó en sus ojos.
Así que era eso, Justine le había pedido a aquel hombre enorme, compatriota suyo, que la liberara, a lo que el hombre se había negado. Verla como un animalillo indefenso doblada sobre ella misma, teniendo como único centro del universo su esperanza puesta en un desconocido… ¿cómo podía dejarla desamparada? ¿Quién hubiera tenido corazón para no apretar el gatillo?
 No había tenido deseos de matar a nadie hasta ese momento. Odiaba a aquel hombre que mantenía cautiva a Justine, pero hasta ese momento no había pensado en matarle. Sin embargo en en ese momento nada ni nadie me hubiera persuadido de que no era del todo justicia matarle. Y además estaba el abrazo de Justine, su piel contra la mía. Nunca había sentido un contacto con nadie tan profundo. Algo parecido a lo que debía ser un sentimiento, cuando éstos estaban permitidos. Yo había estado con mujeres, claro, pero aquella inocencia de su piel me había transtornado, convirtiendome en otra persona. Notaba una unión espiritual con ella, como un cordón invisible del que ella tiraba. Comprendí que haría lo que fuera por liberarla, a cualquier precio.
Salí de la casa, y me dirigí a mi furgoneta. La noche era bastante fría y me costó arrancar el coche. Podía haberlo pensado mejor, pero no podía. Tenía que sacar a Julstine de aquel mundo. Pero llevarla a dónde.
Llegué hasta el callejón, y en la oscuridad esperé el momento propicio. ¿Las cosas que pensé en aquellas horas de vigilia? No lo sé. Sé que tenía fija en mi mente tan solo la imagen de Justine, tenía que liberarla. Y cuando al fin apareció el coche del Sr. X y descendió, rocé la pistola que estaba en el bolsillo de la chaqueta, deformado por el peso, y al acercarme vacié el cargador. Fue así de fácil.

Y esa es la historia, la razón por la que han encerrado en este agujero. Un antiguo cine de las afueras convertido en cárcel de seguridad media. Nadie me hubiera condenado por un crimen cometido más allá de las fronteras de mi mundo, pero estaba por alguna rázón lo habían grabado todo. Daba igual que el muerto no le importara a nadie realmente. Daba igual que aquel lugar  tuviera tanta ley como futuro. De hecho, el delito que me imputaron no era asesinato ni homicidio, sino sabotaje de programa de televisión. Y decidieron  que dado que era un caso mediático debían dar ejemplo. Y me encerraron allí, dónde pudiera estar vigilado día y noche, miles de cámaras sobre mí, miles de ojos me perseguían, aunque yo no pudiera verlos.
Al principio, me rebelé, no lo entendía, pero al tiempo lo entendí todo. Repasé mentalmente todas las pruebas que me hicieron antes de acepar el trabajo. Todas las entrevistas. Ellos sabían que me enamoraría de Justine, ¿que me enamoraría? Aún me suena extraño pensarlo. Ellos previeron todo. Por eso me eligieron. Desde el principio era yo el que era perseguido, vigilado, el protagonista de la historia, mientras ellos me observaban, mientras ellos lo grababan todo. Mientras ellos guíaban cada paso que daba. Todo era parte del show.
 ¿Y Justine? No puedo ni imaginar si lo era también parte de aquello o también era una víctima, pero no me importa.
Hace unos días recibí un paquete por correo, una caja de música. Pasé mi mano por la tapa descolorida, y la abrí, dejando que la música de Chaikovski llenara mi pequeña celda. Una pequeña plataforma giraba, pero sobre ella no había ninguna bailarina. Y comprendí, que ella ya no estaba cautiva. Si cierro los ojos, veo su imagen, y en mi mente la veo a ella girar, y pienso “ahora sí te veo”.

M.S.

MEMORIAS DE OLMO VIEJO

En un pequeño rincón, en un jardín, en un lugar llamado Indiana, el niño Abraham me trajo envuelto en una tela, y me colocó despacio en el agujero que hizo con sus propios dedos. Me sentí arropado y pensé que era un buen lugar para echar raíces.

 El jardín era de la señora Pierce, una mujer madura, que dedicaba su vida a ese pequeño rincón de hierbas verdes y menudas salpicadas por flores de colores. ¡Esas campanillas que repiqueteaban en el aire agitando su color violeta, marcaban el paso del tiempo como si fuesen su condena!

 Pasaba el día trabajando en el jardín, con sus guantes manchados, y las tardes, las pasaba en el porche suspirando. Mirando el camino de arena, viendo cómo las imágenes se distorsionaban en sus ojos hasta dibujar las sombras que en su cabeza pintaba. O quizás fuese la edad que no perdonaba. Eso debía ser, porque muchas veces ella susurraba su nombre al distinguir una figura oscura avanzar más allá de la cerca. “Sam, Sam”, decía ella, pero por mucho que estiraba mis ramas para mirar el camino, no conseguía ver nada.

 Aquella mujer, peinada hacia atrás, con el pelo estirado y ya canoso sujeto con una pinza, con ese vestido con el que aguardaba a aquel que nunca llegaba, lloró sobre mí tantas veces regando mi corazón de madera con sus lágrimas, que me llegó muy dentro y absorbí su esencia.

Aquella mujer siempre olía a flores de lavanda recién cortadas, a jabón y a tarta de manzana. Siempre esperando en aquel porche que abrazaba la casa, la señora Pierce no tenía a nadie que la abrazara. Y a cambio ella se llevaba al corazón con fuerza una fotografía amarillenta y emborronada.

 Pero el tiempo giraba y giraba, y la señora Pierce envejeció, esperando eternamente la llegada de aquel hombre que debía ayudarle en su jardín. Ya no salía casi nunca más allá del porche, y a su cuerpo encorvado, y a su mirada siempre ausente, ahora se añadía la pena de ver su precioso jardín perdido para siempre. La naturaleza volvía a reivindicar lo que había sido suyo, y las ramas y la maleza, se abrieron paso, en cada rincón de aquel pequeño mundo, mi mundo, destrozándolo.

 Y así, un día, cuando la señora Pierce se mecía dulcemente, muy despacio en el porche, con la luz del crepúsculo filtrándose entre las ramas de los árboles, se durmió plácidamente para siempre, dejando que aquella fotografía se escapara de sus dedos muertos arrebatada por la brisa que la posó con cuidado en mi copa para que pudiera ver aquel rostro moreno, el rostro de Sam.

El silencio se rompió por culpa de un búho que se movía curioso por mis ramas, y la fotografía se perdió.

Entonces imaginé la razón por la que se habían separado: él tenía la piel negra, oscura, ¡y ella era tan pálida! Tal vez blanco y negro no iban bien juntos.

Comprendí que la vida es frágil y extraña. Y yo estaba atado, encadenado, condenado a seguir mirando desde arriba, aunque no lo quisiera. Cada vez más alto, los años giraban sobre mi espalda, dibujando círculos, y yo quería ser cada vez más y más alto para ver mejor detrás de la cerca y ver cómo el mundo giraba.

Pero las cosas que ví, me estremecieron. Una guerra cruenta se levantó, y el fuego y la pólvora, la muerte y la desesperación se adueñaron de todo. La guerra era lejana, pero aún así, penetraba dentro de mí de forma extraña. Cuántos gritos escuché. Casacas azules. Casacas grises. ¿Qué importaba? Gritos que parecían rayos contra mi corteza de olmo, empañada por la ceniza que cayó sobre mí como si fuese nieve negra. Todo mi cuerpo temblaba. Y después, sólo recuerdo silencio. Silencio durante mucho, mucho tiempo.

Después de tantas marcas solitarias en mi corteza llegaron los Scott, con esos dos niños que iba a ser tan importantes. Jack era un muchacho al que le gustaba subirse a mis ramas. Construyó una pequeña casa, en la que hacer realidad sus sueños. Promesas incumplidas que nunca llegaron a ser más que eso.

 Su hermana, Sarah, fue mi favorita desde el primer día. Ese día en el que llegó siendo niña y al tocar mi tronco y agarrarse a mis ramas, tratando de aspirar mi aroma, susurró “hueles a lavanda”. ¡Claro, que sí, mi pequeña niña, olía a lavanda!

Sarah, era pequeña pero sabía leer y escribir. Leía poesía en voz alta, primero las de otros, y luego empezó a leer las suyas. Yo temblaba de emoción con sus palabras, con su modulación y sus acentos.

 “¿Cuánta gente ha pisado este jardín, y que vidas han llevado?” se preguntaba, inventándose todas aquellas historias.

 O aquellos versos sobre Indiana que empezaban así “Indiana es tierra de Indios y de maizales”, pero que ya no recuerdo.

Imaginaba a todos los indios pisando la hierba, con sus pies descalzos, y según hablaba, me parecía verlos a mi lado. Y ya no me sentí solo, sino que me sentí acompañado.

 Si un árbol viejo puede enamorarse, yo lo hice en ese instante.

 Pero los años, siempre los años pasaron, y Jack que ahora era el tutor de Sarah, había crecido tratando de alcanzar mis ramas, y decidió casarla. Recuerdo los gritos en el porche, y cómo ella lloraba. El viento me traía una mezcla de su fragancia de rosas, con un toque salado de las lágrimas, y los pájaros cantaban tal vez tratando de tapar con su sonido, todos esos llantos y gritos en el abismo.

Su prometido vino entonces, y ella le entregó su vida envuelta en lágrimas y mentiras como engañoso regalo. Ella no le amaba, lo sé. Ella no le amaba. Junto a mi lloró la noche anterior a la boda mientras leía en voz alta aquellos versos, algunos de esos versos que no había tenido el valor de convertir en ceniza para entregarlos al viento. Esos versos suyos, que su esposo no aprobaría. Y allí con la luna como testigo, y con una pequeña pala, Sarah cavó  y enterró una caja metálica.

“Aquí guardo mi vida, y entierro mi alma”.

 Y la ví alejarse con su velo de novia y ese olor a rosas, que ya nunca me ha abandonado.

Jack se quedó a cargo de la casa. Las deudas, los problemas debían ser profundos, porque sus arrugas surcaban su rostro de líneas anchas y oscuras. Muy distinto del hombre en que se había convertido de aquel otro niño, pues debía ser otro niño,  cuyo peso aún sentía en mis ramas. ¿Por qué hay que complicarlo todo? Me decía. Ojalá hubiera podido caminar y sentarme junto a él en el porche, y poder recordarle todas esas cosas, que siempre fueron importantes. Pero no podía, la impotencia ha sido mi vida.

Ni siquiera pude hacer nada cuando él llegó un día con una cuerda que ató a una de mis ramas y a su propio cuello. Hacía muchos años habíamos estado unidos, compartiendo tantos sueños, grabándolos él sobre mi corteza con su pequeña navaja. Y ahora, yo,  que todavía tenía sobre mí aquella casa de madera, o lo que quedaba de ella entre mis ramas, le convertí en una marioneta sujetando su hilo,  sin poder hacer nada más que sujetar su último aliento. ¿Por qué contemplar tanta tristeza? Mis hojas cayeron desconsoladas, mi grito de dolor despertó a los polluelos que dormían plácidamente en un nido.

Vida y muerte a tan escasa distancia.

 Sarah tuvo una hija, Mary, que se hizo sufragista. Su madre no la comprendía. De tanto fingir, acabó por creerse su vida de mentira. Y Mary se marchó, y nunca regresó.

Y tal vez Sarah, en la soledad de aquella casa, a la que el porche abrazaba y que había heredado, al mecerse suavemente y mirar hacía el jardín pensara en aquella caja que había enterrado, y en esa vida que había perdido. En esa pequeña tumba que ella misma se había cavado.

Pensó seguro que era irónico que Jack hubiera muerto justo en aquel lugar, bajo aquellas ramas, mis ramas, donde ella había muerto hacía tantos años.

Sarah se apagó lentamente, como la tarde se apaga, como si fuera una tenue llama, y el aliento la hiciera estremecer hasta borrarla. Ya no me quedaba más dolor en mi salvia blanca.

 Ahora, el nuevo inquilino es un hombre corpulento, de piel negra, me estremecí al saber que su nombre era Sam y que le gustaba la jardinería. ¿Por qué el tiempo es tan relativo? Me gustaría decirle a la señora Pierce que tal y como ella esperaba, un hombre llamado Sam de piel oscura, volvió un día, y se sentó en el mismo porche en el que ella consumió su vida. Si hubiera podido llorar lo habría hecho, pero los olmos viejos no lloran, salvo cuando la mañana los cubre de rocío.

Y ví aquel hombre, al otro Sam, remover el suelo con la pala hasta encontrar una vieja caja, de la que sacó unos poemas, que leyó en voz alta, en el porche a la luz de las velas, mientras tomaba una porción de tarta de manzana. “Vida y muerte de Sarah Scott” . “¿Cuánta gente ha pisado este jardín, y que vidas han llevado?”, se preguntaba Sarah. Él conocía a un editor, y se encargaría de hacerle llegar el manuscrito. “Sarah Scott, te harás famosa”, pensó.

Aquello le dio la idea. Abrió un viejo libro de la biblioteca, “Historia de Indiana”. En la primera página, unos trazos infantiles reivindicaban a su propietaria “Mary S.”. Y una nota, escrita mucho después, cuando aquella niña ya habría aprendido a domar su caligrafía “¿Por qué no hay mujeres en este libro?”. Y Sam sonrío, y susurró:

-          Yo también sé mucho de eso. Me he sentido siempre ignorado, despreciado, discriminado, pero creo que es hora de salir de detrás de las sombras.

Descorchó una botella de vino, aromatizada con rosas y lavanda, vertió el vino en la copa, y al levantarlo, dejando que la luz del crepúsculo le otorgara un color más oscuro dentro del cristal, pasó varios hojas del libro y el azar quiso que apareciera una fotografía de Abraham Lincoln. 

Reconocí en la fotografía la ternura de aquel niño Abraham que tantos años atrás, me habían abrazado, y me sentí conmovido y emocionado.

Y Sam abrió un cuaderno y empezó a escribir “Vida de Abraham Lincoln por Samuel Reddison”. Él siempre había querido escribir, pero nunca, nunca se había atrevido, y ahora que los tiempos estaban cambiando tanto, tal vez tenía una deuda con todos aquellos que habían perdido sus sueños en el camino.

Y yo contemplé la escena a través de mis hojas, que eran como miles de ojos, y  pude ver como el jardín volvía a ser lo que había sido un día.

Y casi pude ver al niño Abraham que me colocaba con cuidado en un agüjero hecho con sus manos, en un pequeño jardín, en un lugar llamado Indiana.

Y sonreí al comprender al fin, que el tiempo pasa, y pisa todo a su paso.  Sólo quedan los sueños, que revolotean como mariposas en un jardín muerto, hasta que al fin parecen posarse en algún sitio, y se cumplen. Por eso soñar es tan importante.

M.S.

 

EL HOMBRE, ENCADENADO

INTERIOR. DÍA. Empieza todo con una visión tomada desde arriba (PLANO CENITAL), la habitación parece aun más pequeña. Paredes verdes. Entra la luz por una pequeña ventana, y se reflejan los barrotes en el suelo. Sólo una cama, y un cuerpo inerte sobre ella. Sudoroso. Es un hombre. Los ojos cerrados, todavía no quiere abrirlos aunque está despierto. Nos metemos en su mente unos segundos (ZOOM), y leemos sus pensamientos, que pasan a un primer plano (PRIMERÍSIMO PRIMER PLANO DE SUS PENSAMIENTOS). Resulta que quiere abrir los ojos, pero tiene miedo. Todas las mañanas abre los ojos y encuentra un mundo diferente, un mundo extraño. Cada día encarna un personaje distinto, una vida distinta. No se acuerda ya de cuándo fue la última vez que protagonizó su propia vida. Cuándo su alma se separó de su cuerpo.
Ahora cuando despierte, o mejor cuando abra los ojos y mire a su alrededor se dará cuenta de que está en una celda, pero no podrá recordar que es lo que le ha llevado hasta allí (PLANO DETALLE DE LOS OJOS).
Estará confundido. Se mirará su cuerpo cubierto de sudor, y se palpará el rostro tratando de averiguar su apariencia. Imaginando su rostro, tratando de verlo incluso con los ojos cerrados, igual que el día anterior, igual que hace cada día, desde que empezó todo.
Esto ocurrirá con el molesto sonido del silencio rebotando en el vacio hasta que escuche acercarse por el pasillo unos pies lentos. Hasta que los escuche, y cada vez estén más cercanos. Se acercarán hasta apagarse junto a los barrotes de metal de la celda. Entonces aquel hombre vestido de uniforme, gordo, sudoroso, con entradas, pelo canoso, dientes marrones, y hedor a tabaco se dirigirá al hombre de la celda.
- ¡Eh, tú! – le dirá, envolviendo cada sílaba en saliva- no sé por qué vienen a visitarte, pero alguien ha venido. De todas formas ya sabes que la barbacoa será esta noche, y ésta es tu última visita.
Entonces, veremos sus ojos azules (PRIMERÍSIMO PRIMER PLANO), confundidos. Pobre hombre de la celda. Él está allí, respirando, en un cuerpo que no es el suyo, pero por poco tiempo, pues si es verdad lo que dice aquel hombre, que con cada sílaba escupe saliva a través de los barrotes, nuestro protagonista morirá esta noche. ZOOM A LOS PENSAMIENTOS. Él no sabe si morirá efectivamente esta noche. Es algo nuevo, él roba instantes, roba días de otros, manteniendo su alma viva, pero nunca ha muerto. ¿Cómo será morir en cuerpo ajeno? Vemos en su mente una colcha hecha de retazos, cada uno de ellos en movimiento. Eso es él, piensa, una colcha americana.
Entonces será encadenado. Como si así su ser se encadenara a su cuerpo. Y caminará, y notará dolor en sus tobillos, por el roce del metal. Caminará por el pasillo verde, por el camino que dentro de unas horas le llevará a su final. (TRAVELLING DEL PASILLO). “Si fuera amarillo, piensa, si fuera amarillo tal vez me llevara de vuelta a mi casa, como el mago de Oz. El camino de baldosas amarillas…”, es curioso cómo se acuerda de algunas cosas y sin embargo no se acuerda ni de su nombre.
Entrara en la sala, y allí estará esperando ella (PLANO MEDIO, ACERCÁNDOSE, ZOOM LENTO),  y veremos su rostro pálido, a través de sus ojos claros, a punto de estallar, sin poder contener el llanto. (PRIMER PLANO).
Vestida con un jersey verde de lana de cuello alto. Muchas bolitas en el jersey. Muchas lágrimas derramadas, por alguien que tal vez no la merecía.
Es extraño pero mientras ella habla, es como si el resto de la gente no existiera cómo si el hombre encadenado no existiera.  Sólo la vemos a ella, él está de espaldas (PLANO ESCORZO)
- Sé que me dijiste que no viniera- dirá ella, como maullando, tratando de encontrar las palabras.- Y no iba a hacerlo, pero quería verte por última vez… y cambié el turno en el hospital.
El hombre encadenado no dirá nada entonces. La cabeza agachada. ¿Qué puede decir a aquella mujer que no conoce? Qué sus pupilas conocen, pero no conoce su mirada.
Mirará sus manos, preguntándose qué han hecho (PLANO DETALLE DE LAS MANOS) ¿Qué han hecho para merecer la muerte? Por mucho que las mira no logra ver más que unas manos. Ella, lentamente levantara el rostro de él con los dedos (PLANO MEDIO). Un pequeño roce.  Y entonces el hombre encadenado reaccionará, al tiempo que levantará la mirada girando hacia arriba las cejas en señal de asombro, abriendo las pupilas, tratando de recordar algo (PRIMERÍSIMO PRIMER PLANO).
Es imposible, ha ocupado muchos cuerpos hasta entonces, pero esta será primera vez que tenga la sensación de que conoce a alguien. Sus manos le resultan familiares. Maldita sea (ZOOM A LOS PENSAMIENTOS), le resulta familiar incluso ese perfume barato de jazmín. Sabe, intuye, que la conoce de algo. Ella llorará, dejará que las lágrimas caigan despacio, acariciando suavemente la mejilla, y él, las secará con las mangas de su uniforme, de ese pijama azul que lleva puesto. Y por un instante, querrá que aquel hombre, que aquella carcasa, se pegara a su alma como si fuera su verdadero cuerpo. Y sentirá lástima de él, por el hombre encadenado, porque pensará que con sus últimos instantes robados, está ya muerto.
El hombre encadenado se marchará con las lágrimas de ella humedeciendo su camisa, y le veremos avanzando por el pasillo (TRAVELLING), mientras ella se girará para mirarle por última vez.  Si hiciéramos un ZOOM A SUS PENSAMIENTOS, veríamos que está rota por dentro. SUBIMOS EL VOLUMEN DE LA MÚSICA. FUNDIDO EN BLANCO. ENCADENADO.
 INTERIOR. DÍA. Plano tomado desde arriba (PLANO CENITAL) la habitación parece aun más pequeña. Paredes verdes. Entra la luz por la ventana y se refleja la sombra de un pájaro que vuela. Sólo una cama, y un cuerpo inerte sobre ella. Sudoroso. Los ojos cerrados. Todavía no quiere abrirlos aunque está despierto. Nos metemos en su mente unos segundos (ZOOM A SUS PENSAMIENTOS). Quiere abrir los ojos, pero tiene miedo.
Los abre con cuidado, y se da cuenta de que todo está borroso. Miramos con sus ojos (PLANO SUBJETIVO). Vemos que se acerca alguien, y él nota que alguien se inclina sobre él y casi le roza. Nota el olor de un perfume barato, que le resulta irresistible. Que  está seguro que conoce.
Y entonces, y aún sin abrir los ojos, escucha una voz femenina
- ¡Se ha despertado, es increíble! se ha despertado, es un milagro.- Dice ella, con emoción en sus palabras. Él mueve sus manos. Quiere tocar su rostro. Le duele la cabeza.
- ¿Te conozco de algo?- acierta a decir él, como un murmullo.
- Te llevo cuidando meses, tuviste un accidente. Soy tu enfermera, pero es la primera vez que me ves.- Y vemos una lágrima que cae por el rostro de la joven de ojos claros, y entonces hacemos foco en ella, y ya no la vemos distorsionada. Es ella.
- Perdona, he pasado un día horrible. – añadirá, sonriendo tímidamente, tristemente- Me alegro de que estés de nuevo con nosotros.
ZOOM A LOS PENSAMIENTOS. Recuerda. Ahora recordará todo. El accidente. El momento en el que levantó los ojos de la carretera. Cuando la vio junto al hospital, llorando, con su jersey verde. Giró la cabeza para verla mejor.
Y después (PLANO SUBJETIVO), se salió de la carretera, y se estrelló contra el árbol. Un golpe brusco. Notó que se elevaba como si estuviera en una grúa. Como si volará. Y desde allí, descendió despacio hasta el suelo, y decidió  buscar su cuerpo.
Su cuerpo. Y se dará cuenta, de que por fin ha vuelto.
SUBIMOS EL VOLUMEN DE LA MÚSICA. FUNDIDO EN NEGRO
 
SOBREIMPRESO APARECE LA PALABRA “FIN”
 
Escrito y dirigido por M. S.

LA OTRA VOZ (DETRÁS DE LA MÁSCARA)

Si habéis visto alguna de las estupendas películas de Matt Hobson, sabéis a lo que me refiero cuando hablo de presencia hipnótica. Si las habéis visto dobladas reconoceréis mi voz.
 
Yo no tenía vocación de actor, y menos de doblaje. Empecé en esto por casualidad, y aunque él no lo sabía, llevaba ya quince años pegado a su sombra y prestándole mi voz y mi poco talento, la verdad es que se me fue metiendo dentro. Acabé vistiendo como él, adelgazando, o engordando según su papel. Hacia cualquier cosa que hiciese él, y estuviese al alcance de mi famélico bolsillo, como si fuese su espejo.
 
Aquel fatídico 15 de febrero, me inclinaba sobre el atril de metal leyendo el guión, con su reflejo posado suavemente sobre mí, tratando de encajar cada sílaba en sus movimientos labiales.
-Repite esa última línea desde el hola- dijo el director desde la cabina iluminada.
- Hola- repetí encajándolo perfectamente en el hello silenciado de Matt.
 - Espera. Corta, ha ocurrido algo, me acaban de decir, que Matt Hobson ha muerto esta mañana.
Fue a las 8 de la mañana hora de Los Ángeles cuando ocurrió. Sobredosis, dijeron. Busqué por toda la ciudad una licorería en la que envolvieran las botellas en papel marrón. Quería emborracharme sí, pero quería hacerlo cómo en las películas.
La ciudad estaba a oscuras, y es que parecía que ahora que Matt no existía, se apagaban  todas las luces como señal de respeto, o quizás la ciudad no estuviera hecha para la lluvia.
-Esto es por ti, – dije levantando la botella a la luna cubierta de nubes de tormenta.
 Cuando llegué a casa empapado, abrazado a la soledad de cristal de las botellas, tuve que subir a tientas por la escalera. Y una vez en el apartamento, fui bebiendo pequeños sorbos por su memoria, mientras revolvía todo buscando las cerillas, hasta que las encontré, y encendí la primera.
Miré a mi alrededor, elevando la pequeña llama hasta iluminar mi rostro, y descubrí sombras, contornos extraños en las paredes del cuarto. Se me cortó la respiración. Me asusté y tiré al suelo la cerilla, y al hacerlo las figuras se apagaron, se desvanecieron.  Pensé que estaba loco.
 Bebí un sorbo más. No había nadie allí conmigo. “Debe ser el alcohol, que me hace ver cosas que no son” me dije y encendí otra cerilla.
-  Hola, hijo mío- dijo una señora que no recordaba haber visto en mi vida, pero estaba seguro de que no era mi madre.  Me asustó con sus gafas gruesas, que distorsionaban su mirada. Era de mediana edad, llevaba una bata y una redecilla en el pelo.
-    No me gusta la casa que tienes ahora. ¿Dónde está la piscina?- añadió la señora.- Y quitaté esa ropa mojada.
-  Matt, soy Hal- dijo una voz a su lado. Un rostro de hombre mayor, con poco pelo y  cara de preocupación- ¿Por qué me traicionaste? ¿Por qué te marchaste de la agencia? Yo fui quien te hice grande, podría haber encontrado un papel maravilloso para ti.
- Matt, sólo necesito 200 dólares, de verdad, los necesito. Será la última vez que te pida dinero, por favor ayúdame. – dijo una muchacha, comiéndose las sílabas, y mordiéndose al mismo tiempo nerviosamente el pelo. La cara pálida y delgada, los brazos calados de agujeros.
- !Pero yo no soy Matt!- les dije- !Os habéis equivocado!  Matt ha muerto esta mañana.
Pero no me creían, habían seguido la voz de Matt y les había llevado hasta mí. Yo no era Matt, pero la confusión era posible alumbrado por la luz de una simple cerilla.
-          !Marchaos de aquí!- y soplaba sobre la cerilla, y al minuto encendía una nueva buscando compañía.
Nunca me gustó beber solo.
 Y volvieron a aparecer esas figuras. La mujer que no era mi madre, el hombre mayor que me regañaba por haber cambiado de agente y haberle dejado en la estacada, y la joven llamada Sue, que me pedía insistentemente 200 dólares -”lo juro, Matt serán los últimos”, me decía-. Apagaba y encendía las cerillas, y cada vez me sentía más extrañamente acompañado.
Soplaba la pequeña llama azulada acallando sus palabras y antes de que el humo desapareciera, las anhelaba. “No puedo estar sólo, no quiero estar sólo”. Y encendía de nuevo una cerilla. No sé como fue, una cerilla mal apagada cayó al suelo.
La llama brillante recorrió la habitación rápidamente, y el fuego creció hacia arriba y me cubrió como un edredón.
No me moví. Poco sentía yo después de varias botellas.
No sé quien me sacó. Recuerdo un infierno rojo y gris. Lograron sacarme de allí con mi piel quemada en casi un 90 %. Debería haber muerto, y de hecho pensé que había muerto.
Me debatí durante semanas dudando si coger un camino u otro. Florence Hobson cuidándome noche y día, contenta de que le dejara entrar al fin en mi vida. “Te cuidaré, como no te cuidé cuando eras niño”. “Vale, mamá”, le dije, sin atreverme a contradecirle. Le di 200 euros a Sue, y me besó en los labios y caminó con una gran sonrisa hacia la luz. Y le dije a Hal que por supuesto aceptaría el papel que encontrara para mí y se llevaría el 15%.
Cuando desperté entre las sábanas blancas del hospital y el olor a carne quemada, la primera llamada que recibí fue extraña. Me daban el papel principal de un gran musical. Había sido recomendado por alguien, aunque nunca supe por quien. Lo más raro es que nunca me presenté a la audición, así que pensé en Hal. Es una locura, lo sé.
Y ahora tras la máscara de látex, simulo ser un fantasma. Y oigo aplausos desde cada butaca. Butacas rojas teñidas por miles de colores diferentes. ¡Y me aplauden a mí!  !A mí!
 Y yo, Luis, envuelto en mi capa oscura que oculta mi piel cubierta de cicatrices negras, proyecto desde arriba mi propia voz detrás de la máscara y  despojada de toda impostura.
Y sí, ahora soy una estrella, pero aún tengo una queja: por mucho que enciendo cerillas en la oscuridad del camerino, no veo nada más que sombras y humo, lo me preocupa, porque no sé cómo hacerle llegar a Hal su 15%.

M.S.

LA OTRA VOZ (DETRÁS DE LA MÁSCARA)

Si habéis visto alguna de las estupendas películas de Matt Hobson, sabéis a lo que me refiero cuando hablo de presencia hipnótica. Si las habéis visto dobladas reconoceréis mi voz.
 
Yo no tenía vocación de actor, y menos de doblaje. Empecé en esto por casualidad, y aunque él no lo sabía, llevaba ya quince años pegado a su sombra y prestándole mi voz y mi poco talento, la verdad es que se me fue metiendo dentro. Acabé vistiendo como él, adelgazando, o engordando según su papel. Hacia cualquier cosa que hiciese él, y estuviese al alcance de mi famélico bolsillo, como si fuese su espejo.
 
Aquel fatídico 15 de febrero, me inclinaba sobre el atril de metal leyendo el guión, con su reflejo posado suavemente sobre mí, tratando de encajar cada sílaba en sus movimientos labiales.
-Repite esa última línea desde el hola- dijo el director desde la cabina iluminada.
- Hola- repetí encajándolo perfectamente en el hello silenciado de Matt.
 - Espera. Corta, ha ocurrido algo, me acaban de decir, que Matt Hobson ha muerto esta mañana.
Fue a las 8 de la mañana hora de Los Ángeles cuando ocurrió. Sobredosis, dijeron. Busqué por toda la ciudad una licorería en la que envolvieran las botellas en papel marrón. Quería emborracharme sí, pero quería hacerlo cómo en las películas.
La ciudad estaba a oscuras, y es que parecía que ahora que Matt no existía, se apagaban  todas las luces como señal de respeto, o quizás la ciudad no estuviera hecha para la lluvia.
-Esto es por ti, – dije levantando la botella a la luna cubierta de nubes de tormenta.
 Cuando llegué a casa empapado, abrazado a la soledad de cristal de las botellas, tuve que subir a tientas por la escalera. Y una vez en el apartamento, fui bebiendo pequeños sorbos por su memoria, mientras revolvía todo buscando las cerillas, hasta que las encontré, y encendí la primera.
Miré a mi alrededor, elevando la pequeña llama hasta iluminar mi rostro, y descubrí sombras, contornos extraños en las paredes del cuarto. Se me cortó la respiración. Me asusté y tiré al suelo la cerilla, y al hacerlo las figuras se apagaron, se desvanecieron.  Pensé que estaba loco.
 Bebí un sorbo más. No había nadie allí conmigo. “Debe ser el alcohol, que me hace ver cosas que no son” me dije y encendí otra cerilla.
-  Hola, hijo mío- dijo una señora que no recordaba haber visto en mi vida, pero estaba seguro de que no era mi madre.  Me asustó con sus gafas gruesas, que distorsionaban su mirada. Era de mediana edad, llevaba una bata y una redecilla en el pelo.
-    No me gusta la casa que tienes ahora. ¿Dónde está la piscina?- añadió la señora.- Y quitaté esa ropa mojada.
-  Matt, soy Hal- dijo una voz a su lado. Un rostro de hombre mayor, con poco pelo y  cara de preocupación- ¿Por qué me traicionaste? ¿Por qué te marchaste de la agencia? Yo fui quien te hice grande, podría haber encontrado un papel maravilloso para ti.
- Matt, sólo necesito 200 dólares, de verdad, los necesito. Será la última vez que te pida dinero, por favor ayúdame. – dijo una muchacha, comiéndose las sílabas, y mordiéndose al mismo tiempo nerviosamente el pelo. La cara pálida y delgada, los brazos calados de agujeros.
- !Pero yo no soy Matt!- les dije- !Os habéis equivocado!  Matt ha muerto esta mañana.
Pero no me creían, habían seguido la voz de Matt y les había llevado hasta mí. Yo no era Matt, pero la confusión era posible alumbrado por la luz de una simple cerilla.
-          !Marchaos de aquí!- y soplaba sobre la cerilla, y al minuto encendía una nueva buscando compañía.
Nunca me gustó beber solo.
 Y volvieron a aparecer esas figuras. La mujer que no era mi madre, el hombre mayor que me regañaba por haber cambiado de agente y haberle dejado en la estacada, y la joven llamada Sue, que me pedía insistentemente 200 dólares -”lo juro, Matt serán los últimos”, me decía-. Apagaba y encendía las cerillas, y cada vez me sentía más extrañamente acompañado.
Soplaba la pequeña llama azulada acallando sus palabras y antes de que el humo desapareciera, las anhelaba. “No puedo estar sólo, no quiero estar sólo”. Y encendía de nuevo una cerilla. No sé como fue, una cerilla mal apagada cayó al suelo.
La llama brillante recorrió la habitación rápidamente, y el fuego creció hacia arriba y me cubrió como un edredón.
No me moví. Poco sentía yo después de varias botellas.
No sé quien me sacó. Recuerdo un infierno rojo y gris. Lograron sacarme de allí con mi piel quemada en casi un 90 %. Debería haber muerto, y de hecho pensé que había muerto.
Me debatí durante semanas dudando si coger un camino u otro. Florence Hobson cuidándome noche y día, contenta de que le dejara entrar al fin en mi vida. “Te cuidaré, como no te cuidé cuando eras niño”. “Vale, mamá”, le dije, sin atreverme a contradecirle. Le di 200 euros a Sue, y me besó en los labios y caminó con una gran sonrisa hacia la luz. Y le dije a Hal que por supuesto aceptaría el papel que encontrara para mí y se llevaría el 15%.
Cuando desperté entre las sábanas blancas del hospital y el olor a carne quemada, la primera llamada que recibí fue extraña. Me daban el papel principal de un gran musical. Había sido recomendado por alguien, aunque nunca supe por quien. Lo más raro es que nunca me presenté a la audición, así que pensé en Hal. Es una locura, lo sé.
Y ahora tras la máscara de látex, simulo ser un fantasma. Y oigo aplausos desde cada butaca. Butacas rojas teñidas por miles de colores diferentes. ¡Y me aplauden a mí!  !A mí!
 Y yo, Luis, envuelto en mi capa oscura que oculta mi piel cubierta de cicatrices negras, proyecto desde arriba mi propia voz detrás de la máscara y  despojada de toda impostura.
Y sí, ahora soy una estrella, pero aún tengo una queja: por mucho que enciendo cerillas en la oscuridad del camerino, no veo nada más que sombras y humo, lo me preocupa, porque no sé cómo hacerle llegar a Hal su 15%.

M.S.

EL CORAZÓN ESCONDIDO

La miraba cada día en silencio bajar al puerto por el camino de grava que roza el muro. La miraba en silencio, aunque el corazón le latía con fuerza, a penas ahogado por el murmullo del mar, y las voces del puerto. Todos esos pescadores, que llegaban con sus barcas de colores, y extendían las redes como si fuesen telas de araña. Y el sol penetrando por ellas,  dibujaba el cuerpo de ella con una sombra en un tapiz dorado, adornado el suelo por esos caballeros con sus cotas de mallas hechas de escamas, que luchaban con su último aliento por escapar de las redes y nadar mar adentro.
¡Oh, la bahía tenía tantos colores y reflejos! Tantos pensamientos… no estaba desierto de sensaciones, sino que estaba vivo y en perpetuo movimiento, y allí ella miraba hacia el faro que se erguía entre las rocas, y trataba de tocar el cielo, iluminándolo todo. Ella también hubiera querido tocarlo con los dedos…
Y él, Lucien, allí en la terraza, sin apartar la mirada. En invierno y en verano. La luz era diferente y con ella, los colores cambiaban, y cada día aún siendo la misma, Amelia parecía cambiada. ¿Qué precio tiene una mentira? Se había preguntado,  hasta que cada atardecer, las palabras parecieran apagarse, a la vez que el faro, siempre el faro, encendía con su luz a lo lejos, todos esos fantasmas del pasado.
Una década, dos décadas, tres…. ¡Cuánto tiempo había pasado, cubriendo de plata el pelo, y el cuerpo con esa sensación de estar siempre mojado! Arrugado. Consumido. Envejecido. Amortajado…
Habían pasado el verano los tres juntos, él Lucien, Jan y Amelia. Cómo otros veranos lo pasaron, pero aquel año cambió todo. Aquel año cogieron sus bicis y subieron hasta el pueblo, en la montaña. Qué paisaje más maravilloso desde arriba. Todas esas casas ocres, se volvieron doradas con el sol del verano, y alrededor, alrededor todas esas viñas, que cómo si fuesen colchas cubrían el paisaje y lo convertían en  cuadrículas. Cómo en una tela de araña, hecha de finos hilos que el destino tejía con sus manos.
Y las uvas. Cómo recordaba aquellas uvas enormes en sus dedos. Cómo recordaba apretar aquellas uvas esperando que todo ese jugo explotara entre sus dedos, y luego llevárselo lentamente a los labios, como un beso.
¿No era maravilloso sentirse tan vivo? Olía a rosas, porque en los viñedos, siempre huele a rosas, y bajo aquellos árboles llenos de uvas maduras, que dejaban reflejos dorados en su pelo, en el pelo de ella, tan bellamente trenzado. Ellos, los dos, soñaban con tener a Amelia siempre a su lado..
Ella siempre había estado cerca de Jan. Recordaba el año anterior, los dos solos, en aquel mismo lugar. Cómo habían tirado una moneda al pozo, con los ojos cerrados. Un ligero temblor en las manos entrelazadas. Y una promesa silenciosa “estaremos siempre juntos”, que ninguno había pronunciado, y que cayó en silencio al fondo del pozo.
Jan, sólo era el hijo del farero. Y para ella, para Amelia, no había nada más hermoso que caminar por aquellas rocas junto al faro, en un lugar que no era tierra ni mar, pensaba ella, pues la tierra se volvía mar continuamente, al entrar entre las rocas en colores claros, dejando ver multitud de peces plateados y  tal vez  una medusa al fondo, que iluminaba el momento desde abajo. El agua cubría esos peldaños de madera, desvencijados, y ahora, seguro que como todo lo demás, podrido y olvidado. Y los dos descalzos, acariciando el suelo con sus pies en lugar de acariciarse ellos con sus manos. El mejor recuerdo, el más preciado. Un túnel infinito que se apoderaba de ella, y la enviaba más abajo.
Un pozo en el que se asomaba un año más tarde, Jan, completamente solo. Tratando de ver alguna luz al final del pozo que iluminara todos esos sueños perdidos, adormecidos, amortajados, desde el anterior verano. Pues qué era un pozo sino un faro invertido, en el que la luz que guiaba a los navegantes se perdía, un cementerio de sueños, que dejaba penetrar el agua hasta arrasarlo todo.
Eran tres ramitas. Tres. El azar que es una araña le hizo coger  la más larga. Cómo ser capaz de impedirlo se decía Jan cómo decir las palabras adecuadas. Las palabras que le acercaran a ella. Parecía que un muro invisible se había interpuesto entre los dos, rompiendo todas esas promesas que como un hilo había cosido su alma a la de ella. Y ya todo se había perdido. Olvidado. Enterrado.  Él había visto como Lucien la miraba. Él había visto, como le rozaba su piel sedosa, como le apartaba un mechón de su pelo de la cara. No tenía que ser más sabio de lo que era para saber que querían estar a solas. Escondidos. Olvidados. No quería imaginarse lo que encontraría si realmente les hubiera buscado. Jugar al escondite no tiene sentido cuando el que busca teme encontrar, y los que se esconden no quieren ser encontrados.
Lucien le había dicho a Amelia que Jan no la quería, mientras le desabrochaba cada botón de la camisa, y metía la mano dentro con los dedos aún pegajosos por las uvas, dejando sus huellas para siempre grabadas en su destino hasta entonces en blanco como su camisa. Sentía su suavidad y el calor en sus manos. Todo el verano enfermo de celos, debía ser recompensado. Y ella no le había creído al principio, pero la duda fue entrando dentro de ella y fue haciendo mella con cada caricia en su fe ciega. Poco a poco, cómo si se excavara un pozo en plena tierra.
Empezó a ver fantasmas allí donde no había nada, o si acaso, sólo había niebla. No veía el faro a lo lejos que le servía de guía. No veía nada más que el túnel sombrío en que se había convertido su vida.
Y se entregó con desconsuelo en brazos de Lucien, respondiendo, como si fuera un espejo. Jan no me quiere. Nunca, nunca jamás me ha querido. He sido tan tonta..Se decía tragándose las lágrimas antes de ser derramadas, esas mismas lágrimas, saladas como el mar, que surcaban el rostro de Jan, y caían al pozo con todos sus sueños.
Cuantas uvas comieron. Cuantas pepitas escupieron… Pequeñas semillas que se convirtieron poco a poco en su nueva vida. Un bonito jardín y una bonita casa. Aquí en el pueblo, en plena bahía.
Y ahora, tanto tiempo después, Lucien sólo podía mirar cada día como ella bajaba hasta el puerto, por el camino de grava que roza el muro, en silencio, aunque el corazón escondido, le latiera con fuerza en el pecho. Él sabía que ella deseaba perderse en el mar, y así hacía cada día por perder la mirada, entre las olas, bajo la mirada de Lucien, vigilante como el faro.
Ojala pudiera ver una luz u otra, se decía Lucien, y al fin, ser encontrada. Pero la razón se apagaba, poco a poco. Igual que el día. Y ya sólo se veía el faro.

M.S.

EL CORAZÓN ESCONDIDO

La miraba cada día en silencio bajar al puerto por el camino de grava que roza el muro. La miraba en silencio, aunque el corazón le latía con fuerza, a penas ahogado por el murmullo del mar, y las voces del puerto. Todos esos pescadores, que llegaban con sus barcas de colores, y extendían las redes como si fuesen telas de araña. Y el sol penetrando por ellas,  dibujaba el cuerpo de ella con una sombra en un tapiz dorado, adornado el suelo por esos caballeros con sus cotas de mallas hechas de escamas, que luchaban con su último aliento por escapar de las redes y nadar mar adentro.
¡Oh, la bahía tenía tantos colores y reflejos! Tantos pensamientos… no estaba desierto de sensaciones, sino que estaba vivo y en perpetuo movimiento, y allí ella miraba hacia el faro que se erguía entre las rocas, y trataba de tocar el cielo, iluminándolo todo. Ella también hubiera querido tocarlo con los dedos…
Y él, Lucien, allí en la terraza, sin apartar la mirada. En invierno y en verano. La luz era diferente y con ella, los colores cambiaban, y cada día aún siendo la misma, Amelia parecía cambiada. ¿Qué precio tiene una mentira? Se había preguntado,  hasta que cada atardecer, las palabras parecieran apagarse, a la vez que el faro, siempre el faro, encendía con su luz a lo lejos, todos esos fantasmas del pasado.
Una década, dos décadas, tres…. ¡Cuánto tiempo había pasado, cubriendo de plata el pelo, y el cuerpo con esa sensación de estar siempre mojado! Arrugado. Consumido. Envejecido. Amortajado…
Habían pasado el verano los tres juntos, él Lucien, Jan y Amelia. Cómo otros veranos lo pasaron, pero aquel año cambió todo. Aquel año cogieron sus bicis y subieron hasta el pueblo, en la montaña. Qué paisaje más maravilloso desde arriba. Todas esas casas ocres, se volvieron doradas con el sol del verano, y alrededor, alrededor todas esas viñas, que cómo si fuesen colchas cubrían el paisaje y lo convertían en  cuadrículas. Cómo en una tela de araña, hecha de finos hilos que el destino tejía con sus manos.
Y las uvas. Cómo recordaba aquellas uvas enormes en sus dedos. Cómo recordaba apretar aquellas uvas esperando que todo ese jugo explotara entre sus dedos, y luego llevárselo lentamente a los labios, como un beso.
¿No era maravilloso sentirse tan vivo? Olía a rosas, porque en los viñedos, siempre huele a rosas, y bajo aquellos árboles llenos de uvas maduras, que dejaban reflejos dorados en su pelo, en el pelo de ella, tan bellamente trenzado. Ellos, los dos, soñaban con tener a Amelia siempre a su lado..
Ella siempre había estado cerca de Jan. Recordaba el año anterior, los dos solos, en aquel mismo lugar. Cómo habían tirado una moneda al pozo, con los ojos cerrados. Un ligero temblor en las manos entrelazadas. Y una promesa silenciosa “estaremos siempre juntos”, que ninguno había pronunciado, y que cayó en silencio al fondo del pozo.
Jan, sólo era el hijo del farero. Y para ella, para Amelia, no había nada más hermoso que caminar por aquellas rocas junto al faro, en un lugar que no era tierra ni mar, pensaba ella, pues la tierra se volvía mar continuamente, al entrar entre las rocas en colores claros, dejando ver multitud de peces plateados y  tal vez  una medusa al fondo, que iluminaba el momento desde abajo. El agua cubría esos peldaños de madera, desvencijados, y ahora, seguro que como todo lo demás, podrido y olvidado. Y los dos descalzos, acariciando el suelo con sus pies en lugar de acariciarse ellos con sus manos. El mejor recuerdo, el más preciado. Un túnel infinito que se apoderaba de ella, y la enviaba más abajo.
Un pozo en el que se asomaba un año más tarde, Jan, completamente solo. Tratando de ver alguna luz al final del pozo que iluminara todos esos sueños perdidos, adormecidos, amortajados, desde el anterior verano. Pues qué era un pozo sino un faro invertido, en el que la luz que guiaba a los navegantes se perdía, un cementerio de sueños, que dejaba penetrar el agua hasta arrasarlo todo.
Eran tres ramitas. Tres. El azar que es una araña le hizo coger  la más larga. Cómo ser capaz de impedirlo se decía Jan cómo decir las palabras adecuadas. Las palabras que le acercaran a ella. Parecía que un muro invisible se había interpuesto entre los dos, rompiendo todas esas promesas que como un hilo había cosido su alma a la de ella. Y ya todo se había perdido. Olvidado. Enterrado.  Él había visto como Lucien la miraba. Él había visto, como le rozaba su piel sedosa, como le apartaba un mechón de su pelo de la cara. No tenía que ser más sabio de lo que era para saber que querían estar a solas. Escondidos. Olvidados. No quería imaginarse lo que encontraría si realmente les hubiera buscado. Jugar al escondite no tiene sentido cuando el que busca teme encontrar, y los que se esconden no quieren ser encontrados.
Lucien le había dicho a Amelia que Jan no la quería, mientras le desabrochaba cada botón de la camisa, y metía la mano dentro con los dedos aún pegajosos por las uvas, dejando sus huellas para siempre grabadas en su destino hasta entonces en blanco como su camisa. Sentía su suavidad y el calor en sus manos. Todo el verano enfermo de celos, debía ser recompensado. Y ella no le había creído al principio, pero la duda fue entrando dentro de ella y fue haciendo mella con cada caricia en su fe ciega. Poco a poco, cómo si se excavara un pozo en plena tierra.
Empezó a ver fantasmas allí donde no había nada, o si acaso, sólo había niebla. No veía el faro a lo lejos que le servía de guía. No veía nada más que el túnel sombrío en que se había convertido su vida.
Y se entregó con desconsuelo en brazos de Lucien, respondiendo, como si fuera un espejo. Jan no me quiere. Nunca, nunca jamás me ha querido. He sido tan tonta..Se decía tragándose las lágrimas antes de ser derramadas, esas mismas lágrimas, saladas como el mar, que surcaban el rostro de Jan, y caían al pozo con todos sus sueños.
Cuantas uvas comieron. Cuantas pepitas escupieron… Pequeñas semillas que se convirtieron poco a poco en su nueva vida. Un bonito jardín y una bonita casa. Aquí en el pueblo, en plena bahía.
Y ahora, tanto tiempo después, Lucien sólo podía mirar cada día como ella bajaba hasta el puerto, por el camino de grava que roza el muro, en silencio, aunque el corazón escondido, le latiera con fuerza en el pecho. Él sabía que ella deseaba perderse en el mar, y así hacía cada día por perder la mirada, entre las olas, bajo la mirada de Lucien, vigilante como el faro.
Ojala pudiera ver una luz u otra, se decía Lucien, y al fin, ser encontrada. Pero la razón se apagaba, poco a poco. Igual que el día. Y ya sólo se veía el faro.