¡Cuánto tiempo ha pasado desde aquellos días!, lo veo todo borroso, no tanto por los años transcurridos, sino porque entonces el viento del desierto no tenía barrera y se metía en los ojos, arañándolos como minúsculas uñas. Eran tiempos salvajes, e indómitos en los que yo admiraba tu retrato clavado a las paredes del pueblo, cómo si no te hubieras clavado más a en mi piel que a aquella pared desconchada. No sé por qué yo miraba el fondo de tus ojos, e intuía que no eras cómo los otros.
Nada que ver con esa sombra que ahora veo frente a mí, mientras pierde la mirada ya sentenciada en el interior de la celda, y ese rostro tan distinto al que aparece en mi memoria. Un rostro surcado con el arado del tiempo y sembrado de barba blanca. La luz de la luna, deja tu figura pintada con las sombras de las rejas oscuras. Y yo, con mi estrella en el pecho, me quedo sin palabras. Cómo si se las llevara el viento antes de ser pronunciadas, y antes de devolverme cada grano, las esparciera por el valle, atormentándome con esas imágenes fantasmales que forman.
Viniste a matar a un hombre, y llegaste como en mis sueños volando en una nube de arena, a lomos de aquel caballo negro al que alentabas con tus espuelas. Te ví llegar al pueblo calzando tus botas de cuero, tu rostro cubierto por un pañuelo, y tus ojos, escondidos por la sombra de tu sombrero.
Todos estaban aterrorizados con la noticia de tu llegada: “William Quick, el famoso bandido, el maldito, llegará con la luna llena”. Un duelo, un duelo de tantos, en una ciudad perdida en la frontera.
Todas las sombras temblaban. Todas, menos aquella pegada a ese desgraciado, a ese hombre muerto que aún respiraba, cuando apareció la luna llena apaciguando el horizonte. La luna era su reflejo pálido y asustado, desfigurado, anunciando su muerte con luz clara. Pobre iluso desgraciado, sólo una muesca más en tu revolver.
Era un peligroso bandido, eso seguro. Tantos crímenes gravados en sus manos, que habían tapizado la arena de púrpura antes de que tú hubieras llegado. Ni el sheriff ni los otros tenían el valor de hacerle frente, demasiados bandidos errando por los caminos como para jugarse la vida con esos dados.
Los tiempos han cambiado el paisaje, pero no el corazón de los hombres, … y yo,… yo entonces sólo era un niño, con muchos pájaros en la cabeza, que soñaba con ser un héroe.
Mientras miraba como dabas de nuevo tus últimos pasos clavando la bota a la arena, eran profundas las huellas pues todo ese peso caía sobre tus hombros, y se metía hasta el fondo de tu conciencia.
El viento llegaba y recorría el pueblo con su cuerpo, sin reposarlo siquiera, dejando que la arena enterrara en el olvido tantas leyendas, como tumbas sin marca ni huella. Yo miraba la escena a salvo, detrás de un pequeño y reciente agüjero de bala, que había en la pared de la posada. Tenía que ponerme de puntillas, estirando bien el cuerpo, como si estuviera tumbado, clavándome las astillas, pero no me importaba, aquella era mi ventana al mundo para contemplar el que yo creía mi futuro.
Y mientras Caronte esperaba, miraste al otro a los ojos, como antes, otras veces, habías mirado a otros muchos. Pasó una eternidad en un instante cómo si ambos en ese momento pensarais en lo más importante. Unos metros os separaban, los dos a veinte pasos y a una bala de la muerte. Un escalofrío. ¡Supongo que nunca pensaste en las veces que recorriste el camino de arena y lo convertirte en sangre! En aquel momento, los revólveres salieron rápidos de las fundas, al contacto con los dedos. Como si fuesen buitres carroñeros que volaban en busca de la muerte, disparando balas como graznidos, que cortaron el viento, y que me robaron el aliento, apuñalando mi oído. Olor a pólvora y gritos.
Me dolían los pies, me dolían los dedos de estar de puntillas. Sentí un calambre en mis piernas. Y cuando vi, cuando vi que tu cuerpo caía desplomado, salí corriendo hacia tí, pensando que morirías en mis brazos ¡En los brazos de un muchacho desconocido, que tanto te había admirado!
Pero al llegar a tu lado, con mi corazón en los puños, comprobé que tu herida no era profunda, y que en ella no cabía aún tu vida, ni mi llanto. Y al mirar, al mirar al otro le ví tendido en un charco de sangre y arena, y supe que el villano había caído por tus manos.
- ¿Está bien, señor?- y me sonreíste al levantarte. Me alborotaste el pelo sucio, cubierto de tierra, y con tu voz grave me dijiste:
- Apártate de mi camino, pequeño.- y pusiste una moneda de oro en mi mano- Odiame a mí, y odia todo lo mío. Soy sólo un bandido.- y te alejaste aún herido, desvaneciéndote de nuevo en el polvo del que habías aparecido, dejando todas esas huérfanas huellas, que muy pronto serian tapadas por el viento y la arena.
Unas gotas de sangre unidas al polvo, atestiguaban lo que allí había ocurrido. Sangre tuya, sangre de aquel al que segaste la vida manchaban el camino. Y una mancha roja arropaba en silencio la moneda, que parecía susurrarme aquellas palabras, que entonces, me dije para dentro “un día seré un héroe, como tú”.
Pero los años cabalgan por caminos inciertos, separándose de los sueños. Y aquel día resultó que no sólo mataste a ese cobarde, sino que por cada ojo escondido que había contemplado aquella hazaña, dejaste un rastro de sangre por camino, que multiplicó al bandido que yacía muerto y semienterrado por el viento, que lo multiplicó por cada estrella suspendida, que tiritaba en el cielo. ¿Qué es verdad, lo que fue o lo que se recuerda? ¿Cuántos bandidos murieron aquel día? “Una gesta inigualable”, dirían.
¿Y en cuántos lugares ocurrió lo mismo? ¿A cuántos niños compraste? Compraste tu mito, con tus balas y tus monedas. ¿No debería caer todo esto, del lado de bueno de la balanza? Deberían recibirte con un aplauso en el estrado, en lugar de con una soga en el cadalso. Dímelo tú, bandido. Dime a cuantos salvaste la vida aquellos días furiosos.
Todas esos rostros hechos de arena, que se confunden en el horizonte. Todas esas huellas, que ni el tiempo, ni el viento han borrado.Todos esa sangre que derramaste al cortar sus venas. Todas esas palabras que llegan a mis oídos.
Miro tus ojos brillantes, y aún en el fondo, me parece que no eres como los otros, que eres un hombre bueno. Por qué si no, nadie se atrevió a cobrar la recompensa hasta ahora, que los tiempos han cambiado tanto, que son tan distintos… Estos tiempos en los que no hace falta pronunciar tu nombre.
El tiempo no ha borrado el rojo de tu sangre en la moneda. Ese rojo que me quema en el bolsillo, esta moneda que me pesa tanto que cuando mañana con la luz del alba tus pecados cuelguen de un hilo para ser medidos y pesados, antes de enterrarlos en el polvo, tal vez mi estrella plateada y mi moneda pesarán más que tus pecados.
Y tus ojos oscuros como dos balas, entre una nube de arena me perseguirán y serán mi condena. Te unirás a las sombras que te rodean y a la tormenta de arena, que hace tanto tiempo ya enterró todos mis sueños.
Vete lejos de mí. Vete y déjame con mi cobardía. Pero si me miras, perdóname. Perdóname, por no encontrar dentro de mí el valor para ser, un bandido como tú.
M.S.