LA ISLA
Pensaba que estaba muerto, pero por alguna razón respiro. Cierro los ojos, y al hacerlo, la luz del sol ilumina como una antorcha la cueva de mis recuerdos y aún con los párpados cerrados, veo otra vez a esos seres plateados descendiendo en mitad de las ruinas de la ciudad de Memphis, como pequeñas estrellas, como luces aladas, como luciérnagas en medio de las tinieblas.
Prefiero abrir los ojos cansados y ver como las suaves olas cristalinas rompen eternamente una sobre otra, mojando la arena blanca, sin llegar nunca a tocarse. Perpetuamente solitarias y anhelantes.
Las palmeras, retorcidas, la fresca brisa marina agitando el rostro. Aquello que hubiéramos llamados paraíso. Pero, qué es un paraíso si no existen ojos que puedan contemplarlo. Todo ha quedado vacío de significado. Todo ha quedado perdido.
Recuerdo a John Donne, “nadie es una isla, completo en sí mismo”. Pero yo soy una isla. Yo soy todo. Creo que no queda nadie en el mundo más que yo. Por eso algo en mi interior se agita cuando descubro una cabaña escondida bajo algunas grandes ramas. ¿Es que no estoy solo, o serán restos de alguien muerto?
Pero al entrar en ella, en esa madera podrida y desvencijada, comprendo. Si esto puede ser comprendido de alguna manera. Una cama, un escritorio, fotos, cuadernos. Un dormitorio, pero no uno cualquiera. Me estremezco al descubrir un dormitorio gemelo al mío de Memphis, pero como si lo viéramos a través de un espejo. No, no pueden ser los mismos muebles, me digo, volaron despedazados por esos seres extraños que despues de destruir todo, salieron huyendo.
Tal vez igual que todo esto, la isla sea una ilusión. Tal vez todo haya volado. Todas las partículas flotando en un universo de nuevo reunificado. Tal vez yo haya volado, o ya no sea yo, o esté yo también muerto. Me llevo las manos al rostro y toco los surcos en mi cara, y noto como me pincha mi barba blanca. Puede que yo sea real después de todo.
Sólo veo una cosa que no es mía en aquella habitación, entre todas mis cosas, copiadas de mi mundo, una carta. Una carta escrita con extraña caligrafía.
La cojo entre mis dedos temblorosos. Siento el sudor que cae por mi cuello mojándome la camisa.
“Si quieres vivir, debes escribir un cuento de ciencia ficción”, leo. Ese es el mensaje, así que es eso. ¿Qué ciencia ficción puede haber superior a esto? Indultado por mis mediocres escritos. “!Tan poderosos como para devastar el mundo, y con tan mal gusto!”, pienso. Ojalá mi editor estuviese vivo y pudiera verlo.
“Tal vez se vieron reflejados en mis cuentos…”. No importa. La única rebelión posible es no escribir para ellos. No escribiré para ellos. Qué importa vivir o morir si se ha perdido todo. Y aunque no quisiera rebelarme creo que el miedo mataaría mis palabras antes de poder escribirlas.
Lo intento en la arena. Escribo sobre ella porque mis palabras se las lleva el mar, y ellos no pueden leerlas. La arena es blanca y fina, el agua traslúcida. Lo único que me queda es mi viejo cuerpo y mis recuerdos. Mis pies se hunden en la arena como mis pensamientos. Y al levantarlos, las huellas se llenan de agua. Pienso en mi vida. En mi vida de ermitaño en Memphis, y los recuerdos se clavan hasta el fondo, y se van desvaneciendo, como las huellas.
“Deberías relacionarte más con la gente, no sólo con tu libreta”, me dijo tantas veces Nora antes de irse.
- Si pudieras verme ahora Nora. Con mi libreta en mis rodillas. Los dos solos, tal y como creías que todo acabaría.
Y escribo sobre la arena con el dedo, porque eso no pueden quitármelo ellos. “Deberías, deberías”, ¿no es eso la vida? una sucesión de deberías. Todavía escucho una voz que me dice que debería salvar la vida.
Al caminar por la playa, un breve resplandor me ciega los ojos. Como si el sol al atardecer me guiñara un ojo desde la arena de la playa, infundiéndome ánimo. Siempre hay un camino, y una esperanza, me digo y me acerco. Es una botella, con algo dentro. La toco con el zapato y limpio la arena con mis manos. Noto como la arena se mete bajo mis uñas.
Dentro hay una carta ¿Es que hay vida más allá de esta isla? ¡Tantas veces pregunté lo mismo, mirando las estrellas…!
Miro la carta, y paso por sus palabras sin comprender nada. Está escrita en japonés. Firmada por una tal Hiraki Noto. Es inútil, nunca aprendí japonés.
Pero no importa. Esto quiere decir que no estoy solo, como creía. Hay otras personas aisladas del mundo. De un mundo que ya no existe, y tal vez tan perdidas como yo. “Debes escribir un cuento. Debes escribir a cambio de salvar tu vida”.
No sacrificaré mis sueños. “¿Acaso lo has hecho alguna vez?”, me dice una vocecita, que parece traerme la brisa que recorre cada hueco, y que acompaña la soledad de esta isla. “Siempre has estado tú y tus sueños por delante del resto, y ahora mírate, mira tu reflejo en el agua. Viejo y sólo, en un mundo roto”.
¿Debería escribir un cuento? Quien sabe….tal vez debería escribir, aunque no sé si para ellos. Si no me abrasara tanto la cabeza, tal vez podría pensar en algo…
Y al fin me decido. Cojo mi libreta, y paso mi mano por su cubierta rugosa, …y escribo. De vuelta al principio escribo todas estas líneas. “Pensaba que estaba muerto, pero aún respiro…”
Y al otro lado del mar, está Hiraki. Con su carta en mis dedos, pienso en ella a todas horas. La imagino como una mujer muy hermosa, al atardecer escribe sobre la arena con sus finos dedos, pensando que la marea traerá sus palabras hasta mí, en forma de espuma. Aún puedo salvarla. Y le escribo una carta de amor, con mis manos. Y ella me responde en mi cabeza, el destino nos ha unido de alguna forma extraña e incierta. ¿Habrá más gente además de nosotros, Hiraki? Tal vez sólo seamos ella y yo. Una desconocida es ahora lo más importante de mi vida. Y escribo en la arena. Y escribo en mi libreta.
“Amado mío,
Ven a buscarme más allá del mar, donde estoy atrapada. No escribiré ni una línea más que las que ya he escrito. Si esta botella de cristal no llega hasta ti pronto, estaré muerta. Ellos no permitirán que viva, si no escribo lo que quieren.
Hiraki”
¡Ay, Hiraki! Si te hubiera conocido alguna vez, todo sería distinto. No tendría que inventar nuestros recuerdos. Te imagino como una mujer hermosa. Con el pelo oscuro, y los ojos rasgados, y esa sonrisa tuya, infinita.
¡Ay, Hiraki! Debes ser una poetisa, pero a diferencia de este pobre viejo, tú Hiraki tienes talento. Siempre destacaste sobre el resto.
Tu caligrafía es tan hermosa, que no es extraño que hayan decidido perdonarte la vida.
¡Ay, Hiraki! No como, no duermo, sólo pienso en ti. Si aún te queda mi vida para llenar tu alma, no podrán vencerte. No podrán vencernos.
Entonces arranco las hojas de la libreta, para después doblarlas cuidadosamente y meterlas en la botella.
- ¡Aquí tenéis vuestro cuento!.- grito con rabia, sabiendo que nadie me escucha, tirando la botella con fuerza mar adentro.
Y al adentrarme en el agua, me hundo con fuerza en la arena, y voy detrás nadando, siguiendo su estela. Detrás de ella, detrás de Hiraki, detrás de mis sueños, siguiendo el destino que he escrito yo mismo en la libreta, y que va a la deriva, dentro de la botella.
Nadaré hasta Hiraki, aunque el largo camino agote mi vida y se la lleve al fondo. Tengo su carta en el bolsillo. Las palabras de Hiraki de su puño y letra, me rozan la piel como una caricia, y pienso que no estoy solo. Y todo el camino pensaré en ella. En esa suave voz oriental que nunca he oído. En esa sonrisa, que nunca he visto. Y en este cuento que ella nunca ha leído.
- Ojalá la marea me lleve pronto hasta ella.
Me siento como Ulises detrás de sus sirenas. Es el final del viaje, de mi propia odisea. Y aunque acabe atrapado en el agua, todavía podré mirar hacia arriba y ver la luz del día que se abre paso entre las olas, y pensar que aún brilla para alguno de nosotros, antes de dormirme y soñar por siempre, con ella.
Y así haré. Nadaré una vida entera hasta llegar a una playa, donde Hiraki me estará esperando impaciente. Y al abrir los ojos, ella me sonreirá, y susurrará en mi oído “pensaba que estabas muerto, pero aún respiras”.
M.S.