Cautiva

Si vas a Granada y subes al Albayzin la verás. Subiendo por la Cuesta del Chapiz, casi en la Iglesia del Salvador a mano derecha, está la calle San Martín. En cuanto te asomas la ves, altiva, morena y esbelta. Su mirada te detecta aún cuando acabas de asomarte y, aunque tú no la mires, sientes sus ojos clavados en ti. Es así desde que fue liberada porque antes era una cautiva rodeada de cal y puertas cerradas.

Si entras en ella te cuenta historias enormes, de cómo era antes, de cómo fue rescatada y de cómo ahora crece cada día en que es habitada.

Nació hace mucho tiempo, y tuvo una infancia feliz habitada por sus padres y junto a sus hermanos que tatuaban en su piel historias de una época tumultuosa y prohibida pero a la vez feliz y constante. El caer de los días, compartir los momentos con personajes auténticos, llenos de sabiduría que observaban el mundo para poder pintarlo, reflejarlo y vivirlo. Personajes olvidados durante mucho tiempo porque se fueron, sí, ellos se fueron y la dejaron allí sola.

Las lluvias en Granada son escasas, pero cuando caen son como si alguien desde el cielo tuviera una pena muy grande, la pena de sentir que la belleza no se ve, ni se valora. Así se quedó ella, llorando por dentro, lloviendo por fuera durante siglos en los que fueron poniendo un poco de su paso por ella, más paredes, más puertas, tapando sus tatuajes para no mostrar su verdadero origen. Cada habitante buscaba su propio beneficio, alterando su estructura, haciéndola a su imagen y semejanza para albergar personas invisibles que solo dejaron un rastro de paso vano por el mundo. Y así fue, banalidad que la ancló a un suelo desconocido, como si nunca hubiese pertenecido a esa tierra extraña habitada por gente extraña que arrastraba sus pasos para llegar al fin del día y, después, volver a comenzar.

Nada quedaba ya de aquellos que acompañaban a sus padres, personas altas de cabezas llenas, obsesionadas por dejar su huella en el mundo, dejando un hueco entre los pasos que daban para llenarlo de conocimiento y saber estar, saber vivir. Ahora ella era la única que recordaba esa época, pero cautiva como estaba no podía mostrarlo. Y con cada pensamiento, cada recuerdo, su estructura crujía, desmoronándose poco a poco, sangrando por dentro. Sus propietarios ponían vendas, parches de madera, cal y ladrillo para sujetar su pena, pero ella poco a poco iba cayendo en el pozo de la tristeza.

Y así pasó tiempo hasta que también ellos se fueron y la dejaron sola de nuevo. Sola y desesperada, sin posibilidad para escapar ni para poder enseñarse y gritar: “aquí estoy yo, bella, grande y sólida”, porque ella ya no era bella ni sólida. Su paso por el tiempo, la cautividad a la que fue sometida había dejado huellas que consideraba irreparables. Solo quería morir, dejarse caer al vacío, levantar una polvareda inmensa con su desmoronamiento para volar por todo el Albayzin y dejar poso de su existencia en cada uno de los rincones de su barrio. Pero ni siquiera podía hacer eso, las cadenas que la ataban al suelo le hacían daño y no la soltaban. Ella quería caer, pero no podía.

Y entonces llegaron ellos, otra vez entró gente por su puerta, pisó su patio, acarició su piel, aunque no sintió mucho porque aquella no era su piel si no la capa blanquecina que la cubría para pretender ser otra distinta a quién era ella. Tuvo miedo y tembló, pero no pasó nada porque sus cadenas eran fuertes.

Pero sucedió el milagro, aunque fue doloroso. En sus nuevos habitantes detectó el brillo de los ojos de sus padres, de sus amigos, y sintió que se le quebraba el corazón, ¿estaría volviéndose loca? No parecía que ellos fueran a liberarla al principio, pero había algo en sus ojos, en la forma que tenían de mirarla y tocarla. Hasta que tomó la decisión de mostrarse y enseñar sus heridas.

Se asustó, durante bastante tiempo no volvió a verlos y pensó que se había equivocado con ellos, que los había sobrestimado y volvió a llover. Sin embargo un día le vio, se acercó despacio y solo, mirándolo todo, mirando hacia arriba y hacia los lados. Pudo verle los ojos y pensó: “no, no me había equivocado, esta es mi oportunidad, tengo que gritar hasta que me escuche, hasta que me entienda y me libere”. Y sintió ganas de vivir.

Él tenía dudas, demasiado vieja para rehabilitarla, ¿no estaría volviéndose loco? ¿viendo fantasmas de otra época? Le pareció que la casa le hablaba y le contaba historias de otra vida. Sintió un susurro que le decía: no soy así, sólo estoy sola hace mucho tiempo, hubo un tiempo que fui bella y sólida, construida para dejar rastro de un pasado. Y sintió que tenía que verla, descubrir si de verdad aquel primer impulso que le había llevado a visitarla otra vez era sueño o realidad.

Y comenzó el reencuentro. Cada día la despojaba de una prenda y descubría algo nuevo, una estructura sólida, unos ojos grandes, una piel morena con sus tatuajes y sus historias. Lloraron, rieron, se fundieron en uno solo.

Ella lo sabía, había visto algo en sus ojos, no podía haberse confundido. En sus ojos y en los que la miraron a partir de ese momento donde volvió a ser ella, donde volvió a escuchar, a ver, a sentir los pasos de su gente, las conversaciones para un futuro mejor, las risas y los silencios.

Si vas a Granada y subes al Albayzin la verás, la casa cautiva, liberada por los hijos de sus padres, aquellos que hicieron de ella el testimonio de una época para mirar hacia el futuro. Su mirada te detecta aún cuando acabas de asomarte y, aunque tú no la mires, sientes sus ojos clavados en ti, embrujándote desde sus columnas ochavadas que se elevan para mostrarse en todo su esplendor.

A los moradores de la Casa Liberada

Gracias por dejarme verla y sentirla

Cautiva

Si vas a Granada y paseas por el Albayzin la verás. Subiendo por la Cuesta del Chapiz, casi en la Iglesia del Salvador, a mano derecha, está la calle San Martín. En cuanto te asomas Ella aparece al fondo, altiva, morena y elegante. Su mirada te detecta de inmediato y, aunque tú no la mires, sientes sus ojos clavados en ti. Es así desde que fue liberada porque antes era una cautiva rodeada de cal y puertas cerradas.

Si entraras en ella te cuenta historias enormes, de cómo era antes, de cómo fue rescatada y de cómo ahora crece cada día en que es habitada.

Nació hace mucho tiempo, y tuvo una infancia feliz habitada por sus padres y junto a sus hermanos que tatuaban en su piel historias de una época tumultuosa y prohibida pero a la vez feliz y constante. El caer de los días, compartir los momentos con personajes auténticos, llenos de sabiduría que observaban el mundo para poder pintarlo, reflejarlo y vivirlo. Personajes olvidados durante mucho tiempo porque se fueron, sí, ellos se fueron y la dejaron allí sola.

Las lluvias en Granada son escasas, pero cuando caen son como si alguien desde el cielo tuviera una pena muy grande, la pena de sentir que la belleza no se ve, ni se valora. Así se quedó ella, llorando por dentro, lloviendo por fuera durante siglos en los que fueron poniendo un poco de su paso por ella, más paredes, más puertas, tapando sus tatuajes para no mostrar su verdadero origen. Cada habitante buscaba su propio beneficio, alterando su estructura, haciéndola a su imagen y semejanza para albergar personas invisibles que solo dejaron un rastro de paso vano por el mundo. Y así fue, banalidad que la ancló a un suelo desconocido, como si nunca hubiese pertenecido a esa tierra extraña habitada por gente extraña que arrastraba sus pasos para llegar al fin del día y, después, volver a comenzar.

Nada quedaba ya de aquellos que acompañaban a sus padres, personas altas de cabezas llenas, obsesionadas por dejar su huella en el mundo, dejando un hueco entre los pasos que daban para llenarlo de conocimiento y saber estar, saber vivir. Ahora ella era la única que recordaba esa época, pero cautiva como estaba no podía mostrarlo. Y con cada pensamiento, cada recuerdo, su estructura crujía, desmoronándose poco a poco, sangrando por dentro. Sus propietarios ponían vendas, parches de madera, cal y ladrillo para sujetar su pena, pero ella poco a poco iba cayendo en el pozo de la tristeza.

Y así pasó tiempo hasta que también ellos se fueron y la dejaron sola de nuevo. Sola y desesperada, sin posibilidad para escapar ni para poder enseñarse y gritar: “aquí estoy yo, bella, grande y sólida”, porque ella ya no era bella ni sólida. Su paso por el tiempo, la cautividad a la que fue sometida había dejado huellas que consideraba irreparables. Solo quería morir, dejarse caer al vacío, levantar una polvareda inmensa con su desmoronamiento para volar por todo el Albayzin y dejar poso de su existencia en cada uno de los rincones de su barrio. Pero ni siquiera podía hacer eso, las cadenas que la ataban al suelo le hacían daño y no la soltaban. Ella quería caer, pero no podía.

Y entonces llegaron ellos, otra vez entró gente por su puerta, pisó su patio, acarició su piel, aunque no sintió mucho porque aquella no era su piel si no la capa blanquecina que la cubría para pretender ser otra distinta a quién era ella. Tuvo miedo y tembló, pero no pasó nada porque sus cadenas eran fuertes.

Pero sucedió el milagro, aunque fue doloroso. En sus nuevos habitantes detectó el brillo de los ojos de sus padres, de sus amigos, y sintió que se le quebraba el corazón, ¿estaría volviéndose loca? No parecía que ellos fueran a liberarla al principio, pero había algo en sus ojos, en la forma que tenían de mirarla y tocarla. Hasta que tomó la decisión de mostrarse y enseñar sus heridas.

Se asustó, durante bastante tiempo no volvió a verlos y pensó que se había equivocado con ellos, que los había sobrestimado y volvió a llover. Sin embargo un día le vio, se acercó despacio y solo, mirándolo todo, mirando hacia arriba y hacia los lados. Pudo verle los ojos y pensó: “no, no me había equivocado, esta es mi oportunidad, tengo que gritar hasta que me escuche, hasta que me entienda y me libere”. Y sintió ganas de vivir.

Él tenía dudas, demasiado vieja para rehabilitarla, ¿no estaría volviéndose loco? ¿viendo fantasmas de otra época? Le pareció que la casa le hablaba y le contaba historias de otra vida. Sintió un susurro que le decía: no soy así, sólo estoy sola hace mucho tiempo, hubo un tiempo que fui bella y sólida, construida para dejar rastro de un pasado. Y sintió que tenía que verla, descubrir si de verdad aquel primer impulso que le había llevado a visitarla otra vez era sueño o realidad.

Y comenzó el reencuentro. Cada día la despojaba de una prenda y descubría algo nuevo, una estructura sólida, unos ojos grandes, una piel morena con sus tatuajes y sus historias. Lloraron, rieron, se fundieron en uno solo.

Ella lo sabía, había visto algo en sus ojos, no podía haberse confundido. En sus ojos y en los que la miraron a partir de ese momento donde volvió a ser ella, donde volvió a escuchar, a ver, a sentir los pasos de su gente, las conversaciones para un futuro mejor, las risas y los silencios.

Si vas a Granada y subes al Albayzin la verás, la casa cautiva, liberada por los hijos de sus padres, aquellos que hicieron de ella el testimonio de una época para mirar hacia el futuro. Su mirada te detecta aún cuando acabas de asomarte y, aunque tú no la mires, sientes sus ojos clavados en ti, embrujándote desde sus columnas ochavadas que se elevan para mostrarse en todo su esplendor.

A los moradores de la Casa Liberada

Gracias por dejarme verla y sentirla

Cautiva

Si vas a Granada y paseas por el Albayzin la verás. Subiendo por la Cuesta del Chapiz, casi en la Iglesia del Salvador, a mano derecha, está la calle San Martín. En cuanto te asomas Ella aparece al fondo, altiva, morena y elegante. Su mirada te detecta de inmediato y, aunque tú no la mires, sientes sus ojos clavados en ti. Es así desde que fue liberada porque antes era una cautiva rodeada de cal y puertas cerradas.

Si entraras en ella te cuenta historias enormes, de cómo era antes, de cómo fue rescatada y de cómo ahora crece cada día en que es habitada.

Nació hace mucho tiempo, y tuvo una infancia feliz habitada por sus padres y junto a sus hermanos que tatuaban en su piel historias de una época tumultuosa y prohibida pero a la vez feliz y constante. El caer de los días, compartir los momentos con personajes auténticos, llenos de sabiduría que observaban el mundo para poder pintarlo, reflejarlo y vivirlo. Personajes olvidados durante mucho tiempo porque se fueron, sí, ellos se fueron y la dejaron allí sola.

Las lluvias en Granada son escasas, pero cuando caen son como si alguien desde el cielo tuviera una pena muy grande, la pena de sentir que la belleza no se ve, ni se valora. Así se quedó ella, llorando por dentro, lloviendo por fuera durante siglos en los que fueron poniendo un poco de su paso por ella, más paredes, más puertas, tapando sus tatuajes para no mostrar su verdadero origen. Cada habitante buscaba su propio beneficio, alterando su estructura, haciéndola a su imagen y semejanza para albergar personas invisibles que solo dejaron un rastro de paso vano por el mundo. Y así fue, banalidad que la ancló a un suelo desconocido, como si nunca hubiese pertenecido a esa tierra extraña habitada por gente extraña que arrastraba sus pasos para llegar al fin del día y, después, volver a comenzar.

Nada quedaba ya de aquellos que acompañaban a sus padres, personas altas de cabezas llenas, obsesionadas por dejar su huella en el mundo, dejando un hueco entre los pasos que daban para llenarlo de conocimiento y saber estar, saber vivir. Ahora ella era la única que recordaba esa época, pero cautiva como estaba no podía mostrarlo. Y con cada pensamiento, cada recuerdo, su estructura crujía, desmoronándose poco a poco, sangrando por dentro. Sus propietarios ponían vendas, parches de madera, cal y ladrillo para sujetar su pena, pero ella poco a poco iba cayendo en el pozo de la tristeza.

Y así pasó tiempo hasta que también ellos se fueron y la dejaron sola de nuevo. Sola y desesperada, sin posibilidad para escapar ni para poder enseñarse y gritar: “aquí estoy yo, bella, grande y sólida”, porque ella ya no era bella ni sólida. Su paso por el tiempo, la cautividad a la que fue sometida había dejado huellas que consideraba irreparables. Solo quería morir, dejarse caer al vacío, levantar una polvareda inmensa con su desmoronamiento para volar por todo el Albayzin y dejar poso de su existencia en cada uno de los rincones de su barrio. Pero ni siquiera podía hacer eso, las cadenas que la ataban al suelo le hacían daño y no la soltaban. Ella quería caer, pero no podía.

Y entonces llegaron ellos, otra vez entró gente por su puerta, pisó su patio, acarició su piel, aunque no sintió mucho porque aquella no era su piel si no la capa blanquecina que la cubría para pretender ser otra distinta a quién era ella. Tuvo miedo y tembló, pero no pasó nada porque sus cadenas eran fuertes.

Pero sucedió el milagro, aunque fue doloroso. En sus nuevos habitantes detectó el brillo de los ojos de sus padres, de sus amigos, y sintió que se le quebraba el corazón, ¿estaría volviéndose loca? No parecía que ellos fueran a liberarla al principio, pero había algo en sus ojos, en la forma que tenían de mirarla y tocarla. Hasta que tomó la decisión de mostrarse y enseñar sus heridas.

Se asustó, durante bastante tiempo no volvió a verlos y pensó que se había equivocado con ellos, que los había sobrestimado y volvió a llover. Sin embargo un día le vio, se acercó despacio y solo, mirándolo todo, mirando hacia arriba y hacia los lados. Pudo verle los ojos y pensó: “no, no me había equivocado, esta es mi oportunidad, tengo que gritar hasta que me escuche, hasta que me entienda y me libere”. Y sintió ganas de vivir.

Él tenía dudas, demasiado vieja para rehabilitarla, ¿no estaría volviéndose loco? ¿viendo fantasmas de otra época? Le pareció que la casa le hablaba y le contaba historias de otra vida. Sintió un susurro que le decía: no soy así, sólo estoy sola hace mucho tiempo, hubo un tiempo que fui bella y sólida, construida para dejar rastro de un pasado. Y sintió que tenía que verla, descubrir si de verdad aquel primer impulso que le había llevado a visitarla otra vez era sueño o realidad.

Y comenzó el reencuentro. Cada día la despojaba de una prenda y descubría algo nuevo, una estructura sólida, unos ojos grandes, una piel morena con sus tatuajes y sus historias. Lloraron, rieron, se fundieron en uno solo.

Ella lo sabía, había visto algo en sus ojos, no podía haberse confundido. En sus ojos y en los que la miraron a partir de ese momento donde volvió a ser ella, donde volvió a escuchar, a ver, a sentir los pasos de su gente, las conversaciones para un futuro mejor, las risas y los silencios.

Si vas a Granada y subes al Albayzin la verás, la casa cautiva, liberada por los hijos de sus padres, aquellos que hicieron de ella el testimonio de una época para mirar hacia el futuro. Su mirada te detecta aún cuando acabas de asomarte y, aunque tú no la mires, sientes sus ojos clavados en ti, embrujándote desde sus columnas ochavadas que se elevan para mostrarse en todo su esplendor.

A los moradores de la Casa Liberada

Gracias por dejarme verla y sentirla

Cautiva

Si vas a Granada y paseas por el Albayzin la verás. Subiendo por la Cuesta del Chapiz, casi en la Iglesia del Salvador, a mano derecha, está la calle San Martín. En cuanto te asomas Ella aparece al fondo, altiva, morena y elegante. Su mirada te detecta de inmediato y, aunque tú no la mires, sientes sus ojos clavados en ti. Es así desde que fue liberada porque antes era una cautiva rodeada de cal y puertas cerradas.

Si entraras en ella te cuenta historias enormes, de cómo era antes, de cómo fue rescatada y de cómo ahora crece cada día en que es habitada.

Nació hace mucho tiempo, y tuvo una infancia feliz habitada por sus padres y junto a sus hermanos que tatuaban en su piel historias de una época tumultuosa y prohibida pero a la vez feliz y constante. El caer de los días, compartir los momentos con personajes auténticos, llenos de sabiduría que observaban el mundo para poder pintarlo, reflejarlo y vivirlo. Personajes olvidados durante mucho tiempo porque se fueron, sí, ellos se fueron y la dejaron allí sola.

Las lluvias en Granada son escasas, pero cuando caen son como si alguien desde el cielo tuviera una pena muy grande, la pena de sentir que la belleza no se ve, ni se valora. Así se quedó ella, llorando por dentro, lloviendo por fuera durante siglos en los que fueron poniendo un poco de su paso por ella, más paredes, más puertas, tapando sus tatuajes para no mostrar su verdadero origen. Cada habitante buscaba su propio beneficio, alterando su estructura, haciéndola a su imagen y semejanza para albergar personas invisibles que solo dejaron un rastro de paso vano por el mundo. Y así fue, banalidad que la ancló a un suelo desconocido, como si nunca hubiese pertenecido a esa tierra extraña habitada por gente extraña que arrastraba sus pasos para llegar al fin del día y, después, volver a comenzar.

Nada quedaba ya de aquellos que acompañaban a sus padres, personas altas de cabezas llenas, obsesionadas por dejar su huella en el mundo, dejando un hueco entre los pasos que daban para llenarlo de conocimiento y saber estar, saber vivir. Ahora ella era la única que recordaba esa época, pero cautiva como estaba no podía mostrarlo. Y con cada pensamiento, cada recuerdo, su estructura crujía, desmoronándose poco a poco, sangrando por dentro. Sus propietarios ponían vendas, parches de madera, cal y ladrillo para sujetar su pena, pero ella poco a poco iba cayendo en el pozo de la tristeza.

Y así pasó tiempo hasta que también ellos se fueron y la dejaron sola de nuevo. Sola y desesperada, sin posibilidad para escapar ni para poder enseñarse y gritar: “aquí estoy yo, bella, grande y sólida”, porque ella ya no era bella ni sólida. Su paso por el tiempo, la cautividad a la que fue sometida había dejado huellas que consideraba irreparables. Solo quería morir, dejarse caer al vacío, levantar una polvareda inmensa con su desmoronamiento para volar por todo el Albayzin y dejar poso de su existencia en cada uno de los rincones de su barrio. Pero ni siquiera podía hacer eso, las cadenas que la ataban al suelo le hacían daño y no la soltaban. Ella quería caer, pero no podía.

Y entonces llegaron ellos, otra vez entró gente por su puerta, pisó su patio, acarició su piel, aunque no sintió mucho porque aquella no era su piel si no la capa blanquecina que la cubría para pretender ser otra distinta a quién era ella. Tuvo miedo y tembló, pero no pasó nada porque sus cadenas eran fuertes.

Pero sucedió el milagro, aunque fue doloroso. En sus nuevos habitantes detectó el brillo de los ojos de sus padres, de sus amigos, y sintió que se le quebraba el corazón, ¿estaría volviéndose loca? No parecía que ellos fueran a liberarla al principio, pero había algo en sus ojos, en la forma que tenían de mirarla y tocarla. Hasta que tomó la decisión de mostrarse y enseñar sus heridas.

Se asustó, durante bastante tiempo no volvió a verlos y pensó que se había equivocado con ellos, que los había sobrestimado y volvió a llover. Sin embargo un día le vio, se acercó despacio y solo, mirándolo todo, mirando hacia arriba y hacia los lados. Pudo verle los ojos y pensó: “no, no me había equivocado, esta es mi oportunidad, tengo que gritar hasta que me escuche, hasta que me entienda y me libere”. Y sintió ganas de vivir.

Él tenía dudas, demasiado vieja para rehabilitarla, ¿no estaría volviéndose loco? ¿viendo fantasmas de otra época? Le pareció que la casa le hablaba y le contaba historias de otra vida. Sintió un susurro que le decía: no soy así, sólo estoy sola hace mucho tiempo, hubo un tiempo que fui bella y sólida, construida para dejar rastro de un pasado. Y sintió que tenía que verla, descubrir si de verdad aquel primer impulso que le había llevado a visitarla otra vez era sueño o realidad.

Y comenzó el reencuentro. Cada día la despojaba de una prenda y descubría algo nuevo, una estructura sólida, unos ojos grandes, una piel morena con sus tatuajes y sus historias. Lloraron, rieron, se fundieron en uno solo.

Ella lo sabía, había visto algo en sus ojos, no podía haberse confundido. En sus ojos y en los que la miraron a partir de ese momento donde volvió a ser ella, donde volvió a escuchar, a ver, a sentir los pasos de su gente, las conversaciones para un futuro mejor, las risas y los silencios.

Si vas a Granada y subes al Albayzin la verás, la casa cautiva, liberada por los hijos de sus padres, aquellos que hicieron de ella el testimonio de una época para mirar hacia el futuro. Su mirada te detecta aún cuando acabas de asomarte y, aunque tú no la mires, sientes sus ojos clavados en ti, embrujándote desde sus columnas ochavadas que se elevan para mostrarse en todo su esplendor.

A los moradores de la Casa Liberada

Gracias por dejarme verla y sentirla

Monsieur Moyano

Brujas_2002Agosto_0015 copia
Hagamos un brindis por ti, ¿lo oyes?, el chocar de las copas con ese sonido transparente y brillante de las celebraciones. La voz de mi hija gritando desde la cama: “por Jose”, ¿lo oyes?

Bebo un sorbo de vino mirando los ojos de mi amigo, los ojos más bonitos del mundo, me sumerjo en ellos mientras saboreo la madera del líquido color sangre y te veo liando un cigarrillo, sentado en tu banco de madera con una sonrisa en la cara asintiendo. Te veo los ojos claros, infinitos cuando mirabas, muy pocas veces. Las más, lo hacías hacia abajo, hacia el suelo, la mesa o, como ahora, el cigarrillo que estás liando. Me enseñas una maquinita que hace por ti el trabajo, es muy práctica, metes el papel y el tabaco y al girar la rueda consigues un cigarro perfecto. Bueno, a veces no tan perfecto, entonces miras, sonríes y lo enciendes.

Fumas y cuando das una calada te veo de joven, soy capaz de ver en ese gesto el hombre joven y alegre que yo no llegué a conocer. Veo a tu hija en ese gesto, complaciente, sin ganas de pelear, tolerante con todos, demasiado tolerante con todos. Miro tus manos, grandes y cortas, tecleando al ordenador, levantas tus ojos por encima de las gafas y miras la pantalla, frunciendo el ceño y entornando los párpados, luego vuelves a bajar la mirada hacia el teclado y me concentro en tus manos otra vez. Me llaman la atención tus manos, lo sabes, pero no dices nada.

El vino ha pasado por mi cuerpo y vuelvo a mirar los ojos de mi amigo, de nuestro amigo. Me sumerjo en ellos y veo su brillo, él también ha pensado en ti, seguramente él ha recordado alguna conversación, tu tono de voz fuerte pero templado, sin mirarle a los ojos, miras hacia abajo y asientes, entiendes lo que él te dice pero no puedes hacerlo, ríes, siempre que hablas con él te ríes, te encanta su humor, su valentía y su coherencia. Te encanta su fuerza, la que tú sabes que no tienes. Es tu amigo, un gran amigo. Te gusta que te visite porque sientes que tienes respaldo, aunque no lo hayas dicho nunca.

Volvemos a chocar las copas, “por Jose”, y esta vez recordamos lo que no hicimos, lo que estábamos a punto de hacer, mi amigo ir a verte, otra vez. Yo, quizás algún día, ir a verte con mis hijas, siempre me lo decías. Cada vez que me iba, ven algún día con las niñas. Imagino qué pensarías si las vieras ahora, tan mayores, ya no niñas pero sí chicas. Nuestro amigo piensa, tardé mucho, intenta borrar de su cabeza esa idea y vuelve a sentir los ojos vidriosos. Entonces sonríe y me dice, disfrutemos la vida a tope, a Jose le gustaría seguramente que hiciéramos esto por él. Nos miramos otra vez, nos abrazamos. Es el abrazo de los vivos, los que aún tienen la oportunidad de disfrutar, los que aún pueden decir sí y no, los que aún pueden ir a recorrer el mundo, y consumirlo. Es el abrazo de los vivos que han consumido parte de su vida y asisten enmudecidos a la sorpresa de la muerte, pensando cada uno lo que a partir de ahora hará, “por Jose”, por el amigo dormido.

(De tus amigos Nano y Gema)

Monsieur Moyano

Brujas_2002Agosto_0015 copia
Hagamos un brindis por ti, ¿lo oyes?, el chocar de las copas con ese sonido transparente y brillante de las celebraciones. La voz de mi hija gritando desde la cama: “por Jose”, ¿lo oyes?

Bebo un sorbo de vino mirando los ojos de mi amigo, los ojos más bonitos del mundo, me sumerjo en ellos mientras saboreo la madera del líquido color sangre y te veo liando un cigarrillo, sentado en tu banco de madera con una sonrisa en la cara asintiendo. Te veo los ojos claros, infinitos cuando mirabas, muy pocas veces. Las más, lo hacías hacia abajo, hacia el suelo, la mesa o, como ahora, el cigarrillo que estás liando. Me enseñas una maquinita que hace por ti el trabajo, es muy práctica, metes el papel y el tabaco y al girar la rueda consigues un cigarro perfecto. Bueno, a veces no tan perfecto, entonces miras, sonríes y lo enciendes.

Fumas y cuando das una calada te veo de joven, soy capaz de ver en ese gesto el hombre joven y alegre que yo no llegué a conocer. Veo a tu hija en ese gesto, complaciente, sin ganas de pelear, tolerante con todos, demasiado tolerante con todos. Miro tus manos, grandes y cortas, tecleando al ordenador, levantas tus ojos por encima de las gafas y miras la pantalla, frunciendo el ceño y entornando los párpados, luego vuelves a bajar la mirada hacia el teclado y me concentro en tus manos otra vez. Me llaman la atención tus manos, lo sabes, pero no dices nada.

El vino ha pasado por mi cuerpo y vuelvo a mirar los ojos de mi amigo, de nuestro amigo. Me sumerjo en ellos y veo su brillo, él también ha pensado en ti, seguramente él ha recordado alguna conversación, tu tono de voz fuerte pero templado, sin mirarle a los ojos, miras hacia abajo y asientes, entiendes lo que él te dice pero no puedes hacerlo, ríes, siempre que hablas con él te ríes, te encanta su humor, su valentía y su coherencia. Te encanta su fuerza, la que tú sabes que no tienes. Es tu amigo, un gran amigo. Te gusta que te visite porque sientes que tienes respaldo, aunque no lo hayas dicho nunca.

Volvemos a chocar las copas, “por Jose”, y esta vez recordamos lo que no hicimos, lo que estábamos a punto de hacer, mi amigo ir a verte, otra vez. Yo, quizás algún día, ir a verte con mis hijas, siempre me lo decías. Cada vez que me iba, ven algún día con las niñas. Imagino qué pensarías si las vieras ahora, tan mayores, ya no niñas pero sí chicas. Nuestro amigo piensa, tardé mucho, intenta borrar de su cabeza esa idea y vuelve a sentir los ojos vidriosos. Entonces sonríe y me dice, disfrutemos la vida a tope, a Jose le gustaría seguramente que hiciéramos esto por él. Nos miramos otra vez, nos abrazamos. Es el abrazo de los vivos, los que aún tienen la oportunidad de disfrutar, los que aún pueden decir sí y no, los que aún pueden ir a recorrer el mundo, y consumirlo. Es el abrazo de los vivos que han consumido parte de su vida y asisten enmudecidos a la sorpresa de la muerte, pensando cada uno lo que a partir de ahora hará, “por Jose”, por el amigo dormido.

(De tus amigos Nano y Gema)

Monsieur Moyano

Brujas_2002Agosto_0015 copia
Hagamos un brindis por ti, ¿lo oyes?, el chocar de las copas con ese sonido transparente y brillante de las celebraciones. La voz de mi hija gritando desde la cama: “por Jose”, ¿lo oyes?

Bebo un sorbo de vino mirando los ojos de mi amigo, los ojos más bonitos del mundo, me sumerjo en ellos mientras saboreo la madera del líquido color sangre y te veo liando un cigarrillo, sentado en tu banco de madera con una sonrisa en la cara asintiendo. Te veo los ojos claros, infinitos cuando mirabas, muy pocas veces. Las más, lo hacías hacia abajo, hacia el suelo, la mesa o, como ahora, el cigarrillo que estás liando. Me enseñas una maquinita que hace por ti el trabajo, es muy práctica, metes el papel y el tabaco y al girar la rueda consigues un cigarro perfecto. Bueno, a veces no tan perfecto, entonces miras, sonríes y lo enciendes.

Fumas y cuando das una calada te veo de joven, soy capaz de ver en ese gesto el hombre joven y alegre que yo no llegué a conocer. Veo a tu hija en ese gesto, complaciente, sin ganas de pelear, tolerante con todos, demasiado tolerante con todos. Miro tus manos, grandes y cortas, tecleando al ordenador, levantas tus ojos por encima de las gafas y miras la pantalla, frunciendo el ceño y entornando los párpados, luego vuelves a bajar la mirada hacia el teclado y me concentro en tus manos otra vez. Me llaman la atención tus manos, lo sabes, pero no dices nada.

El vino ha pasado por mi cuerpo y vuelvo a mirar los ojos de mi amigo, de nuestro amigo. Me sumerjo en ellos y veo su brillo, él también ha pensado en ti, seguramente él ha recordado alguna conversación, tu tono de voz fuerte pero templado, sin mirarle a los ojos, miras hacia abajo y asientes, entiendes lo que él te dice pero no puedes hacerlo, ríes, siempre que hablas con él te ríes, te encanta su humor, su valentía y su coherencia. Te encanta su fuerza, la que tú sabes que no tienes. Es tu amigo, un gran amigo. Te gusta que te visite porque sientes que tienes respaldo, aunque no lo hayas dicho nunca.

Volvemos a chocar las copas, “por Jose”, y esta vez recordamos lo que no hicimos, lo que estábamos a punto de hacer, mi amigo ir a verte, otra vez. Yo, quizás algún día, ir a verte con mis hijas, siempre me lo decías. Cada vez que me iba, ven algún día con las niñas. Imagino qué pensarías si las vieras ahora, tan mayores, ya no niñas pero sí chicas. Nuestro amigo piensa, tardé mucho, intenta borrar de su cabeza esa idea y vuelve a sentir los ojos vidriosos. Entonces sonríe y me dice, disfrutemos la vida a tope, a Jose le gustaría seguramente que hiciéramos esto por él. Nos miramos otra vez, nos abrazamos. Es el abrazo de los vivos, los que aún tienen la oportunidad de disfrutar, los que aún pueden decir sí y no, los que aún pueden ir a recorrer el mundo, y consumirlo. Es el abrazo de los vivos que han consumido parte de su vida y asisten enmudecidos a la sorpresa de la muerte, pensando cada uno lo que a partir de ahora hará, “por Jose”, por el amigo dormido.

(De tus amigos Nano y Gema)

Monsieur Moyano

Hagamos un brindis por ti, ¿lo oyes?, el chocar de las copas con ese sonido transparente y brillante de las celebraciones. La voz de mi hija gritando desde la cama: “por Jose”, ¿lo oyes?

Bebo un sorbo de vino mirando los ojos de mi amigo, los ojos más bonitos del mundo, me sumerjo en ellos mientras saboreo la madera del líquido color sangre y te veo liando un cigarrillo, sentado en tu banco de madera con una sonrisa en la cara asintiendo. Te veo los ojos claros, infinitos cuando mirabas, muy pocas veces. Las más, lo hacías hacia abajo, hacia el suelo, la mesa o, como ahora, el cigarrillo que estás liando. Me enseñas una maquinita que hace por ti el trabajo, es muy práctica, metes el papel y el tabaco y al girar la rueda consigues un cigarro perfecto. Bueno, a veces no tan perfecto, entonces miras, sonríes y lo enciendes.

Fumas y cuando das una calada te veo de joven, soy capaz de ver en ese gesto el hombre joven y alegre que yo no llegué a conocer. Veo a tu hija en ese gesto, complaciente, sin ganas de pelear, tolerante con todos, demasiado tolerante con todos. Miro tus manos, grandes y cortas, tecleando al ordenador, levantas tus ojos por encima de las gafas y miras la pantalla, frunciendo el ceño y entornando los párpados, luego vuelves a bajar la mirada hacia el teclado y me concentro en tus manos otra vez. Me llaman la atención tus manos, lo sabes, pero no dices nada.

El vino ha pasado por mi cuerpo y vuelvo a mirar los ojos de mi amigo, de nuestro amigo. Me sumerjo en ellos y veo su brillo, él también ha pensado en ti, seguramente él ha recordado alguna conversación, tu tono de voz fuerte pero templado, sin mirarle a los ojos, miras hacia abajo y asientes, entiendes lo que él te dice pero no puedes hacerlo, ríes, siempre que hablas con él te ríes, te encanta su humor, su valentía y su coherencia. Te encanta su fuerza, la que tú sabes que no tienes. Es tu amigo, un gran amigo. Te gusta que te visite porque sientes que tienes respaldo, aunque no lo hayas dicho nunca.

Volvemos a chocar las copas, “por Jose”, y esta vez recordamos lo que no hicimos, lo que estábamos a punto de hacer, mi amigo ir a verte, otra vez. Yo, quizás algún día, ir a verte con mis hijas, siempre me lo decías. Cada vez que me iba, ven algún día con las niñas. Imagino qué pensarías si las vieras ahora, tan mayores, ya no niñas pero sí chicas. Nuestro amigo piensa, tardé mucho, intenta borrar de su cabeza esa idea y vuelve a sentir los ojos vidriosos. Entonces sonríe y me dice, disfrutemos la vida a tope, a Jose le gustaría seguramente que hiciéramos esto por él. Nos miramos otra vez, nos abrazamos. Es el abrazo de los vivos, los que aún tienen la oportunidad de disfrutar, los que aún pueden decir sí y no, los que aún pueden ir a recorrer el mundo, y consumirlo. Es el abrazo de los vivos que han consumido parte de su vida y asisten enmudecidos a la sorpresa de la muerte, pensando cada uno lo que a partir de ahora hará, “por Jose”, por el amigo dormido.

(De tus amigos Nano y Gema)

Mona Lisa

Lisa suelta su cabellera y se mira en el espejo, contempla sus ojos ligeramente achinados de color miel y sonríe con esa sonrisa misteriosa que sólo el espejo sabe captar. Despacio se baja el vestido y contempla sus senos firmes y grandes, los acaricia y cierra los ojos, evoca momentos de placer, se concentra en el cosquilleo de su vientre y sonríe, otra vez con esa sonrisa misteriosa de Mona Lisa. Lisa es Mona Lisa, sonríe a la cámara, sonríe al espejo, sonríe al pintor. A cada uno de los hombres que se acuestan a su lado y la desean. Sonríe y mantiene el interés, seduce y juega al juego en que sólo hay un final posible, terminar en una cama cumpliendo con su parte del juego. Después… “nadie dijo que fuera tu novia”, unos lo entienden otros… no!

Hoy Lisa espera visita, una segunda visita. Este hombre es diferente, más mayor, lo que le convierte en una pieza única a seducir. Lo sedujo, casi como a los demás, sonrisa, movimiento de cabeza, mirada esquiva, demasiado fácil. Ahora sabe que lo tendrá durante unos días, se plantea si mostrarse o no, ¿podría ser un amigo? Baja su mano por el vientre y acaricia su sexo, húmedo, figura en su mente que es otra mano la que acaricia y le hace gemir, pero no es capaz de distinguir esa mano, simplemente es una mano diferente a la suya. No sabe poner caras porque tiene guardadas montones de caras en su memoria, con los ojos cerrados, con los ojos abiertos, con la boca apretada o gimiendo. Ella sabe lo que puede dar, pero pocas veces sabe apreciar lo que recibe. Se mira, esta vez a los ojos, contempla un pozo profundo donde se remueven miles de recuerdos, comienzan a salir sin orden, el primer beso, la humedad de su sexo adolescente, el dolor de la primera vez… no quiere verlo, no quiere pensarse, tan solo salir a cazar. Hoy cazará una rareza, ella lo sabe, esta vez en su territorio, podrá mostrar partes de sí misma o no.

Mira al espejo y sonríe, el espejo le da la recompensa, Lisa nunca se expone, ella es equilibrada y misteriosa, lo justo para intensificar el deseo por ella.

  • Vamos a cenar, te llevaré a uno de mis sitios favoritos.
  • ¿Qué se come?
  • Sobre todo pescado, pero tienen un poco de todo.

Él se relame, se entrega a los placeres de la comida primero, del sexo después. Pero primero cenan, y charlan de fútbol, de libros, de música, de cine… poco a poco el vino suelta la lengua y la mirada, depositan en las copas dosis de deseo, un deseo alimentado por la sonrisa de ella primero, la mirada de él después. Él consume la vida a tragos, come, bebe, observa y toca sin prisa, sabe que lo hará, sabe lo que hará, y quiere saborear el momento. Desea más que nada en el mundo romper la sonrisa de Mona Lisa, desea que ella admire sus cualidades más allá del físico. Sale de su cuerpo y se contonea, desplaza el centro de gravedad y se inclina hacia ella, y susurra preguntas inocentes cargadas de profundidad.

Pero Lisa es sobre todo resistente a los encantos de la seducción, ella sólo piensa en el momento de jugar, está pensando en cómo lo va a hacer, quiere hacer que él muera por ella, que gima y pierda el control. Está acostumbrada a ello, sabe que en el momento de la penetración sólo hay que moverse para que ellos se derramen en un grito de triunfo. Ella sabe que él es distinto, pero confía en que esta segunda vez sea capaz de llevarle al pozo de la desesperación. Intenta erigirse en reina, pero él la devuelve de un soplo a su tronito de princesa consentida.

Lisa se enfada, pero disimula el enfado. Vuelve a sonreír para mostrar seguridad, se mira al espejo, y una vez compuesta, le devuelve la mirada y pide disculpas, “me adelanté”.

Él maneja la situación como un maestro, propone ir a tomar algo, ella acepta. Beben, bailan, se besan. Lisa ya se siente segura, se besan, vuelve a sentir su triunfo. Él siente que le ha regalado un beso a cambio de que pueda seguirse mirando al espejo y seducir. Ahora baja los párpados lo suficiente como para dar a su mirada un aspecto arrasador, ella esquiva su mirada, le provoca miedo y las piernas le avisan de que esa mirada podría hacerle caer y perder el equilibrio. Él busca sus ojos, y los encuentra, vuelve a besar, ya está cerca de conseguir que Lisa pierda su sonrisa de Mona y muestre su sonrisa de persona.

Durante el sexo no ha dejado de ser perfecta. Lisa no frunce el ceño, no grita exageradamente, no mira más que de reojo. Lisa gime con el tono adecuado, el que provoca y excita, abre los ojos a ratos y contempla brevemente si él está descontrolado. Quiere descontrolarlo, quiere el desayuno en la cama por la mañana, flores en la oficina y cartitas de amor declarándose. Si cierra los ojos lo sueña y lo ve, lo peor es cuando los abre y ve el más absoluto control, ni desayunos ni flores ni cartas, tan solo cuándo quedamos la próxima vez para darnos placer.

Lisa suelta su melena frente al espejo, está desnuda y satisfecha. Comienza a mirarse de abajo a arriba, contempla sus piernas torneadas y bronceadas, su sexo revuelto, su ombligo redondo y le causa mucho placer. Sube poco a poco por el vientre y contempla sus pechos enrojecidos por el ardor de la noche, siente nuevamente cosquilleo y sonríe. El espejo le devuelve la imagen de una mujer misteriosa y enigmática llena de dudas y obligaciones. Lisa mira a sus ojos y ve asomar la sombra del servilismo, un servilismo hacia sí misma y hacia esa imagen que el espejo refleja tan bien. Aparta los ojos del espejo y sonriendo se mete en la ducha.

De vuelta a casa

“Por fin he cerrado la puerta de mi nueva casa. Ya estoy a salvo, ya puedo dormir tranquila y aspirar el olor de mi seguridad. Mi nene está conmigo, dentro de casa. Cierro con llave y a descansar. He pasado demasiado tiempo sin dormir, tengo unas ojeras horribles, pero sé que pasará, sé que volveré a encontrar la mujer que habita en mí, esa que sabe sonreír y vivir.”

Así pensaba Beatriz después de cerrar la puerta de su casa tras la mudanza que le había llevado dos días. Se había separado de su marido hacía tres meses, pero como su casa no estaba acabada, tuvo que convivir con él y su hijo de tres años esos tres meses. Los tres meses más tensos y desastrosos de toda su vida. Sólo tenía 30 años, y se sentía cansada como si tuviera el doble, vivir bajo el mismo techo que Manuel, su ya ex-marido pero siempre padre de su hijo, había sido un tremendo error.

Para evitar verle se encerraba en su estudio, su pequeño escondite, donde trabajaba y que era el único espacio donde respiraba un poco de tranquilidad. Ni ella misma se entendía, la separación no había sido traumática, y sin embargo sentía que no podía soportar estar en el mismo espacio que él, era como si viviera con un extraño lleno de ojos que la miraban sólo a ella.

Cuando se llevaban bien, ella nunca cerraba las puertas, ni siquiera la del baño. No le importaba pasearse desnuda por la casa, ni que su marido la viera, pero cuando comenzaron los problemas y decidieron separarse, aun a pesar de compartir piso, ella sentía un pudor que nunca había experimentado y comenzó a cerrar puertas.

Beatriz y Manuel se conocieron casi de niños, veraneaban en el mismo pueblo y salían con el mismo grupo de amigos. Pero nunca habían sentido atracción hasta más tarde. Además de veranear en el mismo pueblo, compartían barrio en la ciudad y se encontraban muchas veces. Comenzaron a quedar y a conocerse. Manuel siempre trataba de mimarla, la iba a buscar a casa y después volvía a dejarla en la puerta. La esperaba a que saliera del trabajo, o incluso después de quedar con las amigas. Manuel, siempre fiel, como un perro más que como un novio. Manuel con los ojos lánguidos y la cabeza baja, la esperaba, la llevaba, la traía. Beatriz, sin embargo, siempre tuvo dudas de sus sentimientos hacia Manuel y eso fue algo que se reprochó a sí misma mucho tiempo después.

- No estoy segura de quererte, Manuel, es decir… sí te quiero, pero no sé si como novio o como amigo… es que es un lío… perdóname…
- No te preocupes, aquí estoy, yo sí te quiero, de eso estoy seguro.

Beatriz siempre recordó aquello como una muestra de amor infinito, hasta que comenzó a vivirlo como si estuviera en una especie de cárcel. Cada vez que expresaba dudas, él siempre respondía igual, “aquí estoy, yo te espero, yo te quiero”. Y siempre estaba ahí, con esa expresión de indefensión y dependencia hacia ella. La alegre y fuerte mujer que habitaba dentro de Beatriz un día, simplemente, se fue, y dio paso a Beatriz, la esposa del siempre fiel Manuel. Beatriz fue, poco a poco, convirtiéndose en una extensión de su marido. Como un brazo o una pierna, Beatriz respondía a los deseos de Manuel.

- No me gusta ese pantalón, es un poco hortera…
- ¿Me queda mal?
- No, no sé, es que a mí me gusta más otro tipo de pantalón, ya lo sabes. ¡Ah! y no me gusta que te maquilles, no lo necesitas, eres preciosa así.

Beatriz dejó de maquillarse, y no es que esto lo hubiese hecho mucho anteriormente, en general sólo lo hacía en ocasiones especiales y cuando se veía muy mala cara. Pero a Manuel no le gustaba, así que, dejó de hacerlo. También cambió su vestuario, lentamente, muy poco a poco, casi sin darse cuenta comenzó a comprarse faldas rectas y cortas en lugar de las adoradas faldas largas “hippies”, como decía Manuel. Comenzó a comprarse zapatos de tacón, en lugar de aquellos zapatos anchos, planos y cómodos que siempre le gustaba llevar.

Pero se miraba al espejo y se veía guapa, y se veía mayor y sobre todo esposa de Manuel.

- Me gustaría que tuvieras otro horario de trabajo, me aburro tanto por las tardes, dijo Manuel otro día.
- Lo sé mi amor, pero es que el negocio es así, ya sabes que el mayor volumen se tiene por la tarde.
- Ya, ya, si yo no digo que no, pero imagínate qué va a ser cuando decidamos tener hijos, porque querrás tener hijos conmigo ¿verdad?, y Manuel la besó.
- Uhhmm, claro que sí, un nene…

Beatriz decidió dejar el trabajo, ella podía trabajar desde casa y pensó que eso era lo mejor para Manuel, su futuro hijo y para ella. La mujer fuerte y alegre que habitaba dentro de ella, aún de vez en cuando le advertía, ella estaba presente como una voz profunda que advierte y muestra el camino, por eso Beatriz dejó el trabajo pero no del todo.

Un día mientras Beatriz caminaba por la calle, vio a dos chavales jugar al fútbol. A uno se le escapó el balón justo hacia ella, lo esquivó en el momento en que escuchaba al otro decir “casi das a la señora”. ¡Señora!, había dicho Señora, a sus 29 años la habían visto como una Señora. No una chica, no una joven, no, ¡una Señora! Llegó corriendo a casa y se miró al espejo. Lo que vio fue tan desagradable que decidió hablar con Manuel. Sintió como si de repente hubiese envejecido cien años, notó el peso de los huesos, de cada centímetro de carne, vio su pelo sin brillo, y unos ojos, los suyos, mirarla desde el fondo y reír a carcajadas señalando cada arruga de su piel.

- Manuel, necesito que me escuches porque estoy muy mal. Llevo tiempo un poco deprimida, me siento vieja y fea.
- No digas tonterías, estás guapísima.
- Ya, bueno, no sé. Lo que quiero decir es que últimamente me ha dado por pensar en el tipo de vida que yo quería hace tiempo, y el tipo de vida que tengo ahora, y no se corresponden. Y eso me agobia.

Manuel la miraba con la cara relajada, sin abrir la boca, simplemente la miraba y esperaba como si su mujer tuviera una rabieta de niña pequeña y esperase a que se le pasara sin intervenir.

- No sé, mírate ahora mismo, míranos. Aquí metidos siempre en casa, sin salir a ninguna parte, sin ir al cine apenas, ni al teatro… a mí siempre me encantó el teatro. Me gustaría que me ayudaras a recuperar esa parte de mi vida, que la recorrieras conmigo…
- Te olvidas de nuestro hijo, él necesita cuidados, no podemos salir ahora, Beatriz, como lo hacíamos antes…
- Pero si ya tiene dos años, podemos dejarle con los abuelos, o contratar un canguro. Necesito cambiar, me siento muy vieja, Manuel, me siento fracasada…
- Está bien, aquí estoy, saldremos algún día, pero tranquila, tú no estás vieja ni fracasada, me tienes a mí…

Pero no pasó nada nuevo, cuando salían siempre iban a los sitios que le gustaban a Manuel, a ver las películas que escogía Manuel, y siempre volvían pronto a casa, por el niño decían, por los abuelos que se querrán ir a casa, por la canguro que estará cansada. Beatriz comenzó a sentirse cansada, notaba el peso de sus pies al posarse en el suelo, cada paso dado en esos tiempos le indicaba de manera irrevocable el camino hacia la salida, hacia un mundo sin Manuel, hacia la juventud eterna.

Aquella fiesta de cumpleaños de Beatriz fue un éxito. Cumplía 30 años y decidió hacer una fiesta en casa, invitar a sus amigos, que hacía tiempo que no veía.

Manuel y ella llevaban varios meses sin comprenderse, a raíz de la “crisis” de Beatriz, Manuel había decidido volcarse en el trabajo y en la tele, cuando estaba en casa. Tenía la sensación de que había sido traicionado, pero no era capaz de decirlo, seguía esperando como si sólo se tratara de un mal momento y de un momento a otro fuera a volver su mujer, aquella que le pertenecía y que reaccionaba a sus ojos lánguidos y cabeza baja. Apenas hablaban, ni siquiera para discutir. Beatriz, sin embargo, notaba que algo crecía en su interior. Se compró ropa distinta, más de su estilo, y cuando se la enseñaba a Manuel siempre obtenía la misma respuesta, “no me gusta”. Pero ella se acostumbró a esto, ya no le importaba, porque se miraba al espejo y veía, en el fondo de sus ojos, el brillo de la mujer fuerte y alegre que un día se fue, aunque no del todo. Había vuelto y ya nada ni nadie podía pararla. Manuel pasó la fiesta de cumpleaños metido en una habitación, esperando que su mujer entrara en razón. Pero lejos de esto, Beatriz respondía a sus amigos que su marido no quería hacer una fiesta y estaba enfadado. Lo contaba con una sonrisa, divertida por la inmadurez que ella estaba descubriendo cada vez más en él, como si de repente Manuel no hubiese existido nunca en su vida, como si fuera un extraño con el que tenía que compartir espacio.

A partir de ahí, todo sucedió muy rápido. La separación fue pacífica. Manuel cada vez estaba más pequeño a su lado, casi hasta el final estuvo suplicando con la mirada, la postura y los gestos, que no lo hiciera, que no le dejara. Beatriz, sin embargo, cada vez estaba más convencida de que el error fue casarse con él, cuando hacía mucho tiempo que había sentido que su amor, el de ella, no era lo suficientemente fuerte como para entregarse como lo había hecho. Se sentía herida, pese a que esas heridas se las había causado ella misma.

Pero ese día, cuando cerró la puerta de su nueva casa, sintió que en realidad no era tan nueva, un olor familiar la invadía por entero, era el olor de lo auténtico, de la propiedad y del anhelo salvaje de ser. Sintió que había vuelto a casa, por fin, después de un largo viaje en el que había ido regalando su piel, su cabello, su sonrisa y su voz, a algún desconocido que siempre había ido pegado a ella, apartándola de alguna manera de sí misma.  Volvía a casa con los restos de ese viaje, dispuesta a poner orden entre toda esa maraña de cajas.