MEMORIAS DE OLMO VIEJO

En un pequeño rincón, en un jardín, en un lugar llamado Indiana, el niño Abraham me trajo envuelto en una tela, y me colocó despacio en el agujero que hizo con sus propios dedos. Me sentí arropado y pensé que era un buen lugar para echar raíces.

 El jardín era de la señora Pierce, una mujer madura, que dedicaba su vida a ese pequeño rincón de hierbas verdes y menudas salpicadas por flores de colores. ¡Esas campanillas que repiqueteaban en el aire agitando su color violeta, marcaban el paso del tiempo como si fuesen su condena!

 Pasaba el día trabajando en el jardín, con sus guantes manchados, y las tardes, las pasaba en el porche suspirando. Mirando el camino de arena, viendo cómo las imágenes se distorsionaban en sus ojos hasta dibujar las sombras que en su cabeza pintaba. O quizás fuese la edad que no perdonaba. Eso debía ser, porque muchas veces ella susurraba su nombre al distinguir una figura oscura avanzar más allá de la cerca. “Sam, Sam”, decía ella, pero por mucho que estiraba mis ramas para mirar el camino, no conseguía ver nada.

 Aquella mujer, peinada hacia atrás, con el pelo estirado y ya canoso sujeto con una pinza, con ese vestido con el que aguardaba a aquel que nunca llegaba, lloró sobre mí tantas veces regando mi corazón de madera con sus lágrimas, que me llegó muy dentro y absorbí su esencia.

Aquella mujer siempre olía a flores de lavanda recién cortadas, a jabón y a tarta de manzana. Siempre esperando en aquel porche que abrazaba la casa, la señora Pierce no tenía a nadie que la abrazara. Y a cambio ella se llevaba al corazón con fuerza una fotografía amarillenta y emborronada.

 Pero el tiempo giraba y giraba, y la señora Pierce envejeció, esperando eternamente la llegada de aquel hombre que debía ayudarle en su jardín. Ya no salía casi nunca más allá del porche, y a su cuerpo encorvado, y a su mirada siempre ausente, ahora se añadía la pena de ver su precioso jardín perdido para siempre. La naturaleza volvía a reivindicar lo que había sido suyo, y las ramas y la maleza, se abrieron paso, en cada rincón de aquel pequeño mundo, mi mundo, destrozándolo.

 Y así, un día, cuando la señora Pierce se mecía dulcemente, muy despacio en el porche, con la luz del crepúsculo filtrándose entre las ramas de los árboles, se durmió plácidamente para siempre, dejando que aquella fotografía se escapara de sus dedos muertos arrebatada por la brisa que la posó con cuidado en mi copa para que pudiera ver aquel rostro moreno, el rostro de Sam.

El silencio se rompió por culpa de un búho que se movía curioso por mis ramas, y la fotografía se perdió.

Entonces imaginé la razón por la que se habían separado: él tenía la piel negra, oscura, ¡y ella era tan pálida! Tal vez blanco y negro no iban bien juntos.

Comprendí que la vida es frágil y extraña. Y yo estaba atado, encadenado, condenado a seguir mirando desde arriba, aunque no lo quisiera. Cada vez más alto, los años giraban sobre mi espalda, dibujando círculos, y yo quería ser cada vez más y más alto para ver mejor detrás de la cerca y ver cómo el mundo giraba.

Pero las cosas que ví, me estremecieron. Una guerra cruenta se levantó, y el fuego y la pólvora, la muerte y la desesperación se adueñaron de todo. La guerra era lejana, pero aún así, penetraba dentro de mí de forma extraña. Cuántos gritos escuché. Casacas azules. Casacas grises. ¿Qué importaba? Gritos que parecían rayos contra mi corteza de olmo, empañada por la ceniza que cayó sobre mí como si fuese nieve negra. Todo mi cuerpo temblaba. Y después, sólo recuerdo silencio. Silencio durante mucho, mucho tiempo.

Después de tantas marcas solitarias en mi corteza llegaron los Scott, con esos dos niños que iba a ser tan importantes. Jack era un muchacho al que le gustaba subirse a mis ramas. Construyó una pequeña casa, en la que hacer realidad sus sueños. Promesas incumplidas que nunca llegaron a ser más que eso.

 Su hermana, Sarah, fue mi favorita desde el primer día. Ese día en el que llegó siendo niña y al tocar mi tronco y agarrarse a mis ramas, tratando de aspirar mi aroma, susurró “hueles a lavanda”. ¡Claro, que sí, mi pequeña niña, olía a lavanda!

Sarah, era pequeña pero sabía leer y escribir. Leía poesía en voz alta, primero las de otros, y luego empezó a leer las suyas. Yo temblaba de emoción con sus palabras, con su modulación y sus acentos.

 “¿Cuánta gente ha pisado este jardín, y que vidas han llevado?” se preguntaba, inventándose todas aquellas historias.

 O aquellos versos sobre Indiana que empezaban así “Indiana es tierra de Indios y de maizales”, pero que ya no recuerdo.

Imaginaba a todos los indios pisando la hierba, con sus pies descalzos, y según hablaba, me parecía verlos a mi lado. Y ya no me sentí solo, sino que me sentí acompañado.

 Si un árbol viejo puede enamorarse, yo lo hice en ese instante.

 Pero los años, siempre los años pasaron, y Jack que ahora era el tutor de Sarah, había crecido tratando de alcanzar mis ramas, y decidió casarla. Recuerdo los gritos en el porche, y cómo ella lloraba. El viento me traía una mezcla de su fragancia de rosas, con un toque salado de las lágrimas, y los pájaros cantaban tal vez tratando de tapar con su sonido, todos esos llantos y gritos en el abismo.

Su prometido vino entonces, y ella le entregó su vida envuelta en lágrimas y mentiras como engañoso regalo. Ella no le amaba, lo sé. Ella no le amaba. Junto a mi lloró la noche anterior a la boda mientras leía en voz alta aquellos versos, algunos de esos versos que no había tenido el valor de convertir en ceniza para entregarlos al viento. Esos versos suyos, que su esposo no aprobaría. Y allí con la luna como testigo, y con una pequeña pala, Sarah cavó  y enterró una caja metálica.

“Aquí guardo mi vida, y entierro mi alma”.

 Y la ví alejarse con su velo de novia y ese olor a rosas, que ya nunca me ha abandonado.

Jack se quedó a cargo de la casa. Las deudas, los problemas debían ser profundos, porque sus arrugas surcaban su rostro de líneas anchas y oscuras. Muy distinto del hombre en que se había convertido de aquel otro niño, pues debía ser otro niño,  cuyo peso aún sentía en mis ramas. ¿Por qué hay que complicarlo todo? Me decía. Ojalá hubiera podido caminar y sentarme junto a él en el porche, y poder recordarle todas esas cosas, que siempre fueron importantes. Pero no podía, la impotencia ha sido mi vida.

Ni siquiera pude hacer nada cuando él llegó un día con una cuerda que ató a una de mis ramas y a su propio cuello. Hacía muchos años habíamos estado unidos, compartiendo tantos sueños, grabándolos él sobre mi corteza con su pequeña navaja. Y ahora, yo,  que todavía tenía sobre mí aquella casa de madera, o lo que quedaba de ella entre mis ramas, le convertí en una marioneta sujetando su hilo,  sin poder hacer nada más que sujetar su último aliento. ¿Por qué contemplar tanta tristeza? Mis hojas cayeron desconsoladas, mi grito de dolor despertó a los polluelos que dormían plácidamente en un nido.

Vida y muerte a tan escasa distancia.

 Sarah tuvo una hija, Mary, que se hizo sufragista. Su madre no la comprendía. De tanto fingir, acabó por creerse su vida de mentira. Y Mary se marchó, y nunca regresó.

Y tal vez Sarah, en la soledad de aquella casa, a la que el porche abrazaba y que había heredado, al mecerse suavemente y mirar hacía el jardín pensara en aquella caja que había enterrado, y en esa vida que había perdido. En esa pequeña tumba que ella misma se había cavado.

Pensó seguro que era irónico que Jack hubiera muerto justo en aquel lugar, bajo aquellas ramas, mis ramas, donde ella había muerto hacía tantos años.

Sarah se apagó lentamente, como la tarde se apaga, como si fuera una tenue llama, y el aliento la hiciera estremecer hasta borrarla. Ya no me quedaba más dolor en mi salvia blanca.

 Ahora, el nuevo inquilino es un hombre corpulento, de piel negra, me estremecí al saber que su nombre era Sam y que le gustaba la jardinería. ¿Por qué el tiempo es tan relativo? Me gustaría decirle a la señora Pierce que tal y como ella esperaba, un hombre llamado Sam de piel oscura, volvió un día, y se sentó en el mismo porche en el que ella consumió su vida. Si hubiera podido llorar lo habría hecho, pero los olmos viejos no lloran, salvo cuando la mañana los cubre de rocío.

Y ví aquel hombre, al otro Sam, remover el suelo con la pala hasta encontrar una vieja caja, de la que sacó unos poemas, que leyó en voz alta, en el porche a la luz de las velas, mientras tomaba una porción de tarta de manzana. “Vida y muerte de Sarah Scott” . “¿Cuánta gente ha pisado este jardín, y que vidas han llevado?”, se preguntaba Sarah. Él conocía a un editor, y se encargaría de hacerle llegar el manuscrito. “Sarah Scott, te harás famosa”, pensó.

Aquello le dio la idea. Abrió un viejo libro de la biblioteca, “Historia de Indiana”. En la primera página, unos trazos infantiles reivindicaban a su propietaria “Mary S.”. Y una nota, escrita mucho después, cuando aquella niña ya habría aprendido a domar su caligrafía “¿Por qué no hay mujeres en este libro?”. Y Sam sonrío, y susurró:

-          Yo también sé mucho de eso. Me he sentido siempre ignorado, despreciado, discriminado, pero creo que es hora de salir de detrás de las sombras.

Descorchó una botella de vino, aromatizada con rosas y lavanda, vertió el vino en la copa, y al levantarlo, dejando que la luz del crepúsculo le otorgara un color más oscuro dentro del cristal, pasó varios hojas del libro y el azar quiso que apareciera una fotografía de Abraham Lincoln. 

Reconocí en la fotografía la ternura de aquel niño Abraham que tantos años atrás, me habían abrazado, y me sentí conmovido y emocionado.

Y Sam abrió un cuaderno y empezó a escribir “Vida de Abraham Lincoln por Samuel Reddison”. Él siempre había querido escribir, pero nunca, nunca se había atrevido, y ahora que los tiempos estaban cambiando tanto, tal vez tenía una deuda con todos aquellos que habían perdido sus sueños en el camino.

Y yo contemplé la escena a través de mis hojas, que eran como miles de ojos, y  pude ver como el jardín volvía a ser lo que había sido un día.

Y casi pude ver al niño Abraham que me colocaba con cuidado en un agüjero hecho con sus manos, en un pequeño jardín, en un lugar llamado Indiana.

Y sonreí al comprender al fin, que el tiempo pasa, y pisa todo a su paso.  Sólo quedan los sueños, que revolotean como mariposas en un jardín muerto, hasta que al fin parecen posarse en algún sitio, y se cumplen. Por eso soñar es tan importante.

M.S.

 

EL HOMBRE, ENCADENADO

INTERIOR. DÍA. Empieza todo con una visión tomada desde arriba (PLANO CENITAL), la habitación parece aun más pequeña. Paredes verdes. Entra la luz por una pequeña ventana, y se reflejan los barrotes en el suelo. Sólo una cama, y un cuerpo inerte sobre ella. Sudoroso. Es un hombre. Los ojos cerrados, todavía no quiere abrirlos aunque está despierto. Nos metemos en su mente unos segundos (ZOOM), y leemos sus pensamientos, que pasan a un primer plano (PRIMERÍSIMO PRIMER PLANO DE SUS PENSAMIENTOS). Resulta que quiere abrir los ojos, pero tiene miedo. Todas las mañanas abre los ojos y encuentra un mundo diferente, un mundo extraño. Cada día encarna un personaje distinto, una vida distinta. No se acuerda ya de cuándo fue la última vez que protagonizó su propia vida. Cuándo su alma se separó de su cuerpo.
Ahora cuando despierte, o mejor cuando abra los ojos y mire a su alrededor se dará cuenta de que está en una celda, pero no podrá recordar que es lo que le ha llevado hasta allí (PLANO DETALLE DE LOS OJOS).
Estará confundido. Se mirará su cuerpo cubierto de sudor, y se palpará el rostro tratando de averiguar su apariencia. Imaginando su rostro, tratando de verlo incluso con los ojos cerrados, igual que el día anterior, igual que hace cada día, desde que empezó todo.
Esto ocurrirá con el molesto sonido del silencio rebotando en el vacio hasta que escuche acercarse por el pasillo unos pies lentos. Hasta que los escuche, y cada vez estén más cercanos. Se acercarán hasta apagarse junto a los barrotes de metal de la celda. Entonces aquel hombre vestido de uniforme, gordo, sudoroso, con entradas, pelo canoso, dientes marrones, y hedor a tabaco se dirigirá al hombre de la celda.
- ¡Eh, tú! – le dirá, envolviendo cada sílaba en saliva- no sé por qué vienen a visitarte, pero alguien ha venido. De todas formas ya sabes que la barbacoa será esta noche, y ésta es tu última visita.
Entonces, veremos sus ojos azules (PRIMERÍSIMO PRIMER PLANO), confundidos. Pobre hombre de la celda. Él está allí, respirando, en un cuerpo que no es el suyo, pero por poco tiempo, pues si es verdad lo que dice aquel hombre, que con cada sílaba escupe saliva a través de los barrotes, nuestro protagonista morirá esta noche. ZOOM A LOS PENSAMIENTOS. Él no sabe si morirá efectivamente esta noche. Es algo nuevo, él roba instantes, roba días de otros, manteniendo su alma viva, pero nunca ha muerto. ¿Cómo será morir en cuerpo ajeno? Vemos en su mente una colcha hecha de retazos, cada uno de ellos en movimiento. Eso es él, piensa, una colcha americana.
Entonces será encadenado. Como si así su ser se encadenara a su cuerpo. Y caminará, y notará dolor en sus tobillos, por el roce del metal. Caminará por el pasillo verde, por el camino que dentro de unas horas le llevará a su final. (TRAVELLING DEL PASILLO). “Si fuera amarillo, piensa, si fuera amarillo tal vez me llevara de vuelta a mi casa, como el mago de Oz. El camino de baldosas amarillas…”, es curioso cómo se acuerda de algunas cosas y sin embargo no se acuerda ni de su nombre.
Entrara en la sala, y allí estará esperando ella (PLANO MEDIO, ACERCÁNDOSE, ZOOM LENTO),  y veremos su rostro pálido, a través de sus ojos claros, a punto de estallar, sin poder contener el llanto. (PRIMER PLANO).
Vestida con un jersey verde de lana de cuello alto. Muchas bolitas en el jersey. Muchas lágrimas derramadas, por alguien que tal vez no la merecía.
Es extraño pero mientras ella habla, es como si el resto de la gente no existiera cómo si el hombre encadenado no existiera.  Sólo la vemos a ella, él está de espaldas (PLANO ESCORZO)
- Sé que me dijiste que no viniera- dirá ella, como maullando, tratando de encontrar las palabras.- Y no iba a hacerlo, pero quería verte por última vez… y cambié el turno en el hospital.
El hombre encadenado no dirá nada entonces. La cabeza agachada. ¿Qué puede decir a aquella mujer que no conoce? Qué sus pupilas conocen, pero no conoce su mirada.
Mirará sus manos, preguntándose qué han hecho (PLANO DETALLE DE LAS MANOS) ¿Qué han hecho para merecer la muerte? Por mucho que las mira no logra ver más que unas manos. Ella, lentamente levantara el rostro de él con los dedos (PLANO MEDIO). Un pequeño roce.  Y entonces el hombre encadenado reaccionará, al tiempo que levantará la mirada girando hacia arriba las cejas en señal de asombro, abriendo las pupilas, tratando de recordar algo (PRIMERÍSIMO PRIMER PLANO).
Es imposible, ha ocupado muchos cuerpos hasta entonces, pero esta será primera vez que tenga la sensación de que conoce a alguien. Sus manos le resultan familiares. Maldita sea (ZOOM A LOS PENSAMIENTOS), le resulta familiar incluso ese perfume barato de jazmín. Sabe, intuye, que la conoce de algo. Ella llorará, dejará que las lágrimas caigan despacio, acariciando suavemente la mejilla, y él, las secará con las mangas de su uniforme, de ese pijama azul que lleva puesto. Y por un instante, querrá que aquel hombre, que aquella carcasa, se pegara a su alma como si fuera su verdadero cuerpo. Y sentirá lástima de él, por el hombre encadenado, porque pensará que con sus últimos instantes robados, está ya muerto.
El hombre encadenado se marchará con las lágrimas de ella humedeciendo su camisa, y le veremos avanzando por el pasillo (TRAVELLING), mientras ella se girará para mirarle por última vez.  Si hiciéramos un ZOOM A SUS PENSAMIENTOS, veríamos que está rota por dentro. SUBIMOS EL VOLUMEN DE LA MÚSICA. FUNDIDO EN BLANCO. ENCADENADO.
 INTERIOR. DÍA. Plano tomado desde arriba (PLANO CENITAL) la habitación parece aun más pequeña. Paredes verdes. Entra la luz por la ventana y se refleja la sombra de un pájaro que vuela. Sólo una cama, y un cuerpo inerte sobre ella. Sudoroso. Los ojos cerrados. Todavía no quiere abrirlos aunque está despierto. Nos metemos en su mente unos segundos (ZOOM A SUS PENSAMIENTOS). Quiere abrir los ojos, pero tiene miedo.
Los abre con cuidado, y se da cuenta de que todo está borroso. Miramos con sus ojos (PLANO SUBJETIVO). Vemos que se acerca alguien, y él nota que alguien se inclina sobre él y casi le roza. Nota el olor de un perfume barato, que le resulta irresistible. Que  está seguro que conoce.
Y entonces, y aún sin abrir los ojos, escucha una voz femenina
- ¡Se ha despertado, es increíble! se ha despertado, es un milagro.- Dice ella, con emoción en sus palabras. Él mueve sus manos. Quiere tocar su rostro. Le duele la cabeza.
- ¿Te conozco de algo?- acierta a decir él, como un murmullo.
- Te llevo cuidando meses, tuviste un accidente. Soy tu enfermera, pero es la primera vez que me ves.- Y vemos una lágrima que cae por el rostro de la joven de ojos claros, y entonces hacemos foco en ella, y ya no la vemos distorsionada. Es ella.
- Perdona, he pasado un día horrible. – añadirá, sonriendo tímidamente, tristemente- Me alegro de que estés de nuevo con nosotros.
ZOOM A LOS PENSAMIENTOS. Recuerda. Ahora recordará todo. El accidente. El momento en el que levantó los ojos de la carretera. Cuando la vio junto al hospital, llorando, con su jersey verde. Giró la cabeza para verla mejor.
Y después (PLANO SUBJETIVO), se salió de la carretera, y se estrelló contra el árbol. Un golpe brusco. Notó que se elevaba como si estuviera en una grúa. Como si volará. Y desde allí, descendió despacio hasta el suelo, y decidió  buscar su cuerpo.
Su cuerpo. Y se dará cuenta, de que por fin ha vuelto.
SUBIMOS EL VOLUMEN DE LA MÚSICA. FUNDIDO EN NEGRO
 
SOBREIMPRESO APARECE LA PALABRA “FIN”
 
Escrito y dirigido por M. S.

EL CORAZÓN ESCONDIDO

La miraba cada día en silencio bajar al puerto por el camino de grava que roza el muro. La miraba en silencio, aunque el corazón le latía con fuerza, a penas ahogado por el murmullo del mar, y las voces del puerto. Todos esos pescadores, que llegaban con sus barcas de colores, y extendían las redes como si fuesen telas de araña. Y el sol penetrando por ellas,  dibujaba el cuerpo de ella con una sombra en un tapiz dorado, adornado el suelo por esos caballeros con sus cotas de mallas hechas de escamas, que luchaban con su último aliento por escapar de las redes y nadar mar adentro.
¡Oh, la bahía tenía tantos colores y reflejos! Tantos pensamientos… no estaba desierto de sensaciones, sino que estaba vivo y en perpetuo movimiento, y allí ella miraba hacia el faro que se erguía entre las rocas, y trataba de tocar el cielo, iluminándolo todo. Ella también hubiera querido tocarlo con los dedos…
Y él, Lucien, allí en la terraza, sin apartar la mirada. En invierno y en verano. La luz era diferente y con ella, los colores cambiaban, y cada día aún siendo la misma, Amelia parecía cambiada. ¿Qué precio tiene una mentira? Se había preguntado,  hasta que cada atardecer, las palabras parecieran apagarse, a la vez que el faro, siempre el faro, encendía con su luz a lo lejos, todos esos fantasmas del pasado.
Una década, dos décadas, tres…. ¡Cuánto tiempo había pasado, cubriendo de plata el pelo, y el cuerpo con esa sensación de estar siempre mojado! Arrugado. Consumido. Envejecido. Amortajado…
Habían pasado el verano los tres juntos, él Lucien, Jan y Amelia. Cómo otros veranos lo pasaron, pero aquel año cambió todo. Aquel año cogieron sus bicis y subieron hasta el pueblo, en la montaña. Qué paisaje más maravilloso desde arriba. Todas esas casas ocres, se volvieron doradas con el sol del verano, y alrededor, alrededor todas esas viñas, que cómo si fuesen colchas cubrían el paisaje y lo convertían en  cuadrículas. Cómo en una tela de araña, hecha de finos hilos que el destino tejía con sus manos.
Y las uvas. Cómo recordaba aquellas uvas enormes en sus dedos. Cómo recordaba apretar aquellas uvas esperando que todo ese jugo explotara entre sus dedos, y luego llevárselo lentamente a los labios, como un beso.
¿No era maravilloso sentirse tan vivo? Olía a rosas, porque en los viñedos, siempre huele a rosas, y bajo aquellos árboles llenos de uvas maduras, que dejaban reflejos dorados en su pelo, en el pelo de ella, tan bellamente trenzado. Ellos, los dos, soñaban con tener a Amelia siempre a su lado..
Ella siempre había estado cerca de Jan. Recordaba el año anterior, los dos solos, en aquel mismo lugar. Cómo habían tirado una moneda al pozo, con los ojos cerrados. Un ligero temblor en las manos entrelazadas. Y una promesa silenciosa “estaremos siempre juntos”, que ninguno había pronunciado, y que cayó en silencio al fondo del pozo.
Jan, sólo era el hijo del farero. Y para ella, para Amelia, no había nada más hermoso que caminar por aquellas rocas junto al faro, en un lugar que no era tierra ni mar, pensaba ella, pues la tierra se volvía mar continuamente, al entrar entre las rocas en colores claros, dejando ver multitud de peces plateados y  tal vez  una medusa al fondo, que iluminaba el momento desde abajo. El agua cubría esos peldaños de madera, desvencijados, y ahora, seguro que como todo lo demás, podrido y olvidado. Y los dos descalzos, acariciando el suelo con sus pies en lugar de acariciarse ellos con sus manos. El mejor recuerdo, el más preciado. Un túnel infinito que se apoderaba de ella, y la enviaba más abajo.
Un pozo en el que se asomaba un año más tarde, Jan, completamente solo. Tratando de ver alguna luz al final del pozo que iluminara todos esos sueños perdidos, adormecidos, amortajados, desde el anterior verano. Pues qué era un pozo sino un faro invertido, en el que la luz que guiaba a los navegantes se perdía, un cementerio de sueños, que dejaba penetrar el agua hasta arrasarlo todo.
Eran tres ramitas. Tres. El azar que es una araña le hizo coger  la más larga. Cómo ser capaz de impedirlo se decía Jan cómo decir las palabras adecuadas. Las palabras que le acercaran a ella. Parecía que un muro invisible se había interpuesto entre los dos, rompiendo todas esas promesas que como un hilo había cosido su alma a la de ella. Y ya todo se había perdido. Olvidado. Enterrado.  Él había visto como Lucien la miraba. Él había visto, como le rozaba su piel sedosa, como le apartaba un mechón de su pelo de la cara. No tenía que ser más sabio de lo que era para saber que querían estar a solas. Escondidos. Olvidados. No quería imaginarse lo que encontraría si realmente les hubiera buscado. Jugar al escondite no tiene sentido cuando el que busca teme encontrar, y los que se esconden no quieren ser encontrados.
Lucien le había dicho a Amelia que Jan no la quería, mientras le desabrochaba cada botón de la camisa, y metía la mano dentro con los dedos aún pegajosos por las uvas, dejando sus huellas para siempre grabadas en su destino hasta entonces en blanco como su camisa. Sentía su suavidad y el calor en sus manos. Todo el verano enfermo de celos, debía ser recompensado. Y ella no le había creído al principio, pero la duda fue entrando dentro de ella y fue haciendo mella con cada caricia en su fe ciega. Poco a poco, cómo si se excavara un pozo en plena tierra.
Empezó a ver fantasmas allí donde no había nada, o si acaso, sólo había niebla. No veía el faro a lo lejos que le servía de guía. No veía nada más que el túnel sombrío en que se había convertido su vida.
Y se entregó con desconsuelo en brazos de Lucien, respondiendo, como si fuera un espejo. Jan no me quiere. Nunca, nunca jamás me ha querido. He sido tan tonta..Se decía tragándose las lágrimas antes de ser derramadas, esas mismas lágrimas, saladas como el mar, que surcaban el rostro de Jan, y caían al pozo con todos sus sueños.
Cuantas uvas comieron. Cuantas pepitas escupieron… Pequeñas semillas que se convirtieron poco a poco en su nueva vida. Un bonito jardín y una bonita casa. Aquí en el pueblo, en plena bahía.
Y ahora, tanto tiempo después, Lucien sólo podía mirar cada día como ella bajaba hasta el puerto, por el camino de grava que roza el muro, en silencio, aunque el corazón escondido, le latiera con fuerza en el pecho. Él sabía que ella deseaba perderse en el mar, y así hacía cada día por perder la mirada, entre las olas, bajo la mirada de Lucien, vigilante como el faro.
Ojala pudiera ver una luz u otra, se decía Lucien, y al fin, ser encontrada. Pero la razón se apagaba, poco a poco. Igual que el día. Y ya sólo se veía el faro.

M.S.

UN BANDIDO COMO TÚ

¡Cuánto tiempo ha pasado desde aquellos días!, lo veo todo borroso, no tanto por los años transcurridos, sino porque entonces el viento del desierto no tenía barrera y se metía en los ojos, arañándolos como minúsculas uñas. Eran tiempos salvajes, e indómitos en los que yo admiraba tu retrato clavado a las paredes del pueblo, cómo si no te hubieras clavado más a en mi piel que a aquella pared desconchada. No sé por qué yo miraba el fondo de tus ojos, e intuía que no eras cómo los otros.
 Nada que ver con esa sombra que ahora veo frente a mí, mientras pierde la mirada ya sentenciada en el interior de la celda, y ese rostro tan distinto al que aparece en mi memoria. Un rostro surcado con el arado del tiempo y sembrado de barba blanca. La luz de la luna, deja tu figura pintada con las sombras de las rejas oscuras. Y yo, con mi estrella en el pecho, me quedo sin palabras. Cómo si se las llevara el viento antes de ser pronunciadas, y antes de devolverme cada grano, las esparciera por el valle, atormentándome con esas imágenes fantasmales que forman.
Viniste a matar a un hombre, y llegaste como en mis sueños volando en una nube de arena, a lomos de aquel caballo negro al que alentabas con tus espuelas. Te ví llegar al pueblo calzando tus botas de cuero, tu rostro cubierto por un pañuelo, y tus ojos, escondidos por la sombra de tu sombrero.
Todos estaban aterrorizados con la noticia de tu llegada: “William Quick, el famoso bandido, el maldito, llegará con la luna llena”. Un duelo, un duelo de tantos, en una ciudad perdida en la frontera.
Todas las sombras temblaban. Todas, menos aquella pegada a ese desgraciado, a ese hombre muerto que aún respiraba, cuando apareció la luna llena apaciguando el horizonte. La luna era su reflejo pálido y asustado, desfigurado, anunciando su muerte con luz clara. Pobre iluso desgraciado, sólo una muesca más en tu revolver.
Era un peligroso bandido, eso seguro. Tantos crímenes gravados en sus manos, que habían tapizado la arena de púrpura antes de que tú hubieras llegado. Ni el sheriff ni los otros tenían el valor de hacerle frente, demasiados bandidos errando por los caminos como para jugarse la vida con esos dados.
Los tiempos han cambiado el paisaje, pero no el corazón de los hombres, … y yo,… yo entonces sólo era un niño, con muchos pájaros en la cabeza, que soñaba con ser un héroe.
Mientras miraba como dabas de nuevo tus últimos pasos clavando la bota a la arena, eran profundas las huellas pues todo ese peso caía sobre tus hombros, y se metía hasta el fondo de tu conciencia.
El viento llegaba y recorría el pueblo con su cuerpo, sin reposarlo siquiera, dejando que la arena enterrara en el olvido tantas leyendas, como tumbas sin marca ni huella. Yo miraba la escena a salvo, detrás de un pequeño y reciente agüjero de bala, que había en la pared de la posada. Tenía que ponerme de puntillas, estirando bien el cuerpo, como si estuviera tumbado, clavándome las astillas, pero no me importaba, aquella era mi ventana al mundo para contemplar el que yo creía mi futuro.
Y mientras Caronte esperaba, miraste al otro a los ojos, como antes, otras veces, habías mirado a otros muchos. Pasó una eternidad en un instante cómo si ambos en ese momento pensarais en lo más importante. Unos metros os separaban, los dos a veinte pasos y a una bala de la muerte. Un escalofrío. ¡Supongo que nunca pensaste en las veces que recorriste el camino de arena y lo convertirte en sangre! En aquel momento, los revólveres salieron rápidos de las fundas, al contacto con los dedos. Como si fuesen buitres carroñeros que volaban en busca de la muerte, disparando balas como graznidos, que cortaron el viento, y que me robaron  el aliento, apuñalando mi oído. Olor a pólvora y gritos.
Me dolían los pies, me dolían los dedos de estar de puntillas. Sentí un calambre en mis piernas. Y cuando vi, cuando vi que tu cuerpo caía desplomado, salí corriendo hacia tí, pensando que morirías en mis brazos ¡En los brazos de un muchacho desconocido, que tanto te había admirado!
Pero al llegar a tu lado, con mi corazón en los puños, comprobé que tu herida no era profunda, y que en ella no cabía aún tu vida, ni mi llanto. Y al mirar, al mirar al otro le ví tendido en un charco de sangre y arena, y supe que el villano había caído por tus manos.
-  ¿Está bien, señor?- y me sonreíste al levantarte. Me alborotaste el pelo sucio, cubierto de tierra, y con tu voz grave me dijiste:
-  Apártate de mi camino, pequeño.- y pusiste una moneda de oro en mi mano-  Odiame a mí, y odia todo lo mío. Soy sólo un bandido.- y te alejaste aún herido, desvaneciéndote de nuevo en el polvo del que habías aparecido, dejando todas esas huérfanas huellas, que muy pronto serian tapadas por el viento y la arena.
Unas gotas de sangre unidas al polvo, atestiguaban lo que allí había ocurrido. Sangre tuya, sangre de aquel al que segaste la vida manchaban el camino. Y una mancha roja arropaba en silencio la moneda, que parecía susurrarme aquellas palabras, que entonces, me dije para dentro “un día seré un héroe, como tú”.
Pero los años cabalgan por caminos inciertos, separándose de los sueños. Y aquel día resultó que no sólo mataste a ese cobarde, sino que por cada ojo escondido que había contemplado aquella hazaña, dejaste un rastro de sangre por camino,  que multiplicó al bandido que yacía muerto y semienterrado por el viento, que lo multiplicó por cada estrella suspendida, que tiritaba en el cielo. ¿Qué es verdad, lo que fue o lo que se recuerda? ¿Cuántos bandidos murieron aquel día? “Una gesta inigualable”, dirían.
¿Y en cuántos lugares ocurrió lo mismo? ¿A cuántos niños compraste? Compraste tu mito, con tus balas y tus monedas. ¿No debería caer todo esto, del lado de bueno de la balanza? Deberían recibirte con un aplauso en el estrado, en lugar de con una soga en el cadalso. Dímelo tú, bandido. Dime a cuantos salvaste la vida aquellos días furiosos.
Todas esos rostros hechos de arena, que se confunden en el horizonte. Todas esas huellas, que ni el tiempo, ni el viento han borrado.Todos esa sangre que derramaste al cortar sus venas. Todas esas palabras que llegan a mis oídos.
Miro tus ojos brillantes, y aún en el fondo, me parece que no eres como los otros, que eres un hombre bueno. Por qué si no, nadie se atrevió a cobrar la recompensa hasta ahora, que los tiempos han cambiado tanto, que son tan distintos… Estos tiempos en los que no hace falta pronunciar tu nombre.
El tiempo no ha borrado el rojo de tu sangre en la moneda. Ese rojo que  me quema en el bolsillo, esta moneda que me pesa tanto que cuando mañana con la luz del alba tus pecados cuelguen de un hilo para ser medidos y pesados, antes de enterrarlos en el polvo, tal vez mi estrella plateada y mi moneda pesarán más que tus pecados.
Y tus ojos oscuros como dos balas, entre una nube de arena  me perseguirán y serán mi condena. Te unirás a las sombras que te rodean y a la tormenta de arena, que hace tanto tiempo ya enterró todos mis sueños.
Vete lejos de mí. Vete y déjame con mi cobardía. Pero si me miras, perdóname. Perdóname, por no encontrar dentro de mí el valor para ser,  un bandido como tú.

 M.S.

BORDADOS

Mis hermanas y yo cosíamos por la tarde en el cuarto azul, hasta que la luz de las ventanas hacía que los ojos se volvieran torpes, como envueltos en una nebulosa muy parecida a la niebla que había tras las ventanas. La rutina diaria incluía cuando el tiempo lo permitía un paseo por el pueblo o por los páramos, pero irremediablemente, la tarde pertenecía a la costura. Mis hermanas sacaban sus cestillos y se afanaban en hacer bordados para su futuro ajuar. Ese ajuar que nunca llegaba el momento de utilizar, y que empezábamos a pensar que nunca llegaría.  
 
Yo me sentaba junto a la ventana, en un pequeño escritorio y también cosía, pero cosía palabras. Cada uno de los puntos de mi labor era una palabra, un adjetivo, un adverbio… Cada palabra se encadenaba a la siguiente haciendo un hermoso dibujo, como parte indisoluble de aquellos relatos que en las noches de invierno leía a mis hermanas y que nos cubrían con un manto de esperanza hasta entrar en calor. 
 
Ahora trabajaba en la historia de Micaela Roberts, una joven huérfana. Había sido criada por una anciana, que veía en ella el mismo espíritu que tenía de niña. Esta señora le había hablado del mar y de aquel verano extraño, en el que se convirtió en lo que era, una aventurera. Aunque habían pasado muchos años desde que ella se hizo a la mar, todavía cuando miraba el suelo, le parecía que se movía bajo sus pies, a causa del agua. 
 
“Si me hubieras visto Micaela, surcando el mar en un barco de vela. El pirata Michael no era lo que se dice un hombre honrado, pero que me aspen si he visto hombre más bueno. La mitad de mi vida la viví en aquel barco, el Espíritu del Mar, y allí morí, con el cuerpo de mi amado Michael en mis brazos, el barco balanceándose, y aquellos hombres abordándolo. Tenía un dinero guardado, y lo recogí y compré esta granja, luego llegaste tú, como escupida del mar, como un trofeo, como un regalo. La hija que nunca tuve. Te llamé Micaela por él” 
 
Micaela creció con el amor al mar y al agua salada en cada rincón de su cuerpo. Sentía la llamada del mar, de las olas que rompían con fuerza contra las rocas. No tenía miedo de nada. Siempre supo que ella quería ser bucanera, como lo había sido su madre adoptiva. 
 
-         No sabes lo que dices, muchacha.- decía la señora Roberts, tal vez pensando que había exagerado las virtudes de la vida en el mar, y poco las incomodidades de las mareas.  
Un día Micaela se echó a la mar con su barco de remos, sin atender a razones. En mitad de su paseo empezó a llover copiosamente. Hasta que su pequeña barquita pintada de color azul acabó por zozobrar. Micaela no nadaba demasiado bien, y luchó con todas sus fuerzas contra la inmensidad de las olas, tratando de aferrarse a la vida.  
 
Sin embargo, sus brazos, sus piernas, cada vez estaban más cansados y adormecidos por el frío mar que la mecía. A punto estaba de perder el conocimiento cuando unos brazos aguerridos la cogieron de los hombros y la levantaron como si fuera tan sólo una muñeca.  
Ella no recordaba como había sido su rescate. De hecho pensó que había muerto, hasta que abrió los ojos al sol y tuvo que volver a cerrarlos.  
 
Le dolía la cabeza, y tenía una fuerte sensación de mareo. Debía estar viva. Nunca oyó de fantasmas con nauseas. Su salvador no era un pirata como había pensado.
Era sólo un pescador. Micaela, disimuló cierta decepción, ya que por lo demás el chico era lo que siempre había querido… 
 
- Me parece que viene alguien- me interrumpió Susan, apartando por un momento sus ojos de la labor. 
No me importaba que mis hermanas estuvieran a mí alrededor mientras escribía, pero me ponía furiosa, si oía pasos desconocidos en el pasillo. No me gustaban mucho las visitas porque tenían la costumbre de interrumpirme en mi momento de mayor creatividad, cuando estaba inmersa en un duelo, o en un momento íntimo, o como en este caso en el momento del rescate de Micaela. El momento era importante, conocía a su salvador y a la vez al hombre que amó desde el primer momento, un honrado y pobre pescador.
 
Ahora debía dejar a la pareja, con sus sentimientos recién nacidos en el barco pesquero, mientras atendía a los visitantes. Dejar el manuscrito tapado con la labor, y mientras ofrecía un té y una sonrisa, mirar de soslayo a la historia, y en silencio pensar un poco ella, mientras las palabras que se podían decir, eran dichas en el salón, y las otras, las silenciosas, se quedaban en los labios apenas rozaban la taza de porcelana. Quizás, Micaela Roberts se quedara inmersa también en sus pensamientos, mirando a Matthew Cole, cuando pensaba que él no estaba mirando. Quizás ella tenía también una vida silenciosa e interior, o quizás con los ojos chispeantes y borrosos se fijara en su rostro curtido o en su camisa humeda por la brisa marina.

 
“Se miraron unos momentos a penas. Ambos apartaron la mirada. Tímidos. Nerviosos. ¿Podía ser que dos personas fueran reunidas en el mar de esa manera? Ya había pasado con la señora Roberts, y ahora, con Micaela.
-          No seré bucanera. Seré su esposa, y estaré contenta- se dijo en silencio la muchacha”
 
Así fue como aquel día en el que Micaela fue rescatada por Matthew Cole, el pobre y bonachón Cole,  recibí a Arthur Honneyline. Como Cole, Arthur Honneyline, el hijo del Squire, había venido a salvarme de alguna manera. A hacerme una proposición.
Cada día era lo mismo, Arthur era una buena compañía. Era apuesto, culto y siempre nos traía noticias divertidas de pueblo, a mí y a mis hermanas. Mentiría si no dijera que me agradaba su compañía. Pero más allá de eso no quería pensar nada. 
 
Susan, que bordaba preciosos tapices, con los que decorar la casa, o Mary, tan buena, tan honrada. Dos buenas esposas, esperando eternamente en el salón, sin mucho más que hacer a parte de esperar y bordar. 
Yo no escuchaba. No era una buena elección para Arthur, así que cuando me dijo que deseaba tener una entrevista a solas conmigo y salimos al jardín, con los páramos llamándome a lo lejos, supe que debía rechazarle. Por el camino pensaba en Micaela, oculta bajo la costura, y pensaba en Matthew Cole, y fui vislumbrando su declaración de amor.
 
“-   Soy pobre, Micaela. Pobre, pero trabajador. No puedo ofrecerte mucho, pero todo lo mío es tuyo.  
Y Micaela, y la señora Roberts, se abrazaron y lloraron de felicidad, cuando le despidieron en la puerta, y le vieron marchar. Las nubes llegaban a lo lejos en ese instante, y al momento, la calma del día se transformó. Las ramas se retorcían, y un chillido enloquecedor precedió a la gran tormenta.”
 
-          Querida.- Honneyline cortó el torbellino de pensamientos de mi cabeza como un portazo corta el espíritu del viento- No puedes saber lo mucho que he sufrido desde hace años, pero ya está todo arreglado. Desde el principio, para mí, no ha habido nadie más que tú. Ya sé que pensarás que es una locura, pero solía llegar hasta los páramos y agazaparme cuando sólo era un muchacho. Y te veía jugar con tus hermanas, junto a la casa, con las piernas arañadas por el brezo, con el rostro manchado por el viento. Siempre eras tú, la más valiente, la más hermosa. Y siempre supe que me casaría contigo. 
 
Le dejé hablar como en sueño, pero bien sabía yo que lo que pretendía era impensable. No podía casarme con él. Era imposible. En realidad no podía casarme con nadie. Supongo que hay personas que han nacido para estar cosidas al alma de otras personas. Pero yo no.
 
¿Qué pensaría de mí Arthur si supiera mi secreto?, me pregunté. Si supiera que escribo noches enteras cuentos de piratas, a la luz de las velas. No soy una buena esposa, para él. ¿Y si fuera todo diferente? !Si pudiera amarle sin renunciar a mi vida, a mi arte!
¿Realmente escribir es tan importante? 
 
Si al menos, él hubiera elegido a Susan o a Mary… yo le tendría cerca, como un buen amigo. Tan sólo sería la cuñada excéntrica. Pero ¿cómo rechazar su propuesta, cuando el alma está partida en dos? Cómo arrojar una parte al olvido, y encarar el destino con resignación.   ¿Podría dar una puntada sin hilo? ¿Podría cortar el hilo, y hacer un nudo en el corazón?
¿Si no lo hacía cuanto tiempo podríamos vivir así, de una pequeña renta, tres mujeres solas? Siempre habíamos dicho que una al menos debía casarse. Y debía casarse bien. No podía fallarles. No podría mirarlas a  la cara mientras los inviernos se sucedían marcando su piel, y los años pasaban como las hojas de un libro sin ser leídas. 
 
Puede que la pequeña llama de amor, si puede llamarse así, que sentía por Arthur no ardiera lo suficiente como para convencerme, pero el cariño a mis hermanas era mayor. Y así, pensando todo esto, mis labios acertaron a pronunciar un “sí”, que me atravesó el alma al momento. Un “sí” que se convirtió en rayo a lo lejos y partió el barco de Cole en dos, y le dejó a él a la deriva. Muerto. 
 
Me despedí de Honnelyne con un beso. Él se marchó feliz y en silencio. Demasiadas palabras dichas, que debían consolar su alma torturada durante tanto tiempo. Mis hermanas me preguntaron, pero no les dije nada. “Todavía no diré nada” me dije, mientras corría a mi escritorio. Escribiría toda la noche. Sin parar. Se me iría el alma con cada palabra. Aunque las palabras se las llevara el viento. Aunque el manuscrito muriera en casa, en triste silencio. 
 
A Micaela le dirían “el barco nunca llegó a su destino, se perdió entre las olas, entre la tormenta, en un infierno gris de desolación”. Y Micaela desconsolada entrará en el agua decidida y con cada paso su falda mojada se hará más pesada, hasta que ya no pueda tocar el suelo y la falda la arrastre hacia el fondo, donde por fin será consolada.  
 
Y me veo a mi misma rodeada de agua, La falda pesa demasiado. Y sólo puedo pensar en mis hermanas haciendo bordados, mientras yo poco a poco me voy hundiendo, como si yo fuera el hilo, y la aguja me atravesara por el medio y me empujara debajo,  al fondo del mar, en el centro del bordado.  

Los rayos jóvenes del día entraron por la ventana anunciando la mañana, cuando me dormí en mi escritorio. A lo lejos, en los páramos de mi sueño, logré distinguir un barco, logre distinguir una bandera pirata, que ondeaba en la lontananza. ·”Es mi conciencia que busca otro final para la muchacha Micaela”. Un nuevo rescate del mar. Y así entre sueños, doy las últimas puntadas a mi relato, y sólo por la noche, entre las sábanas, veo las velas de un barco, y veo a Micaela en lo alto, que sonríe y me da las gracias, por dejarle vivir surcando los mares a bordo del “Espíritu de mar”. Cuantas historias que no serán escritas vivirá Micaela en el silencio de mi pensamiento !Cuánto llorará a Matthew Cole, el pobre pescador!
 
Y mirará al horizonte, y pensará en él y pensará en sus sueños rotos, y desvanecidos, perdidos para siempre entre la espuma de la marea. Y quien sabe si un día, el mar brillará con la luz de la luna a lo lejos, y se verá la sombra de un barco que se irá acercando, como atraído por un imán. Y desde el mástil en el que se apoyará Micaela, a través del catalejo, sus ojos verán a un hombre apuesto, de anchos hombros, la camisa abierta y húmeda por la brisa del mar. Los ojos, brillantes y borrosos. “No puede ser verdad…”, dirá con el corazón palpitando con fuerza, golpeando el mástil que se tambalea, como agitando su brazo en pleno mar. “Él tiene que verme ahora. Ahora él me verá”, mientras sus lágrimas saladas caen al mar. Las últimas lágrimas que derramará.
 
Ahora, mis hermanas y yo cosemos cada tarde en el cuarto azul. Y Arthur me coge de la mano, mientras por un momento dejo la labor a un lado. Y él, con su traje azul bien abotonado, me dice con ojos brillantes “me encantan, me encantan tus bordados”. Y yo sonrío, y le beso, y a veces pienso en mi  tumba que sólo será visitada por el viento y en mi pluma arrastrada por el mar.

BORDADOS

Mis hermanas y yo cosíamos por la tarde en el cuarto azul, hasta que la luz de las ventanas hacía que los ojos se volvieran torpes, como envueltos en una nebulosa muy parecida a la niebla que había tras las ventanas. La rutina diaria incluía cuando el tiempo lo permitía un paseo por el pueblo o por los páramos, pero irremediablemente, la tarde pertenecía a la costura. Mis hermanas sacaban sus cestillos y se afanaban en hacer bordados para su futuro ajuar. Ese ajuar que nunca llegaba el momento de utilizar, y que empezábamos a pensar que nunca llegaría.  
 
Yo me sentaba junto a la ventana, en un pequeño escritorio y también cosía, pero cosía palabras. Cada uno de los puntos de mi labor era una palabra, un adjetivo, un adverbio… Cada palabra se encadenaba a la siguiente haciendo un hermoso dibujo, como parte indisoluble de aquellos relatos que en las noches de invierno leía a mis hermanas y que nos cubrían con un manto de esperanza hasta entrar en calor. 
 
Ahora trabajaba en la historia de Micaela Roberts, una joven huérfana. Había sido criada por una anciana, que veía en ella el mismo espíritu que tenía de niña. Esta señora le había hablado del mar y de aquel verano extraño, en el que se convirtió en lo que era, una aventurera. Aunque habían pasado muchos años desde que ella se hizo a la mar, todavía cuando miraba el suelo, le parecía que se movía bajo sus pies, a causa del agua. 
 
“Si me hubieras visto Micaela, surcando el mar en un barco de vela. El pirata Michael no era lo que se dice un hombre honrado, pero que me aspen si he visto hombre más bueno. La mitad de mi vida la viví en aquel barco, el Espíritu del Mar, y allí morí, con el cuerpo de mi amado Michael en mis brazos, el barco balanceándose, y aquellos hombres abordándolo. Tenía un dinero guardado, y lo recogí y compré esta granja, luego llegaste tú, como escupida del mar, como un trofeo, como un regalo. La hija que nunca tuve. Te llamé Micaela por él” 
 
Micaela creció con el amor al mar y al agua salada en cada rincón de su cuerpo. Sentía la llamada del mar, de las olas que rompían con fuerza contra las rocas. No tenía miedo de nada. Siempre supo que ella quería ser bucanera, como lo había sido su madre adoptiva. 
 
-         No sabes lo que dices, muchacha.- decía la señora Roberts, tal vez pensando que había exagerado las virtudes de la vida en el mar, y poco las incomodidades de las mareas.  
Un día Micaela se echó a la mar con su barco de remos, sin atender a razones. En mitad de su paseo empezó a llover copiosamente. Hasta que su pequeña barquita pintada de color azul acabó por zozobrar. Micaela no nadaba demasiado bien, y luchó con todas sus fuerzas contra la inmensidad de las olas, tratando de aferrarse a la vida.  
 
Sin embargo, sus brazos, sus piernas, cada vez estaban más cansados y adormecidos por el frío mar que la mecía. A punto estaba de perder el conocimiento cuando unos brazos aguerridos la cogieron de los hombros y la levantaron como si fuera tan sólo una muñeca.  
Ella no recordaba como había sido su rescate. De hecho pensó que había muerto, hasta que abrió los ojos al sol y tuvo que volver a cerrarlos.  
 
Le dolía la cabeza, y tenía una fuerte sensación de mareo. Debía estar viva. Nunca oyó de fantasmas con nauseas. Su salvador no era un pirata como había pensado.
Era sólo un pescador. Micaela, disimuló cierta decepción, ya que por lo demás el chico era lo que siempre había querido… 
 
- Me parece que viene alguien- me interrumpió Susan, apartando por un momento sus ojos de la labor. 
No me importaba que mis hermanas estuvieran a mí alrededor mientras escribía, pero me ponía furiosa, si oía pasos desconocidos en el pasillo. No me gustaban mucho las visitas porque tenían la costumbre de interrumpirme en mi momento de mayor creatividad, cuando estaba inmersa en un duelo, o en un momento íntimo, o como en este caso en el momento del rescate de Micaela. El momento era importante, conocía a su salvador y a la vez al hombre que amó desde el primer momento, un honrado y pobre pescador.
 
Ahora debía dejar a la pareja, con sus sentimientos recién nacidos en el barco pesquero, mientras atendía a los visitantes. Dejar el manuscrito tapado con la labor, y mientras ofrecía un té y una sonrisa, mirar de soslayo a la historia, y en silencio pensar un poco ella, mientras las palabras que se podían decir, eran dichas en el salón, y las otras, las silenciosas, se quedaban en los labios apenas rozaban la taza de porcelana. Quizás, Micaela Roberts se quedara inmersa también en sus pensamientos, mirando a Matthew Cole, cuando pensaba que él no estaba mirando. Quizás ella tenía también una vida silenciosa e interior, o quizás con los ojos chispeantes y borrosos se fijara en su rostro curtido o en su camisa humeda por la brisa marina.

 
“Se miraron unos momentos a penas. Ambos apartaron la mirada. Tímidos. Nerviosos. ¿Podía ser que dos personas fueran reunidas en el mar de esa manera? Ya había pasado con la señora Roberts, y ahora, con Micaela.
-          No seré bucanera. Seré su esposa, y estaré contenta- se dijo en silencio la muchacha”
 
Así fue como aquel día en el que Micaela fue rescatada por Matthew Cole, el pobre y bonachón Cole,  recibí a Arthur Honneyline. Como Cole, Arthur Honneyline, el hijo del Squire, había venido a salvarme de alguna manera. A hacerme una proposición.
Cada día era lo mismo, Arthur era una buena compañía. Era apuesto, culto y siempre nos traía noticias divertidas de pueblo, a mí y a mis hermanas. Mentiría si no dijera que me agradaba su compañía. Pero más allá de eso no quería pensar nada. 
 
Susan, que bordaba preciosos tapices, con los que decorar la casa, o Mary, tan buena, tan honrada. Dos buenas esposas, esperando eternamente en el salón, sin mucho más que hacer a parte de esperar y bordar. 
Yo no escuchaba. No era una buena elección para Arthur, así que cuando me dijo que deseaba tener una entrevista a solas conmigo y salimos al jardín, con los páramos llamándome a lo lejos, supe que debía rechazarle. Por el camino pensaba en Micaela, oculta bajo la costura, y pensaba en Matthew Cole, y fui vislumbrando su declaración de amor.
 
“-   Soy pobre, Micaela. Pobre, pero trabajador. No puedo ofrecerte mucho, pero todo lo mío es tuyo.  
Y Micaela, y la señora Roberts, se abrazaron y lloraron de felicidad, cuando le despidieron en la puerta, y le vieron marchar. Las nubes llegaban a lo lejos en ese instante, y al momento, la calma del día se transformó. Las ramas se retorcían, y un chillido enloquecedor precedió a la gran tormenta.”
 
-          Querida.- Honneyline cortó el torbellino de pensamientos de mi cabeza como un portazo corta el espíritu del viento- No puedes saber lo mucho que he sufrido desde hace años, pero ya está todo arreglado. Desde el principio, para mí, no ha habido nadie más que tú. Ya sé que pensarás que es una locura, pero solía llegar hasta los páramos y agazaparme cuando sólo era un muchacho. Y te veía jugar con tus hermanas, junto a la casa, con las piernas arañadas por el brezo, con el rostro manchado por el viento. Siempre eras tú, la más valiente, la más hermosa. Y siempre supe que me casaría contigo. 
 
Le dejé hablar como en sueño, pero bien sabía yo que lo que pretendía era impensable. No podía casarme con él. Era imposible. En realidad no podía casarme con nadie. Supongo que hay personas que han nacido para estar cosidas al alma de otras personas. Pero yo no.
 
¿Qué pensaría de mí Arthur si supiera mi secreto?, me pregunté. Si supiera que escribo noches enteras cuentos de piratas, a la luz de las velas. No soy una buena esposa, para él. ¿Y si fuera todo diferente? !Si pudiera amarle sin renunciar a mi vida, a mi arte!
¿Realmente escribir es tan importante? 
 
Si al menos, él hubiera elegido a Susan o a Mary… yo le tendría cerca, como un buen amigo. Tan sólo sería la cuñada excéntrica. Pero ¿cómo rechazar su propuesta, cuando el alma está partida en dos? Cómo arrojar una parte al olvido, y encarar el destino con resignación.   ¿Podría dar una puntada sin hilo? ¿Podría cortar el hilo, y hacer un nudo en el corazón?
¿Si no lo hacía cuanto tiempo podríamos vivir así, de una pequeña renta, tres mujeres solas? Siempre habíamos dicho que una al menos debía casarse. Y debía casarse bien. No podía fallarles. No podría mirarlas a  la cara mientras los inviernos se sucedían marcando su piel, y los años pasaban como las hojas de un libro sin ser leídas. 
 
Puede que la pequeña llama de amor, si puede llamarse así, que sentía por Arthur no ardiera lo suficiente como para convencerme, pero el cariño a mis hermanas era mayor. Y así, pensando todo esto, mis labios acertaron a pronunciar un “sí”, que me atravesó el alma al momento. Un “sí” que se convirtió en rayo a lo lejos y partió el barco de Cole en dos, y le dejó a él a la deriva. Muerto. 
 
Me despedí de Honnelyne con un beso. Él se marchó feliz y en silencio. Demasiadas palabras dichas, que debían consolar su alma torturada durante tanto tiempo. Mis hermanas me preguntaron, pero no les dije nada. “Todavía no diré nada” me dije, mientras corría a mi escritorio. Escribiría toda la noche. Sin parar. Se me iría el alma con cada palabra. Aunque las palabras se las llevara el viento. Aunque el manuscrito muriera en casa, en triste silencio. 
 
A Micaela le dirían “el barco nunca llegó a su destino, se perdió entre las olas, entre la tormenta, en un infierno gris de desolación”. Y Micaela desconsolada entrará en el agua decidida y con cada paso su falda mojada se hará más pesada, hasta que ya no pueda tocar el suelo y la falda la arrastre hacia el fondo, donde por fin será consolada.  
 
Y me veo a mi misma rodeada de agua, La falda pesa demasiado. Y sólo puedo pensar en mis hermanas haciendo bordados, mientras yo poco a poco me voy hundiendo, como si yo fuera el hilo, y la aguja me atravesara por el medio y me empujara debajo,  al fondo del mar, en el centro del bordado.  

Los rayos jóvenes del día entraron por la ventana anunciando la mañana, cuando me dormí en mi escritorio. A lo lejos, en los páramos de mi sueño, logré distinguir un barco, logre distinguir una bandera pirata, que ondeaba en la lontananza. ·”Es mi conciencia que busca otro final para la muchacha Micaela”. Un nuevo rescate del mar. Y así entre sueños, doy las últimas puntadas a mi relato, y sólo por la noche, entre las sábanas, veo las velas de un barco, y veo a Micaela en lo alto, que sonríe y me da las gracias, por dejarle vivir surcando los mares a bordo del “Espíritu de mar”. Cuantas historias que no serán escritas vivirá Micaela en el silencio de mi pensamiento !Cuánto llorará a Matthew Cole, el pobre pescador!
 
Y mirará al horizonte, y pensará en él y pensará en sus sueños rotos, y desvanecidos, perdidos para siempre entre la espuma de la marea. Y quien sabe si un día, el mar brillará con la luz de la luna a lo lejos, y se verá la sombra de un barco que se irá acercando, como atraído por un imán. Y desde el mástil en el que se apoyará Micaela, a través del catalejo, sus ojos verán a un hombre apuesto, de anchos hombros, la camisa abierta y húmeda por la brisa del mar. Los ojos, brillantes y borrosos. “No puede ser verdad…”, dirá con el corazón palpitando con fuerza, golpeando el mástil que se tambalea, como agitando su brazo en pleno mar. “Él tiene que verme ahora. Ahora él me verá”, mientras sus lágrimas saladas caen al mar. Las últimas lágrimas que derramará.
 
Ahora, mis hermanas y yo cosemos cada tarde en el cuarto azul. Y Arthur me coge de la mano, mientras por un momento dejo la labor a un lado. Y él, con su traje azul bien abotonado, me dice con ojos brillantes “me encantan, me encantan tus bordados”. Y yo sonrío, y le beso, y a veces pienso en mi  tumba que sólo será visitada por el viento y en mi pluma arrastrada por el mar.

M.S.

HORMIGA ROJA, CORAZÓN OSCURO

Empujé hacia arriba con mis patas delanteras, la hoja que me había servido de refugio y pude ver cómo los rayos del sol esquivaban las cuerpos e iluminaban las sombras,  acariciando  todas esas gotas que la tormenta había regalado y que brillaban como si fueran joyas engalanando un mar de hierbas, matas y brezo, con olas verdes y amarillas que movía el viento.
Mi mirada quedó cautiva, prisionera en esas gotas que  veía todos esos ojos que parecían entrar por mis pupilas y atravesarme el alma. Al restregarme los ojos vidriosos por las lágrimas pude ver mi propio rostro mil veces reflejado, una vez por cada gota. ¿Eran gotas de lluvia o eran lágrimas? ¡Qué importaba!
Esos ojos, acusadores, tan parecidos a aquellos otros que me habían sentenciado: Deserción o muerte.
¿Cuánto peso puede soportar una conciencia?. Dicen que las hormigas pueden soportar siete veces su peso. Pero creo que es mentira.
Veo un rostro, y luego otro. ¿Es el mío o es de otros? ¿Es de mis víctimas o es de mi verdugos? ¿Qué soy yo víctima del destino, o verdugo del Reino Rojo? Cómo si cada uno fuera una puñalada Un cuchillo en plena batalla.. Cómo si todavía estuviera en el hormiguero, frente al Consejo de Guerra, temblorosa y asustada.
¿Cómo hacer una confesión ahora? Cómo si fuera posible confesar y pedir perdón. Tengo la pintura roja que me cubre mi cuerpo, y que puedo usar como tinta con la que dar forma a mi confesión. Puedo escribir con mis finas patas en estas hojas amarillas, húmedas por la lluvia. Una palabra tras otra. Ojalá al hacerlo, al tener las palabras ante mí, pueda leer en ellas algo. Alguna esperanza con la que vivir. Un pequeño rayo de luz que ilumine mi camino entre las ramas del páramo, o por el contrario la ver oscuridad que sellará mi fin.
Me gustaría decir que vendí a la Reina Roja, a mi reina, por una causa noble, pero sería mentira. Me gustaría decir que maté a la Reina Oscura para garantizar la paz en el páramo. Pero si lo dijera también mentiría
Yo no nací diferente a las otras. Podría estar frente a cualquiera de ellas, de las hormigas del Reino Rojo y hubiera visto el mismo rostro. ¿Qué importa si sobrevive el Reino Rojo, o el Reino Oscuro? Yo soy proscrita de ambos reinos, y ahora que no hay un lugar al que pertenezca, puedo volver al principio y pensar en el problema. ¿Por qué luchan los dos reinos?
Hace años, nuestros antepasados se hicieron la misma pregunta, y las hormigas sabias lo leyeron en las runas. Una paz que pendía de un hilo del que tiraban el Reino Rojo y el Reino Oscuro. Cada una del lado de su hormiguero. Y entonces se decidió un trueque de reinas. La paz se consiguió, pero la siguiente generación ya estaba de nuevo en guerra. Unas contra otras. Rojas contra Oscuras, y Oscuras contra Rojas.
Pero el cambio de reinas había supuesto un cambio también físico en todas ellas.
Ahora las hormigas del Reino Rojo, no eran ya rojas, sino que al nacer eran negras. Y las oscuras, en cambio, eran iguales que su reina, completamente rojas. Pero tanto unas como otras pintaban su cuerpo con los colores opuestos, aferradas a un pasado al que en realidad no habían pertenecido, nada más que sus contrarias…
Las palabras salían a borbotones, coloreadas con la pintura de mi cuerpo y no podía parar. No podía. Podía haber sido mi propia sangre la que manchaba aquellas hojas amarillas. Cerré los ojos un segundo y empecé a pensar en cómo podía llegar a entenderme a mi misma, a comprender mis errores.
No había conseguido convencer al jurado frente a mí, pero pensaba que tal vez podría convencer tan sólo a ese otro jurado. A esos rostros encerrados en esas gotas de lluvia que borraba el sol con sus rayos, empujándolas a su tumba de barro, compartida por tantas hormigas caídas en una guerra sin principio, sin final y sin ningún sentido.
Pensaba que tal vez si caía la última gota, acusadora, yo podría perdonarme de alguna forma. Una última gota de lluvia, y una última lágrima ¿Merezco vivir?, me preguntaba. Tal vez esta extraña confesión, esta pequeña nota que podría ser de suicidio de una pequeña hormiga sin corazón, tal vez podría servir de algo.
Y me arranqué esa pintura roja que aún me cubría en parte y seguí escribiendo:
¿Alguien entiende una guerra tan absurda? El trueque, en realidad, no es una razón para luchar, pero ¿No podría ser una razón para la paz?
¿No estamos de alguna forma emparentadas? ¿No guardamos en realidad la memoria de las Rojas que aparece tras nosotros como una sombra, porque en el fondo, es la memoria de las oscuras?
¿Por qué se lucha? El fragor de la batalla. Los destellos que provoca el choque de espada contra espada, ciegan la vista, y siegan la vida y el alma más que el hierro que las forman. Y la ira, que la empuña, se mete en el cuerpo, y ya no existe nada más que el momento. Tú en el campo de batalla, rodeado de enemigos y la espada en tus manos, como único amigo.
Recuerdo un momento en el que ascendí sobre todos aquellos cuerpos, todas esas hormigas con sus armaduras, y pude ver desde arriba a ambos ejércitos.
Ambos ejércitos dejaban un rastro de pintura al avanzar, como una estela que alfombraba el suelo. Una alfombra para que las reinas Oscura y, pisaran majestuosas desde la retaguardia, en la seguridad de sus carros tirados por pulgones. Pese a lo terrible de la situación pensé en aquella imagen hermosa.
Y me ví a mi entre el barro, malherida. No sé como llegué hasta ella, hasta la Reina Oscura y me arrastré entre el dolor y la locura, alzando el puñal que acabó con su vida. ¡Oía ya los vítores de las mías! ¡La alegría de las Rojas por la derrota de las oscuras. Pero ahí con la sangre roja de la Reina Oscura entre mis manos, no podía articular palabra. La pintura roja de mis manos se había levantado, y ahora la reemplazaba aquella sangre roja de la Reina Oscura. ¡Por qué lo hice?
Las hormigas oscuras clamaban venganza. Y aunque enfurecidas, decidieron perdonarme la vida, pues viva podría llevarlas al Reino Rojo, y servirles en bandeja una nueva reina, la única que existía ahora en el páramo. ¡Mi propia reina! ¡la Reina Roja!
Y así a cambio de mi vida entregué a mi reina, y al hacerlo sentencié a  mi pueblo. Y ahora que estoy aquí sola, ahora pienso, que la única forma de paz, la única forma posible de terminar esta guerra y de que no muera nadie más es que reconozcamos que sólo existe un reino.
¿Lo pensarás mi Reina Roja, mi Reina Oscura?
Y al terminar de escribir la hoja amarilla escrita por ambos lados, en mi cuerpo ya no quedaba tinta y por primera vez desde que había nacido era de mi propio color, y pude verme reflejada en aquella última gota de lluvia que suavemente ví caer al barro.
Y supe que había nacido para era enrollar suavemente aquella hoja y caminar en ese momento, sin nada que perder, hacia el Reino Oscuro.

M.S.

NAUFRAGO

El mar estiró las arrugas

                                                 que el viento había formado

Tumbas sin marca ni huella

                                                  habitaban en sus brazos

Si hubiera un puente de madera

                                                 colgando de ambos lados

cada paso sería un sueño,

                                                    y cada suspiro, un peldaño

¡Guarda tu aliento, pequeño

                                                    que tú ya estás sentenciado!

El horizonte burlesco

                                                   pintó de rojo un presagio

Y una medusa iluminó solemne

                                                    tu camino desde abajo

Busca junto a ti un cortejo

                                                     de caballeros emplatados,

Y nada hacia el olvido,

                                                             con grietas en los labios

¡Guarda tu llanto,  pequeño,

                                                  Qué de llorar el mar es salado!

No hay nada que hacer

                                                 cuándo el mar te aprieta en su abrazo

 frías colchas de espuma

                                                 y un suave murmullo arropado

Pronto te habrás dormido

                                                  Y  ya nunca serás despertado

Busca dentro de tí, mi niño

                                                  Busca el ancla que hasta aquí te ha varado

Que llegar a puerto es soñar,

                                                       Y soñar es vivir, 

                                                                                          aún naufragando

 

M.S.

NAUFRAGO

El mar estiró las arrugas

                                            que el viento había formado

Tumbas sin marca ni huella

                                             habitaban en sus brazos

Si hubiera un puente de madera

                                              colgando de ambos lados

cada paso sería un sueño,

                                              y cada suspiro, un peldaño

¡Guarda tu aliento, pequeño

                                              que tú ya estás sentenciado!

El horizonte burlesco

                                            pintó de rojo un presagio

Y una medusa iluminó solemne

                                             tu camino desde abajo

Busca junto a ti un cortejo

                                              de caballeros emplatados,

Y nada hacia el olvido,

                                                con grietas en los labios

¡Guarda tu llanto,  pequeño,

                                                  Qué de llorar el mar es salado!

No hay nada que hacer

                                                 cuándo el mar te aprieta en su abrazo

 frías colchas de espuma

                                                 y un suave murmullo arropado

Pronto te habrás dormido

                                                  Y  ya nunca serás despertado

Busca dentro de tí, mi niño

                                                  Busca el ancla que hasta aquí te ha varado

Que llegar a puerto es soñar,

                                                       Y soñar es vivir, 

                                                                                          aún naufragando

 

M.S.

NAUFRAGO

El mar estiró las arrugas

                                                     que el viento había formado

Tumbas sin marca ni huella

                                                       habitaban en sus brazos

Si hubiera un puente de madera

                                                       colgando de ambos lados

cada paso sería un sueño,

                                                            y cada suspiro, un peldaño

¡Guarda tu aliento, pequeño

                                                            que tú ya estás sentenciado!

El horizonte burlesco

                                                             pintó de rojo un presagio

Y una medusa iluminó solemne

                                                             tu camino desde abajo

Busca junto a ti un cortejo

                                                            de caballeros emplatados,

Y nada hacia el olvido,

                                                             con grietas en los labios

¡Guarda tu llanto,  pequeño,

                                                              Qué de llorar el mar es salado!

No hay nada que hacer

                                                    cuándo el mar te aprieta en su abrazo

 frías colchas de espuma

                                                     y un suave murmullo arropado

Pronto te habrás dormido

                                                         Y  ya nunca serás despertado

Busca dentro de tí, mi niño

                                                           Busca el ancla que hasta aquí te ha varado

Que llegar a puerto es soñar,

                                                            Y soñar es vivir, 

                                                                                                   aún naufragando

 

M.S.