AYER, EN EL ARCHIVO DE LAS PALABRAS QUE NO IMPORTAN

Ayer, en el Archivo de las Palabras que no Importan encontr tu nombre, como una certeza que te atrapa y ya nunca te suelta. Haba llegado all despus de una eternidad esperando junto a los muros infranqueables de la fortaleza que se abriera una grieta lo suficientemente gruesa para permitirme entrar y rescatarte, devolvindote ms all de las fronteras donde habitan para siempre los recuerdos.
Conoca las normas que existan para que el portn se abriera:
-No estar vivo.
-Que nadie vivo pudiera recordarme.
-Que tuviera alguna cuenta pendiente con el Olvido.
Quizs no era un candidato para entrar, pues hice cosas que pudieran ser recordadas, aunque como soldado sin nombre no haba sido ms que un trazo escrito a lpiz en una pgina de la historia del mundo, perfectamente borrable. Slo un canto rodado arrojado por las olas contra un muro.
Finalmente alguna piedra pareci moverse, dejndome entrar por un hueco, y una vez dentro no fue difcil robar un uniforme que me confundiera con el resto. Los Olvidados son gente aptica, que muchas veces abrazaron el Olvido voluntariamente, por lo que rara vez reaccionan. El lado malo es que tampoco existe amistad o compaerismo, nadie necesita nada. No trat de buscarte all dentro, saba que para liberarte slo exista una llave, deba encontrar tus palabras.
Me entregu al trabajo de buscar en la arena, metiendo las manos hasta el fondo. Buscar entre los papeles rotos que el tiempo fue amontonando y tratar de encajarlos, como si t fueras un puzzle que deban reconstruir mis manos.
Recordaba tu caligrafa que evocaba a cada instante, pero no encontraba correspondencia entre todos aquellos fragmentos embarrados y pisoteados despus de tanto tiempo. Llegu a pensar que no lo conseguira. Fui excavando como si fuese tu tumba. Mis uas estaban negras, y mi mente enloquecida. Te encontrar me deca, te devolver a la vida.
Al fin, encontr tu nombre escrito. Encontr aquel fragmento con tu letra que me acompa toda mi vida. Y a partir de ah, empezaron a surgir las palabras y empezaron a encajar los versos.
Y empec a ver fragmentos de tu imagen frente a m, entrelneas. Radiante y hermosa, aunque an desdibujada, como si yo fuera un escultor que con mi mente te modelaba.
Estabas apoyada en el muro. Leyendo en voz alta, anhelante, soadora, con los ojos cerrados, con las puntas de tu pelo agitado por el viento, el resto retenido por tu gorro rojo de lana.
Hablabas de una rosa roja, perfecta y hermosa, crecida en mitad del cemento. Y yo no poda pensar ms que entre aquellos muros t eras la rosa, tan distinta a los tuyos.
Claro est que t no me mirabas, yo era un soldado. Era un enemigo, y bien te haban dicho que de mi y de todo lo mo, te alejaras.
La noche prepar la coartada. Penetr dentro de tu mundo como los otros, invadindolo con nuestras armas. Tanta gente que estaba escondida, poco despus muerta en una esquina, acribillada.
Yo temblaba, no quera mirar haca tu ventana. Saba que una mirada servira para condenarte. Y cuando te vi escondida, abrazada a tus cuadernos como un pajarillo asustado, me qued paralizado. Quise apartar la mirada, pero no pude. Llevaste tu dedo a los labios suplicando mi silencio, pero ellos, los otros, te encontraron.
Al verte rodeada, asustada, entre gemidos rasgaste tus palabras, rasgaste tu legado para que no pudieran robarte lo que ms amabas, y sobre un lecho de palabras te llevaron a rastras. Pens que me mora cada vez que alguien te empujaba Pero qu poda hacer yo? Da igual, el caso es que no hice nada.
Me guard en la chaqueta un fragmento con tu nombre pisoteado por las botas de un soldado, el resto qued embarrado y muerto, olvidado por siempre en el gueto.
Acarici dulcemente mi tesoro, como si fuera una parte de ti, y de esa forma nunca estuve ms cerca de rozarte que en aquel momento, en el que escuchaba tus gemidos y acariciaba tu nombre por ti misma escrito.
Ayer, cuando encontr tu manuscrito fragmentado, not ms ligeras las cadenas, como si no me rozaran. Olvidaste tambin tus cadenas? No creo que pudieras olvidarlas.
Recuerdo como escribas libertad en la arena del patio, al modo de los antiguos cazadores prehistricos que otorgaban cualidades mgicas a lo que plasmaban en sus cuevas. A dnde van las palabras que lleva el mar? A dnde los susurros perdidos entre las hojas de un bosque? Pens entonces que si las palabras muertas llegaran a algn sitio existira una historia del mundo paralela, y en esa historia, tal vez quien sabe si todo podra tener un final distinto.
Y as busque en cada rincn del mundo y ms all del mundo. Si existe un lugar, un castillo errante donde se amontone aquello que se ha perdido. Donde las almas olvidadas descansen esperando ser recordadas, si existe ese lugar, ese lugar ser mi destino.
Entonces pude ver con claridad, aquellas palabras nunca ledas, escritas con los dedos en la arena de Auschwitz.
- Aydame, por favor, aydame- Imploraste.
Mientras, yo tena tu nombre guardado en mi bolsillo. La guerra terminar pronto. Ser liberada.
Pero me engaaba.
La ltima noche despert en mitad de una pesadilla, el aire era demasiado pesado y no era fcil respirar. Ms all del cristal de la ventana la niebla era densa, mezclada con las almas de los cuerpos que se amontonaban.
All te vi, an hermosa, pero tirada en el cemento como una rosa marchitada. Muy pronto all slo quedaran cenizas y olor a carne quemada.
Y al fin hoy, en el Archivo de las Palabras que no Importan complet la ltima pieza y al hacerlo, pude ayudarte a salir de aquella niebla.
All estabas, tal y como te recordaba, tan perfecta. Y supe que en algn lugar, al otro lado de este mundo, ms all de las fronteras, alguien pronto encontrara tus manuscritos y seras redescubierta.
Te volv a ver un instante, con toda tu luz, tal y como jur que te recordara.
- Debes prepararte para partir- te dije con lgrimas en los ojos, apartando mi mirada, an sabiendo que aquella sera la ltima vez que te vera, pesaba ms la vergenza en la balanza.
Me miraste confusa, te llevaste el dedo a los labios, suplicando mi silencio, como en aquel otro momento, y entonces, escuch tus palabras como un eco mientras se apagaban:
- Vendrs conmigo,- me dijiste- Es que an no lo entiendes? Si debo ser recordada es por ti, porque t siempre fuiste la rosa.

M.S.

AYER, EN EL ARCHIVO DE LAS PALABRAS QUE NO IMPORTAN

Ayer, en el Archivo de las Palabras que no Importan encontr tu nombre, como una certeza que te atrapa y ya nunca te suelta. Haba llegado all despus de una eternidad esperando junto a los muros infranqueables de la fortaleza que se abriera una grieta lo suficientemente gruesa para permitirme entrar y rescatarte, devolvindote ms all de las fronteras donde habitan para siempre los recuerdos.
Conoca las normas que existan para que el portn se abriera:
-No estar vivo.
-Que nadie vivo pudiera recordarme.
-Que tuviera alguna cuenta pendiente con el Olvido.
Quizs no era un candidato para entrar, pues hice cosas que pudieran ser recordadas, aunque como soldado sin nombre no haba sido ms que un trazo escrito a lpiz en una pgina de la historia del mundo, perfectamente borrable. Slo un canto rodado arrojado por las olas contra un muro.
Finalmente alguna piedra pareci moverse, dejndome entrar por un hueco, y una vez dentro no fue difcil robar un uniforme que me confundiera con el resto. Los Olvidados son gente aptica, que muchas veces abrazaron el Olvido voluntariamente, por lo que rara vez reaccionan. El lado malo es que tampoco existe amistad o compaerismo, nadie necesita nada. No trat de buscarte all dentro, saba que para liberarte slo exista una llave, deba encontrar tus palabras.
Me entregu al trabajo de buscar en la arena, metiendo las manos hasta el fondo. Buscar entre los papeles rotos que el tiempo fue amontonando y tratar de encajarlos, como si t fueras un puzzle que deban reconstruir mis manos.
Recordaba tu caligrafa que evocaba a cada instante, pero no encontraba correspondencia entre todos aquellos fragmentos embarrados y pisoteados despus de tanto tiempo. Llegu a pensar que no lo conseguira. Fui excavando como si fuese tu tumba. Mis uas estaban negras, y mi mente enloquecida. Te encontrar me deca, te devolver a la vida.
Al fin, encontr tu nombre escrito. Encontr aquel fragmento con tu letra que me acompa toda mi vida. Y a partir de ah, empezaron a surgir las palabras y empezaron a encajar los versos.
Y empec a ver fragmentos de tu imagen frente a m, entrelneas. Radiante y hermosa, aunque an desdibujada, como si yo fuera un escultor que con mi mente te modelaba.
Estabas apoyada en el muro. Leyendo en voz alta, anhelante, soadora, con los ojos cerrados, con las puntas de tu pelo agitado por el viento, el resto retenido por tu gorro rojo de lana.
Hablabas de una rosa roja, perfecta y hermosa, crecida en mitad del cemento. Y yo no poda pensar ms que entre aquellos muros t eras la rosa, tan distinta a los tuyos.
Claro est que t no me mirabas, yo era un soldado. Era un enemigo, y bien te haban dicho que de mi y de todo lo mo, te alejaras.
La noche prepar la coartada. Penetr dentro de tu mundo como los otros, invadindolo con nuestras armas. Tanta gente que estaba escondida, poco despus muerta en una esquina, acribillada.
Yo temblaba, no quera mirar haca tu ventana. Saba que una mirada servira para condenarte. Y cuando te vi escondida, abrazada a tus cuadernos como un pajarillo asustado, me qued paralizado. Quise apartar la mirada, pero no pude. Llevaste tu dedo a los labios suplicando mi silencio, pero ellos, los otros, te encontraron.
Al verte rodeada, asustada, entre gemidos rasgaste tus palabras, rasgaste tu legado para que no pudieran robarte lo que ms amabas, y sobre un lecho de palabras te llevaron a rastras. Pens que me mora cada vez que alguien te empujaba Pero qu poda hacer yo? Da igual, el caso es que no hice nada.
Me guard en la chaqueta un fragmento con tu nombre pisoteado por las botas de un soldado, el resto qued embarrado y muerto, olvidado por siempre en el gueto.
Acarici dulcemente mi tesoro, como si fuera una parte de ti, y de esa forma nunca estuve ms cerca de rozarte que en aquel momento, en el que escuchaba tus gemidos y acariciaba tu nombre por ti misma escrito.
Ayer, cuando encontr tu manuscrito fragmentado, not ms ligeras las cadenas, como si no me rozaran. Olvidaste tambin tus cadenas? No creo que pudieras olvidarlas.
Recuerdo como escribas libertad en la arena del patio, al modo de los antiguos cazadores prehistricos que otorgaban cualidades mgicas a lo que plasmaban en sus cuevas. A dnde van las palabras que lleva el mar? A dnde los susurros perdidos entre las hojas de un bosque? Pens entonces que si las palabras muertas llegaran a algn sitio existira una historia del mundo paralela, y en esa historia, tal vez quien sabe si todo podra tener un final distinto.
Y as busque en cada rincn del mundo y ms all del mundo. Si existe un lugar, un castillo errante donde se amontone aquello que se ha perdido. Donde las almas olvidadas descansen esperando ser recordadas, si existe ese lugar, ese lugar ser mi destino.
Entonces pude ver con claridad, aquellas palabras nunca ledas, escritas con los dedos en la arena de Auschwitz.
- Aydame, por favor, aydame- Imploraste.
Mientras, yo tena tu nombre guardado en mi bolsillo. La guerra terminar pronto. Ser liberada.
Pero me engaaba.
La ltima noche despert en mitad de una pesadilla, el aire era demasiado pesado y no era fcil respirar. Ms all del cristal de la ventana la niebla era densa, mezclada con las almas de los cuerpos que se amontonaban.
All te vi, an hermosa, pero tirada en el cemento como una rosa marchitada. Muy pronto all slo quedaran cenizas y olor a carne quemada.
Y al fin hoy, en el Archivo de las Palabras que no Importan complet la ltima pieza y al hacerlo, pude ayudarte a salir de aquella niebla.
All estabas, tal y como te recordaba, tan perfecta. Y supe que en algn lugar, al otro lado de este mundo, ms all de las fronteras, alguien pronto encontrara tus manuscritos y seras redescubierta.
Te volv a ver un instante, con toda tu luz, tal y como jur que te recordara.
- Debes prepararte para partir- te dije con lgrimas en los ojos, apartando mi mirada, an sabiendo que aquella sera la ltima vez que te vera, pesaba ms la vergenza en la balanza.
Me miraste confusa, te llevaste el dedo a los labios, suplicando mi silencio, como en aquel otro momento, y entonces, escuch tus palabras como un eco mientras se apagaban:
- Vendrs conmigo,- me dijiste- Es que an no lo entiendes? Si debo ser recordada es por ti, porque t siempre fuiste la rosa.

M.S.

UN BANDIDO COMO T

Cunto tiempo ha pasado desde aquellos das!, lo veo todo borroso, no tanto por los aos transcurridos, sino porque entonces el viento del desierto no tena barrera y se meta en los ojos, arandolos como minsculas uas. Eran tiempos salvajes, e indmitos en los que yo admiraba tu retrato clavado a las paredes del pueblo, cmo si no te hubieras clavado ms a en mi piel que a aquella pared desconchada. No s por qu yo miraba el fondo de tus ojos, e intua que no eras cmo los otros.
Nada que ver con esa sombra que ahora veo frente a m, mientras pierde la mirada ya sentenciada en el interior de la celda, y ese rostro tan distinto al que aparece en mi memoria. Un rostro surcado con el arado del tiempo y sembrado de barba blanca. La luz de la luna, deja tu figura pintada con las sombras de las rejas oscuras. Y yo, con mi estrella en el pecho, me quedo sin palabras. Cmo si se las llevara el viento antes de ser pronunciadas, y antes de devolverme cada grano, las esparciera por el valle, atormentndome con esas imgenes fantasmales que forman.
Viniste a matar a un hombre, y llegaste como en mis sueos volando en una nube de arena, a lomos de aquel caballo negro al que alentabas con tus espuelas. Te v llegar al pueblo calzando tus botas de cuero, tu rostro cubierto por un pauelo, y tus ojos, escondidos por la sombra de tu sombrero.
Todos estaban aterrorizados con la noticia de tu llegada: “William Quick, el famoso bandido, el maldito, llegar con la luna llena. Un duelo, un duelo de tantos, en una ciudad perdida en la frontera.
Todas las sombras temblaban. Todas, menos aquella pegada a ese desgraciado, a ese hombre muerto que an respiraba, cuando apareci la luna llena apaciguando el horizonte. La luna era su reflejo plido y asustado, desfigurado, anunciando su muerte con luz clara. Pobre iluso desgraciado, slo una muesca ms en tu revolver.
Era un peligroso bandido, eso seguro. Tantos crmenes gravados en sus manos, que haban tapizado la arena de prpura antes de que t hubieras llegado. Ni el sheriff ni los otros tenan el valor de hacerle frente, demasiados bandidos errando por los caminos como para jugarse la vida con esos dados.
Los tiempos han cambiado el paisaje, pero no el corazn de los hombres, y yo, yo entonces slo era un nio, con muchos pjaros en la cabeza, que soaba con ser un hroe.
Mientras miraba como dabas de nuevo tus ltimos pasos clavando la bota a la arena, eran profundas las huellas pues todo ese peso caa sobre tus hombros, y se meta hasta el fondo de tu conciencia.
El viento llegaba y recorra el pueblo con su cuerpo, sin reposarlo siquiera, dejando que la arena enterrara en el olvido tantas leyendas, como tumbas sin marca ni huella. Yo miraba la escena a salvo, detrs de un pequeo y reciente agjero de bala, que haba en la pared de la posada. Tena que ponerme de puntillas, estirando bien el cuerpo, como si estuviera tumbado, clavndome las astillas, pero no me importaba, aquella era mi ventana al mundo para contemplar el que yo crea mi futuro.
Y mientras Caronte esperaba, miraste al otro alos ojos, como antes, otras veces, habas mirado a otros muchos. Pas una eternidad en un instante cmo si ambos en ese momento pensarais en lo ms importante. Unos metros os separaban, los dos a veinte pasos y a una bala de la muerte. Un escalofro. Supongo que nunca pensaste en las veces que recorriste el camino de arena y lo convertirte en sangre! En aquel momento, los revlveres salieron rpidos de las fundas, al contacto con los dedos. Como si fuesen buitres carroeros que volaban en busca de la muerte, disparando balas como graznidos, que cortaron el viento, y que me robaron el aliento, apualando mi odo. Olor a plvora y gritos.
Me dolan los pies, me dolan los dedos de estar de puntillas. Sent un calambre en mis piernas. Y cuando vi, cuando vi que tu cuerpo caa desplomado, sal corriendo hacia t, pensando que moriras en mis brazos En los brazos de un muchacho desconocido, que tanto te haba admirado!
Pero al llegar a tu lado, con mi corazn en los puos, comprob que tu herida no era profunda, y que en ella no caba an tu vida, ni mi llanto. Y al mirar, al mirar al otro le v tendido en un charco de sangre y arena, y supe que el villano haba cado por tus manos.
- Est bien, seor?- y me sonreste al levantarte. Me alborotaste el pelo sucio, cubierto de tierra, y con tu voz grave me dijiste:
- Aprtate de mi camino, pequeo.- y pusiste una moneda de oro en mi mano- Odiame a m, y odia todo lo mo. Soy slo un bandido.- y te alejaste an herido, desvanecindote de nuevo en el polvo del que habas aparecido, dejando todas esas hurfanas huellas, que muy pronto serian tapadas por el viento y la arena.
Unas gotas de sangre unidas al polvo, atestiguaban lo que all haba ocurrido. Sangre tuya, sangre de aquel al que segaste la vida manchaban el camino. Y una mancha roja arropaba en silencio la moneda, que pareca susurrarme aquellas palabras, que entonces, me dije para dentro un da ser un hroe, como t.
Pero los aos cabalgan por caminos inciertos, separndose de los sueos. Y aquel da result que no slo mataste a ese cobarde, sino que por cada ojo escondido que haba contemplado aquella hazaa, dejaste un rastro de sangre por camino, que multiplic al bandido que yaca muerto y semienterrado por el viento, que lo multiplic por cada estrella suspendida, que tiritaba en el cielo. Qu es verdad, lo que fue o lo que se recuerda? Cuntos bandidos murieron aquel da? Una gesta inigualable, diran.
Y en cuntos lugares ocurri lo mismo? A cuntos nios compraste? Compraste tu mito, con tus balas y tus monedas. No debera caer todo esto, del lado de bueno de la balanza? Deberan recibirte con un aplauso en el estrado, en lugar de con una soga en el cadalso. Dmelo t, bandido. Dime a cuantos salvaste la vida aquellos das furiosos.
Todas esos rostros hechos de arena, que se confunden en el horizonte. Todas esas huellas, que ni el tiempo, ni el viento han borrado.Todos esa sangre que derramaste al cortar sus venas. Todas esas palabras que llegan a mis odos.
Miro tus ojos brillantes, y an en el fondo, me parece que no eres como los otros, que eres un hombre bueno. Por qu si no, nadie se atrevi a cobrar la recompensa hasta ahora, que los tiempos han cambiado tanto, que son tan distintos Estos tiempos en los que no hace falta pronunciar tu nombre.
El tiempo no ha borrado el rojo de tu sangre en la moneda. Ese rojo que me quema en el bolsillo, esta moneda que me pesa tanto que cuando maana con la luz del alba tus pecados cuelguen de un hilo para ser medidos y pesados, antes de enterrarlos en el polvo, tal vez mi estrella plateada y mi moneda pesarn ms que tus pecados.
Y tus ojos oscuros como dos balas, entre una nube de arena me perseguirn y sern mi condena. Te unirs a las sombras que te rodean y a la tormenta de arena, que hace tanto tiempo ya enterr todos mis sueos.
Vete lejos de m. Vete y djame con mi cobarda. Pero si me miras, perdname. Perdname, por no encontrar dentro de m el valor para ser, un bandido como t.

M.S.

UN BANDIDO COMO T

Cunto tiempo ha pasado desde aquellos das!, lo veo todo borroso, no tanto por los aos transcurridos, sino porque entonces el viento del desierto no tena barrera y se meta en los ojos, arandolos como minsculas uas. Eran tiempos salvajes, e indmitos en los que yo admiraba tu retrato clavado a las paredes del pueblo, cmo si no te hubieras clavado ms a en mi piel que a aquella pared desconchada. No s por qu yo miraba el fondo de tus ojos, e intua que no eras cmo los otros.
Nada que ver con esa sombra que ahora veo frente a m, mientras pierde la mirada ya sentenciada en el interior de la celda, y ese rostro tan distinto al que aparece en mi memoria. Un rostro surcado con el arado del tiempo y sembrado de barba blanca. La luz de la luna, deja tu figura pintada con las sombras de las rejas oscuras. Y yo, con mi estrella en el pecho, me quedo sin palabras. Cmo si se las llevara el viento antes de ser pronunciadas, y antes de devolverme cada grano, las esparciera por el valle, atormentndome con esas imgenes fantasmales que forman.
Viniste a matar a un hombre, y llegaste como en mis sueos volando en una nube de arena, a lomos de aquel caballo negro al que alentabas con tus espuelas. Te v llegar al pueblo calzando tus botas de cuero, tu rostro cubierto por un pauelo, y tus ojos, escondidos por la sombra de tu sombrero.
Todos estaban aterrorizados con la noticia de tu llegada: “William Quick, el famoso bandido, el maldito, llegar con la luna llena. Un duelo, un duelo de tantos, en una ciudad perdida en la frontera.
Todas las sombras temblaban. Todas, menos aquella pegada a ese desgraciado, a ese hombre muerto que an respiraba, cuando apareci la luna llena apaciguando el horizonte. La luna era su reflejo plido y asustado, desfigurado, anunciando su muerte con luz clara. Pobre iluso desgraciado, slo una muesca ms en tu revolver.
Era un peligroso bandido, eso seguro. Tantos crmenes gravados en sus manos, que haban tapizado la arena de prpura antes de que t hubieras llegado. Ni el sheriff ni los otros tenan el valor de hacerle frente, demasiados bandidos errando por los caminos como para jugarse la vida con esos dados.
Los tiempos han cambiado el paisaje, pero no el corazn de los hombres, y yo, yo entonces slo era un nio, con muchos pjaros en la cabeza, que soaba con ser un hroe.
Mientras miraba como dabas de nuevo tus ltimos pasos clavando la bota a la arena, eran profundas las huellas pues todo ese peso caa sobre tus hombros, y se meta hasta el fondo de tu conciencia.
El viento llegaba y recorra el pueblo con su cuerpo, sin reposarlo siquiera, dejando que la arena enterrara en el olvido tantas leyendas, como tumbas sin marca ni huella. Yo miraba la escena a salvo, detrs de un pequeo y reciente agjero de bala, que haba en la pared de la posada. Tena que ponerme de puntillas, estirando bien el cuerpo, como si estuviera tumbado, clavndome las astillas, pero no me importaba, aquella era mi ventana al mundo para contemplar el que yo crea mi futuro.
Y mientras Caronte esperaba, miraste al otro alos ojos, como antes, otras veces, habas mirado a otros muchos. Pas una eternidad en un instante cmo si ambos en ese momento pensarais en lo ms importante. Unos metros os separaban, los dos a veinte pasos y a una bala de la muerte. Un escalofro. Supongo que nunca pensaste en las veces que recorriste el camino de arena y lo convertirte en sangre! En aquel momento, los revlveres salieron rpidos de las fundas, al contacto con los dedos. Como si fuesen buitres carroeros que volaban en busca de la muerte, disparando balas como graznidos, que cortaron el viento, y que me robaron el aliento, apualando mi odo. Olor a plvora y gritos.
Me dolan los pies, me dolan los dedos de estar de puntillas. Sent un calambre en mis piernas. Y cuando vi, cuando vi que tu cuerpo caa desplomado, sal corriendo hacia t, pensando que moriras en mis brazos En los brazos de un muchacho desconocido, que tanto te haba admirado!
Pero al llegar a tu lado, con mi corazn en los puos, comprob que tu herida no era profunda, y que en ella no caba an tu vida, ni mi llanto. Y al mirar, al mirar al otro le v tendido en un charco de sangre y arena, y supe que el villano haba cado por tus manos.
- Est bien, seor?- y me sonreste al levantarte. Me alborotaste el pelo sucio, cubierto de tierra, y con tu voz grave me dijiste:
- Aprtate de mi camino, pequeo.- y pusiste una moneda de oro en mi mano- Odiame a m, y odia todo lo mo. Soy slo un bandido.- y te alejaste an herido, desvanecindote de nuevo en el polvo del que habas aparecido, dejando todas esas hurfanas huellas, que muy pronto serian tapadas por el viento y la arena.
Unas gotas de sangre unidas al polvo, atestiguaban lo que all haba ocurrido. Sangre tuya, sangre de aquel al que segaste la vida manchaban el camino. Y una mancha roja arropaba en silencio la moneda, que pareca susurrarme aquellas palabras, que entonces, me dije para dentro un da ser un hroe, como t.
Pero los aos cabalgan por caminos inciertos, separndose de los sueos. Y aquel da result que no slo mataste a ese cobarde, sino que por cada ojo escondido que haba contemplado aquella hazaa, dejaste un rastro de sangre por camino, que multiplic al bandido que yaca muerto y semienterrado por el viento, que lo multiplic por cada estrella suspendida, que tiritaba en el cielo. Qu es verdad, lo que fue o lo que se recuerda? Cuntos bandidos murieron aquel da? Una gesta inigualable, diran.
Y en cuntos lugares ocurri lo mismo? A cuntos nios compraste? Compraste tu mito, con tus balas y tus monedas. No debera caer todo esto, del lado de bueno de la balanza? Deberan recibirte con un aplauso en el estrado, en lugar de con una soga en el cadalso. Dmelo t, bandido. Dime a cuantos salvaste la vida aquellos das furiosos.
Todas esos rostros hechos de arena, que se confunden en el horizonte. Todas esas huellas, que ni el tiempo, ni el viento han borrado.Todos esa sangre que derramaste al cortar sus venas. Todas esas palabras que llegan a mis odos.
Miro tus ojos brillantes, y an en el fondo, me parece que no eres como los otros, que eres un hombre bueno. Por qu si no, nadie se atrevi a cobrar la recompensa hasta ahora, que los tiempos han cambiado tanto, que son tan distintos Estos tiempos en los que no hace falta pronunciar tu nombre.
El tiempo no ha borrado el rojo de tu sangre en la moneda. Ese rojo que me quema en el bolsillo, esta moneda que me pesa tanto que cuando maana con la luz del alba tus pecados cuelguen de un hilo para ser medidos y pesados, antes de enterrarlos en el polvo, tal vez mi estrella plateada y mi moneda pesarn ms que tus pecados.
Y tus ojos oscuros como dos balas, entre una nube de arena me perseguirn y sern mi condena. Te unirs a las sombras que te rodean y a la tormenta de arena, que hace tanto tiempo ya enterr todos mis sueos.
Vete lejos de m. Vete y djame con mi cobarda. Pero si me miras, perdname. Perdname, por no encontrar dentro de m el valor para ser, un bandido como t.

M.S.

LA MALA HIERBA

Empezar a hablar de Denis hablando sobre mi mismo, puede parecer presuntuoso, pero creo que es necesario.. Para empezar Denis y yo crecimos juntos como espigas de un mismo campo que el viento agita suavemente en la misma direccin, pero incluso as, el sol pareca haber beneficiado a Denis con sus mejores rayos dotndole de belleza, talento y simpata, mientras que a mi, como mala hierba, me haba dejado en la sombra. Si yo exista en el mundo, slo era para engrandecer a Denis en comparacin. En todo haba sido siempre el mejor sin ni siquiera pretenderlo. Siempre el preferido de todos en la escuela y luego en la universidad. E incluso cuando ambos empezamos a escribir, mientras mis escritos no eran ms que una sucesin de palabras sin sentido ni trascendencia, l haba sido adulado y reconocido como una promesa de las letras con su primera novela “el prncipe maldito”.

En parte yo me senta ese principe maldito, oculto desde el nacimiento, ese hombre talentoso que muere sin que nadie nunca se fije en l. Y Denis era el rey coronado, con su corte de bufones alrededor. Y lo ms dificil para m, es que era un rey amado por su pueblo. Todos los que le conocan sentan un anhelo constante de estar junto a l. El odio es un sentimiento extrao, porque puede esperar para siempre anidando cual oruga o crislida hasta el momento de convertirse en mariposa. No es fcil saber qu despierta el rugido del odio en su cueva, pero en mi caso s con certeza que fue Eunice.
Eunice era la criatura ms irreal en su perfeccin que yo haba contemplado, exceptuando al propio Denis, y me enamor de ella al instante.
No pude resignarme a contemplar cmo me era arrebatada. Tal vez fuese slo la gota de agua que faltaba para desbordar el mar. Desesperado y enfermo de celos, fui a ver a un brujo que se anunciaba en las pginas de un peridico. No s si crea o no en la brujera, pero pens que vala la pena intentar un encantamiento por doscientos dlares. Aunque fuera el ltimo dinero del que dispona. El brujo puso en mis manos un amuleto, una extraa flor llamada “Rosa de Jeric” originaria de Asia y de frica, que tena, segn me dijo, propiedades mgicas.
- La flor es inmortal, pero con una inmortalidad intermitente, sus ramas slo se abren a la vida cuando se sumergen en agua
Pasando por alto la incongruencia de la existencia de una inmortalidad intermitente, comenzamos con un ritual de vud, con pelo del propio Denis que le haba robado de su chaqueta, y cuando terminamos conduje hasta el West Side, deseoso de entregarle el amuleto.Hacia pocos meses que viva en aquel tico, que le haba dejado su editor.

Me precipit escaleras arriba hacia el tico, nervioso, en contraste con el inocente y tranquilo semblante que encontr al abrir la puerta. l estaba imponente, con un traje oscuro. Puse el amuleto en sus manos, y al hacerlo sent el roce de su piel caliente contra la ma. Por un instante nos miramos el uno al otro y sent que me encontraba ante un espejo, aunque fuera distorsionado. Me dio las gracias distraidamente con su encantadora sonrisa, y le expliqu que para atraer la fortuna deba sumergirlo en agua, y esperar a que recobrara la vida, pero creo que no me escuch. Por un momento me arrepent. Pero en seguida vi a Eunice en la terraza, sola, bebiendo una copa de vino blanco, y aquello me anim. Detrs de ella, centelleaba la ciudad sobre el Hudsoncomo si fuese un hada que atrajera a las lucirnagas. Fui hacia ella hechizado, mientras Denis deca algo ininteligible y se escabulla hacia el pequeo despacho en el que escriba.

Salud a Eunice, y la hice sonrer. Pens que poda ser el efecto del hechizo. Una invitacin para algo ms. Aprovechando la oportunidad de estar solos, me acerqu a ella,atrado por el efecto que deba estar haciendo el vino en sus labios.
El pulso de Denis pareca agitado desde la habitacin contigua, si atendemos al repiqueteo de sus dedos contra las teclas de la mquina de escribir que bombeaba sus palabras envolviendo con sonido acompasado el aire que respirbamos. Denis se haba puesto a escribir as de pronto, lo que no era una actitud extraa en l.
Me tir al vaco y trat de besar a Eunice. Ella se retir, asqueada, y me dijo que me odiaba. Me amenazo entre susurros, apretando fuertemente los dientes. Me dijo que si no quera que Denis se enterara de aquello no deba volver a verla.

Me march. Dej la ciudad. Puede parecer exagerado, pero prefer poner tierra de por medio. Tal vez aquella era la excusa que necesitaba para romper con todo mi pasado, e iniciar una nueva vida. Alejarme de aquella parte de mi mismo. Alejarme de Denis. Recog todas mis cosas y me marche hacia el oeste. Conduje varios das, hasta que encontr una cabaa donde vivir, y un trabajo a partir del que empezar de nuevo.
No d seales de vida, ms que alguna postal a mi familia. Unos aos despus, volv a escribir. Pura basura, ahora me doy cuenta.
Envi el manuscrito a muchas editoriales, y fuamablemente rechazado una tras otra, hasta que finalmente me llamaron de una pequea editorial de Nueva York. As fue como volv a la ciudad en el tercer aniversario de mi extraa partida, con mis esperanzas de nuevo llenas hasta rebosar. La ciudad no pareca haber cambiado y me pareca ver a Denis en cada escaparate, y al doblar cada esquina. No pensaba en ella, en Eunice. Mi pasin por ella se haba evaporado. Por eso mi corazn dio un vuelco cuando la vi sentada, esperndome, en el despacho de la editora. Eunice, era mi editora.
-Hola- me dijo, sin muestra de sorpresa- !Cunto tiempo!
-Hola.- dije yo, recordando aquella noche funesta en la que haba intentado besarla.- Qu es de Denis?-
- Denis muri. Muri hace un tiempo. Nadie te lo ha dicho?
- Nadie tiene mi direccin.


Y Eunice me cont lo que haba ocurrido en mi ausencia. Lo que sigue a continuacin, es un relato de los hechos tal y como me los confi Eunice, excluyendo de ellos mis intervenciones en el relato, mis preguntas, sus llantos, y esas pequeas aproximaciones de sus manos a su rostro, tratando de tapar con ellos su vergenza, como breve teln del drama:
”Todo cambi. Cuando t te marchaste. Denis cambi. Al principio no pareca que fuera algo definitivo. La verdad que trataba de no estar preocupado porque t no le respondieras. Pensaba que te haba ofendido de alguna manera, y no lograba entenderlo. Se puso en contacto con tus padres, pero Mary le dijo que no saba donde estabas pero que le habas dicho necesitabas soledad. Pareci tranquilizarse, pero creo que en el fondo, le preocupaba mucho. Un da que pasebamos por el Soho, pasamos por una tienda de antigedades, y como la boda de Antoine estaba cerca, entramos. Sobre una repisa haba una flor extraa en un recipiente con agua, como una mandrgora sumergida, y l pareci acordarse de algo, pues por su rostro pareci cruzarse un recuerdo, que le arrug la frente. Luego supe que pens en ti. La ltima noche le habas regalado una de esas flores.
Me pareci un poco trastornado entonces, pero nada que me preparara para lo que sucedera ms tarde. Volvi a casa corriendo, deba encontrar aquella flor, como si tu te hubieras encarnado en aquel objeto, y al perderte, al olvidarte en algn rincn, te hubiera perdido para siempre.
Trat de decirle que era una locura. Que las personas no habitan en las cosas inanimadas, pero l deca que exista una metafsica de las cosas, algo intangible que las rodea y les da significado.
Recordaba a menudo aquella noche en el tico. Dnde habra dejado aquella flor? Se deca, en una mesa, en una esquina, en un cajn, olvidada eternamente. Nunca la encontr.
Empez a recopilar las historias msticas que encontraba sobre la rosa, y una cosa aparentemente banal, se convirti en obsesin. Pareca que ahora que no estabas t, l se hubiera vaciado de s mismo.
No quiero culparte a ti, en realidad, fue mi culpa. Yo te dije que te quera fuera de mi vida, de nuestra vida. No me gustabas.
Ni siquiera le pude contarle la verdad sobre nuestro encuentro en la terraza. Cuando l me dijo que para l, eris como cuchillas de un mismo trineo, que se apoyan la una en la otra, con la huella del pasado recorrido tras ellas, deb decirle lo engaado que estaba contigo. Deb decirle que hubieras sido capaz de traicionarle. Pero no lo hice, y le traicion de esa forma yo tambin.
Dej que llenara la casa de todas aquellas estrafalarias flores, y no s cmo se volvi completamente loco. Esa pequea lnea de cordura que todava le tena atado al mundo, se rompi.
Dej el trabajo, o le invitaron a irse. Dej de comer, de asearse. Siempre en su jardn de flores muertas y renacidas.
Creo que entonces slo t podras haberle salvado.
En cualquier caso, muri, y tendras que haberle visto, tumbado, y desnudo como un recin nacido rodeado de aquellas flores retorcidas, en el centro de un jardn de muerte. Tiramos toda aquella porquera. y le vestimos, con su mejor traje. Te acordars de l seguro, aquel traje oscuro que llevaba la ltima vez que le viste, en el tico, aquella noche que fue el principio del fin.
Lo ms irnico fue que al ponerle la chaqueta ah estaba, la maldita flor que que le habas regalado aquella noche, en el bolsillo izquierdo.
Todo el tiempo haba estado all. Eterna, esperando su momento, con una eternidad intermitente, cmo t le habas dicho”.

Aquellas palabras de Eunice me estremecieron. Necesitaba pensar y me march. No saba si senta culpabilidad, pues qu haba hecho yo? Si, yo haba deseado un gran mal a Denis por Eunice. Por Eunice realmente? Y ella? Ella pensaba que era la culpable de todo, y no poda vivir con ello, por eso al ver mi nombre en el sobre con el manuscrito, supo que para poder redimirse deba ayudarme a publicar mi novela.
Ayudndome a mi, le ayudaba a l, y de nuevo, si yo tena xito sera por el. En cambio yo, cmo podra encontrar redencin?
M.S.

LA MALA HIERBA

Empezar a hablar de Denis hablando sobre mi mismo, puede parecer presuntuoso, pero creo que es necesario. Para empezar Denis y yo crecimos juntos como espigas de un mismo campo que el viento agita suavemente en la misma direccin, pero incluso as, el sol pareca haber beneficiado a Denis con sus mejores rayos dotndole de belleza, talento y simpata, mientras que a mi, como mala hierba, me haba dejado en la sombra. Si yo exista en el mundo, slo era para engrandecer a Denis en comparacin. En todo haba sido siempre el mejor sin ni siquiera pretenderlo. Siempre el preferido de todos en la escuela y luego en la universidad. E incluso cuando ambos empezamos a escribir, mientras mis escritos no eran ms que una sucesin de palabras sin sentido ni trascendencia, l haba sido adulado y reconocido como una promesa de las letras con su primera novela “el prncipe maldito”.

En parte yo me senta ese principe maldito, oculto desde el nacimiento, ese hombre talentoso que muere sin que nadie nunca se fije en l. Y Denis era el rey coronado, con su corte de bufones alrededor. Y lo ms dificil para m, es que era un rey amado por su pueblo. Todos los que le conocan sentan un anhelo constante de estar junto a l. El odio es un sentimiento extrao, porque puede esperar para siempre anidando cual oruga o crislida hasta el momento de convertirse en mariposa. No es fcil saber qu despierta el rugido del odio en su cueva, pero en mi caso s con certeza que fue Eunice.
Eunice era la criatura ms irreal en su perfeccin que yo haba contemplado, exceptuando al propio Denis, y me enamor de ella al instante.
No pude resignarme a contemplar cmo me era arrebatada. Tal vez fuese slo la gota de agua que faltaba para desbordar el mar. Desesperado y enfermo de celos, fui a ver a un brujo que se anunciaba en las pginas de un peridico. No s si crea o no en la brujera, pero pens que vala la pena intentar un encantamiento por doscientos dlares. Aunque fuera el ltimo dinero del que dispona. El brujo puso en mis manos un amuleto, una extraa flor llamada “Rosa de Jeric” originaria de Asia y de frica, que tena, segn me dijo, propiedades mgicas.
- La flor es inmortal, pero con una inmortalidad intermitente, sus ramas slo se abren a la vida cuando se sumergen en agua
Pasando por alto la incongruencia de la existencia de una inmortalidad intermitente, comenzamos con un ritual de vud, con pelo del propio Denis que le haba robado de su chaqueta, y cuando terminamos conduje hasta el West Side, deseoso de entregarle el amuleto.Hacia pocos meses que viva en aquel tico, que le haba dejado su editor.

Me precipit escaleras arriba hacia el tico, nervioso, en contraste con el inocente y tranquilo semblante que encontr al abrir la puerta. l estaba imponente, con un traje oscuro. Puse el amuleto en sus manos, y al hacerlo sent el roce de su piel caliente contra la ma. Por un instante nos miramos el uno al otro y sent que me encontraba ante un espejo, aunque fuera distorsionado. Me dio las gracias distraidamente con su encantadora sonrisa, y le expliqu que para atraer la fortuna deba sumergirlo en agua, y esperar a que recobrara la vida, pero creo que no me escuch. Por un momento me arrepent. Pero en seguida vi a Eunice en la terraza, sola, bebiendo una copa de vino blanco, y aquello me anim. Detrs de ella, centelleaba la ciudad sobre el Hudsoncomo si fuese un hada que atrajera a las lucirnagas. Fui hacia ella hechizado, mientras Denis deca algo ininteligible y se escabulla hacia el pequeo despacho en el que escriba.

Salud a Eunice, y la hice sonrer. Pens que poda ser el efecto del hechizo. Una invitacin para algo ms. Aprovechando la oportunidad de estar solos, me acerqu a ella,atrado por el efecto que deba estar haciendo el vino en sus labios.
El pulso de Denis pareca agitado desde la habitacin contigua, si atendemos al repiqueteo de sus dedos contra las teclas de la mquina de escribir que bombeaba sus palabras envolviendo con sonido acompasado el aire que respirbamos. Denis se haba puesto a escribir as de pronto, lo que no era una actitud extraa en l.
Me tir al vaco y trat de besar a Eunice. Ella se retir, asqueada, y me dijo que me odiaba. Me amenazo entre susurros, apretando fuertemente los dientes. Me dijo que si no quera que Denis se enterara de aquello no deba volver a verla.

Me march. Dej la ciudad. Puede parecer exagerado, pero prefer poner tierra de por medio. Tal vez aquella era la excusa que necesitaba para romper con todo mi pasado, e iniciar una nueva vida. Alejarme de aquella parte de mi mismo. Alejarme de Denis. Recog todas mis cosas y me marche hacia el oeste. Conduje varios das, hasta que encontr una cabaa donde vivir, y un trabajo a partir del que empezar de nuevo.
No d seales de vida, ms que alguna postal a mi familia. Unos aos despus, volv a escribir. Pura basura, ahora me doy cuenta.
Envi el manuscrito a muchas editoriales, y fuamablemente rechazado una tras otra, hasta que finalmente me llamaron de una pequea editorial de Nueva York. As fue como volv a la ciudad en el tercer aniversario de mi extraa partida, con mis esperanzas de nuevo llenas hasta rebosar. La ciudad no pareca haber cambiado y me pareca ver a Denis en cada escaparate, y al doblar cada esquina. No pensaba en ella, en Eunice. Mi pasin por ella se haba evaporado. Por eso mi corazn dio un vuelco cuando la vi sentada, esperndome, en el despacho de la editora. Eunice, era mi editora.
-Hola- me dijo, sin muestra de sorpresa- !Cunto tiempo!
-Hola.- dije yo, recordando aquella noche funesta en la que haba intentado besarla.- Qu es de Denis?-
- Denis muri. Muri hace un tiempo. Nadie te lo ha dicho?
- Nadie tiene mi direccin.


Y Eunice me cont lo que haba ocurrido en mi ausencia. Lo que sigue a continuacin, es un relato de los hechos tal y como me los confi Eunice, excluyendo de ellos mis intervenciones en el relato, mis preguntas, sus llantos, y esas pequeas aproximaciones de sus manos a su rostro, tratando de tapar con ellos su vergenza, como breve teln del drama:
”Todo cambi. Cuando t te marchaste. Denis cambi. Al principio no pareca que fuera algo definitivo. La verdad que trataba de no estar preocupado porque t no le respondieras. Pensaba que te haba ofendido de alguna manera, y no lograba entenderlo. Se puso en contacto con tus padres, pero Mary le dijo que no saba donde estabas pero que le habas dicho necesitabas soledad. Pareci tranquilizarse, pero creo que en el fondo, le preocupaba mucho. Un da que pasebamos por el Soho, pasamos por una tienda de antigedades, y como la boda de Antoine estaba cerca, entramos. Sobre una repisa haba una flor extraa en un recipiente con agua, como una mandrgora sumergida, y l pareci acordarse de algo, pues por su rostro pareci cruzarse un recuerdo, que le arrug la frente. Luego supe que pens en ti. La ltima noche le habas regalado una de esas flores.
Me pareci un poco trastornado entonces, pero nada que me preparara para lo que sucedera ms tarde. Volvi a casa corriendo, deba encontrar aquella flor, como si tu te hubieras encarnado en aquel objeto, y al perderte, al olvidarte en algn rincn, te hubiera perdido para siempre.
Trat de decirle que era una locura. Que las personas no habitan en las cosas inanimadas, pero l deca que exista una metafsica de las cosas, algo intangible que las rodea y les da significado.
Recordaba a menudo aquella noche en el tico. Dnde habra dejado aquella flor? Se deca, en una mesa, en una esquina, en un cajn, olvidada eternamente. Nunca la encontr.
Empez a recopilar las historias msticas que encontraba sobre la rosa, y una cosa aparentemente banal, se convirti en obsesin. Pareca que ahora que no estabas t, l se hubiera vaciado de s mismo.
No quiero culparte a ti, en realidad, fue mi culpa. Yo te dije que te quera fuera de mi vida, de nuestra vida. No me gustabas.
Ni siquiera le pude contarle la verdad sobre nuestro encuentro en la terraza. Cuando l me dijo que para l, eris como cuchillas de un mismo trineo, que se apoyan la una en la otra, con la huella del pasado recorrido tras ellas, deb decirle lo engaado que estaba contigo. Deb decirle que hubieras sido capaz de traicionarle. Pero no lo hice, y le traicion de esa forma yo tambin.
Dej que llenara la casa de todas aquellas estrafalarias flores, y no s cmo se volvi completamente loco. Esa pequea lnea de cordura que todava le tena atado al mundo, se rompi.
Dej el trabajo, o le invitaron a irse. Dej de comer, de asearse. Siempre en su jardn de flores muertas y renacidas.
Creo que entonces slo t podras haberle salvado.
En cualquier caso, muri, y tendras que haberle visto, tumbado, y desnudo como un recin nacido rodeado de aquellas flores retorcidas, en el centro de un jardn de muerte. Tiramos toda aquella porquera. y le vestimos, con su mejor traje. Te acordars de l seguro, aquel traje oscuro que llevaba la ltima vez que le viste, en el tico, aquella noche que fue el principio del fin.
Lo ms irnico fue que al ponerle la chaqueta ah estaba, la maldita flor que que le habas regalado aquella noche, en el bolsillo izquierdo.
Todo el tiempo haba estado all. Eterna, esperando su momento, con una eternidad intermitente, cmo t le habas dicho”.

Aquellas palabras de Eunice me estremecieron. Necesitaba pensar y me march. No saba si senta culpabilidad, pues qu haba hecho yo? Si, yo haba deseado un gran mal a Denis por Eunice. Por Eunice realmente? Y ella? Ella pensaba que era la culpable de todo, y no poda vivir con ello, por eso al ver mi nombre en el sobre con el manuscrito, supo que para poder redimirse deba ayudarme a publicar mi novela.
Ayudndome a mi, le ayudaba a l, y de nuevo, si yo tena xito sera por el. En cambio yo, cmo podra encontrar redencin?
M.S.

BORDADOS

Mis hermanas y yo cosamos por la tarde en el cuarto azul, hasta que la luz de las ventanas haca que los ojos se volvieran torpes, como envueltos en una nebulosa muy parecida a la niebla que haba tras las ventanas. La rutina diaria inclua cuando el tiempo lo permita un paseo por el pueblo o por los pramos, pero irremediablemente, la tarde perteneca a la costura. Mis hermanas sacaban sus cestillos y se afanaban en hacer bordados para su futuro ajuar. Ese ajuar que nunca llegaba el momento de utilizar, y que empezbamos a pensar que nunca llegara.

Yo me sentaba junto a la ventana, en un pequeo escritorio y tambin cosa, pero cosa palabras. Cada uno de los puntos de mi labor era una palabra, un adjetivo, un adverbio Cada palabra se encadenaba a la siguiente haciendo un hermoso dibujo, como parte indisoluble de aquellos relatos que enlas noches de invierno lea a mis hermanas y que nos cubran con un manto de esperanza hasta entrar en calor.

Ahora trabajaba en la historia de Micaela Roberts, una joven hurfana. Haba sido criada por una anciana, que vea en ella el mismo espritu que tena de nia. Esta seora le haba hablado del mar y de aquel verano extrao, en el que se convirti en lo que era, una aventurera. Aunque haban pasado muchos aos desde que ella se hizo a la mar, todava cuando miraba el suelo, le pareca que se mova bajo sus pies, a causa del agua.

“Si me hubieras visto Micaela, surcando el mar en un barco de vela. El pirata Michael no era lo que se dice un hombre honrado, pero que me aspen si he visto hombre ms bueno. La mitad de mi vida la viv en aquel barco, el Espritu del Mar, y all mor, con el cuerpo de mi amado Michael en mis brazos, el barco balancendose, y aquellos hombres abordndolo. Tena un dinero guardado, y lo recog y compr esta granja, luego llegaste t, como escupida del mar, como un trofeo, como un regalo. La hija que nunca tuve. Te llam Micaela por l”

Micaela creci con el amor al mar y al agua salada en cada rincn de su cuerpo. Senta la llamada del mar, de las olas que rompan con fuerza contra las rocas. No tena miedo de nada. Siempre supo que ella quera ser bucanera, como lo haba sido su madre adoptiva.

- No sabes lo que dices, muchacha.- deca la seora Roberts, tal vez pensando que haba exagerado las virtudes de la vida en el mar, y poco las incomodidades de las mareas.
Un da Micaela se ech a la mar con su barco de remos, sin atender a razones. En mitad de su paseo empez a llover copiosamente. Hasta que su pequea barquita pintada de color azul acab por zozobrar. Micaela no nadaba demasiado bien, y luch con todas sus fuerzas contra la inmensidad de las olas, tratando de aferrarse a la vida.

Sin embargo, sus brazos, sus piernas, cada vez estaban ms cansados y adormecidos por el fro mar que la meca. A punto estaba de perder el conocimiento cuando unos brazos aguerridos la cogieron de los hombros y la levantaron como si fuera tan slo una mueca.
Ella no recordaba como haba sido su rescate. De hecho pens que haba muerto, hasta que abri los ojos al sol y tuvo que volver a cerrarlos.

Le dola la cabeza, y tena una fuerte sensacin de mareo. Deba estar viva. Nunca oy de fantasmas con nauseas. Su salvador no era un pirata como haba pensado.
Era slo un pescador. Micaela, disimul cierta decepcin, ya que por lo dems el chico era lo que siempre haba querido

- Me parece que viene alguien- me interrumpi Susan, apartando por un momento sus ojos de la labor.
No me importaba que mis hermanas estuvieran a m alrededor mientras escriba, pero me pona furiosa, si oa pasos desconocidos en el pasillo. No me gustaban mucho las visitas porque tenan la costumbre de interrumpirme en mi momento de mayor creatividad, cuando estaba inmersa en un duelo, o en un momento ntimo, o como en este caso en el momento del rescate de Micaela. El momento era importante, conoca a su salvador y a la vez al hombre que am desde el primer momento, un honrado y pobre pescador.

Ahora deba dejar a la pareja, con sus sentimientos recin nacidos en el barco pesquero, mientras atenda a los visitantes. Dejar el manuscrito tapado con la labor, y mientras ofreca un t y una sonrisa, mirar de soslayo a la historia, y en silencio pensar un poco ella, mientras las palabras que se podan decir, eran dichas en el saln, y las otras, las silenciosas, se quedaban en los labios apenas rozaban la taza de porcelana. Quizs, Micaela Roberts se quedara inmersa tambin en sus pensamientos, mirando a Matthew Cole, cuando pensaba que l no estaba mirando. Quizs ella tena tambin una vida silenciosa e interior, o quizs con los ojos chispeantes y borrosos se fijara en su rostro curtido o en su camisa humeda por la brisamarina.


“Se miraron unos momentos a penas. Ambos apartaron la mirada. Tmidos. Nerviosos. Poda ser que dos personas fueran reunidas en el mar de esa manera? Ya haba pasado con la seora Roberts, y ahora, con Micaela.
- No ser bucanera. Ser su esposa, y estar contenta- se dijo en silencio la muchacha”

As fue como aquel da en el que Micaela fue rescatada por Matthew Cole, el pobre y bonachn Cole, recib a Arthur Honneyline. Como Cole, Arthur Honneyline, el hijo del Squire, haba venido a salvarme de alguna manera. A hacerme una proposicin.
Cada da era lo mismo, Arthur era una buena compaa. Era apuesto, culto y siempre nos traa noticias divertidas de pueblo, a m y a mis hermanas. Mentira si no dijera que me agradaba su compaa. Pero ms all de eso no quera pensar nada.

Susan, que bordaba preciosos tapices, con los que decorar la casa, o Mary, tan buena, tan honrada. Dos buenas esposas, esperando eternamente en el saln, sin mucho ms que hacer a parte de esperar y bordar.
Yo no escuchaba. No era una buena eleccin para Arthur, as que cuando me dijo que deseaba tener una entrevista a solas conmigo y salimos al jardn, con los pramos llamndome a lo lejos, supe que deba rechazarle. Por el camino pensaba en Micaela, oculta bajo la costura, y pensaba en Matthew Cole, y fui vislumbrando su declaracin de amor.

“- Soy pobre, Micaela. Pobre, pero trabajador. No puedo ofrecerte mucho, pero todo lo mo es tuyo.
Y Micaela, y la seora Roberts, se abrazaron y lloraron de felicidad, cuando le despidieron en la puerta, y le vieron marchar. Las nubes llegaban a lo lejos en ese instante, y al momento, la calma del da se transform. Las ramas se retorcan, y un chillido enloquecedor precedi a la gran tormenta.”

- Querida.- Honneyline cort el torbellino de pensamientos de mi cabeza como un portazo corta el espritu del viento- No puedes saber lo mucho que he sufrido desde hace aos, pero ya est todo arreglado. Desde el principio, para m, no ha habido nadie ms que t. Ya s que pensars que es una locura, pero sola llegar hasta los pramos y agazaparme cuando slo era un muchacho. Y te vea jugar con tus hermanas, junto a la casa, con las piernas araadas por el brezo, con el rostro manchado por el viento. Siempre eras t, la ms valiente, la ms hermosa. Y siempre supe que me casara contigo.

Le dej hablar como en sueo, pero bien saba yo que lo que pretenda era impensable. No poda casarme con l. Era imposible. En realidad no poda casarme con nadie. Supongo que hay personas que han nacido para estar cosidas al alma de otras personas. Pero yo no.

Qu pensara de m Arthur si supiera mi secreto?, me pregunt. Si supiera que escribo noches enteras cuentos de piratas, a la luz de las velas. No soy una buena esposa, para l. Y si fuera todo diferente? !Si pudiera amarle sin renunciar a mi vida, a mi arte!
Realmente escribir es tan importante?

Si al menos, l hubiera elegido a Susan o a Mary… yo le tendra cerca, como un buen amigo. Tan slo sera la cuada excntrica. Pero cmo rechazar su propuesta, cuando el alma est partida en dos? Cmo arrojar una parte al olvido, y encarar el destino con resignacin. Podra dar una puntada sin hilo? Podra cortar el hilo, y hacer un nudo en el corazn?
Si no lo haca cuanto tiempo podramos vivir as, de una pequea renta, tres mujeres solas? Siempre habamos dicho que una al menos deba casarse. Y deba casarse bien. No poda fallarles. No podra mirarlas a la cara mientras los inviernos se sucedan marcando su piel, y los aos pasaban como las hojas de un libro sin ser ledas.

Puede que la pequea llama de amor, si puede llamarse as, que senta por Arthur no ardiera lo suficiente como para convencerme, pero el cario a mis hermanas era mayor. Y as, pensando todo esto, mis labios acertaron a pronunciar un “s”, que me atraves el alma al momento. Un “s” que se convirti en rayo a lo lejos y parti el barco de Cole en dos, y le dej a l a la deriva. Muerto.

Me desped de Honnelyne con un beso. l se march feliz y en silencio. Demasiadas palabras dichas, que deban consolar su alma torturada durante tanto tiempo. Mis hermanas me preguntaron, pero no les dije nada. “Todava no dir nada” me dije, mientras corra a mi escritorio. Escribira toda la noche. Sin parar. Se me ira el alma con cada palabra. Aunque las palabras se las llevara el viento. Aunque el manuscrito muriera en casa, en triste silencio.

A Micaela le diran “el barco nunca lleg a su destino, se perdi entre las olas, entre la tormenta, en un infierno gris de desolacin”. Y Micaela desconsolada entrar en el agua decidida y con cada paso su falda mojada se har ms pesada, hasta que ya no pueda tocar el suelo y la falda la arrastre hacia el fondo, donde por fin ser consolada.

Y me veo a mi misma rodeada de agua, La falda pesa demasiado. Y slo puedo pensar en mis hermanas haciendo bordados, mientras yo poco a poco me voy hundiendo, como si yo fuera el hilo, y la aguja me atravesara por el medio y me empujara debajo, al fondo del mar, enel centro del bordado.

Los rayos jvenes del da entraron por la ventana anunciando la maana, cuando me dorm en mi escritorio. A lo lejos, en los pramos de mi sueo, logr distinguir un barco, logre distinguir una bandera pirata, que ondeaba en la lontananza. ”Es mi conciencia que busca otro final para la muchacha Micaela”. Un nuevo rescate del mar. Y as entre sueos, doy las ltimas puntadas a mi relato, y slo por la noche, entre las sbanas, veo las velas de un barco, y veo a Micaela en lo alto, que sonre y me da las gracias, por dejarle vivir surcando los mares a bordo del “Espritu de mar”. Cuantas historias que no sern escritas vivir Micaela en el silencio de mi pensamiento !Cunto llorar a Matthew Cole, el pobre pescador!

Y mirar al horizonte, y pensar en l y pensar en sus sueos rotos, y desvanecidos, perdidos para siempre entre la espuma de la marea. Y quien sabe si un da, el mar brillar con la luz de la luna a lo lejos, y se ver la sombra de un barco que se ir acercando, como atrado por un imn. Y desde el mstil en el que se apoyar Micaela, a travs del catalejo, sus ojos vern a un hombre apuesto, de anchos hombros, la camisa abierta y hmeda por la brisa del mar. Los ojos, brillantes y borrosos. “No puede ser verdad…”, dir con el corazn palpitando con fuerza, golpeando el mstil que se tambalea, como agitando su brazo en pleno mar. “l tiene que verme ahora. Ahora l me ver”, mientras sus lgrimas saladas caen al mar. Las ltimas lgrimas que derramar.

Ahora, mis hermanas y yo cosemos cada tarde en el cuarto azul. Y Arthur me coge de la mano, mientras por un momento dejo la labor a un lado. Y l, con su traje azul bien abotonado, me dice con ojos brillantes “me encantan, me encantan tus bordados”. Y yo sonro, y le beso, y a veces pienso enmi tumba que slo ser visitada por el viento y enmi pluma arrastrada por el mar.

M.S.

BORDADOS

Mis hermanas y yo cosamos por la tarde en el cuarto azul, hasta que la luz de las ventanas haca que los ojos se volvieran torpes, como envueltos en una nebulosa muy parecida a la niebla que haba tras las ventanas. La rutina diaria inclua cuando el tiempo lo permita un paseo por el pueblo o por los pramos, pero irremediablemente, la tarde perteneca a la costura. Mis hermanas sacaban sus cestillos y se afanaban en hacer bordados para su futuro ajuar. Ese ajuar que nunca llegaba el momento de utilizar, y que empezbamos a pensar que nunca llegara.

Yo me sentaba junto a la ventana, en un pequeo escritorio y tambin cosa, pero cosa palabras. Cada uno de los puntos de mi labor era una palabra, un adjetivo, un adverbio Cada palabra se encadenaba a la siguiente haciendo un hermoso dibujo, como parte indisoluble de aquellos relatos que enlas noches de invierno lea a mis hermanas y que nos cubran con un manto de esperanza hasta entrar en calor.

Ahora trabajaba en la historia de Micaela Roberts, una joven hurfana. Haba sido criada por una anciana, que vea en ella el mismo espritu que tena de nia. Esta seora le haba hablado del mar y de aquel verano extrao, en el que se convirti en lo que era, una aventurera. Aunque haban pasado muchos aos desde que ella se hizo a la mar, todava cuando miraba el suelo, le pareca que se mova bajo sus pies, a causa del agua.

“Si me hubieras visto Micaela, surcando el mar en un barco de vela. El pirata Michael no era lo que se dice un hombre honrado, pero que me aspen si he visto hombre ms bueno. La mitad de mi vida la viv en aquel barco, el Espritu del Mar, y all mor, con el cuerpo de mi amado Michael en mis brazos, el barco balancendose, y aquellos hombres abordndolo. Tena un dinero guardado, y lo recog y compr esta granja, luego llegaste t, como escupida del mar, como un trofeo, como un regalo. La hija que nunca tuve. Te llam Micaela por l”

Micaela creci con el amor al mar y al agua salada en cada rincn de su cuerpo. Senta la llamada del mar, de las olas que rompan con fuerza contra las rocas. No tena miedo de nada. Siempre supo que ella quera ser bucanera, como lo haba sido su madre adoptiva.

- No sabes lo que dices, muchacha.- deca la seora Roberts, tal vez pensando que haba exagerado las virtudes de la vida en el mar, y poco las incomodidades de las mareas.
Un da Micaela se ech a la mar con su barco de remos, sin atender a razones. En mitad de su paseo empez a llover copiosamente. Hasta que su pequea barquita pintada de color azul acab por zozobrar. Micaela no nadaba demasiado bien, y luch con todas sus fuerzas contra la inmensidad de las olas, tratando de aferrarse a la vida.

Sin embargo, sus brazos, sus piernas, cada vez estaban ms cansados y adormecidos por el fro mar que la meca. A punto estaba de perder el conocimiento cuando unos brazos aguerridos la cogieron de los hombros y la levantaron como si fuera tan slo una mueca.
Ella no recordaba como haba sido su rescate. De hecho pens que haba muerto, hasta que abri los ojos al sol y tuvo que volver a cerrarlos.

Le dola la cabeza, y tena una fuerte sensacin de mareo. Deba estar viva. Nunca oy de fantasmas con nauseas. Su salvador no era un pirata como haba pensado.
Era slo un pescador. Micaela, disimul cierta decepcin, ya que por lo dems el chico era lo que siempre haba querido

- Me parece que viene alguien- me interrumpi Susan, apartando por un momento sus ojos de la labor.
No me importaba que mis hermanas estuvieran a m alrededor mientras escriba, pero me pona furiosa, si oa pasos desconocidos en el pasillo. No me gustaban mucho las visitas porque tenan la costumbre de interrumpirme en mi momento de mayor creatividad, cuando estaba inmersa en un duelo, o en un momento ntimo, o como en este caso en el momento del rescate de Micaela. El momento era importante, conoca a su salvador y a la vez al hombre que am desde el primer momento, un honrado y pobre pescador.

Ahora deba dejar a la pareja, con sus sentimientos recin nacidos en el barco pesquero, mientras atenda a los visitantes. Dejar el manuscrito tapado con la labor, y mientras ofreca un t y una sonrisa, mirar de soslayo a la historia, y en silencio pensar un poco ella, mientras las palabras que se podan decir, eran dichas en el saln, y las otras, las silenciosas, se quedaban en los labios apenas rozaban la taza de porcelana. Quizs, Micaela Roberts se quedara inmersa tambin en sus pensamientos, mirando a Matthew Cole, cuando pensaba que l no estaba mirando. Quizs ella tena tambin una vida silenciosa e interior, o quizs con los ojos chispeantes y borrosos se fijara en su rostro curtido o en su camisa humeda por la brisamarina.


“Se miraron unos momentos a penas. Ambos apartaron la mirada. Tmidos. Nerviosos. Poda ser que dos personas fueran reunidas en el mar de esa manera? Ya haba pasado con la seora Roberts, y ahora, con Micaela.
- No ser bucanera. Ser su esposa, y estar contenta- se dijo en silencio la muchacha”

As fue como aquel da en el que Micaela fue rescatada por Matthew Cole, el pobre y bonachn Cole, recib a Arthur Honneyline. Como Cole, Arthur Honneyline, el hijo del Squire, haba venido a salvarme de alguna manera. A hacerme una proposicin.
Cada da era lo mismo, Arthur era una buena compaa. Era apuesto, culto y siempre nos traa noticias divertidas de pueblo, a m y a mis hermanas. Mentira si no dijera que me agradaba su compaa. Pero ms all de eso no quera pensar nada.

Susan, que bordaba preciosos tapices, con los que decorar la casa, o Mary, tan buena, tan honrada. Dos buenas esposas, esperando eternamente en el saln, sin mucho ms que hacer a parte de esperar y bordar.
Yo no escuchaba. No era una buena eleccin para Arthur, as que cuando me dijo que deseaba tener una entrevista a solas conmigo y salimos al jardn, con los pramos llamndome a lo lejos, supe que deba rechazarle. Por el camino pensaba en Micaela, oculta bajo la costura, y pensaba en Matthew Cole, y fui vislumbrando su declaracin de amor.

“- Soy pobre, Micaela. Pobre, pero trabajador. No puedo ofrecerte mucho, pero todo lo mo es tuyo.
Y Micaela, y la seora Roberts, se abrazaron y lloraron de felicidad, cuando le despidieron en la puerta, y le vieron marchar. Las nubes llegaban a lo lejos en ese instante, y al momento, la calma del da se transform. Las ramas se retorcan, y un chillido enloquecedor precedi a la gran tormenta.”

- Querida.- Honneyline cort el torbellino de pensamientos de mi cabeza como un portazo corta el espritu del viento- No puedes saber lo mucho que he sufrido desde hace aos, pero ya est todo arreglado. Desde el principio, para m, no ha habido nadie ms que t. Ya s que pensars que es una locura, pero sola llegar hasta los pramos y agazaparme cuando slo era un muchacho. Y te vea jugar con tus hermanas, junto a la casa, con las piernas araadas por el brezo, con el rostro manchado por el viento. Siempre eras t, la ms valiente, la ms hermosa. Y siempre supe que me casara contigo.

Le dej hablar como en sueo, pero bien saba yo que lo que pretenda era impensable. No poda casarme con l. Era imposible. En realidad no poda casarme con nadie. Supongo que hay personas que han nacido para estar cosidas al alma de otras personas. Pero yo no.

Qu pensara de m Arthur si supiera mi secreto?, me pregunt. Si supiera que escribo noches enteras cuentos de piratas, a la luz de las velas. No soy una buena esposa, para l. Y si fuera todo diferente? !Si pudiera amarle sin renunciar a mi vida, a mi arte!
Realmente escribir es tan importante?

Si al menos, l hubiera elegido a Susan o a Mary… yo le tendra cerca, como un buen amigo. Tan slo sera la cuada excntrica. Pero cmo rechazar su propuesta, cuando el alma est partida en dos? Cmo arrojar una parte al olvido, y encarar el destino con resignacin. Podra dar una puntada sin hilo? Podra cortar el hilo, y hacer un nudo en el corazn?
Si no lo haca cuanto tiempo podramos vivir as, de una pequea renta, tres mujeres solas? Siempre habamos dicho que una al menos deba casarse. Y deba casarse bien. No poda fallarles. No podra mirarlas a la cara mientras los inviernos se sucedan marcando su piel, y los aos pasaban como las hojas de un libro sin ser ledas.

Puede que la pequea llama de amor, si puede llamarse as, que senta por Arthur no ardiera lo suficiente como para convencerme, pero el cario a mis hermanas era mayor. Y as, pensando todo esto, mis labios acertaron a pronunciar un “s”, que me atraves el alma al momento. Un “s” que se convirti en rayo a lo lejos y parti el barco de Cole en dos, y le dej a l a la deriva. Muerto.

Me desped de Honnelyne con un beso. l se march feliz y en silencio. Demasiadas palabras dichas, que deban consolar su alma torturada durante tanto tiempo. Mis hermanas me preguntaron, pero no les dije nada. “Todava no dir nada” me dije, mientras corra a mi escritorio. Escribira toda la noche. Sin parar. Se me ira el alma con cada palabra. Aunque las palabras se las llevara el viento. Aunque el manuscrito muriera en casa, en triste silencio.

A Micaela le diran “el barco nunca lleg a su destino, se perdi entre las olas, entre la tormenta, en un infierno gris de desolacin”. Y Micaela desconsolada entrar en el agua decidida y con cada paso su falda mojada se har ms pesada, hasta que ya no pueda tocar el suelo y la falda la arrastre hacia el fondo, donde por fin ser consolada.

Y me veo a mi misma rodeada de agua, La falda pesa demasiado. Y slo puedo pensar en mis hermanas haciendo bordados, mientras yo poco a poco me voy hundiendo, como si yo fuera el hilo, y la aguja me atravesara por el medio y me empujara debajo, al fondo del mar, enel centro del bordado.

Los rayos jvenes del da entraron por la ventana anunciando la maana, cuando me dorm en mi escritorio. A lo lejos, en los pramos de mi sueo, logr distinguir un barco, logre distinguir una bandera pirata, que ondeaba en la lontananza. ”Es mi conciencia que busca otro final para la muchacha Micaela”. Un nuevo rescate del mar. Y as entre sueos, doy las ltimas puntadas a mi relato, y slo por la noche, entre las sbanas, veo las velas de un barco, y veo a Micaela en lo alto, que sonre y me da las gracias, por dejarle vivir surcando los mares a bordo del “Espritu de mar”. Cuantas historias que no sern escritas vivir Micaela en el silencio de mi pensamiento !Cunto llorar a Matthew Cole, el pobre pescador!

Y mirar al horizonte, y pensar en l y pensar en sus sueos rotos, y desvanecidos, perdidos para siempre entre la espuma de la marea. Y quien sabe si un da, el mar brillar con la luz de la luna a lo lejos, y se ver la sombra de un barco que se ir acercando, como atrado por un imn. Y desde el mstil en el que se apoyar Micaela, a travs del catalejo, sus ojos vern a un hombre apuesto, de anchos hombros, la camisa abierta y hmeda por la brisa del mar. Los ojos, brillantes y borrosos. “No puede ser verdad…”, dir con el corazn palpitando con fuerza, golpeando el mstil que se tambalea, como agitando su brazo en pleno mar. “l tiene que verme ahora. Ahora l me ver”, mientras sus lgrimas saladas caen al mar. Las ltimas lgrimas que derramar.

Ahora, mis hermanas y yo cosemos cada tarde en el cuarto azul. Y Arthur me coge de la mano, mientras por un momento dejo la labor a un lado. Y l, con su traje azul bien abotonado, me dice con ojos brillantes “me encantan, me encantan tus bordados”. Y yo sonro, y le beso, y a veces pienso enmi tumba que slo ser visitada por el viento y enmi pluma arrastrada por el mar.

LUNTICA Y DESCABEZADA

Me despierto. Hay luna llena. Subo al desvn muy despacio por la escalera de caracol, tratando de que los peldaos de la escalera no crujan bajo mis pies descalzos.
Es curioso como los peldaos slo crujen por la noche, por ms que los pises durante el da no consigues un solo sonido de ellos

Abro con sigilo la puerta de madera, y miro hacia dentro. Puedo ver con claridad a pesar de la semipenumbra que me envuelve, a pesar de la tenue luz que a penas entra por el tragaluz del techo. Distingo los muebles viejos, las cajas y los bales que se amontonan por las paredes.

Me siento justo debajo del tragaluz, all donde la luna refleja en el suelo de madera su propia figura, y las estrellas que tiritan suspendidas en el cielo, se desdoblan dentro proyectndose en la madera.
Me cojo las piernas con mis manos, e inclino la cabeza todo lo que puedo hacia atrs, mirando al cielo.

Por un instante ocurre algo extrao, el reflejo de la luna se posa sobre mi cara y parece robarme el rostro, cosiendo con su luz su cara a la ma.
La luz de la luna parece entonces entrar con ms fuerza, y en su trayectoria veo multitud de puntitos blancos que parecen ir cobrando forma segn van cayendo y posndose en el suelo. Justo a mi lado.

Y como por arte de magia aparece frente a m una muchacha. Al principio su pelo le oculta el rostro, y luego levanta la mirada dejando ver su abrupta y plida cara.
Slo por un instante, pero es suficiente.

Despus, se acerca a m en un movimiento rpido, y yo retrocedo instintivamente, arrastrndome por el suelo, en busca de refugio bajo los muebles.
Por mucho que corra, bien s que no tengo escapatoria. Que estoy atrapada.
Ella parece un animal salvaje en su locura.

Consigue atraparme el pie y tira de l con fuerza, hasta que feroz, lo muerde, o quizs lo atraviesa con un cuchillo porque noto un dolor que me hiela la sangre.
- No vuelvas a apoderarte de mi cara nia, si vuelves a conjurarme y a apoderarte de ella morirs- me advierte la muchacha, con mi sangre cayendo en finos hilillos desde su boca, dejando un surco carmes en su accidentada cara.


Y se desvanece, convirtindose de nuevo en polvo, que sale por el tragaluz hasta llegar de nuevo al cielo al que pertenece.
Me quedo sola, en medio de un charco de sangre. El miedo y la excitacin me hacen llorar durante horas en la soledad del desvn. Nadie me oye. El dolor me impide levantarme.

Por la maana encuentran mi cuerpo inerte, como una hoja seca, sobre la madera. Tan solo acompaada de mi propia sangre muerta.
La ta Lilly llama al cirujano, temiendo que tenga que amputar el pie. La herida est infectada y llena de un pus amarillento.

Todos piensan que yo misma me he causado la herida, y no pueden disimular cierta mirada de terror hacia la nia hurfana, sonmbula y medio loca de la que se han hecho cargo.
- Sangras y mucha paciencia.- dictamina el cirujano. aunque tal vez persista la cojera.

Al principio quise pensar como todos ellos que mi imaginacin haba sido la causa de todo aquello, y que yo misma me haba causado las heridas.
Pero cuando me quitaron la venda, tena la marca de la luna llena sobre el tobillo.
Y desde entonces, siempre que la luna se quita su velo de la cara y me mira a los ojos, s que esta historia es cierta, y bajo la mirada temerosa de que cumpla su amenaza.

M.S.

MEJILLONES AL CURRY

El nio estaba en el fondo de un oscuro pozo, llorando, muerto de fro. Le castaeaban los dientes. Tena la ropa empapada por su propio vmito. Pero dejmosle unos momentos. Dejemos una chincheta sujetando el instante, y movamos las manillas del reloj hacia atrs, para entender cmo los finos hilos del azar tejen el destino.

Burdeos. Sur de Francia. El paisaje estaba lleno de hermosos viedos. Olor a rosas. Una nueva fiesta en el Chateaux. Gente encorbatada. Trajes oscuros.
El nio entorn la puerta, pensando que tal vez podra llegar al jarrn de extraas figuras que haba en el saln sin que toda esa gente reparara en l. Como era bajito, incluso para su edad, no sera difcil. En la escuela siempre le llamaban enano. “Tengo que esconder el gomitao” se dijo. Cada vez llamaba con ms insistencia a su boca, desde las profundidades de su estmago.
En el saln haba un jarrn lo suficientemente grande como para guardar la pasta naranja. Pero el saln estaba lleno de gente extraa. Es que estaba harto de que la casa se llenara de toda esa gente. Todos se empeaban en pellizcarle la cara, y en alborotarle el pelo. Mientras su madre siempre le regaaba por todo. “Tienes que portarte bien”, le deca. Siempre se reduca todo a que se portara bien. El problema era que no saba cuando se estaba portando bien y cuando se portaba mal. Siempre escuchaba que era un nio “poblemtico”.

Su madre. La busc con la mirada entre toda esa gente del saln. Y la encontr en un rincn, riendo ruidosamente, siempre rea as cuando haba invitados, pero cuando no haba nadie nunca lo haca. De hecho, nunca sonrea.
Sali al jardn, pas por debajo de la verja. Y ah estaba rodeado de viedos. Qu mal se encontraba. “Si pudiera hacer un agujero, y esconderlo dentro…”, se dijo.
Cecilia estaba harta de aquellas fiestas de su marido. Se aburra enormemente, aunque no lo pareca. Su sonrisa forzada, sus ojos pintados, el carmn rojo en sus labios. Haba ido a la peluquera y haba supervisado personalmente la cena. Y ella misma haba hecho su especialidad, mejillones al curry. Y lo haba hecho pensando que por fin, era la ltima vez que cocinaba para su marido, y para toda esa gente. Mejillones, vino blanco, curry
Lo tena todo preparado, y Fran la recogera junto a la carretera a las diez y cuarto, justo durante el discurso siempre aburrido de su marido. Las palmaditas en la espalda de los unos a los otros. Los brindis con los vinos. Las catas. Antes de que los cristales de las copas tintinearan por todo el Chateaux. Lo que empez con un brindis por los novios, terminara con ese otro brindis.
Desde el principio siempre pens que se equivocaba al aceptar la proposicin de matrimonio. En realidad no le amaba, nunca le am. Y haba aceptado la proposicin de enterrarse en vida en el campo, con l. Y luego el nio. El pequeo nio que siempre le recordaba con los rasgos mezclados de ambos el error que haba cometido.
Las maletas las haba dejado en el jardn, escondidas, tan solo esperando que ella las recogiera, y atravesara los apenas trescientos metros desde la verja del viedo hasta la puerta del Chateaux donde Fran la rescatara de una vida inspida, en la que los das se sucedan uno a uno sin descansar, sin tregua, y sin ninguna emocin o sobresalto.
No mirara atrs. Como si pudiera pudieran enterrar una vida entera. Enterrarla en el olvido para siempre. Cmo se haba equivocado!, ahora lo saba. Saba que era un alma inquieta, y que no poda amar a Jean Claude, porque ya lo haba intentado. Lo haba intentado durante aos. Y ahora, deba huir en la noche como si fuera un ladrn. Hua en la noche, llevndose consigo como botn, su propia vida.
Hablaba con la gente como si fuera una sonmbula. Las palabras iban y venan, pero Cecilia slo pensaba en su liberacin. En Fran. Entr en la cocina un segundo tratando de reponerse entre tanta falsedad y entonces lo vio. El taburete apoyado contra la encimera, y sobre ella, la fuente de mejillones al curry, segn la receta tradicional de su abuela. “Hazlos con cario, le haba dicho, y tu vida ser una balsa de aceite”. Y lo haba sido. Pero quien hubiera dicho que una balsa de aceite no poda tambin hundirse hasta el mismo fondo del olvido. Era el plato perfecto para acompaar al vino blanco.
Ese ao su aroma era insuperable. En aquel lugar, lo nico que tena sabor era el vino.
Las conchas estaban rebaadas, no quedaba a penas carne. El taburete acusaba claramente al nio. Ese mocoso siempre haciendo de las suyas. Le tena que haber enviado a un internado, era pequeo, difcil. Antes de irse para siempre le iba a regaar tanto, que el nio recordara siempre a su madre como una mujer regaona, vestida con un vestido de negra seda.
El nio en el jardn vio a lo lejos el pozo. Slo tena que levantar la tapa, e inclinarse. Y adems, as, nadie descubrira que se haba comido todos los mejillones.
As se inclin sobre el pozo y empez a vomitar, con tanta fuerza, que no pudo evitar caerse detrs, y hasta el fondo del pozo.
Cecilia sali al jardn llamado al nio, pero nadie responda. Su carroza de cristal esperara hasta las diez y cuarto, tan solo. Junto a la carretera. Fran le haba dicho “ni un minuto ms te esperar, princesa. Si no ests me marchar sin t, y nunca ms nos veremos”. Y ahora ese nio “dnde se haba metido?”. Iba a matarlo! El reloj pareca resonar con fuerza en su cabeza. Eran ya diez toques. Era el momento. Y ella escuchaba a penas un sollozo a lo lejos.
Sali a los viedos, levantando la verja. Ese olor a rosas que ya tena metido dentro. Cmo lo odiaba porque era falso, era mentira. Tardes en el viedo, con el sol regalando sus ltimos rayos, y Jean Claude a su lado. Y Jean Claude sin saber a penas que ella exista. Sin mirarla, sin abrazarla, sin preguntarle si necesitaba algo para hacer de su vida algo diferente a una vida indiferente, inspida, y carente de significado
Fran. Fran era un buen hombre. Haba venido a vendimiar. Y desde el principio Cecilia se permiti ciertos coqueteos. Qu importaba ya lo que pudiera ocurrir! Jean Claude no saba amarla, si es que todava la amaba. Besos en el olvido. Una buena cosecha se preparaba, todos lo saban. Y Cecilia sonrea por dentro, porque por una vez se senta viva. “S que sera una buena cosecha, por fin”. Ahora todos esos recuerdos aparecieron atormentndola. Chateaux Clement, por qu?. “Fran vino para salvarme, para liberarme, como en los cuentos”. Como los cuentos que nunca haba ledo al nio. A su hijo.
Llam corriendo a Jean Claude, que empezaba su discurso “mis queridos invitados, esta noche es una noche de celebracin. Es una noche especial porque cada nueva cosecha lo es…”. Cecilia le cort.
- Jean Claude, hay un problema, el nio est en el pozo
- Qu dices?
- Han sido los mejillones
Y el nio estaba en el pozo, y ese era el momento. Un pequeo imperdible. Un pequeo apunte en su vida. Una ancdota tal vez insignificante. Llamaron a los bomberos, y mientras esperaban, los minutos se clavaban en el alma de Cecilia. Tena un nudo en el estmago. “El nio est bien, mrchate”, se deca. Pero sus pies no la obedecan. “Fran se ir sin m, le perder. Cundo tendr una nueva oportunidad de huir?”. Miraba a Jean Claude y ya no saba lo que deba hacer
“Los malditos mejillones, por esto es por lo que deca mi abuela que la vida sera una balsa de aceite? Nunca pasar nada, en mi vida nunca pasar nada”, gritaba en silencio desde las profundidades de su alma. Mientras, todos a su alrededor, la miraban. “Que gran mujer”. “Qu gran madre”. “Que entereza”. Los pensamientos se cruzaban atravesando el viento.
Toda esa gente. Trajes oscuros. Mentes idnticas, arrojando idnticas preguntas. “Un descuido?”. “Con los nios pequeos, ya se sabe”. “Ese nio es un mal bicho”. Pero era slo un nio. Un nio pequeo. Un pequeo nio.
Ya nada poda hacerse. Las diez y media pasadas. Fran se habra marchado. Cuntos aos iguales a ste, al anterior! Cuantas fiestas en el jardn, cuantas sonrisas y caricias falsas vendran despus de esa noche. Cunto sacrificio, cuanta resignacin!. “Igual que mi madre. Igual que mi abuela. Es como los mejillones, la receta tradicional de la familia, compuesta por miedo, y unas gotas de autocompasin, por qu no de veneno?”.
Al nio le sacaron a las doce en punto. Asustado. Temblando. Las manos araadas de tratar de escalar por las duras piedras que resbalaban. “Me portar bien, mam. Te lo prometo”. Le haba dicho al mismsimo silencio.
Sali del agujero negro, del pozo cubierto por una repugnante capa naranja, y un olor a curry casi insoportable. Descompuesto. Ese fue su segundo nacimiento y el verdadero. Y cmo la primera vez, le pusieron en brazos de su madre, de Cecilia.
Otro nio qued atrapado para siempre en la oscuridad del pozo, con la cabeza inclinada hacia atrs, mirando la escena desde abajo. Mientras Andr era abrazado fuertemente por su madre, que le limpiaba con sus lgrimas, sin dejarle espacio a penas para respirar, manchndose el precioso vestido negro de seda de esa pasta naranja fluorescente.
Y en el ambiente flotaba el insistente olor de las rosas, que casi ocultaba el fuerte olor a curry de la receta tradicional de la familia.

M.S.