UN DÍA DE PLAYA

Me gusta escuchar con los ojos cerrados el murmullo efervescente del mar contra la arena. La arena blanca, inundada por las sabanas de espuma que el mar tiende por encima, arropándola con su fuerte brazo, la cubre con fuerza con su manto mojado, y la destapa con delicadeza.
Suavemente, dejando la arena mojada y dura.
Me gusta abrir los ojos y ver como los rayos del sol cansados de irradiar su luz, se van apagando, después de un duro y cálido día de verano, recogidos en sacos rojos, que se confunden con las sombras de un mar quieto y dorado.
Me gusta sentarme aquí en la arena templada y dejarme llevar. A la deriva. Como si fuera una tabla, mecida por el agua. Como si fuera parte de un reloj de arena del que no cae nada. No transcurre ningún segundo. Nada.
La arena está en calma. Sólo pequeñas olas de arena blanca parecen ser movidas por la brisa y crean dulcemente, como caricias, dunas en la playa. Pequeños colchones blancos en los que tumbarse para ver cómo el mar se mueve, y cambia, olvidando sus formas.
Eso es lo que me gusta a mí. Olvidarme del mundo. Olvidarme de todo. Menos de ti, que apareces con tu sonrisa inundándolo todo. En mi vida, todo cambia menos tú, que aún pudiendo cambiar, permaneces inmutable.
Me gusta cuando escucho a lo lejos las risas infantiles. Cómo se mezclan y se superponen cómo las olas sobre la arena. Una sobre otra. Me llegan palabras sueltas. Niños que juegan con un balón, de esos que en verano regalan con las cremas de protección solar, y con los cereales.
Las palabras que vienen y van. La arena se agita insistentemente, y choca contra mi piel. Las palabras, los segundos, las olas, los murmullos… me siento tan relajada que me tumbaría eternamente a dormir aquí en la playa. Sintiendo el roce de la arena en mis manos.
¡Cómo me gusta! Suave y áspera al mismo tiempo. Todavía noto cierta calidez. Como si pudiera infundírsele aún aliento. Cómo si el final del día fuera reversible.
Me gusta hacer montoncitos de arena con mis manos, evocando los castillos que hacía de niña, y que fueron derribados. Reviviendo las historias que inventaba, y que arrastró el viento. Mezcla de palabras y arena, ¡se las llevó tan lejos…!
Miro a mí alrededor y busco con la mirada un castillo abandonado al atardecer por su rey o por su reina. Y pienso en las pequeñas manos que lo han construido. Y pienso en todos esos castillos que edifiqué de niña, perdidos. Desvanecidos. Y en todos esos sueños, rotos, que volaron en pedazos, para formar pequeños sueños nuevos que poco a poco, se fueron amontonando, formando también dunas.
Y pienso que todo es finito, y a la vez, infinito. Esos momentos ya pasados y sin embargo en mi memoria aun tan vivos.
Ese castillo abandonado en la playa, tal vez añorado por un niño desde su casa. O tal vez ya olvidado.
Me gusta ver como las nubes crean formas en el cielo. Caprichosas nubes que cambian como mis pensamientos…Cómo la arena que se mueve. Como el mar, que parece despertarse de su sueño, y me arrastra junto a mis pensamientos, mar adentro.
Me gusta, me gusta tanto, estar aquí perdida. Lejos del mundo. Me gusta que el mar arrastre todo lo demás. Que erosione con sus olas lo que no importa. Me gusta pensar en ti.

No me gusta que las nubes a lo lejos parezcan firmar un pacto de sombras. No me gusta que se junten y parezcan soplar más fuertemente el aire, como si fueran partícipes de una conjura. ¿Discuten las nubes en su desesperación, o en su locura? siempre cambiantes. Miles de formas, de personalidades.
No me gusta que el viento libere mis cosas como si fueran gaviotas y que vuelen, vuelen lejos de mí por toda la playa.
No me gusta que los niños corran tras el balón, ahora codiciado por el viento y con el mar llamándole a lo lejos. No me gusta comprobar que las sabanas de espuma blanca se convierten en gigantes que arrasan la playa, y la van consumiendo, convirtiendo en oscuridad con su estela, ese mar azul cristalino, en el que los cuerpos sumergidos de bañistas tardíos, hace tan solo un momento brillaban como antorchas.
No me gusta que al correr cerca de mí tras el balón, los niños levanten más la arena, formen remolinos a lo lejos, y con sus pies descalzos destrocen el castillo, construido con ahínco y duro trabajo por algún otro niño. ¡Tantos sueños que no se verán cumplidos!
No me gusta. No me gusta escuchar un grito. No me gusta que los niños lloren, entristecidos. No me gusta recoger mis cosas, perdidas por toda la playa, recomponerme y volver a casa.
No me gusta colocar el reloj en su sitio, y ver como cae la arena al fin, al tiempo que la tormenta comienza y desploma la lluvia intensa de verano sobre mí.
No me gusta darme cuenta de que tengo todo el cuerpo pegajoso por la crema, y lleno de arena. No me gusta volver a la realidad, y terminar así un día de playa.
Pero al menos, me gusta pensar que a cada paso que de, estaré más cerca de ti, y no tendré que evocarte porque estarás a mi lado, junto a mí.
Y poco a poco, me gustará volver a la realidad, y al mismo tiempo volverá todo lo demás, como escupido por las olas del mar.

Y sé que no me gustará que al verme llegar empapada y pegajosa, desde tu refugio pulcro y seco, muevas la cabeza a ambos lados, y le digas como un susurro al viento:
- ¿Ves? Por eso no me gusta la playa.

 

M.S. (2009)

 

UN DÍA DE PLAYA

Me gusta escuchar con los ojos cerrados el murmullo efervescente del mar contra la arena. La arena blanca, inundada por las sabanas de espuma que el mar tiende por encima, arropándola con su fuerte brazo, la cubre con fuerza con su manto mojado, y la destapa con delicadeza.
Suavemente, dejando la arena mojada y dura.
Me gusta abrir los ojos y ver como los rayos del sol cansados de irradiar su luz, se van apagando, después de un duro y cálido día de verano, recogidos en sacos rojos, que se confunden con las sombras de un mar quieto y dorado.
Me gusta sentarme aquí en la arena templada y dejarme llevar. A la deriva. Como si fuera una tabla, mecida por el agua. Como si fuera parte de un reloj de arena del que no cae nada. No transcurre ningún segundo. Nada.
La arena está en calma. Sólo pequeñas olas de arena blanca parecen ser movidas por la brisa y crean dulcemente, como caricias, dunas en la playa. Pequeños colchones blancos en los que tumbarse para ver cómo el mar se mueve, y cambia, olvidando sus formas.
Eso es lo que me gusta a mí. Olvidarme del mundo. Olvidarme de todo. Menos de ti, que apareces con tu sonrisa inundándolo todo. En mi vida, todo cambia menos tú, que aún pudiendo cambiar, permaneces inmutable.
Me gusta cuando escucho a lo lejos las risas infantiles. Cómo se mezclan y se superponen cómo las olas sobre la arena. Una sobre otra. Me llegan palabras sueltas. Niños que juegan con un balón, de esos que en verano regalan con las cremas de protección solar, y con los cereales.
Las palabras que vienen y van. La arena se agita insistentemente, y choca contra mi piel. Las palabras, los segundos, las olas, los murmullos… me siento tan relajada que me tumbaría eternamente a dormir aquí en la playa. Sintiendo el roce de la arena en mis manos.
¡Cómo me gusta! Suave y áspera al mismo tiempo. Todavía noto cierta calidez. Como si pudiera infundírsele aún aliento. Cómo si el final del día fuera reversible.
Me gusta hacer montoncitos de arena con mis manos, evocando los castillos que hacía de niña, y que fueron derribados. Reviviendo las historias que inventaba, y que arrastró el viento. Mezcla de palabras y arena, ¡se las llevó tan lejos…!
Miro a mí alrededor y busco con la mirada un castillo abandonado al atardecer por su rey o por su reina. Y pienso en las pequeñas manos que lo han construido. Y pienso en todos esos castillos que edifiqué de niña, perdidos. Desvanecidos. Y en todos esos sueños, rotos, que volaron en pedazos, para formar pequeños sueños nuevos que poco a poco, se fueron amontonando, formando también dunas.
Y pienso que todo es finito, y a la vez, infinito. Esos momentos ya pasados y sin embargo en mi memoria aun tan vivos.
Ese castillo abandonado en la playa, tal vez añorado por un niño desde su casa. O tal vez ya olvidado.
Me gusta ver como las nubes crean formas en el cielo. Caprichosas nubes que cambian como mis pensamientos…Cómo la arena que se mueve. Como el mar, que parece despertarse de su sueño, y me arrastra junto a mis pensamientos, mar adentro.
Me gusta, me gusta tanto, estar aquí perdida. Lejos del mundo. Me gusta que el mar arrastre todo lo demás. Que erosione con sus olas lo que no importa. Me gusta pensar en ti.

No me gusta que las nubes a lo lejos parezcan firmar un pacto de sombras. No me gusta que se junten y parezcan soplar más fuertemente el aire, como si fueran partícipes de una conjura. ¿Discuten las nubes en su desesperación, o en su locura? siempre cambiantes. Miles de formas, de personalidades.
No me gusta que el viento libere mis cosas como si fueran gaviotas y que vuelen, vuelen lejos de mí por toda la playa.
No me gusta que los niños corran tras el balón, ahora codiciado por el viento y con el mar llamándole a lo lejos. No me gusta comprobar que las sabanas de espuma blanca se convierten en gigantes que arrasan la playa, y la van consumiendo, convirtiendo en oscuridad con su estela, ese mar azul cristalino, en el que los cuerpos sumergidos de bañistas tardíos, hace tan solo un momento brillaban como antorchas.
No me gusta que al correr cerca de mí tras el balón, los niños levanten más la arena, formen remolinos a lo lejos, y con sus pies descalzos destrocen el castillo, construido con ahínco y duro trabajo por algún otro niño. ¡Tantos sueños que no se verán cumplidos!
No me gusta. No me gusta escuchar un grito. No me gusta que los niños lloren, entristecidos. No me gusta recoger mis cosas, perdidas por toda la playa, recomponerme y volver a casa.
No me gusta colocar el reloj en su sitio, y ver como cae la arena al fin, al tiempo que la tormenta comienza y desploma la lluvia intensa de verano sobre mí.
No me gusta darme cuenta de que tengo todo el cuerpo pegajoso por la crema, y lleno de arena. No me gusta volver a la realidad, y terminar así un día de playa.
Pero al menos, me gusta pensar que a cada paso que de, estaré más cerca de ti, y no tendré que evocarte porque estarás a mi lado, junto a mí.
Y poco a poco, me gustará volver a la realidad, y al mismo tiempo volverá todo lo demás, como escupido por las olas del mar.

Y sé que no me gustará que al verme llegar empapada y pegajosa, desde tu refugio pulcro y seco, muevas la cabeza a ambos lados, y le digas como un susurro al viento:
- ¿Ves? Por eso no me gusta la playa.

 

M.S.

 

UN DÍA DE PLAYA

Me gusta escuchar con los ojos cerrados el murmullo efervescente del mar contra la arena. La arena blanca, inundada por las sabanas de espuma que el mar tiende por encima, arropándola con su fuerte brazo, la cubre con fuerza con su manto mojado, y la destapa con delicadeza.
Suavemente, dejando la arena mojada y dura.
Me gusta abrir los ojos y ver como los rayos del sol cansados de irradiar su luz, se van apagando, después de un duro y cálido día de verano, recogidos en sacos rojos, que se confunden con las sombras de un mar quieto y dorado.
Me gusta sentarme aquí en la arena templada y dejarme llevar. A la deriva. Como si fuera una tabla, mecida por el agua. Como si fuera parte de un reloj de arena del que no cae nada. No transcurre ningún segundo. Nada.
La arena está en calma. Sólo pequeñas olas de arena blanca parecen ser movidas por la brisa y crean dulcemente, como caricias, dunas en la playa. Pequeños colchones blancos en los que tumbarse para ver cómo el mar se mueve, y cambia, olvidando sus formas.
Eso es lo que me gusta a mí. Olvidarme del mundo. Olvidarme de todo. Menos de ti, que apareces con tu sonrisa inundándolo todo. En mi vida, todo cambia menos tú, que aún pudiendo cambiar, permaneces inmutable.
Me gusta cuando escucho a lo lejos las risas infantiles. Cómo se mezclan y se superponen cómo las olas sobre la arena. Una sobre otra. Me llegan palabras sueltas. Niños que juegan con un balón, de esos que en verano regalan con las cremas de protección solar, y con los cereales.
Las palabras que vienen y van. La arena se agita insistentemente, y choca contra mi piel. Las palabras, los segundos, las olas, los murmullos… me siento tan relajada que me tumbaría eternamente a dormir aquí en la playa. Sintiendo el roce de la arena en mis manos.
¡Cómo me gusta! Suave y áspera al mismo tiempo. Todavía noto cierta calidez. Como si pudiera infundírsele aún aliento. Cómo si el final del día fuera reversible.
Me gusta hacer montoncitos de arena con mis manos, evocando los castillos que hacía de niña, y que fueron derribados. Reviviendo las historias que inventaba, y que arrastró el viento. Mezcla de palabras y arena, ¡se las llevó tan lejos…!
Miro a mí alrededor y busco con la mirada un castillo abandonado al atardecer por su rey o por su reina. Y pienso en las pequeñas manos que lo han construido. Y pienso en todos esos castillos que edifiqué de niña, perdidos. Desvanecidos. Y en todos esos sueños, rotos, que volaron en pedazos, para formar pequeños sueños nuevos que poco a poco, se fueron amontonando, formando también dunas.
Y pienso que todo es finito, y a la vez, infinito. Esos momentos ya pasados y sin embargo en mi memoria aun tan vivos.
Ese castillo abandonado en la playa, tal vez añorado por un niño desde su casa. O tal vez ya olvidado.
Me gusta ver como las nubes crean formas en el cielo. Caprichosas nubes que cambian como mis pensamientos…Cómo la arena que se mueve. Como el mar, que parece despertarse de su sueño, y me arrastra junto a mis pensamientos, mar adentro.
Me gusta, me gusta tanto, estar aquí perdida. Lejos del mundo. Me gusta que el mar arrastre todo lo demás. Que erosione con sus olas lo que no importa. Me gusta pensar en ti.

No me gusta que las nubes a lo lejos parezcan firmar un pacto de sombras. No me gusta que se junten y parezcan soplar más fuertemente el aire, como si fueran partícipes de una conjura. ¿Discuten las nubes en su desesperación, o en su locura? siempre cambiantes. Miles de formas, de personalidades.
No me gusta que el viento libere mis cosas como si fueran gaviotas y que vuelen, vuelen lejos de mí por toda la playa.
No me gusta que los niños corran tras el balón, ahora codiciado por el viento y con el mar llamándole a lo lejos. No me gusta comprobar que las sabanas de espuma blanca se convierten en gigantes que arrasan la playa, y la van consumiendo, convirtiendo en oscuridad con su estela, ese mar azul cristalino, en el que los cuerpos sumergidos de bañistas tardíos, hace tan solo un momento brillaban como antorchas.
No me gusta que al correr cerca de mí tras el balón, los niños levanten más la arena, formen remolinos a lo lejos, y con sus pies descalzos destrocen el castillo, construido con ahínco y duro trabajo por algún otro niño. ¡Tantos sueños que no se verán cumplidos!
No me gusta. No me gusta escuchar un grito. No me gusta que los niños lloren, entristecidos. No me gusta recoger mis cosas, perdidas por toda la playa, recomponerme y volver a casa.
No me gusta colocar el reloj en su sitio, y ver como cae la arena al fin, al tiempo que la tormenta comienza y desploma la lluvia intensa de verano sobre mí.
No me gusta darme cuenta de que tengo todo el cuerpo pegajoso por la crema, y lleno de arena. No me gusta volver a la realidad, y terminar así un día de playa.
Pero al menos, me gusta pensar que a cada paso que de, estaré más cerca de ti, y no tendré que evocarte porque estarás a mi lado, junto a mí.
Y poco a poco, me gustará volver a la realidad, y al mismo tiempo volverá todo lo demás, como escupido por las olas del mar.

Y sé que no me gustará que al verme llegar empapada y pegajosa, desde tu refugio pulcro y seco, muevas la cabeza a ambos lados, y le digas como un susurro al viento:
- ¿Ves? Por eso no me gusta la playa.

 

M.S.