Muñecas y coches, niños y niñas

“Tú es que lo exageras todo”, “todo para ti es machismo”, “eres muy radical”, “no todo es así, hay cosas que no se pueden cambiar”.
“Te digo yo que algo hay ahí que es innato, porque a mí mi hija, aunque en casa hay coches y muñecas y yo les he enseñado a los dos a compartir juguetes, me pide muñecas. A ella le gusta jugar con barbies y juguetes de niña, eso tiene que ser innato”.

Esta última frase es real y me la dijo el otro día una madre. Me da que pensar, esta y todas las anteriores, así como similares. Y es que, una vez te pones las llamadas ‘gafas moradas’, no puedes evitar verlo todo con ese filtro. No juzgo a esos pobre ignorantes (sin ofender a nadie) que no observan, no miran, no quieren ser conscientes de la realidad, viven cómodamente en su mundo, en la vida que les ha otorgado sus privilegios de hombre blanco heterosexual.
No, no señores, el machismo no es innato, los roles de género no se gestan en la barriga de nuestras mamis, la violencia tampoco y mucho menos la distinción entre juguetes de niños y de niñas.

Eso, queridos míos (y sé que estáis hartos de escucharlo), se llama EDUCACIÓN. Si, con mayúsculas. La tradición, la historia y la educación que aún se sigue impartiendo (muchas veces de manera inconsciente) refuerza el comportamiento sexista que, desde pequeños, adoptamos.
“Los niños son fuertes y las niñas empáticas y lloronas”, “los niños azul y las niñas rosa”, “las niñas muñecas y los niños coches, armas, guerreros…”. Estos ejemplos, entre muchos otros, reflejan contra lo que durante tanto tiempo llevamos intentado luchar.

Sin embargo, y para no ser tan negativos, la solución es muy sencilla: eliminar esos roles y comportamientos desde pequeños. Y ya se que me vais a decir que eso es muy difícil, que no se puede cambiar una generación tan fácilmente, que además los padres y abuelos que educan no tienen esos comportamientos adoptados y no los van a cambiar, bla bla bla… Se puede hacer, y se está haciendo.
Solo os pido, si vais a tener hijos e hijas, intentad explicarles que la igualdad de género, el respeto y la no violencia son valores esenciales para convivir en una sociedad como la nuestra.

Muñecas y coches, niños y niñas

“Tú es que lo exageras todo”, “todo para ti es machismo”, “eres muy radical”, “no todo es así, hay cosas que no se pueden cambiar”.
“Te digo yo que algo hay ahí que es innato, porque a mí mi hija, aunque en casa hay coches y muñecas y yo les he enseñado a los dos a compartir juguetes, me pide muñecas. A ella le gusta jugar con barbies y juguetes de niña, eso tiene que ser innato”.

Esta última frase es real y me la dijo el otro día una madre. Me da que pensar, esta y todas las anteriores, así como similares. Y es que, una vez te pones las llamadas ‘gafas moradas’, no puedes evitar verlo todo con ese filtro. No juzgo a esos pobre ignorantes (sin ofender a nadie) que no observan, no miran, no quieren ser conscientes de la realidad, viven cómodamente en su mundo, en la vida que les ha otorgado sus privilegios de hombre blanco homosexual.
No, no señores, el machismo no es innato, los roles de género no se gestan en la barriga de nuestras mamis, la violencia tampoco y mucho menos la distinción entre juguetes de niños y de niñas.

Eso, queridos míos (y sé que estáis hartos de escucharlo), se llama EDUCACIÓN. Si, con mayúsculas. La tradición, la historia y la educación que aún se sigue impartiendo (muchas veces de manera inconsciente) refuerza el comportamiento sexista que, desde pequeños, adoptamos.
“Los niños son fuertes y las niñas empáticas y lloronas”, “los niños azul y las niñas rosa”, “las niñas muñecas y los niños coches, armas, guerreros…”. Estos ejemplos, entre muchos otros, reflejan contra lo que durante tanto tiempo llevamos intentado luchar.

Sin embargo, y para no ser tan negativos, la solución es muy sencilla: eliminar esos roles y comportamientos desde pequeños. Y ya se que me vais a decir que eso es muy difícil, que no se puede cambiar una generación tan fácilmente, que además los padres y abuelos que educan no tienen esos comportamientos adoptados y no los vas a cambiar, bla bla bla… Se puede hacer, y se está haciendo.
Solo os pido, si vais a tener hijos e hijas, intentad explicarles que la igualdad de géneros, el respeto y la no violencia son valores esenciales para convivir en una sociedad como la nuestra.

Muñecas y coches, niños y niñas

“Tú es que lo exageras todo”, “todo para ti es machismo”, “eres muy radical”, “no todo es así, hay cosas que no se pueden cambiar”.
“Te digo yo que algo hay ahí que es innato, porque a mí mi hija, aunque en casa hay coches y muñecas y yo les he enseñado a los dos a compartir juguetes, me pide muñecas. A ella le gusta jugar con barbies y juguetes de niña, eso tiene que ser innato”.

Esta última frase es real y me la dijo el otro día una madre. Me da que pensar, esta y todas las anteriores, así como similares. Y es que, una vez te pones las llamadas ‘gafas moradas’, no puedes evitar verlo todo con ese filtro. No juzgo a esos pobre ignorantes (sin ofender a nadie) que no observan, no miran, no quieren ser conscientes de la realidad, viven cómodamente en su mundo, en la vida que les ha otorgado sus privilegios de hombre blanco homosexual.
No, no señores, el machismo no es innato, los roles de género no se gestan en la barriga de nuestras mamis, la violencia tampoco y mucho menos la distinción entre juguetes de niños y de niñas.

Eso, queridos míos (y sé que estáis hartos de escucharlo), se llama EDUCACIÓN. Si, con mayúsculas. La tradición, la historia y la educación que aún se sigue impartiendo (muchas veces de manera inconsciente) refuerza el comportamiento sexista que, desde pequeños, adoptamos.
“Los niños son fuertes y las niñas empáticas y lloronas”, “los niños azul y las niñas rosa”, “las niñas muñecas y los niños coches, armas, guerreros…”. Estos ejemplos, entre muchos otros, reflejan contra lo que durante tanto tiempo llevamos intentado luchar.

Sin embargo, y para no ser tan negativos, la solución es muy sencilla: eliminar esos roles y comportamientos desde pequeños. Y ya se que me vais a decir que eso es muy difícil, que no se puede cambiar una generación tan fácilmente, que además los padres y abuelos que educan no tienen esos comportamientos adoptados y no los van a cambiar, bla bla bla… Se puede hacer, y se está haciendo.
Solo os pido, si vais a tener hijos e hijas, intentad explicarles que la igualdad de género, el respeto y la no violencia son valores esenciales para convivir en una sociedad como la nuestra.

“Guía de comunicación no sexista”

Instituto Cervantes, Guía de Comunicación no sexista. Primera edición, talleres gráficos de Top Printer Plus, S.L.L (Móstoles, Madrid): Editorial Aguilar, Santillana Ediciones Generales, S.L., 2011. 260 páginas, ISBN: 978-84-03-10203-3.

La Guía de Comunicación no Sexista ha sido escrita por el Instituto Cervantes, una institución pública creada por España en 1991 para la enseñanza y promoción de la lengua española, así como para la difusión de la cultura hispanoamericana y española. Hay centros de la institución por los cinco continentes, algunas de sus sedes se encuentran en Madrid y en el lugar de nacimiento de Miguel de Cervantes, Alcalá de Henares.

Como su propio nombre indica, este libro es una guía que presenta alternativas dentro de nuestro lenguaje para una comunicación que no sea sexista. Como guía, no tiene ningún hilo argumental, de hecho, se puede saltar de capítulo según el que más interese. Su objetivo principal es aconsejar sobre diferentes alternativas para que la comunicación no apoye la sociedad sexista que aún no se ha resuelto. El Instituto Cervantes sostiene que el lenguaje es reflejo de la sociedad que habitamos, por ello, crea esta guía para que se empiecen a utilizar otros recursos a los comunes y de esa manera avanzar hacia una sociedad no sexista. Además, este libro da otras alternativas distintas a, por ejemplo, el desdoblamiento o la barra inclinada, que son los más utilizados por los preocupados por una sociedad no sexista, pero no siempre los más adecuados al contexto.

El libro cuenta con cuatro partes en las que explica las distintas posibilidades de comunicación al referirse a un conjunto de personas formado por hombres y mujeres en los diferentes niveles del lenguaje. La primera parte, “género y sexismo lingüístico en el nivel gramatical”, aporta en primer lugar las características teóricas del genérico en castellano, así como explica el uso del masculino genérico, cuándo es normativo utilizarlo y cuándo se puede omitir. Lo más interesante de esta primera parte es ver cómo no siempre el masculino genérico hace una distinción sexista entre géneros y cómo, cuando si sucede, se puede evitar usando otras alternativas como el desdoblamiento, pronombres relativos que no presentan cambios de género o incluso cambiar el orden de las palabras dándole prioridad al femenino. Para concluir, en esta primera parte hace especial referencia a la importancia de la concordancia del artículo, sin bien es posible la reducción del mismo, es conveniente prestar atención a esa concordancia.
En la segunda parte, “género y sexismo en el nivel léxico-semántico”, da alternativas a aquellos términos que, por tradición, tienen su genérico en masculino como el genérico “hombre” o ciertas profesiones. Como una alternativa posible, destaca la utilización de sustantivos colectivos o abstractos. Es importante prestar atención a esta parte, explica el Instituto Cervantes que, a o largo de la historia, es cierto que algunas profesiones eran llevadas a cabo casi exclusivamente por hombres y que, hasta hace más bien poco tiempo, muchas de ellas no eran realizadas por mujeres y al revés. Algunas de estas profesiones pueden ser “médico”, “azafata”, “concejal”, etc. Aquí explica la feminización del término masculino, así como la masculinización del sustantivo femenino. Sostiene que se deben utilizar términos como “médica”, “azafato” o, incluso, “matrón” ya que la nuestra es una lengua viva y, como tal, poco a poco nosotros mismos hacemos la lengua y se van estandarizando términos según evolucionamos, por ello que el lenguaje sea reflejo de la sociedad en la que habitamos. No obstante, en esta parte también incluye aquellos sustantivos comunes en cuanto al género como los compuestos o los que aluden a la persona que toca un instrumento, para estos sostiene que se debe utilizar el articulo correspondiente al género de la persona a la que se refiere. Para terminar, a lo largo de esta parte el libro hace notar que, algunos términos que son posibles de emplear, la Academia de la Lengua no los ha aceptado aún, lo que hace más evidente que la lengua no es solo una norma escrita sobre el papel, sino un instrumento que las personas utilizan para comunicarse y que, como tal, debe reflejar las necesidades de las mismas.
La tercera parte, “género y sexismo en el discurso”, está dedicada a todas las alternativas posibles para hacer de un discurso, sea del ámbito que sea, un texto sin evidencias de sexismo. En primer lugar comenta los diferentes fenómenos dentro del discurso que pueden ser sexistas, aquí hace hincapié en que “el sexismo no está en el lenguaje, sino en la persona” (pág. 111) , es decir, el castellano tiene recursos suficientes para que la comunicación no sea sexista y que, si no se utilizan, es por voluntad propia o desconocimiento. Continúa con una serie de criterios para la naturalidad del discurso y, sobre todo, la coherencia del mismo. Es en esta parte donde más destaca la pertinencia o no del desdoblamiento (dependiendo del contexto y de la longitud del mensaje) y las varias alternativas que existen al masculino genérico. Por último, considera realmente importante los distintos ámbitos del discurso y las diferentes recomendaciones para cada uno. Por ejemplo, en el ámbito de la educación es importante realizar una comunicación no sexista tanto en el material didáctico como en el discurso del profesorado, ya que, el principio para conseguir, tanto una sociedad como una comunicación no sexistas, reside en la educación. De la misma manera, proporciona recomendaciones para un buen discurso en el ámbito de los actos sociales públicos, algo muy actual por todos los discursos de políticos que se escuchan casi diariamente. Es interesante en esta parte cómo, para hacer evidente en qué consiste un buen discurso no sexista, incluye ejemplos de discursos reales que realizaron importantes personajes de nuestra sociedad.
En la cuarta y última parte, “género y sexismo a través de la imagen”, se explica que la comunicación abarca más allá de la gramática, la sintaxis, los discursos orales y escritos, etc. También se da comunicación y también puede ser sexista a través de la imagen, por ello dedica esta parte a una serie de estrategias para un trato más igualitario. Primero destaca la importancia de que exista una conexión entre lenguaje e imagen, entre mensaje verbal y no verbal y que, ambos, reflejen una igualdad entre los personajes que aparezcan. Así mismo dedica un capítulo a los estereotipos y roles, destacando la necesidad de un trato igualitario en el ámbito social y profesional, académico y educativo, así como, sobre todo, en la publicidad. Gran parte de la comunicación sexista viene dada por la cantidad de anuncios que se proyectan, por ello, el Instituto Cervantes considera que es más que necesario que aquí se proporcione un trato igualitario entre productos y personajes de los anuncios, evitando unos estereotipos y roles que han perseguido a la sociedad a lo largo de su historia.
Para terminar, me ha resultado interesante como, al final del libro, incluyen un anexo con un listado de oficios, profesiones y cargos relacionados con todo tipo de ámbitos, reflejando los posibles términos en masculino y femenino de los mismos, por ejemplo “música-músico”, “sastre-sastra”, “abad-abadesa”, “edil-edila”, etc.

Lo más interesante de esta guía es que, a partir de la propia lengua, proporciona un gran número de alternativas. Es decir, afirma que no es necesario inventarse nuevas fórmulas para construir un lenguaje no sexista, sino que dentro del propio castellano existen distintos recursos que hacen posible la comunicación y el trato igualitario entre géneros. Pone el acento en temas como la importancia del contexto, de la concordancia entre artículo, sustantivo y adjetivo, la utilización correcta de las profesiones, la naturalidad a la hora de utilizar recursos no sexistas y la importancia de prestar un poco de atención a esas alternativas para colaborar en una comunicación más igualitaria. 
La defensa del castellano, de que el hablante hace a la lengua y no solo la habla y de que una comunicación no sexista es posible, son algunas de las características de esta guía. Es sencilla, está estructurada y puede ser útil en cualquier momento que se necesite consultar una situación o un contexto determinado y qué es posible utilizar en cada caso. Es un tema mucho más grande que solo el desdoblamiento o inventarse un genérico utilizando la “x” (todxs*), abarca una serie de recomendaciones más que suficientes para un lenguaje correcto e igualitario. Al ser una Institución que defiende y difunde la lengua castellana, no se sale de las normas de la misma, es decir, no propone soluciones incorrectas gramaticalmente e intenta hacer natural el uso de las que si lo son. También es cierto que, algunos de estos recursos que propone la guía, puedan resultar confusos, extraños o complicados de utilizar. Quizá esto sea tan solo por no estar acostumbrado a su uso, si desde pequeños enseñan a utilizar un masculino genérico y, por ejemplo, un uso generalizado de “hombre”, es más complicado a la hora de usar términos distintos (que no nuevos) para las mismas expresiones u oraciones.
Por todo ello considero que esta guía es muy útil, porque no solo atiende a la norma, sino que también proporciona un uso natural, teniendo en cuenta los distintos contextos y la evolución de la sociedad, de una comunicación no sexista. Prestar un poco más de atención a la hora de comunicarnos, utilizar un lenguaje no sexista, es solo el principio para conseguir una sociedad que trate de la misma manera a hombres y a mujeres.

No lo queremos ver

He llegado a la conclusión de que el egoísmo ha invadido nuestra sociedad. Vivimos felices en nuestra pequeña burbuja que abarca tan solo nuestros seres más cercanos. Mientras que esa burbuja no se dañe, nos da igual que, día tras día, la burbuja de otra persona se rompa.
Este intento de metáfora viene porque no acabo de entender qué es lo que tiene que pasar más para que veamos que no ha dejado de existir esa sociedad machista que hemos creado, ¿o es que no lo queremos ver?
Todos los días, sino en nuestra propia piel, en la de una amiga, prima, hermana… vemos como volvemos con miedo a casa de noche, somos juzgadas por nuestra forma de vestir, de pensar… Pasamos por alto cosas bajo frases como: “¿no queríais libertad de expresión? pues podrán deciros lo que quieran por la calle”, “vas muy fresca, tápate”, “si es que si vais provocando normal que os pasen cosas”, “si yo estoy a favor de la igualdad , pero no puedes negar que hombres y mujeres son diferentes”.
Y no es solo eso, no es que entres gratis en las discotecas solo por ser mujer o que los hombres te digan por la calle cuatro burradas, es lo que estamos enseñando a nuestros niños, a los más pequeños de las familias, esos que aprenden la mayor parte de las cosas por imitación.

El otro día salía de trabajar y, esperando un semáforo, alguien me dio un azote en el culo. Con toda mi rabia me giré para gritar al baboso, pero para mi sorpresa vi ante mis ojos a tres niños de unos diez años y uno de ellos que salía corriendo. Sin saber que decir, sin palabras, volví a girarme y entonces, otro azote. Ya muy enfadada me giré gritando y vi a los mismos niños que salían corriendo mientras me hacían burla.
No se muy bien explicaros qué es lo que pensé en ese momento, estaba completamente alucinada. Solo sentí que ya no solo tenía que estar pendiente de los hombres, sino también de los niños. Muchos diréis algo así como: “¡qué graciosos!”, “no te puedes enfadar, son niños nada más, no lo hacen con ninguna intención”.
Pero yo os planteo una pregunta, ¿os imagináis a una niña de diez años (o de los que sean) tocándole descaradamente el culo a un hombre por la calle, alguna vez os ha pasado, serían capaces?.
Si la respuesta es no, no se qué más tiene que pasar para que veáis la sociedad en la que vivimos. Vivir sin querer ver está muy bien, pero no dejemos que nuestros niños y niñas vivan todas las situaciones a las que nos enfrentamos nosotras, pero también vosotros, no lo olvidéis. El feminismo es para ellas y ellos.

No lo queremos ver

He llegado a la conclusión de que el egoísmo ha invadido nuestra sociedad. Vivimos felices en nuestra pequeña burbuja que abarca tan solo nuestros seres más cercanos. Mientras que esa burbuja no se dañe, nos da igual que, día tras día, la burbuja de otra persona se rompa.
Este intento de metáfora viene porque no acabo de entender qué más tiene que pasar para que veamos que no ha dejado de existir esa sociedad machista que hemos creado, ¿o es que no lo queremos ver?.
Todos los días, sino en nuestra propia piel, en la de una amiga, prima, hermana… vemos cómo volvemos con miedo a casa de noche, somos juzgadas por nuestra forma de vestir, de pensar… Pasamos por alto situaciones bajo frases como: “¿no queríais libertad de expresión? pues podrán decir lo que quieran por la calle”, “vas muy fresca, tápate”, “si es que si vais provocando normal que os pasen cosas”, “si yo estoy a favor de la igualdad , pero no puedes negar que hombres y mujeres son diferentes”.
Y no es solo eso, no es que entres gratis en las discotecas solo por ser mujer o que los hombres te digan por la calle cuatro burradas, es lo que estamos enseñando a nuestros niños, a los más pequeños de las familias, esos que aprenden la mayor parte de las cosas por imitación.

El otro día salía de trabajar y, esperando un semáforo, alguien me dio un azote en el culo. Con toda mi rabia me giré para gritar al baboso, pero para mi sorpresa vi ante mis ojos a tres niños de unos diez años y uno de ellos que salía corriendo. Sin saber que decir, sin palabras, volví a girarme y entonces, otro azote. Ya muy enfadada me giré gritando y vi a los mismos niños que salían corriendo mientras me hacían burla.
No se muy bien explicar qué es lo que pensé en ese momento, estaba completamente alucinada. Solo sentí que ya no solo tenía que estar pendiente de los hombres, sino también de los niños. Muchos diréis algo así como: “¡qué graciosos!”, “no te puedes enfadar, son niños nada más, no lo hacen con ninguna intención”.
Pero yo os planteo una pregunta, ¿os imagináis a una niña de diez años (o de los que sean) tocándole descaradamente el culo a un hombre por la calle, alguna vez os ha pasado, serían capaces?.
Si la respuesta es no, no se qué más tiene que pasar para que veáis la sociedad en la que vivimos. Vivir sin querer ver está muy bien, pero no dejemos que nuestros niños y niñas vivan todas las situaciones a las que nos enfrentamos nosotras, pero también vosotros, no lo olvidéis. El feminismo es para ellas y ellos.

Otra noche más.

5.30 de la madrugada, te despides de tus amigos, coges el tren.
Tan solo son dos o tres paradas hasta llegar a la tuya, escoges un asiento alejada de todo el mundo, nadie sospechoso delante, al lado, detrás. Te bajas del tren subiéndote la cremallera de la chaqueta y cruzando los brazos. Caminas, caminas hasta salir a la calle, es de noche, lógico. No hay gente, también lógico. Es el momento de sacar las llaves y colocártelas estratégicamente en el puño, bien cerrado, por si acaso. Caminas, caminas hasta aproximarte a tu calle, sin música, sin ruidos, alerta. Cada dos minutos giras la cabeza para asegurarte de que nadie te sigue, nadie delante, nadie detrás, nadie a los lados, caminas. Por tu cabeza pasan miles de situaciones y miles de noticas, las advertencias de tu madre y los miedos, miedos… El puño sigue bien cerrado empuñando las llaves como si fueran una arma letal, el bolso bien pegado al cuerpo, caminas deprisa, muy deprisa, casi corriendo. Miras a tu al rededor, estoy sola, no hay nadie, caminas, sujetas las llaves con fuerza, cruzas bien los brazos, la chaqueta bien cerrada. Abres la puerta. Entras rápido en el portal y te aseguras, dos veces, de que está bien cerrado.
Respiras. Otra noche más.

¡Viva la mujer que lucha!

¡Viva la mujer que lucha!
Ya no tuvo que levantar su puño morado al grito de: “¡Viva la mujer que lucha!” nunca más. Porque ya no caminaba con miedo por la calle, no se sentía encerrada a su lado, podía comprarle muñecas a su niño y camiones a su niña, podía elegir si tener hijos.
Nunca más tubo que luchar por la igualdad, porque nunca se rindió.

¡Viva la mujer que lucha!

¡Viva la mujer que lucha!
Ya no tuvo que levantar su puño morado al grito de: “¡Viva la mujer que lucha!” nunca más. Porque ya no caminaba con miedo por la calle, no se sentía encerrada a su lado, podía comprarle muñecas a su niño y camiones a su niña, podía elegir si tener hijos.
Nunca más tubo que luchar por la igualdad, porque nunca se rindió.

¡Viva la mujer que lucha!

Ya no tuvo que levantar su puño morado al grito de: “¡Viva la mujer que lucha!” nunca más. Porque ya no caminaba con miedo por la calle, no se sentía encerrada a su lado, podía comprarle muñecas a su niño y camiones a su niña, podía elegir si tener hijos.
Nunca más tubo que luchar por la igualdad, porque nunca se rindió.