Destinos

María cerró la maleta con las últimas prendas para su viaje a Estambul. La emoción circulaba caliente por su estómago y subía hasta su garganta impidiéndole hablar, haciendo su respiración jadeante y ruidosa. En su cara había una gran sonrisa, y su pensamiento volaba hacia su próximo destino. Había llevado una vida muy conservadora, pero desde hacía tres años había decidido que necesitaba volar, correr, inundar su mirada con colores, sabores, olores de diferentes lugares. Y dijo que sí, que iría a ese viaje que Andrés, su mejor amigo le había propuesto. No era barato, se dijo, pero era una oportunidad que no podía rechazar. Siempre había querido visitar esa ciudad, desde que estudiara arte en el colegio y la hermana Josefa les hablara de Santa Sofía con esa pasión inconfundible de su admirada profesora. Ella siempre llegaba a clase con diapositivas de obras de arte, apagaba la luz y comenzaba el espectáculo, cuarenta alumnas boquiabiertas con las imágenes y las palabras de la hermana Josefa, rotundas y cálidas, como si fueran parte de un cuento o una canción, penetraban en las cabezas adolescentes sin esfuerzo.

María nunca olvidaría las clases en que hablaba de Santa Sofía, esos medallones con letras turcas a cada lado de un supuesto altar con la Virgen y el niño, los mosaicos completamente indispensables de ver, Constantinopla y su riqueza, el paso del Imperio otomano, su reconversión en Mezquita, todo ello se mezclaba en la cabeza de María en formato imágenes de diapositivas que fue viendo de niña. Ahora estaba cerrando la maleta para verlo de verdad.

Andrés la recogió a las once y emprendieron ambos el viaje hasta el aeropuerto donde esperaba el resto del grupo. Casi no hablaron en el trayecto en taxi, y Andrés sabía por qué, conocía lo suficiente a su amiga para saber que el paso que estaba dando era realmente importante para ella, un viaje de cinco días a la ciudad que siempre la había estado esperando.

Llegaron a Estambul a media tarde, la jornada había ido transcurriendo y María se había ido relajando cada vez más. Entre risas y bromas consiguió calmar su ansiedad y comenzar a disfrutar de cada pequeño detalle. Dejaron las maletas en el hotel y pasearon por la ciudad, saboreando cada partícula de luz crepuscular con la caída del sol colándose entre los minaretes de la multitud de mezquitas que adornaban cada paso que iban dando. Sus ojos comenzaron a llenarse de esa luz, del sonido del almuédano llamando a la oración, un canto que vibraba en cada rincón de su cabeza y viajaba hasta el interior de su médula espinal recorriendo después cada órgano, cada músculo, cada terminación nerviosa. Un canto, sí, grueso, eterno y mudo que resonaba varias veces al día. María cerraba los ojos para poder escucharlo dentro de sí.

Se levantó ansiosa al día siguiente, era el día que irían al templo que para ella era el crisol de civilizaciones y de historia más auténtico del mundo, casi podía notar el temblor recorriéndole todo el cuerpo. Su amigo la miraba con auténtica devoción, siempre había admirado la capacidad de ella para sentir y vibrar con la emoción, era algo que le generaba mucha curiosidad y cuanto más la observaba más cuenta se daba de que hasta su rostro se desdibujaba para convertirse en una persona más vieja y nueva a la vez. Agarró su mano con fuerza y entraron.

María estaba en el centro mismo del templo, mirando hacia arriba a la cúpula flotante y luminosa, de sus ojos brotaban lágrimas de emoción que transmitían a Andrés un enorme deseo de abrazarla. Sin poder dejar de mirar al cielo que era el techo de aquel templo, María sintió una presencia más que la miraba desde algún lugar indefinido, una presencia que se parecía mucho a ella, la presencia que siempre le había acompañado en su vida. María pensó en su hermana, la que nunca llegó a conocer, y apretó la mano de Andrés más fuertemente.

——–

Ya han pasado dos años desde aquel viaje, pero María sigue vibrando cuando evoca el momento de la luz. Así lo bautizaron Andrés y ella, el momento de la luz, esa luz que entraba por las múltiples ventanas de la cúpula de Santa Sofía y que simulaba que ésta flotara. Ella piensa y recuerda no solo el impacto de esa belleza brutal, si no la sensación de presencia que le sigue acompañando a todas partes donde va. No lo ha hablado con nadie porque piensa que si lo hace la mirarán mal, quizás piensen que no está bien de la cabeza, por eso se lo guarda para sí y piensa que ella una vez, hace mucho, estuvo acompañada. Cuando no podemos hablar, ni recordar, tan solo sentir. Cuando estamos formándonos en el útero materno, ahí estuvo María con otro ser. Lo sabe por su madre, pero también lo sabe por la presencia que le acompaña siempre. Ella siente, ella piensa, pero no cuenta.

Hace poco que han comenzado a circular las historias sobre bebés robados en las décadas de los 50 hasta los 80 y María que al principio no quiso hacer caso, ahora sigue las noticias al detalle, algo se remueve en su interior y ella busca desesperadamente un detalle, un dato que le haga agarrarse a él y descansar, enterrar a su hermana tal y como le dijeron a su madre que habían hecho. Pero cuánto más lee, cuánto más escucha, más fuerte es la presencia de su hermana que le susurra en el oído: sigo a tu lado, estoy aquí. María no se lo dice a nadie, y tampoco dedica más de tres minutos a cada pensamiento al respecto. Es miedo, se dice a sí misma, es el miedo a saber y a pensar que quizás no esté muy lejos de ella o, peor, esté muy lejos. Es un pensamiento difuso, sin forma ni contenido, tan solo una presencia que se hace fuerte cuando ella vibra, cuando se emociona. ¿Por qué? se dice a sí misma, por qué aparece entonces.

Andrés es su amigo más íntimo, la persona que siempre está a su lado aunque no estén juntos. María sabe que si necesita apoyar su cabeza en un hombro, ese hombro es de Andrés. Él la mira siempre en silencio, no pregunta, sólo mira. Es el amigo que oculta sus sentimientos con las palabras pero que los muestra con sus ojos, con sus manos, con su boca. Andrés sabe que María piensa en algo que él no sabe, pero no quiere preguntar, prefiere dejar que sea ella quien confíe y se lo cuente. Recuerda en Santa Sofía, el momento de la luz, ese momento mágico, Andrés sintió la mano de María fuerte y cálida como si se tratara de metal fundido que traspasa hacia otra dimensión. Le resultó curioso, y si no fuese porque la conoce lo suficiente, hubiese pensado que estaba queriendo decirle algo. Algo que Andrés espera ansioso, ese algo parecido a una declaración de amor, a un cruce de frontera, de la amistad al amor, algo que espera desde que la conoció. Pero Andrés sabe que María está lejos de eso, y la prefiere así, amiga, confidente, silenciosa y ruidosa a la vez, sabe que quizás sea de la única manera que podrá ser. Y no le importa, pero aquella vez… sabe que vibraría con el templo, pero esas lágrimas y su mano traspasándolo eran como el mensaje que oculta una botella en medio del mar, quieres leerlo pero no puedes hasta que ésta se acerque a la orilla. Y desde hace dos años, cuando Andrés mira a María, se sumerge en su mirada esperando que el mensaje llegue hasta el borde de sus ojos. Pero sigue esperando.
María se plantea si confiar en Andrés su gran secreto. Tiene miedo de que en el momento que le ponga voz, su pensamiento se convierta en real y deje de ser tan solo una preocupación.  Andrés, ¿hace cuanto que le conozco? se pregunta, y la respuesta le acaricia la mejilla haciéndola sonreír: 14 años. Quizás sea el único que se merece saber de su secreto.

———

Se han acercado juntos al Registro, comienza la búsqueda, una búsqueda que quizás sea infructuosa, pero que Andrés le aconsejó realizar. Ya no lee la prensa, ahora sólo busca su propia historia, la que comenzó el mismo día de su nacimiento, hace treinta años, y que no sabe cuándo acabará. Es la búsqueda de su hermana pero también de sí misma porque en definitiva ¿qué sabemos de nosotros mismos? Responde a impulsos y sensaciones más que a hechos, quizás en su búsqueda se tropiece con la dececpción, quizás no encuentre ningún ser que compartió con ella mismo espacio, líquido, sonido y calor. Pero quizás sí encuentre ese momento único de ser, de estar, vivir y sentir. Quizás, al fin y al cabo, ella es al mismo tiempo María y su hermana, quizás lleven juntas más tiempo del que cree. La búsqueda ha comenzado y ya no hay vuelta atrás.

Mujeres

María

Sube sus brazos y se mira al espejo descubriendo toda su magnitud de mujer grande, casi masculina, unos brazos anchos como de hombre que desarrolló a fuerza de hacer ejercicio físico. Al bajarlos se queda delante del espejo sonriendo y pensando que cada día se parece más bella, más bonita y más perfecta, aunque no sea el modelo de belleza femenina que se estila.

Ana y Lucía

Sonríen a la cámara con las copas en la mano y en la foto aparece un cartel: de vacaciones. Dos sonrisas maduras, solitarias, ansiando compañía aunque sea un rato. Ellas saben que no sucederá, cuando se miran al espejo su sonrisa se diluye en mueca, se escurrirá como si fuera pintura disuelta en agua que corre y deja una mancha que no es ni sonrisa ni llanto, que se convierte en una mueca cómica y triste al mismo tiempo, y ellas, cada una en su cuarto, frente al espejo cierran los ojos y borran su imagen para evocar esa foto, con sonrisas, esa foto mil veces hecha durante muchos años de posar frente a la cámara con la copa en la mano, esperando.

Clara

Entra en su perfil de Facebook y cuelga la foto de su hijo muerto, es la foto cien, desde hace un año no para de mirar su rostro y preguntarse ¿por qué? Frente a los demás protege su secreto, muestra su sonrisa de superación y fortaleza, él lo habría querido así, pero a solas delante de la pantalla, el rostro joven de su hijo vuelve y ella siente el impulso de llenar la red con su mirada. Reivindica frente a todos la injusticia divina, ella, que cree en Dios, que le habla y le pregunta ¿por qué? se revela para romper el equilibrio y muestra los ojos de su hijo, su sonrisa, su mirada, todo lo que ella podía tocar, oler. Todo lo que ella ayudó a desarrollar pero que esa enfermedad se llevó sin dejarla acostumbrarse a su ausencia. Ella dice: luchó, fue un ejemplo… pero cuando está a solas piensa ¿por qué? ¿por qué él?

Carmen

Frente al espejo, desnuda, examina cada uno de los rincones de su cuerpo maduro. Analiza los rastros del tiempo sobre su piel, las cicatrices que el tiempo fue dejando, cada una de ellas se corresponde con un recuerdo. Pasea su mano por ellas, siente un escalofrío y cierra los ojos para sentirse y disfrutarse. Si mira no goza, prefiere cerrar los ojos, porque su piel al tacto es suave y le recuerda la juventud perdida. Su hija le dice, no estás vieja, todavía puedes disfrutar, todavía, esa palabra que evoca continuidad al borde del fin, todavía puedo, todavía debo, todavía soy, todavía. Pero ella sabe que no es así, maquilla su rostro, peina y coloca su pelo al detalle, rodea su cuerpo con lencería imposible que realza su cuerpo, y que esconde con una ropa de jovencita que le hace creer y sentirse nuevamente la chica más guapa de su grupo.

Encarna

Sola, sentada en su sofá piensa y siente una opresión profunda en el pecho. Era ella, sí, la protagonista de aquel parto doble que terminó en mitad. Quiere recordar pero solo ve una nube borrosa, palabras inconexas, dolor, y siente una culpa íntima y solitaria que la mira y la señala justo en el pecho, provocándole lágrimas de desaliento, incertidumbre y pérdida. Sí, perdió un hijo pero no sabe cómo era, ni qué era. Sola, estaba sola rodeada de extraños que hacían, manipulaban, hablaban entre sí, sin contar con ella, sin decirle nada. Tan solo volvió a casa con la mitad de su vientre, feliz pero con cierto vacío que ahora le oprime el pecho. Han pasado los años y mira por encima de su hombro para descubrir que sus hijas la siguen y le dicen, para mamá, tenemos que saber. Ella quiere saber, pero tiene miedo de averiguar, necesita confiar en alguien, necesita descansar. ¿Y si existiera en otro lugar? ¿y si me lo perdí? Preguntas que rebotan en lo más profundo de su cerebro, van de un sitio a otro y no sabe cómo darle respuesta.

Beatriz

Reposa su cabeza en la almohada, sin dejar de mirarle, hace tanto tiempo que no veía esos ojos que quiere aprendérselos de memoria por si no vuelven. El acaricia dulcemente sus brazos, mientras susurra palabras tiernas, mientras la desnuda lentamente. Ella siente el aire pasar por todo su cuerpo con una densidad de color azul y sabor a hiel, sabe que solo será una vez, pero necesita que suceda. Quiere aprenderse cada detalle, mira sus ojos, sus brazos, sus piernas, su boca susurrando las delicias más exquisitas. Ella se muerde los labios para contener el suspiro, quisiera detener en ese momento la estampa, mirarse desde fuera y dejarlo enmarcado en su pared, para retenerlo. El pasea su mano por su vientre y baja despacio, mientras ella siente cómo sus mejillas se enciencen, quiere que siga para aprenderse cada detalle, despacio para grabarlo en su memoria, bien sujeto, para cuando él no esté. De pronto todo se vuelve blanquecino, llega al final con una explosión rodeada de temblores y palpitaciones. Ella flota y ríe con una catarata de sonidos azules, como el mar lejano que se lo llevará de vuelta de nuevo, no sabe por cuánto tiempo.

Lola

Canta, alto, sola, en la ducha. Piensa que lo podría hacer delante de cualquiera de ellos ¿o quizás no? Canta mientras plancha, mientras cocina, limpia la casa… canta porque cuando lo hace siente que es ella, aunque siempre sola. Y  mientras canta sonríe, se siente poderosa, grande, mujer. Sueña que alguien la escucha y queda extasiado ante tan magnífica voz, y piensa que quizás podría cantar alguna vez delante de ellos. Lo hará, ¿por qué no? Podría seguir cantando cuando pone la mesa mientras ellos esperan mirando el televisor. Sí, cantará para ellos, para que vean lo que vale. Pero se abre la puerta y calla, solo el sonido de la cebolla en la sartén repiquetea y ahora, las voces de ellos, esas voces tan queridas por ella. Quizás otro día cante, ahora no tengo tiempo, se dice.

Adela

Siente detrás de ella la presión pero no puede moverse para ver su cara, para poder apartarse y salir corriendo. Escucha la música que sale de su iPod pero no puede disfrutarla porque cada vez siente más presión, pero no puede moverse porque hay gente por todos los flancos, delante, a derecha, izquierda y… detrás, es ahí donde siente que una mano aprieta sus nalgas. Un calor intenso sube por su tubo digestivo y se convierte en explosión a través de sus mejillas, sus ojos abiertos quieren darse la vuelta para mirarle la cara y escupirle el sabor amargo que le recorre la boca, pero no puede, está bloqueada. De pronto para el tren, se abren las puertas y comienza el remolino de personas que descienden del vagón, con un último pellizco siente liberada su espalda y rápido gira para verle la cara, pero ya no puede verle, demasiada gente camina junta, hombres y mujeres que no le dedican ni una mirada. Le hace dudar, ¿serían imaginaciones mías? quizás no me estuviera tocando, quizás tan solo el metro iba demasiado lleno. Vuelve a sentir calor, pero esta vez es el calor del desánimo y la indefensión.

Nieves

Alza sus brazos delante del espejo, poderosa, grande, magnífica. Reivindica su ser frente a todos, mujer, portadora de emociones, vida, amor, belleza. Piensa en la belleza, en su belleza, que reside dentro de sí misma y brota a través de sus ojos, sus manos, sus curvas de mujer, sí, mujer entera, sola, capaz. Alza los brazos para observarse alta en el espejo y brillar, esos brazos que rompieron sus cadenas, que sujetaron a su bebé, que abrazaron a su madre inquieta, que rodearon con fuerza su existencia. Baja sus brazos y sonríe al espejo mientras observa cómo ha crecido un poquito más, cada vez, un poquito más. Atrás quedó cuando no se atrevía a separarlos del cuerpo, un cuerpo que le pertenece sólo a ella, ese cuerpo de mujer, sí, mujer entera, sola, bella y capaz.

 

Mujeres

María

Sube sus brazos y se mira al espejo descubriendo toda su magnitud de mujer grande, casi masculina, unos brazos anchos como de hombre que desarrolló a fuerza de hacer ejercicio físico. Al bajarlos se queda delante del espejo sonriendo y pensando que cada día se parece más bella, más bonita y más perfecta, aunque no sea el modelo de belleza femenina que se estila.

Ana y Lucía

Sonríen a la cámara con las copas en la mano y en la foto aparece un cartel: de vacaciones. Dos sonrisas maduras, solitarias, ansiando compañía aunque sea un rato. Ellas saben que no sucederá, cuando se miran al espejo su sonrisa se diluye en mueca, se escurrirá como si fuera pintura disuelta en agua que corre y deja una mancha que no es ni sonrisa ni llanto, que se convierte en una mueca cómica y triste al mismo tiempo, y ellas, cada una en su cuarto, frente al espejo cierran los ojos y borran su imagen para evocar esa foto, con sonrisas, esa foto mil veces hecha durante muchos años de posar frente a la cámara con la copa en la mano, esperando.

Clara

Entra en su perfil de Facebook y cuelga la foto de su hijo muerto, es la foto cien, desde hace un año no para de mirar su rostro y preguntarse ¿por qué? Frente a los demás protege su secreto, muestra su sonrisa de superación y fortaleza, Él lo habría querido así, pero a solas delante de la pantalla, el rostro joven de su hijo vuelve y ella siente el impulso de llenar la red con su mirada. Reivindica frente a todos la injusticia divina, ella, que cree en Dios, que le habla y le pregunta ¿por qué? se revela para romper el equilibrio y muestra los ojos de su hijo, su sonrisa, su mirada, todo lo que ella podía tocar, oler. Todo lo que ella ayudó a desarrollar pero que esa enfermedad se llevó sin dejarla acostumbrarse a su ausencia. Ella dice: luchó, fue un ejemplo… pero cuando está a solas piensa ¿por qué? ¿por qué él?

Carmen

Frente al espejo, desnuda, examina cada uno de los rincones de su cuerpo maduro. Analiza los rastros del tiempo sobre su piel, las cicatrices que el tiempo fue dejando, cada una de ellas se corresponde con un recuerdo. Pasea su mano por ellas, siente un escalofrío y cierra los ojos para sentirse y disfrutarse. Si mira no goza, prefiere cerrar los ojos, porque su piel al tacto es suave y le recuerda la juventud perdida. Su hija le dice, no estás vieja, todavía puedes disfrutar, todavía, esa palabra que evoca continuidad al borde del fin, todavía puedo, todavía debo, todavía soy, todavía. Pero ella sabe que no es así, maquilla su rostro, peina y coloca su pelo al detalle, rodea su cuerpo con lencería imposible que lo realza, y que esconde con una ropa de jovencita que le hace creer y sentirse nuevamente la chica más guapa de su grupo.

Encarna

Sola, sentada en su sofá piensa y siente una opresión profunda en el pecho. Era ella, sí, la protagonista de aquel parto doble que terminó en mitad. Quiere recordar pero solo ve una nube borrosa, palabras inconexas, dolor, y siente una culpa íntima y solitaria que la mira y la señala justo en el pecho, provocándole lágrimas de desaliento, incertidumbre y pérdida. Sí, perdió un hijo pero no sabe cómo era, ni qué era. Sola, estaba sola rodeada de extraños que hacían, manipulaban, hablaban entre sí, sin contar con ella, sin decirle nada. Tan solo volvió a casa con la mitad de su vientre, feliz pero con cierto vacío que ahora le oprime el pecho. Han pasado los años y mira por encima de su hombro para descubrir que sus hijas la siguen y le dicen, para mamá, tenemos que saber. Ella quiere saber, pero tiene miedo de averiguar, necesita confiar en alguien, necesita descansar. ¿Y si existiera en otro lugar? ¿y si me lo perdí? Preguntas que rebotan en lo más profundo de su cerebro, van de un sitio a otro y no sabe cómo darle respuesta.

Beatriz

Reposa su cabeza en la almohada, sin dejar de mirarle, hace tanto tiempo que no veía esos ojos que quiere aprendérselos de memoria por si no vuelven. El acaricia dulcemente sus brazos, mientras susurra palabras tiernas, mientras la desnuda lentamente. Ella siente el aire pasar por todo su cuerpo con una densidad de color azul y sabor a hiel, sabe que solo será una vez, pero necesita que suceda. Quiere aprenderse cada detalle, mira sus ojos, sus brazos, sus piernas, su boca susurrando las delicias más exquisitas. Ella se muerde los labios para contener el suspiro, quisiera detener en ese momento la estampa, mirarse desde fuera y dejarlo enmarcado en su pared, para retenerlo. El pasea su mano por su vientre y baja despacio, mientras ella siente cómo sus mejillas se enciencen, quiere que siga para aprenderse cada detalle, despacio para grabarlo en su memoria, bien sujeto, para cuando él no esté. De pronto todo se vuelve blanquecino, llega al final con una explosión rodeada de temblores y palpitaciones. Ella flota y ríe con una catarata de sonidos azules, como el mar lejano que se lo llevará de vuelta de nuevo, no sabe por cuánto tiempo.

Lola

Canta alto, sola, en la ducha. Piensa que lo podría hacer delante de cualquiera de ellos ¿o quizás no? Canta mientras plancha, mientras cocina, limpia la casa… canta porque cuando lo hace siente que es ella, aunque siempre sola. Y  mientras canta sonríe, se siente poderosa, grande, mujer. Sueña que alguien la escucha y queda extasiado ante tan magnífica voz, y piensa que quizás podría cantar alguna vez delante de ellos. Lo hará, ¿por qué no? Podría seguir cantando cuando pone la mesa mientras ellos esperan mirando el televisor. Sí, cantará para ellos, para que vean lo que vale. Pero se abre la puerta y calla, solo el sonido de la cebolla en la sartén repiquetea y ahora, las voces de ellos, esas voces tan queridas por ella. Quizás otro día cante, ahora no tengo tiempo, se dice.

Adela

Siente detrás de ella la presión pero no puede moverse para ver su cara, para poder apartarse y salir corriendo. Escucha la música que sale de su iPod pero no puede disfrutarla porque cada vez siente más presión, pero no puede moverse porque hay gente por todos los flancos, delante, a derecha, izquierda y… detrás, es ahí donde siente que una mano aprieta sus nalgas. Un calor intenso sube por su tubo digestivo y se convierte en explosión a través de sus mejillas, sus ojos abiertos quieren darse la vuelta para mirarle la cara y escupirle el sabor amargo que le recorre la boca, pero no puede, está bloqueada. De pronto para el tren, se abren las puertas y comienza el remolino de personas que descienden del vagón, con un último pellizco siente liberada su espalda y rápido gira para verle la cara, pero ya no puede verle, demasiada gente camina junta, hombres y mujeres que no le dedican ni una mirada. Le hace dudar, ¿serían imaginaciones mías? quizás no me estuviera tocando, quizás tan solo el metro iba demasiado lleno. Vuelve a sentir calor, pero esta vez es el calor del desánimo y la indefensión.

Nieves

Alza sus brazos delante del espejo, poderosa, grande, magnífica. Reivindica su ser frente a todos, mujer, portadora de emociones, vida, amor, belleza. Piensa en la belleza, en su belleza, que reside dentro de sí misma y brota a través de sus ojos, sus manos, sus curvas de mujer, sí, mujer entera, sola, capaz. Alza los brazos para observarse alta en el espejo y brillar, esos brazos que rompieron sus cadenas, que sujetaron a su bebé, que abrazaron a su madre inquieta, que rodearon con fuerza su existencia. Baja sus brazos y sonríe al espejo mientras observa cómo ha crecido un poquito más, cada vez, un poquito más. Atrás quedó cuando no se atrevía a separarlos del cuerpo, un cuerpo que le pertenece sólo a ella, ese cuerpo de mujer, sí, mujer entera, sola, bella y capaz.

 

Ellos

Él se para delante de la sección de lácteos del supermercado, observa detenidamente la cantidad de marcas diferentes buscando una que no haya probado, una nueva. Piensa en ello “una nueva” y se acuerda de ella, imagina su postura, su cara y su voz si estuviera a su lado, imagina que dice “pero bueno, ¿tú es que tienes que probarlo todo?”, a lo que él respondería con su media sonrisa ladeada “claro”. Imagina cuál sería entonces la reacción de ella, sonreiría, o mejor, se reiría con esa risa fresca de aroma a fragancia infantil. Así sería, y volverían a mirar los dos la sección de lácteos del supermercado, él buscando y ella observándole. Pero hoy no está ella, hoy sólo está él buscando y no puede evitar recordarla. No le gusta sentirse prisionero de un recuerdo, prefiere vivir el momento, recordar y añorar son palabras que bucean por su interior y le cambian la mirada y eso no es lo que él necesita en este momento. Decide coger un postre de marca desconocida, al mirarlo se centra en los ingredientes y consigue olvidarla momentáneamente.

Ella conduce hacia casa de sus padres, no tiene ganas de ir pero hace tiempo que no les ve y la responsabilidad manda. Intenta escuchar música y cantar, una fórmula que siempre la ha ayudado cuando el vacío recorre su estómago. Suena una canción y le recuerda a él. Piensa que casi todo le recuerda a él, y no puede evitar sonreír al pensar qué ruidito haría con la canción, una especie de “tshu, tshu, tshu” al ritmo del compás dejando escapar el aire para que suene como un susurro, mientras la mira por dentro. Canta y le ve, visualiza su rostro que tiene grabado en su memoria como si fuera ella misma, y amplía la sonrisa hasta convertirse en una media luna. Parada en el semáforo mira a su lado y ve que un conductor la mira con cara de desaprobación y ella ríe y después sella sus labios en gesto de “vaya, pensará que estoy loca”.

Ya en casa, él decide probar su nuevo postre, acto que requiere una preparación previa. No hay que ir directamente al acto compulsivo de probar, primero ha de preparar algo de comer con un poco de vino. Paladea el vino mientras machaca especias para aderezar el foie de pato, por supuesto fresco y a la plancha, incorpora la mezcla junto con una gota de aceite y vuelve a recordarla. La primera vez que preparó este plato para ella, ja, qué cara puso “¿higado de pato? ¿casi crudo?”, él sin casi responder se lo dio a probar y comprobó que a pesar de su sorpresa le gustó. Siempre había pensado que una persona que es capaz de probar cosas nuevas y saborearlas es que era una persona digna de confianza, así que pensó que ella era de fiar. Aún sin conocerla apenas, ese detalle quedó en su memoria como un dato importante, y según lo recuerda visualiza la cara que pone cuando prueba algo que ha cocinado él, cómo cierra los ojos y dice “uhhmmm, buenísimo… ¿sabes que podrías dedicarte a la cocina?”. Bebe otro sorbo de vino y cierra los ojos, ¿por qué vuelve a pensar en ella? Mira el emplatado y comienza a comer, mirando su copa y pensando que después se comerá el postre, quizás luego pueda contarle a ella qué tal está e incluso aconsejarla para que lo compre.

Por la carretera va pensando en lo que le espera en casa de sus padres, multitud de preguntas incómodas, ¿por qué no has venido antes?, ¿tanto trabajo tienes?, ¿ya no te acuerdas de tus padres?… va preparando las respuestas para todas las preguntas, “no he podido, tengo trabajo, me acuerdo mucho mamá pero no me da la vida…”, y mientras piensa en el día anterior, junto a él, mirando juntos la tele semidesnudos, tomando vino de la misma copa y un postre a medias, oliéndose como dos animales, abrazados… Nota un cosquilleo caliente que le recorre desde los pies hasta la cabeza, erizando su cabello, el vello de sus brazos, volviendo a bajar hasta sus muslos, “para, estás conduciendo” se dice. Se avergüenza de tener que mentir a sus padres, es cierto que tiene trabajo, pero no siempre es el trabajo la causa de su ausencia. Quiere a sus padres, pero sabe que no entenderían la relación con él.

Su relación, prefieren mantenerla en secreto, o al menos sin determinar a qué categoría pertenece. Saben que les gusta estar juntos, que les gusta hablar, comer, tener sexo y hasta leer juntos. Su relación es lo que ella guarda como un tesoro que la mantiene a salvo del mundo exterior, es la llave de su propio universo que antes nunca había sido capaz de ver ni de mostrar a nadie. Cuando él apareció en su vida, despertó por fin del letargo al que ella misma se había sometido, demasiado aburrimiento como para no identificar lo que tanto tiempo había buscado. Ella estaba esperando dormida y despertó. Él, sin embargo, tropezó con su relación sin haberse preparado para ella, encontró un lugar inesperado y un hueco para su cabeza, esa cabeza que siempre llevó el peso suyo y de los demás. Es por eso que él sigue sorprendido, aún después del tiempo juntos, aún no sabe que han construido una relación diferente a todo, que les ayuda también cuando quieren estar solos.

Abre cuidadosamente el postre y lo huele, siempre hace eso, primero el olfato. Al saborearlo comprueba que es un postre más, está bueno pero no cree que sea lo suficientemente bueno como para comprarlo muchas más veces. Inmediatamente se acuerda del postre favorito de ella, y sonríe. Él lo compra para comérselo juntos, sentados en la cama entre besos. Un día ella le dijo que ya no podía tomarlo sola, y eso le hizo mucha gracia. Quizás si tomáramos igual este postre, sería mucho más deseable, piensa, y sigue paladeando cada cucharada imaginando que lo toma con ella y de ella.

A punto está de llegar a casa de sus padres, intenta borrar de su mente todos los recuerdos recientes de sus tardes con él para poder mostrar la cara adecuada y que no hagan más preguntas de la cuenta. Sin embargo, después de los saludos y los besos de recibimiento, justo cuando se sientan a la mesa a comer, su cabeza vuela de nuevo y busca el sabor de sus guisos, la mirada perdida sobre la cazuela, los olores del vivir y del disfrutar. Su madre pregunta, ¿te gusta?, ella dice un sí rápido sin pensar, como si sintiera que sus pensamientos son públicos y quisiera ocultarlos. Su madre insiste, me ha faltado un poco de sal, pero es que como tu padre y yo tenemos la tensión alta… ella dice, está bueno mamá, no te preocupes, y baja la mirada buscando un trozo de comida para meterse en la boca y callar para volver a pensar.

Él está saciado, la comida estuvo bien y aunque la recordó varias veces, ya no le asusta que ella asalte sus pensamientos así sin previo aviso, le sorprende y piensa en que quizás deberían tener más distancia entre ellos para evitar caer en la rutina. Sí, el día ha estado bien sin ella, piensa, aunque vuelve a pensar que le apetece mucho volver a verla y tocarla.

Ella ha terminado de comer y charla con sus padres sobre sus vidas, las vidas de sus hermanos, los nietos, la casa… Está entretenida y se siente en casa, los abrazos de su madre la reconfortan pero también le hacen sentir culpa y un poco de vergüenza por no ser más fuerte y poner distancia en la relación con él. Piensa que quizás ella espere demasiado, aunque él ya está tan dentro que es difícil alejarle. Su madre le diría, ten cuidado, pero ella huye de esa frase rápidamente porque la tiene asociada a otros tiempos, unos peores donde la frase ten cuidado implicaba letargo y oscuridad. Ella sabe que arriesga, pero necesita su luz, sus ganas de vivir y su entrega, aunque a veces esa entrega no vaya dirigida a ella y haya de compartirlo.

Cierran los ojos y se ven, pero no de la misma forma. Él la ve sonriendo, cerrando los ojos y gimiendo ante cada uno de los placeres que pone a su disposición. Pero también la ve caerse y levantarse, muchas veces, se pregunta ¿hasta cuando aguantará? Ella le ve callado, mirando con los ojos de desnudar, oliendo cada ingrediente para después metérselo a la boca para saborearlo con su boca serena. Pero también se ve caer y levantarse a sus pies, le ve mirarla, casi con divertimento, cada caída, y cree adivinar que él se pregunta ¿por qué se cae? Él cree que la vida es fácil, ella cree que junto a él lo es. Quizás ella debería plantearse alejarse, probar a ser sin él, pero cada recuerdo pesa y vuelve para acompañarla aún en las noches en que está sola.

Cierran los ojos y se abrazan. Ella acaricia sus brazos y su espalda, y él se deja hacer. Es el momento en que él es más auténtico, más niño y más anciano a la vez. El momento en que ella le arrulla en su regazo y le dice que merece la pena caerse y levantarse, que él merece la pena. Y ella espera que llegue el día en que él le de su mano para levantarse y no caer más.

Buenas noches, dice ella. Buenas noches, dice él. Fundido en negro hasta el día siguiente que quizás vayan juntos a la sección de lácteos en el supermercado.

Ellos

Él se para delante de la sección de lácteos del supermercado, observa detenidamente la cantidad de marcas diferentes buscando una que no haya probado, una nueva. Piensa en ello “una nueva” y se acuerda de ella, imagina su postura, su cara y su voz si estuviera a su lado, imagina que dice “pero bueno, ¿tú es que tienes que probarlo todo?”, a lo que él respondería con su media sonrisa ladeada “claro”. Imagina cuál sería entonces la reacción de ella, sonreiría, o mejor, se reiría con esa risa fresca de aroma a fragancia infantil. Así sería, y volverían a mirar los dos la sección de lácteos del supermercado, él buscando y ella observándole. Pero hoy no está ella, hoy sólo está él buscando y no puede evitar recordarla. No le gusta sentirse prisionero de un recuerdo, prefiere vivir el momento, recordar y añorar son palabras que bucean por su interior y le cambian la mirada y eso no es lo que él necesita en este momento. Decide coger un postre de marca desconocida, al mirarlo se centra en los ingredientes y consigue olvidarla momentáneamente.

Ella conduce hacia casa de sus padres, no tiene ganas de ir pero hace tiempo que no les ve y la responsabilidad manda. Intenta escuchar música y cantar, una fórmula que siempre la ha ayudado cuando el vacío recorre su estómago. Suena una canción y le recuerda a él. Piensa que casi todo le recuerda a él, y no puede evitar sonreír al pensar qué ruidito haría con la canción, una especie de “tshu, tshu, tshu” al ritmo del compás dejando escapar el aire para que suene como un susurro, mientras la mira por dentro. Canta y le ve, visualiza su rostro que tiene grabado en su memoria como si fuera ella misma, y amplía la sonrisa hasta convertirse en una media luna. Parada en el semáforo mira a su lado y ve que un conductor la mira con cara de desaprobación y ella ríe y después sella sus labios en gesto de “vaya, pensará que estoy loca”.

Ya en casa, él decide probar su nuevo postre, acto que requiere una preparación previa. No hay que ir directamente al acto compulsivo de probar, primero ha de preparar algo de comer con un poco de vino. Paladea el vino mientras machaca especias para aderezar el foie de pato, por supuesto fresco y a la plancha, incorpora la mezcla junto con una gota de aceite y vuelve a recordarla. La primera vez que preparó este plato para ella, ja, qué cara puso “¿higado de pato? ¿casi crudo?”, él sin casi responder se lo dio a probar y comprobó que a pesar de su sorpresa le gustó. Siempre había pensado que una persona que es capaz de probar cosas nuevas y saborearlas es que era una persona digna de confianza, así que pensó que ella era de fiar. Aún sin conocerla apenas, ese detalle quedó en su memoria como un dato importante, y según lo recuerda visualiza la cara que pone cuando prueba algo que ha cocinado él, cómo cierra los ojos y dice “uhhmmm, buenísimo… ¿sabes que podrías dedicarte a la cocina?”. Bebe otro sorbo de vino y cierra los ojos, ¿por qué vuelve a pensar en ella? Mira el emplatado y comienza a comer, mirando su copa y pensando que después se comerá el postre, quizás luego pueda contarle a ella qué tal está e incluso aconsejarla para que lo compre.

Por la carretera va pensando en lo que le espera en casa de sus padres, multitud de preguntas incómodas, ¿por qué no has venido antes?, ¿tanto trabajo tienes?, ¿ya no te acuerdas de tus padres?… va preparando las respuestas para todas las preguntas, “no he podido, tengo trabajo, me acuerdo mucho mamá pero no me da la vida…”, y mientras piensa en el día anterior, junto a él, mirando juntos la tele semidesnudos, tomando vino de la misma copa y un postre a medias, oliéndose como dos animales, abrazados… Nota un cosquilleo caliente que le recorre desde los pies hasta la cabeza, erizando su cabello, el vello de sus brazos, volviendo a bajar hasta sus muslos, “para, estás conduciendo” se dice. Se avergüenza de tener que mentir a sus padres, es cierto que tiene trabajo, pero no siempre es el trabajo la causa de su ausencia. Quiere a sus padres, pero sabe que no entenderían la relación con él.

Su relación, prefieren mantenerla en secreto, o al menos sin determinar a qué categoría pertenece. Saben que les gusta estar juntos, que les gusta hablar, comer, tener sexo y hasta leer juntos. Su relación es lo que ella guarda como un tesoro que la mantiene a salvo del mundo exterior, es la llave de su propio universo que antes nunca había sido capaz de ver ni de mostrar a nadie. Cuando él apareció en su vida, despertó por fin del letargo al que ella misma se había sometido, demasiado aburrimiento como para no identificar lo que tanto tiempo había buscado. Ella estaba esperando dormida y despertó. Él, sin embargo, tropezó con su relación sin haberse preparado para ella, encontró un lugar inesperado y un hueco para su cabeza, esa cabeza que siempre llevó el peso suyo y de los demás. Es por eso que él sigue sorprendido, aún después del tiempo juntos, aún no sabe que han construido una relación diferente a todo, que les ayuda también cuando quieren estar solos.

Abre cuidadosamente el postre y lo huele, siempre hace eso, primero el olfato. Al saborearlo comprueba que es un postre más, está bueno pero no cree que sea lo suficientemente bueno como para comprarlo muchas más veces. Inmediatamente se acuerda del postre favorito de ella, y sonríe. Él lo compra para comérselo juntos, sentados en la cama entre besos. Un día ella le dijo que ya no podía tomarlo sola, y eso le hizo mucha gracia. Quizás si tomáramos igual este postre, sería mucho más deseable, piensa, y sigue paladeando cada cucharada imaginando que lo toma con ella y de ella.

A punto está de llegar a casa de sus padres, intenta borrar de su mente todos los recuerdos recientes de sus tardes con él para poder mostrar la cara adecuada y que no hagan más preguntas de la cuenta. Sin embargo, después de los saludos y los besos de recibimiento, justo cuando se sientan a la mesa a comer, su cabeza vuela de nuevo y busca el sabor de sus guisos, la mirada perdida sobre la cazuela, los olores del vivir y del disfrutar. Su madre pregunta, ¿te gusta?, ella dice un sí rápido sin pensar, como si sintiera que sus pensamientos son públicos y quisiera ocultarlos. Su madre insiste, me ha faltado un poco de sal, pero es que como tu padre y yo tenemos la tensión alta… ella dice, está bueno mamá, no te preocupes, y baja la mirada buscando un trozo de comida para meterse en la boca y callar para volver a pensar.

Él está saciado, la comida estuvo bien y aunque la recordó varias veces, ya no le asusta que ella asalte sus pensamientos así sin previo aviso, le sorprende y piensa en que quizás deberían tener más distancia entre ellos para evitar caer en la rutina. Sí, el día ha estado bien sin ella, piensa, aunque vuelve a pensar que le apetece mucho volver a verla y tocarla.

Ella ha terminado de comer y charla con sus padres sobre sus vidas, las vidas de sus hermanos, los nietos, la casa… Está entretenida y se siente en casa, los abrazos de su madre la reconfortan pero también le hacen sentir culpa y un poco de vergüenza por no ser más fuerte y poner distancia en la relación con él. Piensa que quizás ella espere demasiado, aunque él ya está tan dentro que es difícil alejarle. Su madre le diría, ten cuidado, pero ella huye de esa frase rápidamente porque la tiene asociada a otros tiempos, unos peores donde la frase ten cuidado implicaba letargo y oscuridad. Ella sabe que arriesga, pero necesita su luz, sus ganas de vivir y su entrega, aunque a veces esa entrega no vaya dirigida a ella y haya de compartirlo.

Cierran los ojos y se ven, pero no de la misma forma. Él la ve sonriendo, cerrando los ojos y gimiendo ante cada uno de los placeres que pone a su disposición. Pero también la ve caerse y levantarse, muchas veces, se pregunta ¿hasta cuando aguantará? Ella le ve callado, mirando con los ojos de desnudar, oliendo cada ingrediente para después metérselo a la boca para saborearlo con su boca serena. Pero también se ve caer y levantarse a sus pies, le ve mirarla, casi con divertimento, cada caída, y cree adivinar que él se pregunta ¿por qué se cae? Él cree que la vida es fácil, ella cree que junto a él lo es. Quizás ella debería plantearse alejarse, probar a ser sin él, pero cada recuerdo pesa y vuelve para acompañarla aún en las noches en que está sola.

Cierran los ojos y se abrazan. Ella acaricia sus brazos y su espalda, y él se deja hacer. Es el momento en que él es más auténtico, más niño y más anciano a la vez. El momento en que ella le arrulla en su regazo y le dice que merece la pena caerse y levantarse, que él merece la pena. Y ella espera que llegue el día en que él le de su mano para levantarse y no caer más.

Buenas noches, dice ella. Buenas noches, dice él. Fundido en negro hasta el día siguiente que quizás vayan juntos a la sección de lácteos en el supermercado.

Ellos

Él se para delante de la sección de lácteos del supermercado, observa detenidamente la cantidad de marcas diferentes buscando una que no haya probado, una nueva. Piensa en ello “una nueva” y se acuerda de ella, imagina su postura, su cara y su voz si estuviera a su lado, imagina que dice “pero bueno, ¿tú es que tienes que probarlo todo?”, a lo que él respondería con su media sonrisa ladeada “claro”. Imagina cuál sería entonces la reacción de ella, sonreiría, o mejor, se reiría con esa risa fresca de aroma a fragancia infantil. Así sería, y volverían a mirar los dos la sección de lácteos del supermercado, él buscando y ella observándole. Pero hoy no está ella, hoy sólo está él buscando y no puede evitar recordarla. No le gusta sentirse prisionero de un recuerdo, prefiere vivir el momento, recordar y añorar son palabras que bucean por su interior y le cambian la mirada y eso no es lo que él necesita en este momento. Decide coger un postre de marca desconocida, al mirarlo se centra en los ingredientes y consigue olvidarla momentáneamente.

Ella conduce hacia casa de sus padres, no tiene ganas de ir pero hace tiempo que no les ve y la responsabilidad manda. Intenta escuchar música y cantar, una fórmula que siempre la ha ayudado cuando el vacío recorre su estómago. Suena una canción y le recuerda a él. Piensa que casi todo le recuerda a él, y no puede evitar sonreír al pensar qué ruidito haría con la canción, una especie de “tshu, tshu, tshu” al ritmo del compás dejando escapar el aire para que suene como un susurro, mientras la mira por dentro. Canta y le ve, visualiza su rostro que tiene grabado en su memoria como si fuera ella misma, y amplía la sonrisa hasta convertirse en una media luna. Parada en el semáforo mira a su lado y ve que un conductor la mira con cara de desaprobación y ella ríe y después sella sus labios en gesto de “vaya, pensará que estoy loca”.

Ya en casa, él decide probar su nuevo postre, acto que requiere una preparación previa. No hay que ir directamente al acto compulsivo de probar, primero ha de preparar algo de comer con un poco de vino. Paladea el vino mientras machaca especias para aderezar el foie de pato, por supuesto fresco y a la plancha, incorpora la mezcla junto con una gota de aceite y vuelve a recordarla. La primera vez que preparó este plato para ella, ja, qué cara puso “¿higado de pato? ¿casi crudo?”, él sin casi responder se lo dio a probar y comprobó que a pesar de su sorpresa le gustó. Siempre había pensado que una persona que es capaz de probar cosas nuevas y saborearlas es que era una persona digna de confianza, así que pensó que ella era de fiar. Aún sin conocerla apenas, ese detalle quedó en su memoria como un dato importante, y según lo recuerda visualiza la cara que pone cuando prueba algo que ha cocinado él, cómo cierra los ojos y dice “uhhmmm, buenísimo… ¿sabes que podrías dedicarte a la cocina?”. Bebe otro sorbo de vino y cierra los ojos, ¿por qué vuelve a pensar en ella? Mira el emplatado y comienza a comer, mirando su copa y pensando que después se comerá el postre, quizás luego pueda contarle a ella qué tal está e incluso aconsejarla para que lo compre.

Por la carretera va pensando en lo que le espera en casa de sus padres, multitud de preguntas incómodas, ¿por qué no has venido antes?, ¿tanto trabajo tienes?, ¿ya no te acuerdas de tus padres?… va preparando las respuestas para todas las preguntas, “no he podido, tengo trabajo, me acuerdo mucho mamá pero no me da la vida…”, y mientras piensa en el día anterior, junto a él, mirando juntos la tele semidesnudos, tomando vino de la misma copa y un postre a medias, oliéndose como dos animales, abrazados… Nota un cosquilleo caliente que le recorre desde los pies hasta la cabeza, erizando su cabello, el vello de sus brazos, volviendo a bajar hasta sus muslos, “para, estás conduciendo” se dice. Se avergüenza de tener que mentir a sus padres, es cierto que tiene trabajo, pero no siempre es el trabajo la causa de su ausencia. Quiere a sus padres, pero sabe que no entenderían la relación con él.

Su relación, prefieren mantenerla en secreto, o al menos sin determinar a qué categoría pertenece. Saben que les gusta estar juntos, que les gusta hablar, comer, tener sexo y hasta leer juntos. Su relación es lo que ella guarda como un tesoro que la mantiene a salvo del mundo exterior, es la llave de su propio universo que antes nunca había sido capaz de ver ni de mostrar a nadie. Cuando él apareció en su vida, despertó por fin del letargo al que ella misma se había sometido, demasiado aburrimiento como para no identificar lo que tanto tiempo había buscado. Ella estaba esperando dormida y despertó. Él, sin embargo, tropezó con su relación sin haberse preparado para ella, encontró un lugar inesperado y un hueco para su cabeza, esa cabeza que siempre llevó el peso suyo y de los demás. Es por eso que él sigue sorprendido, aún después del tiempo juntos, aún no sabe que han construido una relación diferente a todo, que les ayuda también cuando quieren estar solos.

Abre cuidadosamente el postre y lo huele, siempre hace eso, primero el olfato. Al saborearlo comprueba que es un postre más, está bueno pero no cree que sea lo suficientemente bueno como para comprarlo muchas más veces. Inmediatamente se acuerda del postre favorito de ella, y sonríe. Él lo compra para comérselo juntos, sentados en la cama entre besos. Un día ella le dijo que ya no podía tomarlo sola, y eso le hizo mucha gracia. Quizás si tomáramos igual este postre, sería mucho más deseable, piensa, y sigue paladeando cada cucharada imaginando que lo toma con ella y de ella.

A punto está de llegar a casa de sus padres, intenta borrar de su mente todos los recuerdos recientes de sus tardes con él para poder mostrar la cara adecuada y que no hagan más preguntas de la cuenta. Sin embargo, después de los saludos y los besos de recibimiento, justo cuando se sientan a la mesa a comer, su cabeza vuela de nuevo y busca el sabor de sus guisos, la mirada perdida sobre la cazuela, los olores del vivir y del disfrutar. Su madre pregunta, ¿te gusta?, ella dice un sí rápido sin pensar, como si sintiera que sus pensamientos son públicos y quisiera ocultarlos. Su madre insiste, me ha faltado un poco de sal, pero es que como tu padre y yo tenemos la tensión alta… ella dice, está bueno mamá, no te preocupes, y baja la mirada buscando un trozo de comida para meterse en la boca y callar para volver a pensar.

Él está saciado, la comida estuvo bien y aunque la recordó varias veces, ya no le asusta que ella asalte sus pensamientos así sin previo aviso, le sorprende y piensa en que quizás deberían tener más distancia entre ellos para evitar caer en la rutina. Sí, el día ha estado bien sin ella, piensa, aunque vuelve a pensar que le apetece mucho volver a verla y tocarla.

Ella ha terminado de comer y charla con sus padres sobre sus vidas, las vidas de sus hermanos, los nietos, la casa… Está entretenida y se siente en casa, los abrazos de su madre la reconfortan pero también le hacen sentir culpa y un poco de vergüenza por no ser más fuerte y poner distancia en la relación con él. Piensa que quizás ella espere demasiado, aunque él ya está tan dentro que es difícil alejarle. Su madre le diría, ten cuidado, pero ella huye de esa frase rápidamente porque la tiene asociada a otros tiempos, unos peores donde la frase ten cuidado implicaba letargo y oscuridad. Ella sabe que arriesga, pero necesita su luz, sus ganas de vivir y su entrega, aunque a veces esa entrega no vaya dirigida a ella y haya de compartirlo.

Cierran los ojos y se ven, pero no de la misma forma. Él la ve sonriendo, cerrando los ojos y gimiendo ante cada uno de los placeres que pone a su disposición. Pero también la ve caerse y levantarse, muchas veces, se pregunta ¿hasta cuando aguantará? Ella le ve callado, mirando con los ojos de desnudar, oliendo cada ingrediente para después metérselo a la boca para saborearlo con su boca serena. Pero también se ve caer y levantarse a sus pies, le ve mirarla, casi con divertimento, cada caída, y cree adivinar que él se pregunta ¿por qué se cae? Él cree que la vida es fácil, ella cree que junto a él lo es. Quizás ella debería plantearse alejarse, probar a ser sin él, pero cada recuerdo pesa y vuelve para acompañarla aún en las noches en que está sola.

Cierran los ojos y se abrazan. Ella acaricia sus brazos y su espalda, y él se deja hacer. Es el momento en que él es más auténtico, más niño y más anciano a la vez. El momento en que ella le arrulla en su regazo y le dice que merece la pena caerse y levantarse, que él merece la pena. Y ella espera que llegue el día en que él le de su mano para levantarse y no caer más.

Buenas noches, dice ella. Buenas noches, dice él. Fundido en negro hasta el día siguiente que quizás vayan juntos a la sección de lácteos en el supermercado.

Ellos

Él se para delante de la sección de lácteos del supermercado, observa detenidamente la cantidad de marcas diferentes buscando una que no haya probado, una nueva. Piensa en ello “una nueva” y se acuerda de ella, imagina su postura, su cara y su voz si estuviera a su lado, imagina que dice “pero bueno, ¿tú es que tienes que probarlo todo?”, a lo que él respondería con su media sonrisa ladeada “claro”. Imagina cuál sería entonces la reacción de ella, sonreiría, o mejor, se reiría con esa risa fresca de aroma a fragancia infantil. Así sería, y volverían a mirar los dos la sección de lácteos del supermercado, él buscando y ella observándole. Pero hoy no está ella, hoy sólo está él buscando y no puede evitar recordarla. No le gusta sentirse prisionero de un recuerdo, prefiere vivir el momento, recordar y añorar son palabras que bucean por su interior y le cambian la mirada y eso no es lo que él necesita en este momento. Decide coger un postre de marca desconocida, al mirarlo se centra en los ingredientes y consigue olvidarla momentáneamente.

Ella conduce hacia casa de sus padres, no tiene ganas de ir pero hace tiempo que no les ve y la responsabilidad manda. Intenta escuchar música y cantar, una fórmula que siempre la ha ayudado cuando el vacío recorre su estómago. Suena una canción y le recuerda a él. Piensa que casi todo le recuerda a él, y no puede evitar sonreír al pensar qué ruidito haría con la canción, una especie de “tshu, tshu, tshu” al ritmo del compás dejando escapar el aire para que suene como un susurro, mientras la mira por dentro. Canta y le ve, visualiza su rostro que tiene grabado en su memoria como si fuera ella misma, y amplía la sonrisa hasta convertirse en una media luna. Parada en el semáforo mira a su lado y ve que un conductor la mira con cara de desaprobación y ella ríe y después sella sus labios en gesto de “vaya, pensará que estoy loca”.

Ya en casa, él decide probar su nuevo postre, acto que requiere una preparación previa. No hay que ir directamente al acto compulsivo de probar, primero ha de preparar algo de comer con un poco de vino. Paladea el vino mientras machaca especias para aderezar el foie de pato, por supuesto fresco y a la plancha, incorpora la mezcla junto con una gota de aceite y vuelve a recordarla. La primera vez que preparó este plato para ella, ja, qué cara puso “¿higado de pato? ¿casi crudo?”, él sin casi responder se lo dio a probar y comprobó que a pesar de su sorpresa le gustó. Siempre había pensado que una persona que es capaz de probar cosas nuevas y saborearlas es que era una persona digna de confianza, así que pensó que ella era de fiar. Aún sin conocerla apenas, ese detalle quedó en su memoria como un dato importante, y según lo recuerda visualiza la cara que pone cuando prueba algo que ha cocinado él, cómo cierra los ojos y dice “uhhmmm, buenísimo… ¿sabes que podrías dedicarte a la cocina?”. Bebe otro sorbo de vino y cierra los ojos, ¿por qué vuelve a pensar en ella? Mira el emplatado y comienza a comer, mirando su copa y pensando que después se comerá el postre, quizás luego pueda contarle a ella qué tal está e incluso aconsejarla para que lo compre.

Por la carretera va pensando en lo que le espera en casa de sus padres, multitud de preguntas incómodas, ¿por qué no has venido antes?, ¿tanto trabajo tienes?, ¿ya no te acuerdas de tus padres?… va preparando las respuestas para todas las preguntas, “no he podido, tengo trabajo, me acuerdo mucho mamá pero no me da la vida…”, y mientras piensa en el día anterior, junto a él, mirando juntos la tele semidesnudos, tomando vino de la misma copa y un postre a medias, oliéndose como dos animales, abrazados… Nota un cosquilleo caliente que le recorre desde los pies hasta la cabeza, erizando su cabello, el vello de sus brazos, volviendo a bajar hasta sus muslos, “para, estás conduciendo” se dice. Se avergüenza de tener que mentir a sus padres, es cierto que tiene trabajo, pero no siempre es el trabajo la causa de su ausencia. Quiere a sus padres, pero sabe que no entenderían la relación con él.

Su relación, prefieren mantenerla en secreto, o al menos sin determinar a qué categoría pertenece. Saben que les gusta estar juntos, que les gusta hablar, comer, tener sexo y hasta leer juntos. Su relación es lo que ella guarda como un tesoro que la mantiene a salvo del mundo exterior, es la llave de su propio universo que antes nunca había sido capaz de ver ni de mostrar a nadie. Cuando él apareció en su vida, despertó por fin del letargo al que ella misma se había sometido, demasiado aburrimiento como para no identificar lo que tanto tiempo había buscado. Ella estaba esperando dormida y despertó. Él, sin embargo, tropezó con su relación sin haberse preparado para ella, encontró un lugar inesperado y un hueco para su cabeza, esa cabeza que siempre llevó el peso suyo y de los demás. Es por eso que él sigue sorprendido, aún después del tiempo juntos, aún no sabe que han construido una relación diferente a todo, que les ayuda también cuando quieren estar solos.

Abre cuidadosamente el postre y lo huele, siempre hace eso, primero el olfato. Al saborearlo comprueba que es un postre más, está bueno pero no cree que sea lo suficientemente bueno como para comprarlo muchas más veces. Inmediatamente se acuerda del postre favorito de ella, y sonríe. Él lo compra para comérselo juntos, sentados en la cama entre besos. Un día ella le dijo que ya no podía tomarlo sola, y eso le hizo mucha gracia. Quizás si tomáramos igual este postre, sería mucho más deseable, piensa, y sigue paladeando cada cucharada imaginando que lo toma con ella y de ella.

A punto está de llegar a casa de sus padres, intenta borrar de su mente todos los recuerdos recientes de sus tardes con él para poder mostrar la cara adecuada y que no hagan más preguntas de la cuenta. Sin embargo, después de los saludos y los besos de recibimiento, justo cuando se sientan a la mesa a comer, su cabeza vuela de nuevo y busca el sabor de sus guisos, la mirada perdida sobre la cazuela, los olores del vivir y del disfrutar. Su madre pregunta, ¿te gusta?, ella dice un sí rápido sin pensar, como si sintiera que sus pensamientos son públicos y quisiera ocultarlos. Su madre insiste, me ha faltado un poco de sal, pero es que como tu padre y yo tenemos la tensión alta… ella dice, está bueno mamá, no te preocupes, y baja la mirada buscando un trozo de comida para meterse en la boca y callar para volver a pensar.

Él está saciado, la comida estuvo bien y aunque la recordó varias veces, ya no le asusta que ella asalte sus pensamientos así sin previo aviso, le sorprende y piensa en que quizás deberían tener más distancia entre ellos para evitar caer en la rutina. Sí, el día ha estado bien sin ella, piensa, aunque vuelve a pensar que le apetece mucho volver a verla y tocarla.

Ella ha terminado de comer y charla con sus padres sobre sus vidas, las vidas de sus hermanos, los nietos, la casa… Está entretenida y se siente en casa, los abrazos de su madre la reconfortan pero también le hacen sentir culpa y un poco de vergüenza por no ser más fuerte y poner distancia en la relación con él. Piensa que quizás ella espere demasiado, aunque él ya está tan dentro que es difícil alejarle. Su madre le diría, ten cuidado, pero ella huye de esa frase rápidamente porque la tiene asociada a otros tiempos, unos peores donde la frase ten cuidado implicaba letargo y oscuridad. Ella sabe que arriesga, pero necesita su luz, sus ganas de vivir y su entrega, aunque a veces esa entrega no vaya dirigida a ella y haya de compartirlo.

Cierran los ojos y se ven, pero no de la misma forma. Él la ve sonriendo, cerrando los ojos y gimiendo ante cada uno de los placeres que pone a su disposición. Pero también la ve caerse y levantarse, muchas veces, se pregunta ¿hasta cuando aguantará? Ella le ve callado, mirando con los ojos de desnudar, oliendo cada ingrediente para después metérselo a la boca para saborearlo con su boca serena. Pero también se ve caer y levantarse a sus pies, le ve mirarla, casi con divertimento, cada caída, y cree adivinar que él se pregunta ¿por qué se cae? Él cree que la vida es fácil, ella cree que junto a él lo es. Quizás ella debería plantearse alejarse, probar a ser sin él, pero cada recuerdo pesa y vuelve para acompañarla aún en las noches en que está sola.

Cierran los ojos y se abrazan. Ella acaricia sus brazos y su espalda, y él se deja hacer. Es el momento en que él es más auténtico, más niño y más anciano a la vez. El momento en que ella le arrulla en su regazo y le dice que merece la pena caerse y levantarse, que él merece la pena. Y ella espera que llegue el día en que él le de su mano para levantarse y no caer más.

Buenas noches, dice ella. Buenas noches, dice él. Fundido en negro hasta el día siguiente que quizás vayan juntos a la sección de lácteos en el supermercado.

Ellos

Él se para delante de la sección de lácteos del supermercado, observa detenidamente la cantidad de marcas diferentes buscando una que no haya probado, una nueva. Piensa en ello “una nueva” y se acuerda de ella, imagina su postura, su cara y su voz si estuviera a su lado, imagina que dice “pero bueno, ¿tú es que tienes que probarlo todo?”, a lo que él respondería con su media sonrisa ladeada “claro”. Imagina cuál sería entonces la reacción de ella, sonreiría, o mejor, se reiría con esa risa fresca de aroma a fragancia infantil. Así sería, y volverían a mirar los dos la sección de lácteos del supermercado, él buscando y ella observándole. Pero hoy no está ella, hoy sólo está él buscando y no puede evitar recordarla. No le gusta sentirse prisionero de un recuerdo, prefiere vivir el momento, recordar y añorar son palabras que bucean por su interior y le cambian la mirada y eso no es lo que él necesita en este momento. Decide coger un postre de marca desconocida, al mirarlo se centra en los ingredientes y consigue olvidarla momentáneamente.

Ella conduce hacia casa de sus padres, no tiene ganas de ir pero hace tiempo que no les ve y la responsabilidad manda. Intenta escuchar música y cantar, una fórmula que siempre la ha ayudado cuando el vacío recorre su estómago. Suena una canción y le recuerda a él. Piensa que casi todo le recuerda a él, y no puede evitar sonreír al pensar qué ruidito haría con la canción, una especie de “tshu, tshu, tshu” al ritmo del compás dejando escapar el aire para que suene como un susurro, mientras la mira por dentro. Canta y le ve, visualiza su rostro que tiene grabado en su memoria como si fuera ella misma, y amplía la sonrisa hasta convertirse en una media luna. Parada en el semáforo mira a su lado y ve que un conductor la mira con cara de desaprobación y ella ríe y después sella sus labios en gesto de “vaya, pensará que estoy loca”.

Ya en casa, él decide probar su nuevo postre, acto que requiere una preparación previa. No hay que ir directamente al acto compulsivo de probar, primero ha de preparar algo de comer con un poco de vino. Paladea el vino mientras machaca especias para aderezar el foie de pato, por supuesto fresco y a la plancha, incorpora la mezcla junto con una gota de aceite y vuelve a recordarla. La primera vez que preparó este plato para ella, ja, qué cara puso “¿higado de pato? ¿casi crudo?”, él sin casi responder se lo dio a probar y comprobó que a pesar de su sorpresa le gustó. Siempre había pensado que una persona que es capaz de probar cosas nuevas y saborearlas es que era una persona digna de confianza, así que pensó que ella era de fiar. Aún sin conocerla apenas, ese detalle quedó en su memoria como un dato importante, y según lo recuerda visualiza la cara que pone cuando prueba algo que ha cocinado él, cómo cierra los ojos y dice “uhhmmm, buenísimo… ¿sabes que podrías dedicarte a la cocina?”. Bebe otro sorbo de vino y cierra los ojos, ¿por qué vuelve a pensar en ella? Mira el emplatado y comienza a comer, mirando su copa y pensando que después se comerá el postre, quizás luego pueda contarle a ella qué tal está e incluso aconsejarla para que lo compre.

Por la carretera va pensando en lo que le espera en casa de sus padres, multitud de preguntas incómodas, ¿por qué no has venido antes?, ¿tanto trabajo tienes?, ¿ya no te acuerdas de tus padres?… va preparando las respuestas para todas las preguntas, “no he podido, tengo trabajo, me acuerdo mucho mamá pero no me da la vida…”, y mientras piensa en el día anterior, junto a él, mirando juntos la tele semidesnudos, tomando vino de la misma copa y un postre a medias, oliéndose como dos animales, abrazados… Nota un cosquilleo caliente que le recorre desde los pies hasta la cabeza, erizando su cabello, el vello de sus brazos, volviendo a bajar hasta sus muslos, “para, estás conduciendo” se dice. Se avergüenza de tener que mentir a sus padres, es cierto que tiene trabajo, pero no siempre es el trabajo la causa de su ausencia. Quiere a sus padres, pero sabe que no entenderían la relación con él.

Su relación, prefieren mantenerla en secreto, o al menos sin determinar a qué categoría pertenece. Saben que les gusta estar juntos, que les gusta hablar, comer, tener sexo y hasta leer juntos. Su relación es lo que ella guarda como un tesoro que la mantiene a salvo del mundo exterior, es la llave de su propio universo que antes nunca había sido capaz de ver ni de mostrar a nadie. Cuando él apareció en su vida, despertó por fin del letargo al que ella misma se había sometido, demasiado aburrimiento como para no identificar lo que tanto tiempo había buscado. Ella estaba esperando dormida y despertó. Él, sin embargo, tropezó con su relación sin haberse preparado para ella, encontró un lugar inesperado y un hueco para su cabeza, esa cabeza que siempre llevó el peso suyo y de los demás. Es por eso que él sigue sorprendido, aún después del tiempo juntos, aún no sabe que han construido una relación diferente a todo, que les ayuda también cuando quieren estar solos.

Abre cuidadosamente el postre y lo huele, siempre hace eso, primero el olfato. Al saborearlo comprueba que es un postre más, está bueno pero no cree que sea lo suficientemente bueno como para comprarlo muchas más veces. Inmediatamente se acuerda del postre favorito de ella, y sonríe. Él lo compra para comérselo juntos, sentados en la cama entre besos. Un día ella le dijo que ya no podía tomarlo sola, y eso le hizo mucha gracia. Quizás si tomáramos igual este postre, sería mucho más deseable, piensa, y sigue paladeando cada cucharada imaginando que lo toma con ella y de ella.

A punto está de llegar a casa de sus padres, intenta borrar de su mente todos los recuerdos recientes de sus tardes con él para poder mostrar la cara adecuada y que no hagan más preguntas de la cuenta. Sin embargo, después de los saludos y los besos de recibimiento, justo cuando se sientan a la mesa a comer, su cabeza vuela de nuevo y busca el sabor de sus guisos, la mirada perdida sobre la cazuela, los olores del vivir y del disfrutar. Su madre pregunta, ¿te gusta?, ella dice un sí rápido sin pensar, como si sintiera que sus pensamientos son públicos y quisiera ocultarlos. Su madre insiste, me ha faltado un poco de sal, pero es que como tu padre y yo tenemos la tensión alta… ella dice, está bueno mamá, no te preocupes, y baja la mirada buscando un trozo de comida para meterse en la boca y callar para volver a pensar.

Él está saciado, la comida estuvo bien y aunque la recordó varias veces, ya no le asusta que ella asalte sus pensamientos así sin previo aviso, le sorprende y piensa en que quizás deberían tener más distancia entre ellos para evitar caer en la rutina. Sí, el día ha estado bien sin ella, piensa, aunque vuelve a pensar que le apetece mucho volver a verla y tocarla.

Ella ha terminado de comer y charla con sus padres sobre sus vidas, las vidas de sus hermanos, los nietos, la casa… Está entretenida y se siente en casa, los abrazos de su madre la reconfortan pero también le hacen sentir culpa y un poco de vergüenza por no ser más fuerte y poner distancia en la relación con él. Piensa que quizás ella espere demasiado, aunque él ya está tan dentro que es difícil alejarle. Su madre le diría, ten cuidado, pero ella huye de esa frase rápidamente porque la tiene asociada a otros tiempos, unos peores donde la frase ten cuidado implicaba letargo y oscuridad. Ella sabe que arriesga, pero necesita su luz, sus ganas de vivir y su entrega, aunque a veces esa entrega no vaya dirigida a ella y haya de compartirlo.

Cierran los ojos y se ven, pero no de la misma forma. Él la ve sonriendo, cerrando los ojos y gimiendo ante cada uno de los placeres que pone a su disposición. Pero también la ve caerse y levantarse, muchas veces, se pregunta ¿hasta cuando aguantará? Ella le ve callado, mirando con los ojos de desnudar, oliendo cada ingrediente para después metérselo a la boca para saborearlo con su boca serena. Pero también se ve caer y levantarse a sus pies, le ve mirarla, casi con divertimento, cada caída, y cree adivinar que él se pregunta ¿por qué se cae? Él cree que la vida es fácil, ella cree que junto a él lo es. Quizás ella debería plantearse alejarse, probar a ser sin él, pero cada recuerdo pesa y vuelve para acompañarla aún en las noches en que está sola.

Cierran los ojos y se abrazan. Ella acaricia sus brazos y su espalda, y él se deja hacer. Es el momento en que él es más auténtico, más niño y más anciano a la vez. El momento en que ella le arrulla en su regazo y le dice que merece la pena caerse y levantarse, que él merece la pena. Y ella espera que llegue el día en que él le de su mano para levantarse y no caer más.

Buenas noches, dice ella. Buenas noches, dice él. Fundido en negro hasta el día siguiente que quizás vayan juntos a la sección de lácteos en el supermercado.

Cautiva

Si vas a Granada y paseas por el Albayzin la verás. Subiendo por la Cuesta del Chapiz, casi en la Iglesia del Salvador, a mano derecha, está la calle San Martín. En cuanto te asomas Ella aparece al fondo, altiva, morena y elegante. Su mirada te detecta de inmediato y, aunque tú no la mires, sientes sus ojos clavados en ti. Es así desde que fue liberada porque antes era una cautiva rodeada de cal y puertas cerradas.

Si entraras en ella te cuenta historias enormes, de cómo era antes, de cómo fue rescatada y de cómo ahora crece cada día en que es habitada.

Nació hace mucho tiempo, y tuvo una infancia feliz habitada por sus padres y junto a sus hermanos que tatuaban en su piel historias de una época tumultuosa y prohibida pero a la vez feliz y constante. El caer de los días, compartir los momentos con personajes auténticos, llenos de sabiduría que observaban el mundo para poder pintarlo, reflejarlo y vivirlo. Personajes olvidados durante mucho tiempo porque se fueron, sí, ellos se fueron y la dejaron allí sola.

Las lluvias en Granada son escasas, pero cuando caen son como si alguien desde el cielo tuviera una pena muy grande, la pena de sentir que la belleza no se ve, ni se valora. Así se quedó ella, llorando por dentro, lloviendo por fuera durante siglos en los que fueron poniendo un poco de su paso por ella, más paredes, más puertas, tapando sus tatuajes para no mostrar su verdadero origen. Cada habitante buscaba su propio beneficio, alterando su estructura, haciéndola a su imagen y semejanza para albergar personas invisibles que solo dejaron un rastro de paso vano por el mundo. Y así fue, banalidad que la ancló a un suelo desconocido, como si nunca hubiese pertenecido a esa tierra extraña habitada por gente extraña que arrastraba sus pasos para llegar al fin del día y, después, volver a comenzar.

Nada quedaba ya de aquellos que acompañaban a sus padres, personas altas de cabezas llenas, obsesionadas por dejar su huella en el mundo, dejando un hueco entre los pasos que daban para llenarlo de conocimiento y saber estar, saber vivir. Ahora ella era la única que recordaba esa época, pero cautiva como estaba no podía mostrarlo. Y con cada pensamiento, cada recuerdo, su estructura crujía, desmoronándose poco a poco, sangrando por dentro. Sus propietarios ponían vendas, parches de madera, cal y ladrillo para sujetar su pena, pero ella poco a poco iba cayendo en el pozo de la tristeza.

Y así pasó tiempo hasta que también ellos se fueron y la dejaron sola de nuevo. Sola y desesperada, sin posibilidad para escapar ni para poder enseñarse y gritar: “aquí estoy yo, bella, grande y sólida”, porque ella ya no era bella ni sólida. Su paso por el tiempo, la cautividad a la que fue sometida había dejado huellas que consideraba irreparables. Solo quería morir, dejarse caer al vacío, levantar una polvareda inmensa con su desmoronamiento para volar por todo el Albayzin y dejar poso de su existencia en cada uno de los rincones de su barrio. Pero ni siquiera podía hacer eso, las cadenas que la ataban al suelo le hacían daño y no la soltaban. Ella quería caer, pero no podía.

Y entonces llegaron ellos, otra vez entró gente por su puerta, pisó su patio, acarició su piel, aunque no sintió mucho porque aquella no era su piel si no la capa blanquecina que la cubría para pretender ser otra distinta a quién era ella. Tuvo miedo y tembló, pero no pasó nada porque sus cadenas eran fuertes.

Pero sucedió el milagro, aunque fue doloroso. En sus nuevos habitantes detectó el brillo de los ojos de sus padres, de sus amigos, y sintió que se le quebraba el corazón, ¿estaría volviéndose loca? No parecía que ellos fueran a liberarla al principio, pero había algo en sus ojos, en la forma que tenían de mirarla y tocarla. Hasta que tomó la decisión de mostrarse y enseñar sus heridas.

Se asustó, durante bastante tiempo no volvió a verlos y pensó que se había equivocado con ellos, que los había sobrestimado y volvió a llover. Sin embargo un día le vio, se acercó despacio y solo, mirándolo todo, mirando hacia arriba y hacia los lados. Pudo verle los ojos y pensó: “no, no me había equivocado, esta es mi oportunidad, tengo que gritar hasta que me escuche, hasta que me entienda y me libere”. Y sintió ganas de vivir.

Él tenía dudas, demasiado vieja para rehabilitarla, ¿no estaría volviéndose loco? ¿viendo fantasmas de otra época? Le pareció que la casa le hablaba y le contaba historias de otra vida. Sintió un susurro que le decía: no soy así, sólo estoy sola hace mucho tiempo, hubo un tiempo que fui bella y sólida, construida para dejar rastro de un pasado. Y sintió que tenía que verla, descubrir si de verdad aquel primer impulso que le había llevado a visitarla otra vez era sueño o realidad.

Y comenzó el reencuentro. Cada día la despojaba de una prenda y descubría algo nuevo, una estructura sólida, unos ojos grandes, una piel morena con sus tatuajes y sus historias. Lloraron, rieron, se fundieron en uno solo.

Ella lo sabía, había visto algo en sus ojos, no podía haberse confundido. En sus ojos y en los que la miraron a partir de ese momento donde volvió a ser ella, donde volvió a escuchar, a ver, a sentir los pasos de su gente, las conversaciones para un futuro mejor, las risas y los silencios.

Si vas a Granada y subes al Albayzin la verás, la casa cautiva, liberada por los hijos de sus padres, aquellos que hicieron de ella el testimonio de una época para mirar hacia el futuro. Su mirada te detecta aún cuando acabas de asomarte y, aunque tú no la mires, sientes sus ojos clavados en ti, embrujándote desde sus columnas ochavadas que se elevan para mostrarse en todo su esplendor.

A los moradores de la Casa Liberada

Gracias por dejarme verla y sentirla

Cautiva

Si vas a Granada y paseas por el Albayzin la verás. Subiendo por la Cuesta del Chapiz, casi en la Iglesia del Salvador, a mano derecha, está la calle San Martín. En cuanto te asomas Ella aparece al fondo, altiva, morena y elegante. Su mirada te detecta de inmediato y, aunque tú no la mires, sientes sus ojos clavados en ti. Es así desde que fue liberada porque antes era una cautiva rodeada de cal y puertas cerradas.

Si entraras en ella te cuenta historias enormes, de cómo era antes, de cómo fue rescatada y de cómo ahora crece cada día en que es habitada.

Nació hace mucho tiempo, y tuvo una infancia feliz habitada por sus padres y junto a sus hermanos que tatuaban en su piel historias de una época tumultuosa y prohibida pero a la vez feliz y constante. El caer de los días, compartir los momentos con personajes auténticos, llenos de sabiduría que observaban el mundo para poder pintarlo, reflejarlo y vivirlo. Personajes olvidados durante mucho tiempo porque se fueron, sí, ellos se fueron y la dejaron allí sola.

Las lluvias en Granada son escasas, pero cuando caen son como si alguien desde el cielo tuviera una pena muy grande, la pena de sentir que la belleza no se ve, ni se valora. Así se quedó ella, llorando por dentro, lloviendo por fuera durante siglos en los que fueron poniendo un poco de su paso por ella, más paredes, más puertas, tapando sus tatuajes para no mostrar su verdadero origen. Cada habitante buscaba su propio beneficio, alterando su estructura, haciéndola a su imagen y semejanza para albergar personas invisibles que solo dejaron un rastro de paso vano por el mundo. Y así fue, banalidad que la ancló a un suelo desconocido, como si nunca hubiese pertenecido a esa tierra extraña habitada por gente extraña que arrastraba sus pasos para llegar al fin del día y, después, volver a comenzar.

Nada quedaba ya de aquellos que acompañaban a sus padres, personas altas de cabezas llenas, obsesionadas por dejar su huella en el mundo, dejando un hueco entre los pasos que daban para llenarlo de conocimiento y saber estar, saber vivir. Ahora ella era la única que recordaba esa época, pero cautiva como estaba no podía mostrarlo. Y con cada pensamiento, cada recuerdo, su estructura crujía, desmoronándose poco a poco, sangrando por dentro. Sus propietarios ponían vendas, parches de madera, cal y ladrillo para sujetar su pena, pero ella poco a poco iba cayendo en el pozo de la tristeza.

Y así pasó tiempo hasta que también ellos se fueron y la dejaron sola de nuevo. Sola y desesperada, sin posibilidad para escapar ni para poder enseñarse y gritar: “aquí estoy yo, bella, grande y sólida”, porque ella ya no era bella ni sólida. Su paso por el tiempo, la cautividad a la que fue sometida había dejado huellas que consideraba irreparables. Solo quería morir, dejarse caer al vacío, levantar una polvareda inmensa con su desmoronamiento para volar por todo el Albayzin y dejar poso de su existencia en cada uno de los rincones de su barrio. Pero ni siquiera podía hacer eso, las cadenas que la ataban al suelo le hacían daño y no la soltaban. Ella quería caer, pero no podía.

Y entonces llegaron ellos, otra vez entró gente por su puerta, pisó su patio, acarició su piel, aunque no sintió mucho porque aquella no era su piel si no la capa blanquecina que la cubría para pretender ser otra distinta a quién era ella. Tuvo miedo y tembló, pero no pasó nada porque sus cadenas eran fuertes.

Pero sucedió el milagro, aunque fue doloroso. En sus nuevos habitantes detectó el brillo de los ojos de sus padres, de sus amigos, y sintió que se le quebraba el corazón, ¿estaría volviéndose loca? No parecía que ellos fueran a liberarla al principio, pero había algo en sus ojos, en la forma que tenían de mirarla y tocarla. Hasta que tomó la decisión de mostrarse y enseñar sus heridas.

Se asustó, durante bastante tiempo no volvió a verlos y pensó que se había equivocado con ellos, que los había sobrestimado y volvió a llover. Sin embargo un día le vio, se acercó despacio y solo, mirándolo todo, mirando hacia arriba y hacia los lados. Pudo verle los ojos y pensó: “no, no me había equivocado, esta es mi oportunidad, tengo que gritar hasta que me escuche, hasta que me entienda y me libere”. Y sintió ganas de vivir.

Él tenía dudas, demasiado vieja para rehabilitarla, ¿no estaría volviéndose loco? ¿viendo fantasmas de otra época? Le pareció que la casa le hablaba y le contaba historias de otra vida. Sintió un susurro que le decía: no soy así, sólo estoy sola hace mucho tiempo, hubo un tiempo que fui bella y sólida, construida para dejar rastro de un pasado. Y sintió que tenía que verla, descubrir si de verdad aquel primer impulso que le había llevado a visitarla otra vez era sueño o realidad.

Y comenzó el reencuentro. Cada día la despojaba de una prenda y descubría algo nuevo, una estructura sólida, unos ojos grandes, una piel morena con sus tatuajes y sus historias. Lloraron, rieron, se fundieron en uno solo.

Ella lo sabía, había visto algo en sus ojos, no podía haberse confundido. En sus ojos y en los que la miraron a partir de ese momento donde volvió a ser ella, donde volvió a escuchar, a ver, a sentir los pasos de su gente, las conversaciones para un futuro mejor, las risas y los silencios.

Si vas a Granada y subes al Albayzin la verás, la casa cautiva, liberada por los hijos de sus padres, aquellos que hicieron de ella el testimonio de una época para mirar hacia el futuro. Su mirada te detecta aún cuando acabas de asomarte y, aunque tú no la mires, sientes sus ojos clavados en ti, embrujándote desde sus columnas ochavadas que se elevan para mostrarse en todo su esplendor.

A los moradores de la Casa Liberada

Gracias por dejarme verla y sentirla