LA OTRA VOZ (DETRÁS DE LA MÁSCARA)

Si habéis visto alguna de las estupendas películas de Matt Hobson, sabéis a lo que me refiero cuando hablo de presencia hipnótica. Si las habéis visto dobladas reconoceréis mi voz.
 
Yo no tenía vocación de actor, y menos de doblaje. Empecé en esto por casualidad, y aunque él no lo sabía, llevaba ya quince años pegado a su sombra y prestándole mi voz y mi poco talento, la verdad es que se me fue metiendo dentro. Acabé vistiendo como él, adelgazando, o engordando según su papel. Hacia cualquier cosa que hiciese él, y estuviese al alcance de mi famélico bolsillo, como si fuese su espejo.
 
Aquel fatídico 15 de febrero, me inclinaba sobre el atril de metal leyendo el guión, con su reflejo posado suavemente sobre mí, tratando de encajar cada sílaba en sus movimientos labiales.
-Repite esa última línea desde el hola- dijo el director desde la cabina iluminada.
- Hola- repetí encajándolo perfectamente en el hello silenciado de Matt.
 - Espera. Corta, ha ocurrido algo, me acaban de decir, que Matt Hobson ha muerto esta mañana.
Fue a las 8 de la mañana hora de Los Ángeles cuando ocurrió. Sobredosis, dijeron. Busqué por toda la ciudad una licorería en la que envolvieran las botellas en papel marrón. Quería emborracharme sí, pero quería hacerlo cómo en las películas.
La ciudad estaba a oscuras, y es que parecía que ahora que Matt no existía, se apagaban  todas las luces como señal de respeto, o quizás la ciudad no estuviera hecha para la lluvia.
-Esto es por ti, – dije levantando la botella a la luna cubierta de nubes de tormenta.
 Cuando llegué a casa empapado, abrazado a la soledad de cristal de las botellas, tuve que subir a tientas por la escalera. Y una vez en el apartamento, fui bebiendo pequeños sorbos por su memoria, mientras revolvía todo buscando las cerillas, hasta que las encontré, y encendí la primera.
Miré a mi alrededor, elevando la pequeña llama hasta iluminar mi rostro, y descubrí sombras, contornos extraños en las paredes del cuarto. Se me cortó la respiración. Me asusté y tiré al suelo la cerilla, y al hacerlo las figuras se apagaron, se desvanecieron.  Pensé que estaba loco.
 Bebí un sorbo más. No había nadie allí conmigo. “Debe ser el alcohol, que me hace ver cosas que no son” me dije y encendí otra cerilla.
-  Hola, hijo mío- dijo una señora que no recordaba haber visto en mi vida, pero estaba seguro de que no era mi madre.  Me asustó con sus gafas gruesas, que distorsionaban su mirada. Era de mediana edad, llevaba una bata y una redecilla en el pelo.
-    No me gusta la casa que tienes ahora. ¿Dónde está la piscina?- añadió la señora.- Y quitaté esa ropa mojada.
-  Matt, soy Hal- dijo una voz a su lado. Un rostro de hombre mayor, con poco pelo y  cara de preocupación- ¿Por qué me traicionaste? ¿Por qué te marchaste de la agencia? Yo fui quien te hice grande, podría haber encontrado un papel maravilloso para ti.
- Matt, sólo necesito 200 dólares, de verdad, los necesito. Será la última vez que te pida dinero, por favor ayúdame. – dijo una muchacha, comiéndose las sílabas, y mordiéndose al mismo tiempo nerviosamente el pelo. La cara pálida y delgada, los brazos calados de agujeros.
- !Pero yo no soy Matt!- les dije- !Os habéis equivocado!  Matt ha muerto esta mañana.
Pero no me creían, habían seguido la voz de Matt y les había llevado hasta mí. Yo no era Matt, pero la confusión era posible alumbrado por la luz de una simple cerilla.
-          !Marchaos de aquí!- y soplaba sobre la cerilla, y al minuto encendía una nueva buscando compañía.
Nunca me gustó beber solo.
 Y volvieron a aparecer esas figuras. La mujer que no era mi madre, el hombre mayor que me regañaba por haber cambiado de agente y haberle dejado en la estacada, y la joven llamada Sue, que me pedía insistentemente 200 dólares -”lo juro, Matt serán los últimos”, me decía-. Apagaba y encendía las cerillas, y cada vez me sentía más extrañamente acompañado.
Soplaba la pequeña llama azulada acallando sus palabras y antes de que el humo desapareciera, las anhelaba. “No puedo estar sólo, no quiero estar sólo”. Y encendía de nuevo una cerilla. No sé como fue, una cerilla mal apagada cayó al suelo.
La llama brillante recorrió la habitación rápidamente, y el fuego creció hacia arriba y me cubrió como un edredón.
No me moví. Poco sentía yo después de varias botellas.
No sé quien me sacó. Recuerdo un infierno rojo y gris. Lograron sacarme de allí con mi piel quemada en casi un 90 %. Debería haber muerto, y de hecho pensé que había muerto.
Me debatí durante semanas dudando si coger un camino u otro. Florence Hobson cuidándome noche y día, contenta de que le dejara entrar al fin en mi vida. “Te cuidaré, como no te cuidé cuando eras niño”. “Vale, mamá”, le dije, sin atreverme a contradecirle. Le di 200 euros a Sue, y me besó en los labios y caminó con una gran sonrisa hacia la luz. Y le dije a Hal que por supuesto aceptaría el papel que encontrara para mí y se llevaría el 15%.
Cuando desperté entre las sábanas blancas del hospital y el olor a carne quemada, la primera llamada que recibí fue extraña. Me daban el papel principal de un gran musical. Había sido recomendado por alguien, aunque nunca supe por quien. Lo más raro es que nunca me presenté a la audición, así que pensé en Hal. Es una locura, lo sé.
Y ahora tras la máscara de látex, simulo ser un fantasma. Y oigo aplausos desde cada butaca. Butacas rojas teñidas por miles de colores diferentes. ¡Y me aplauden a mí!  !A mí!
 Y yo, Luis, envuelto en mi capa oscura que oculta mi piel cubierta de cicatrices negras, proyecto desde arriba mi propia voz detrás de la máscara y  despojada de toda impostura.
Y sí, ahora soy una estrella, pero aún tengo una queja: por mucho que enciendo cerillas en la oscuridad del camerino, no veo nada más que sombras y humo, lo me preocupa, porque no sé cómo hacerle llegar a Hal su 15%.

M.S.

LA OTRA VOZ (DETRÁS DE LA MÁSCARA)

Si habéis visto alguna de las estupendas películas de Matt Hobson, sabéis a lo que me refiero cuando hablo de presencia hipnótica. Si las habéis visto dobladas reconoceréis mi voz.
 
Yo no tenía vocación de actor, y menos de doblaje. Empecé en esto por casualidad, y aunque él no lo sabía, llevaba ya quince años pegado a su sombra y prestándole mi voz y mi poco talento, la verdad es que se me fue metiendo dentro. Acabé vistiendo como él, adelgazando, o engordando según su papel. Hacia cualquier cosa que hiciese él, y estuviese al alcance de mi famélico bolsillo, como si fuese su espejo.
 
Aquel fatídico 15 de febrero, me inclinaba sobre el atril de metal leyendo el guión, con su reflejo posado suavemente sobre mí, tratando de encajar cada sílaba en sus movimientos labiales.
-Repite esa última línea desde el hola- dijo el director desde la cabina iluminada.
- Hola- repetí encajándolo perfectamente en el hello silenciado de Matt.
 - Espera. Corta, ha ocurrido algo, me acaban de decir, que Matt Hobson ha muerto esta mañana.
Fue a las 8 de la mañana hora de Los Ángeles cuando ocurrió. Sobredosis, dijeron. Busqué por toda la ciudad una licorería en la que envolvieran las botellas en papel marrón. Quería emborracharme sí, pero quería hacerlo cómo en las películas.
La ciudad estaba a oscuras, y es que parecía que ahora que Matt no existía, se apagaban  todas las luces como señal de respeto, o quizás la ciudad no estuviera hecha para la lluvia.
-Esto es por ti, – dije levantando la botella a la luna cubierta de nubes de tormenta.
 Cuando llegué a casa empapado, abrazado a la soledad de cristal de las botellas, tuve que subir a tientas por la escalera. Y una vez en el apartamento, fui bebiendo pequeños sorbos por su memoria, mientras revolvía todo buscando las cerillas, hasta que las encontré, y encendí la primera.
Miré a mi alrededor, elevando la pequeña llama hasta iluminar mi rostro, y descubrí sombras, contornos extraños en las paredes del cuarto. Se me cortó la respiración. Me asusté y tiré al suelo la cerilla, y al hacerlo las figuras se apagaron, se desvanecieron.  Pensé que estaba loco.
 Bebí un sorbo más. No había nadie allí conmigo. “Debe ser el alcohol, que me hace ver cosas que no son” me dije y encendí otra cerilla.
-  Hola, hijo mío- dijo una señora que no recordaba haber visto en mi vida, pero estaba seguro de que no era mi madre.  Me asustó con sus gafas gruesas, que distorsionaban su mirada. Era de mediana edad, llevaba una bata y una redecilla en el pelo.
-    No me gusta la casa que tienes ahora. ¿Dónde está la piscina?- añadió la señora.- Y quitaté esa ropa mojada.
-  Matt, soy Hal- dijo una voz a su lado. Un rostro de hombre mayor, con poco pelo y  cara de preocupación- ¿Por qué me traicionaste? ¿Por qué te marchaste de la agencia? Yo fui quien te hice grande, podría haber encontrado un papel maravilloso para ti.
- Matt, sólo necesito 200 dólares, de verdad, los necesito. Será la última vez que te pida dinero, por favor ayúdame. – dijo una muchacha, comiéndose las sílabas, y mordiéndose al mismo tiempo nerviosamente el pelo. La cara pálida y delgada, los brazos calados de agujeros.
- !Pero yo no soy Matt!- les dije- !Os habéis equivocado!  Matt ha muerto esta mañana.
Pero no me creían, habían seguido la voz de Matt y les había llevado hasta mí. Yo no era Matt, pero la confusión era posible alumbrado por la luz de una simple cerilla.
-          !Marchaos de aquí!- y soplaba sobre la cerilla, y al minuto encendía una nueva buscando compañía.
Nunca me gustó beber solo.
 Y volvieron a aparecer esas figuras. La mujer que no era mi madre, el hombre mayor que me regañaba por haber cambiado de agente y haberle dejado en la estacada, y la joven llamada Sue, que me pedía insistentemente 200 dólares -”lo juro, Matt serán los últimos”, me decía-. Apagaba y encendía las cerillas, y cada vez me sentía más extrañamente acompañado.
Soplaba la pequeña llama azulada acallando sus palabras y antes de que el humo desapareciera, las anhelaba. “No puedo estar sólo, no quiero estar sólo”. Y encendía de nuevo una cerilla. No sé como fue, una cerilla mal apagada cayó al suelo.
La llama brillante recorrió la habitación rápidamente, y el fuego creció hacia arriba y me cubrió como un edredón.
No me moví. Poco sentía yo después de varias botellas.
No sé quien me sacó. Recuerdo un infierno rojo y gris. Lograron sacarme de allí con mi piel quemada en casi un 90 %. Debería haber muerto, y de hecho pensé que había muerto.
Me debatí durante semanas dudando si coger un camino u otro. Florence Hobson cuidándome noche y día, contenta de que le dejara entrar al fin en mi vida. “Te cuidaré, como no te cuidé cuando eras niño”. “Vale, mamá”, le dije, sin atreverme a contradecirle. Le di 200 euros a Sue, y me besó en los labios y caminó con una gran sonrisa hacia la luz. Y le dije a Hal que por supuesto aceptaría el papel que encontrara para mí y se llevaría el 15%.
Cuando desperté entre las sábanas blancas del hospital y el olor a carne quemada, la primera llamada que recibí fue extraña. Me daban el papel principal de un gran musical. Había sido recomendado por alguien, aunque nunca supe por quien. Lo más raro es que nunca me presenté a la audición, así que pensé en Hal. Es una locura, lo sé.
Y ahora tras la máscara de látex, simulo ser un fantasma. Y oigo aplausos desde cada butaca. Butacas rojas teñidas por miles de colores diferentes. ¡Y me aplauden a mí!  !A mí!
 Y yo, Luis, envuelto en mi capa oscura que oculta mi piel cubierta de cicatrices negras, proyecto desde arriba mi propia voz detrás de la máscara y  despojada de toda impostura.
Y sí, ahora soy una estrella, pero aún tengo una queja: por mucho que enciendo cerillas en la oscuridad del camerino, no veo nada más que sombras y humo, lo me preocupa, porque no sé cómo hacerle llegar a Hal su 15%.

M.S.

EL CORAZÓN ESCONDIDO

La miraba cada día en silencio bajar al puerto por el camino de grava que roza el muro. La miraba en silencio, aunque el corazón le latía con fuerza, a penas ahogado por el murmullo del mar, y las voces del puerto. Todos esos pescadores, que llegaban con sus barcas de colores, y extendían las redes como si fuesen telas de araña. Y el sol penetrando por ellas,  dibujaba el cuerpo de ella con una sombra en un tapiz dorado, adornado el suelo por esos caballeros con sus cotas de mallas hechas de escamas, que luchaban con su último aliento por escapar de las redes y nadar mar adentro.
¡Oh, la bahía tenía tantos colores y reflejos! Tantos pensamientos… no estaba desierto de sensaciones, sino que estaba vivo y en perpetuo movimiento, y allí ella miraba hacia el faro que se erguía entre las rocas, y trataba de tocar el cielo, iluminándolo todo. Ella también hubiera querido tocarlo con los dedos…
Y él, Lucien, allí en la terraza, sin apartar la mirada. En invierno y en verano. La luz era diferente y con ella, los colores cambiaban, y cada día aún siendo la misma, Amelia parecía cambiada. ¿Qué precio tiene una mentira? Se había preguntado,  hasta que cada atardecer, las palabras parecieran apagarse, a la vez que el faro, siempre el faro, encendía con su luz a lo lejos, todos esos fantasmas del pasado.
Una década, dos décadas, tres…. ¡Cuánto tiempo había pasado, cubriendo de plata el pelo, y el cuerpo con esa sensación de estar siempre mojado! Arrugado. Consumido. Envejecido. Amortajado…
Habían pasado el verano los tres juntos, él Lucien, Jan y Amelia. Cómo otros veranos lo pasaron, pero aquel año cambió todo. Aquel año cogieron sus bicis y subieron hasta el pueblo, en la montaña. Qué paisaje más maravilloso desde arriba. Todas esas casas ocres, se volvieron doradas con el sol del verano, y alrededor, alrededor todas esas viñas, que cómo si fuesen colchas cubrían el paisaje y lo convertían en  cuadrículas. Cómo en una tela de araña, hecha de finos hilos que el destino tejía con sus manos.
Y las uvas. Cómo recordaba aquellas uvas enormes en sus dedos. Cómo recordaba apretar aquellas uvas esperando que todo ese jugo explotara entre sus dedos, y luego llevárselo lentamente a los labios, como un beso.
¿No era maravilloso sentirse tan vivo? Olía a rosas, porque en los viñedos, siempre huele a rosas, y bajo aquellos árboles llenos de uvas maduras, que dejaban reflejos dorados en su pelo, en el pelo de ella, tan bellamente trenzado. Ellos, los dos, soñaban con tener a Amelia siempre a su lado..
Ella siempre había estado cerca de Jan. Recordaba el año anterior, los dos solos, en aquel mismo lugar. Cómo habían tirado una moneda al pozo, con los ojos cerrados. Un ligero temblor en las manos entrelazadas. Y una promesa silenciosa “estaremos siempre juntos”, que ninguno había pronunciado, y que cayó en silencio al fondo del pozo.
Jan, sólo era el hijo del farero. Y para ella, para Amelia, no había nada más hermoso que caminar por aquellas rocas junto al faro, en un lugar que no era tierra ni mar, pensaba ella, pues la tierra se volvía mar continuamente, al entrar entre las rocas en colores claros, dejando ver multitud de peces plateados y  tal vez  una medusa al fondo, que iluminaba el momento desde abajo. El agua cubría esos peldaños de madera, desvencijados, y ahora, seguro que como todo lo demás, podrido y olvidado. Y los dos descalzos, acariciando el suelo con sus pies en lugar de acariciarse ellos con sus manos. El mejor recuerdo, el más preciado. Un túnel infinito que se apoderaba de ella, y la enviaba más abajo.
Un pozo en el que se asomaba un año más tarde, Jan, completamente solo. Tratando de ver alguna luz al final del pozo que iluminara todos esos sueños perdidos, adormecidos, amortajados, desde el anterior verano. Pues qué era un pozo sino un faro invertido, en el que la luz que guiaba a los navegantes se perdía, un cementerio de sueños, que dejaba penetrar el agua hasta arrasarlo todo.
Eran tres ramitas. Tres. El azar que es una araña le hizo coger  la más larga. Cómo ser capaz de impedirlo se decía Jan cómo decir las palabras adecuadas. Las palabras que le acercaran a ella. Parecía que un muro invisible se había interpuesto entre los dos, rompiendo todas esas promesas que como un hilo había cosido su alma a la de ella. Y ya todo se había perdido. Olvidado. Enterrado.  Él había visto como Lucien la miraba. Él había visto, como le rozaba su piel sedosa, como le apartaba un mechón de su pelo de la cara. No tenía que ser más sabio de lo que era para saber que querían estar a solas. Escondidos. Olvidados. No quería imaginarse lo que encontraría si realmente les hubiera buscado. Jugar al escondite no tiene sentido cuando el que busca teme encontrar, y los que se esconden no quieren ser encontrados.
Lucien le había dicho a Amelia que Jan no la quería, mientras le desabrochaba cada botón de la camisa, y metía la mano dentro con los dedos aún pegajosos por las uvas, dejando sus huellas para siempre grabadas en su destino hasta entonces en blanco como su camisa. Sentía su suavidad y el calor en sus manos. Todo el verano enfermo de celos, debía ser recompensado. Y ella no le había creído al principio, pero la duda fue entrando dentro de ella y fue haciendo mella con cada caricia en su fe ciega. Poco a poco, cómo si se excavara un pozo en plena tierra.
Empezó a ver fantasmas allí donde no había nada, o si acaso, sólo había niebla. No veía el faro a lo lejos que le servía de guía. No veía nada más que el túnel sombrío en que se había convertido su vida.
Y se entregó con desconsuelo en brazos de Lucien, respondiendo, como si fuera un espejo. Jan no me quiere. Nunca, nunca jamás me ha querido. He sido tan tonta..Se decía tragándose las lágrimas antes de ser derramadas, esas mismas lágrimas, saladas como el mar, que surcaban el rostro de Jan, y caían al pozo con todos sus sueños.
Cuantas uvas comieron. Cuantas pepitas escupieron… Pequeñas semillas que se convirtieron poco a poco en su nueva vida. Un bonito jardín y una bonita casa. Aquí en el pueblo, en plena bahía.
Y ahora, tanto tiempo después, Lucien sólo podía mirar cada día como ella bajaba hasta el puerto, por el camino de grava que roza el muro, en silencio, aunque el corazón escondido, le latiera con fuerza en el pecho. Él sabía que ella deseaba perderse en el mar, y así hacía cada día por perder la mirada, entre las olas, bajo la mirada de Lucien, vigilante como el faro.
Ojala pudiera ver una luz u otra, se decía Lucien, y al fin, ser encontrada. Pero la razón se apagaba, poco a poco. Igual que el día. Y ya sólo se veía el faro.

M.S.

EL CORAZÓN ESCONDIDO

La miraba cada día en silencio bajar al puerto por el camino de grava que roza el muro. La miraba en silencio, aunque el corazón le latía con fuerza, a penas ahogado por el murmullo del mar, y las voces del puerto. Todos esos pescadores, que llegaban con sus barcas de colores, y extendían las redes como si fuesen telas de araña. Y el sol penetrando por ellas,  dibujaba el cuerpo de ella con una sombra en un tapiz dorado, adornado el suelo por esos caballeros con sus cotas de mallas hechas de escamas, que luchaban con su último aliento por escapar de las redes y nadar mar adentro.
¡Oh, la bahía tenía tantos colores y reflejos! Tantos pensamientos… no estaba desierto de sensaciones, sino que estaba vivo y en perpetuo movimiento, y allí ella miraba hacia el faro que se erguía entre las rocas, y trataba de tocar el cielo, iluminándolo todo. Ella también hubiera querido tocarlo con los dedos…
Y él, Lucien, allí en la terraza, sin apartar la mirada. En invierno y en verano. La luz era diferente y con ella, los colores cambiaban, y cada día aún siendo la misma, Amelia parecía cambiada. ¿Qué precio tiene una mentira? Se había preguntado,  hasta que cada atardecer, las palabras parecieran apagarse, a la vez que el faro, siempre el faro, encendía con su luz a lo lejos, todos esos fantasmas del pasado.
Una década, dos décadas, tres…. ¡Cuánto tiempo había pasado, cubriendo de plata el pelo, y el cuerpo con esa sensación de estar siempre mojado! Arrugado. Consumido. Envejecido. Amortajado…
Habían pasado el verano los tres juntos, él Lucien, Jan y Amelia. Cómo otros veranos lo pasaron, pero aquel año cambió todo. Aquel año cogieron sus bicis y subieron hasta el pueblo, en la montaña. Qué paisaje más maravilloso desde arriba. Todas esas casas ocres, se volvieron doradas con el sol del verano, y alrededor, alrededor todas esas viñas, que cómo si fuesen colchas cubrían el paisaje y lo convertían en  cuadrículas. Cómo en una tela de araña, hecha de finos hilos que el destino tejía con sus manos.
Y las uvas. Cómo recordaba aquellas uvas enormes en sus dedos. Cómo recordaba apretar aquellas uvas esperando que todo ese jugo explotara entre sus dedos, y luego llevárselo lentamente a los labios, como un beso.
¿No era maravilloso sentirse tan vivo? Olía a rosas, porque en los viñedos, siempre huele a rosas, y bajo aquellos árboles llenos de uvas maduras, que dejaban reflejos dorados en su pelo, en el pelo de ella, tan bellamente trenzado. Ellos, los dos, soñaban con tener a Amelia siempre a su lado..
Ella siempre había estado cerca de Jan. Recordaba el año anterior, los dos solos, en aquel mismo lugar. Cómo habían tirado una moneda al pozo, con los ojos cerrados. Un ligero temblor en las manos entrelazadas. Y una promesa silenciosa “estaremos siempre juntos”, que ninguno había pronunciado, y que cayó en silencio al fondo del pozo.
Jan, sólo era el hijo del farero. Y para ella, para Amelia, no había nada más hermoso que caminar por aquellas rocas junto al faro, en un lugar que no era tierra ni mar, pensaba ella, pues la tierra se volvía mar continuamente, al entrar entre las rocas en colores claros, dejando ver multitud de peces plateados y  tal vez  una medusa al fondo, que iluminaba el momento desde abajo. El agua cubría esos peldaños de madera, desvencijados, y ahora, seguro que como todo lo demás, podrido y olvidado. Y los dos descalzos, acariciando el suelo con sus pies en lugar de acariciarse ellos con sus manos. El mejor recuerdo, el más preciado. Un túnel infinito que se apoderaba de ella, y la enviaba más abajo.
Un pozo en el que se asomaba un año más tarde, Jan, completamente solo. Tratando de ver alguna luz al final del pozo que iluminara todos esos sueños perdidos, adormecidos, amortajados, desde el anterior verano. Pues qué era un pozo sino un faro invertido, en el que la luz que guiaba a los navegantes se perdía, un cementerio de sueños, que dejaba penetrar el agua hasta arrasarlo todo.
Eran tres ramitas. Tres. El azar que es una araña le hizo coger  la más larga. Cómo ser capaz de impedirlo se decía Jan cómo decir las palabras adecuadas. Las palabras que le acercaran a ella. Parecía que un muro invisible se había interpuesto entre los dos, rompiendo todas esas promesas que como un hilo había cosido su alma a la de ella. Y ya todo se había perdido. Olvidado. Enterrado.  Él había visto como Lucien la miraba. Él había visto, como le rozaba su piel sedosa, como le apartaba un mechón de su pelo de la cara. No tenía que ser más sabio de lo que era para saber que querían estar a solas. Escondidos. Olvidados. No quería imaginarse lo que encontraría si realmente les hubiera buscado. Jugar al escondite no tiene sentido cuando el que busca teme encontrar, y los que se esconden no quieren ser encontrados.
Lucien le había dicho a Amelia que Jan no la quería, mientras le desabrochaba cada botón de la camisa, y metía la mano dentro con los dedos aún pegajosos por las uvas, dejando sus huellas para siempre grabadas en su destino hasta entonces en blanco como su camisa. Sentía su suavidad y el calor en sus manos. Todo el verano enfermo de celos, debía ser recompensado. Y ella no le había creído al principio, pero la duda fue entrando dentro de ella y fue haciendo mella con cada caricia en su fe ciega. Poco a poco, cómo si se excavara un pozo en plena tierra.
Empezó a ver fantasmas allí donde no había nada, o si acaso, sólo había niebla. No veía el faro a lo lejos que le servía de guía. No veía nada más que el túnel sombrío en que se había convertido su vida.
Y se entregó con desconsuelo en brazos de Lucien, respondiendo, como si fuera un espejo. Jan no me quiere. Nunca, nunca jamás me ha querido. He sido tan tonta..Se decía tragándose las lágrimas antes de ser derramadas, esas mismas lágrimas, saladas como el mar, que surcaban el rostro de Jan, y caían al pozo con todos sus sueños.
Cuantas uvas comieron. Cuantas pepitas escupieron… Pequeñas semillas que se convirtieron poco a poco en su nueva vida. Un bonito jardín y una bonita casa. Aquí en el pueblo, en plena bahía.
Y ahora, tanto tiempo después, Lucien sólo podía mirar cada día como ella bajaba hasta el puerto, por el camino de grava que roza el muro, en silencio, aunque el corazón escondido, le latiera con fuerza en el pecho. Él sabía que ella deseaba perderse en el mar, y así hacía cada día por perder la mirada, entre las olas, bajo la mirada de Lucien, vigilante como el faro.
Ojala pudiera ver una luz u otra, se decía Lucien, y al fin, ser encontrada. Pero la razón se apagaba, poco a poco. Igual que el día. Y ya sólo se veía el faro.

AYER, EN EL ARCHIVO DE LAS PALABRAS QUE NO IMPORTAN

Ayer, en el Archivo de las Palabras que no Importan encontré tu nombre, como una certeza que te atrapa y ya nunca te suelta. Había llegado allí después de una eternidad esperando junto a los muros infranqueables de la fortaleza que se abriera una grieta lo suficientemente gruesa para permitirme entrar y rescatarte, devolviéndote más allá de las fronteras donde habitan para siempre los recuerdos.
Conocía las normas que existían para que el portón se abriera:
-No estar vivo.
-Que nadie vivo pudiera recordarme.
-Que tuviera alguna cuenta pendiente con el Olvido.
Quizás no era un candidato para entrar, pues hice cosas que pudieran ser recordadas, aunque como soldado sin nombre no había sido más que un trazo escrito a lápiz en una página de la historia del mundo, perfectamente borrable. Sólo un canto rodado arrojado por las olas contra un muro.
Finalmente alguna piedra pareció moverse, dejándome entrar por un hueco, y una vez dentro no fue difícil robar un uniforme que me confundiera con el resto. Los Olvidados son gente apática, que muchas veces abrazaron el Olvido voluntariamente, por lo que rara vez reaccionan. El lado malo es que tampoco existe amistad o compañerismo, nadie necesita nada. No traté de buscarte allí dentro, sabía que para liberarte sólo existía una llave, debía encontrar tus palabras.
Me entregué al trabajo de buscar en la arena, metiendo las manos hasta el fondo. Buscar entre los papeles rotos que el tiempo fue amontonando y tratar de encajarlos, como si tú fueras un puzzle que debían reconstruir mis manos.
Recordaba tu caligrafía que evocaba a cada instante, pero no encontraba correspondencia entre todos aquellos fragmentos embarrados y pisoteados después de tanto tiempo. Llegué a pensar que no lo conseguiría. Fui excavando como si fuese tu tumba. Mis uñas estaban negras, y mi mente enloquecida. Te encontraré me decía, te devolveré a la vida.
Al fin, encontré tu nombre escrito. Encontré aquel fragmento con tu letra que me acompañó toda mi vida. Y a partir de ahí, empezaron a surgir las palabras y empezaron a encajar los versos.
Y empecé a ver fragmentos de tu imagen frente a mí, entrelíneas. Radiante y hermosa, aunque aún desdibujada, como si yo fuera un escultor que con mi mente te modelaba.
Estabas apoyada en el muro. Leyendo en voz alta, anhelante, soñadora, con los ojos cerrados, con las puntas de tu pelo agitado por el viento, el resto retenido por tu gorro rojo de lana.
Hablabas de una rosa roja, perfecta y hermosa, crecida en mitad del cemento. Y yo no podía pensar más que entre aquellos muros tú eras la rosa, tan distinta a los tuyos.
Claro está que tú no me mirabas, yo era un soldado. Era un enemigo, y bien te habían dicho que de mi y de todo lo mío, te alejaras.
La noche preparó la coartada. Penetré dentro de tu mundo como los otros, invadiéndolo con nuestras armas. Tanta gente que estaba escondida, poco después muerta en una esquina, acribillada.
Yo temblaba, no quería mirar hacía tu ventana. Sabía que una mirada serviría para condenarte. Y cuando te vi escondida, abrazada a tus cuadernos como un pajarillo asustado, me quedé paralizado. Quise apartar la mirada, pero no pude. Llevaste tu dedo a los labios suplicando mi silencio, pero ellos, los otros, te encontraron.
Al verte rodeada, asustada, entre gemidos rasgaste tus palabras, rasgaste tu legado para que no pudieran robarte lo que más amabas, y sobre un lecho de palabras te llevaron a rastras. Pensé que me moría cada vez que alguien te empujaba ¿Pero qué podía hacer yo? Da igual, el caso es que no hice nada.
Me guardé en la chaqueta un fragmento con tu nombre pisoteado por las botas de un soldado, el resto quedó embarrado y muerto, olvidado por siempre en el gueto.
Acaricié dulcemente mi tesoro, como si fuera una parte de ti, y de esa forma nunca estuve más cerca de rozarte que en aquel momento, en el que escuchaba tus gemidos y acariciaba tu nombre por ti misma escrito.
Ayer, cuando encontré tu manuscrito fragmentado, noté más ligeras las cadenas, como si no me rozaran. ¿Olvidaste también tus cadenas? No creo que pudieras olvidarlas.
Recuerdo como escribías “libertad” en la arena del patio, al modo de los antiguos cazadores prehistóricos que otorgaban cualidades mágicas a lo que plasmaban en sus cuevas. ¿A dónde van las palabras que lleva el mar? ¿A dónde los susurros perdidos entre las hojas de un bosque? Pensé entonces que si las palabras muertas llegaran a algún sitio existiría una historia del mundo paralela, y en esa historia, tal vez quien sabe si todo podría tener un final distinto.
Y así busque en cada rincón del mundo y más allá del mundo. Si existe un lugar, un castillo errante donde se amontone aquello que se ha perdido. Donde las almas olvidadas descansen esperando ser recordadas, si existe ese lugar, ese lugar será mi destino.
Entonces pude ver con claridad, aquellas palabras nunca leídas, escritas con los dedos en la arena de Auschwitz.
- Ayúdame, por favor, ayúdame- Imploraste.
Mientras, yo tenía tu nombre guardado en mi bolsillo. La guerra terminará pronto. Será liberada.
Pero me engañaba.
La última noche desperté en mitad de una pesadilla, el aire era demasiado pesado y no era fácil respirar. Más allá del cristal de la ventana la niebla era densa, mezclada con las almas de los cuerpos que se amontonaban.
Allí te vi, aún hermosa, pero tirada en el cemento como una rosa marchitada. Muy pronto allí sólo quedarían cenizas y olor a carne quemada.
Y al fin hoy, en el Archivo de las Palabras que no Importan completé la última pieza y al hacerlo, pude ayudarte a salir de aquella niebla.
Allí estabas, tal y como te recordaba, tan perfecta. Y supe que en algún lugar, al otro lado de este mundo, más allá de las fronteras, alguien pronto encontraría tus manuscritos y serías redescubierta.
Te volví a ver un instante, con toda tu luz, tal y como juré que te recordaría.
- Debes prepararte para partir- te dije con lágrimas en los ojos, apartando mi mirada, aún sabiendo que aquella sería la última vez que te vería, pesaba más la vergüenza en la balanza.
Me miraste confusa, te llevaste el dedo a los labios, suplicando mi silencio, como en aquel otro momento, y entonces, escuché tus palabras como un eco mientras se apagaban:
- Vendrás conmigo,- me dijiste- ¿Es que aún no lo entiendes? Si debo ser recordada es por ti, porque tú siempre fuiste la rosa.

 M.S.

AYER, EN EL ARCHIVO DE LAS PALABRAS QUE NO IMPORTAN

Ayer, en el Archivo de las Palabras que no Importan encontré tu nombre, como una certeza que te atrapa y ya nunca te suelta. Había llegado allí después de una eternidad esperando junto a los muros infranqueables de la fortaleza que se abriera una grieta lo suficientemente gruesa para permitirme entrar y rescatarte, devolviéndote más allá de las fronteras donde habitan para siempre los recuerdos.
Conocía las normas que existían para que el portón se abriera:
-No estar vivo.
-Que nadie vivo pudiera recordarme.
-Que tuviera alguna cuenta pendiente con el Olvido.
Quizás no era un candidato para entrar, pues hice cosas que pudieran ser recordadas, aunque como soldado sin nombre no había sido más que un trazo escrito a lápiz en una página de la historia del mundo, perfectamente borrable. Sólo un canto rodado arrojado por las olas contra un muro.
Finalmente alguna piedra pareció moverse, dejándome entrar por un hueco, y una vez dentro no fue difícil robar un uniforme que me confundiera con el resto. Los Olvidados son gente apática, que muchas veces abrazaron el Olvido voluntariamente, por lo que rara vez reaccionan. El lado malo es que tampoco existe amistad o compañerismo, nadie necesita nada. No traté de buscarte allí dentro, sabía que para liberarte sólo existía una llave, debía encontrar tus palabras.
Me entregué al trabajo de buscar en la arena, metiendo las manos hasta el fondo. Buscar entre los papeles rotos que el tiempo fue amontonando y tratar de encajarlos, como si tú fueras un puzzle que debían reconstruir mis manos.
Recordaba tu caligrafía que evocaba a cada instante, pero no encontraba correspondencia entre todos aquellos fragmentos embarrados y pisoteados después de tanto tiempo. Llegué a pensar que no lo conseguiría. Fui excavando como si fuese tu tumba. Mis uñas estaban negras, y mi mente enloquecida. Te encontraré me decía, te devolveré a la vida.
Al fin, encontré tu nombre escrito. Encontré aquel fragmento con tu letra que me acompañó toda mi vida. Y a partir de ahí, empezaron a surgir las palabras y empezaron a encajar los versos.
Y empecé a ver fragmentos de tu imagen frente a mí, entrelíneas. Radiante y hermosa, aunque aún desdibujada, como si yo fuera un escultor que con mi mente te modelaba.
Estabas apoyada en el muro. Leyendo en voz alta, anhelante, soñadora, con los ojos cerrados, con las puntas de tu pelo agitado por el viento, el resto retenido por tu gorro rojo de lana.
Hablabas de una rosa roja, perfecta y hermosa, crecida en mitad del cemento. Y yo no podía pensar más que entre aquellos muros tú eras la rosa, tan distinta a los tuyos.
Claro está que tú no me mirabas, yo era un soldado. Era un enemigo, y bien te habían dicho que de mi y de todo lo mío, te alejaras.
La noche preparó la coartada. Penetré dentro de tu mundo como los otros, invadiéndolo con nuestras armas. Tanta gente que estaba escondida, poco después muerta en una esquina, acribillada.
Yo temblaba, no quería mirar hacía tu ventana. Sabía que una mirada serviría para condenarte. Y cuando te vi escondida, abrazada a tus cuadernos como un pajarillo asustado, me quedé paralizado. Quise apartar la mirada, pero no pude. Llevaste tu dedo a los labios suplicando mi silencio, pero ellos, los otros, te encontraron.
Al verte rodeada, asustada, entre gemidos rasgaste tus palabras, rasgaste tu legado para que no pudieran robarte lo que más amabas, y sobre un lecho de palabras te llevaron a rastras. Pensé que me moría cada vez que alguien te empujaba ¿Pero qué podía hacer yo? Da igual, el caso es que no hice nada.
Me guardé en la chaqueta un fragmento con tu nombre pisoteado por las botas de un soldado, el resto quedó embarrado y muerto, olvidado por siempre en el gueto.
Acaricié dulcemente mi tesoro, como si fuera una parte de ti, y de esa forma nunca estuve más cerca de rozarte que en aquel momento, en el que escuchaba tus gemidos y acariciaba tu nombre por ti misma escrito.
Ayer, cuando encontré tu manuscrito fragmentado, noté más ligeras las cadenas, como si no me rozaran. ¿Olvidaste también tus cadenas? No creo que pudieras olvidarlas.
Recuerdo como escribías “libertad” en la arena del patio, al modo de los antiguos cazadores prehistóricos que otorgaban cualidades mágicas a lo que plasmaban en sus cuevas. ¿A dónde van las palabras que lleva el mar? ¿A dónde los susurros perdidos entre las hojas de un bosque? Pensé entonces que si las palabras muertas llegaran a algún sitio existiría una historia del mundo paralela, y en esa historia, tal vez quien sabe si todo podría tener un final distinto.
Y así busque en cada rincón del mundo y más allá del mundo. Si existe un lugar, un castillo errante donde se amontone aquello que se ha perdido. Donde las almas olvidadas descansen esperando ser recordadas, si existe ese lugar, ese lugar será mi destino.
Entonces pude ver con claridad, aquellas palabras nunca leídas, escritas con los dedos en la arena de Auschwitz.
- Ayúdame, por favor, ayúdame- Imploraste.
Mientras, yo tenía tu nombre guardado en mi bolsillo. La guerra terminará pronto. Será liberada.
Pero me engañaba.
La última noche desperté en mitad de una pesadilla, el aire era demasiado pesado y no era fácil respirar. Más allá del cristal de la ventana la niebla era densa, mezclada con las almas de los cuerpos que se amontonaban.
Allí te vi, aún hermosa, pero tirada en el cemento como una rosa marchitada. Muy pronto allí sólo quedarían cenizas y olor a carne quemada.
Y al fin hoy, en el Archivo de las Palabras que no Importan completé la última pieza y al hacerlo, pude ayudarte a salir de aquella niebla.
Allí estabas, tal y como te recordaba, tan perfecta. Y supe que en algún lugar, al otro lado de este mundo, más allá de las fronteras, alguien pronto encontraría tus manuscritos y serías redescubierta.
Te volví a ver un instante, con toda tu luz, tal y como juré que te recordaría.
- Debes prepararte para partir- te dije con lágrimas en los ojos, apartando mi mirada, aún sabiendo que aquella sería la última vez que te vería, pesaba más la vergüenza en la balanza.
Me miraste confusa, te llevaste el dedo a los labios, suplicando mi silencio, como en aquel otro momento, y entonces, escuché tus palabras como un eco mientras se apagaban:
- Vendrás conmigo,- me dijiste- ¿Es que aún no lo entiendes? Si debo ser recordada es por ti, porque tú siempre fuiste la rosa.

 M.S.

UN BANDIDO COMO TÚ

¡Cuánto tiempo ha pasado desde aquellos días!, lo veo todo borroso, no tanto por los años transcurridos, sino porque entonces el viento del desierto no tenía barrera y se metía en los ojos, arañándolos como minúsculas uñas. Eran tiempos salvajes, e indómitos en los que yo admiraba tu retrato clavado a las paredes del pueblo, cómo si no te hubieras clavado más a en mi piel que a aquella pared desconchada. No sé por qué yo miraba el fondo de tus ojos, e intuía que no eras cómo los otros.
 Nada que ver con esa sombra que ahora veo frente a mí, mientras pierde la mirada ya sentenciada en el interior de la celda, y ese rostro tan distinto al que aparece en mi memoria. Un rostro surcado con el arado del tiempo y sembrado de barba blanca. La luz de la luna, deja tu figura pintada con las sombras de las rejas oscuras. Y yo, con mi estrella en el pecho, me quedo sin palabras. Cómo si se las llevara el viento antes de ser pronunciadas, y antes de devolverme cada grano, las esparciera por el valle, atormentándome con esas imágenes fantasmales que forman.
Viniste a matar a un hombre, y llegaste como en mis sueños volando en una nube de arena, a lomos de aquel caballo negro al que alentabas con tus espuelas. Te ví llegar al pueblo calzando tus botas de cuero, tu rostro cubierto por un pañuelo, y tus ojos, escondidos por la sombra de tu sombrero.
Todos estaban aterrorizados con la noticia de tu llegada: “William Quick, el famoso bandido, el maldito, llegará con la luna llena”. Un duelo, un duelo de tantos, en una ciudad perdida en la frontera.
Todas las sombras temblaban. Todas, menos aquella pegada a ese desgraciado, a ese hombre muerto que aún respiraba, cuando apareció la luna llena apaciguando el horizonte. La luna era su reflejo pálido y asustado, desfigurado, anunciando su muerte con luz clara. Pobre iluso desgraciado, sólo una muesca más en tu revolver.
Era un peligroso bandido, eso seguro. Tantos crímenes gravados en sus manos, que habían tapizado la arena de púrpura antes de que tú hubieras llegado. Ni el sheriff ni los otros tenían el valor de hacerle frente, demasiados bandidos errando por los caminos como para jugarse la vida con esos dados.
Los tiempos han cambiado el paisaje, pero no el corazón de los hombres, … y yo,… yo entonces sólo era un niño, con muchos pájaros en la cabeza, que soñaba con ser un héroe.
Mientras miraba como dabas de nuevo tus últimos pasos clavando la bota a la arena, eran profundas las huellas pues todo ese peso caía sobre tus hombros, y se metía hasta el fondo de tu conciencia.
El viento llegaba y recorría el pueblo con su cuerpo, sin reposarlo siquiera, dejando que la arena enterrara en el olvido tantas leyendas, como tumbas sin marca ni huella. Yo miraba la escena a salvo, detrás de un pequeño y reciente agüjero de bala, que había en la pared de la posada. Tenía que ponerme de puntillas, estirando bien el cuerpo, como si estuviera tumbado, clavándome las astillas, pero no me importaba, aquella era mi ventana al mundo para contemplar el que yo creía mi futuro.
Y mientras Caronte esperaba, miraste al otro a los ojos, como antes, otras veces, habías mirado a otros muchos. Pasó una eternidad en un instante cómo si ambos en ese momento pensarais en lo más importante. Unos metros os separaban, los dos a veinte pasos y a una bala de la muerte. Un escalofrío. ¡Supongo que nunca pensaste en las veces que recorriste el camino de arena y lo convertirte en sangre! En aquel momento, los revólveres salieron rápidos de las fundas, al contacto con los dedos. Como si fuesen buitres carroñeros que volaban en busca de la muerte, disparando balas como graznidos, que cortaron el viento, y que me robaron  el aliento, apuñalando mi oído. Olor a pólvora y gritos.
Me dolían los pies, me dolían los dedos de estar de puntillas. Sentí un calambre en mis piernas. Y cuando vi, cuando vi que tu cuerpo caía desplomado, salí corriendo hacia tí, pensando que morirías en mis brazos ¡En los brazos de un muchacho desconocido, que tanto te había admirado!
Pero al llegar a tu lado, con mi corazón en los puños, comprobé que tu herida no era profunda, y que en ella no cabía aún tu vida, ni mi llanto. Y al mirar, al mirar al otro le ví tendido en un charco de sangre y arena, y supe que el villano había caído por tus manos.
-  ¿Está bien, señor?- y me sonreíste al levantarte. Me alborotaste el pelo sucio, cubierto de tierra, y con tu voz grave me dijiste:
-  Apártate de mi camino, pequeño.- y pusiste una moneda de oro en mi mano-  Odiame a mí, y odia todo lo mío. Soy sólo un bandido.- y te alejaste aún herido, desvaneciéndote de nuevo en el polvo del que habías aparecido, dejando todas esas huérfanas huellas, que muy pronto serian tapadas por el viento y la arena.
Unas gotas de sangre unidas al polvo, atestiguaban lo que allí había ocurrido. Sangre tuya, sangre de aquel al que segaste la vida manchaban el camino. Y una mancha roja arropaba en silencio la moneda, que parecía susurrarme aquellas palabras, que entonces, me dije para dentro “un día seré un héroe, como tú”.
Pero los años cabalgan por caminos inciertos, separándose de los sueños. Y aquel día resultó que no sólo mataste a ese cobarde, sino que por cada ojo escondido que había contemplado aquella hazaña, dejaste un rastro de sangre por camino,  que multiplicó al bandido que yacía muerto y semienterrado por el viento, que lo multiplicó por cada estrella suspendida, que tiritaba en el cielo. ¿Qué es verdad, lo que fue o lo que se recuerda? ¿Cuántos bandidos murieron aquel día? “Una gesta inigualable”, dirían.
¿Y en cuántos lugares ocurrió lo mismo? ¿A cuántos niños compraste? Compraste tu mito, con tus balas y tus monedas. ¿No debería caer todo esto, del lado de bueno de la balanza? Deberían recibirte con un aplauso en el estrado, en lugar de con una soga en el cadalso. Dímelo tú, bandido. Dime a cuantos salvaste la vida aquellos días furiosos.
Todas esos rostros hechos de arena, que se confunden en el horizonte. Todas esas huellas, que ni el tiempo, ni el viento han borrado.Todos esa sangre que derramaste al cortar sus venas. Todas esas palabras que llegan a mis oídos.
Miro tus ojos brillantes, y aún en el fondo, me parece que no eres como los otros, que eres un hombre bueno. Por qué si no, nadie se atrevió a cobrar la recompensa hasta ahora, que los tiempos han cambiado tanto, que son tan distintos… Estos tiempos en los que no hace falta pronunciar tu nombre.
El tiempo no ha borrado el rojo de tu sangre en la moneda. Ese rojo que  me quema en el bolsillo, esta moneda que me pesa tanto que cuando mañana con la luz del alba tus pecados cuelguen de un hilo para ser medidos y pesados, antes de enterrarlos en el polvo, tal vez mi estrella plateada y mi moneda pesarán más que tus pecados.
Y tus ojos oscuros como dos balas, entre una nube de arena  me perseguirán y serán mi condena. Te unirás a las sombras que te rodean y a la tormenta de arena, que hace tanto tiempo ya enterró todos mis sueños.
Vete lejos de mí. Vete y déjame con mi cobardía. Pero si me miras, perdóname. Perdóname, por no encontrar dentro de mí el valor para ser,  un bandido como tú.

 M.S.

UN BANDIDO COMO TÚ

¡Cuánto tiempo ha pasado desde aquellos días!, lo veo todo borroso, no tanto por los años transcurridos, sino porque entonces el viento del desierto no tenía barrera y se metía en los ojos, arañándolos como minúsculas uñas. Eran tiempos salvajes, e indómitos en los que yo admiraba tu retrato clavado a las paredes del pueblo, cómo si no te hubieras clavado más a en mi piel que a aquella pared desconchada. No sé por qué yo miraba el fondo de tus ojos, e intuía que no eras cómo los otros.
 Nada que ver con esa sombra que ahora veo frente a mí, mientras pierde la mirada ya sentenciada en el interior de la celda, y ese rostro tan distinto al que aparece en mi memoria. Un rostro surcado con el arado del tiempo y sembrado de barba blanca. La luz de la luna, deja tu figura pintada con las sombras de las rejas oscuras. Y yo, con mi estrella en el pecho, me quedo sin palabras. Cómo si se las llevara el viento antes de ser pronunciadas, y antes de devolverme cada grano, las esparciera por el valle, atormentándome con esas imágenes fantasmales que forman.
Viniste a matar a un hombre, y llegaste como en mis sueños volando en una nube de arena, a lomos de aquel caballo negro al que alentabas con tus espuelas. Te ví llegar al pueblo calzando tus botas de cuero, tu rostro cubierto por un pañuelo, y tus ojos, escondidos por la sombra de tu sombrero.
Todos estaban aterrorizados con la noticia de tu llegada: “William Quick, el famoso bandido, el maldito, llegará con la luna llena”. Un duelo, un duelo de tantos, en una ciudad perdida en la frontera.
Todas las sombras temblaban. Todas, menos aquella pegada a ese desgraciado, a ese hombre muerto que aún respiraba, cuando apareció la luna llena apaciguando el horizonte. La luna era su reflejo pálido y asustado, desfigurado, anunciando su muerte con luz clara. Pobre iluso desgraciado, sólo una muesca más en tu revolver.
Era un peligroso bandido, eso seguro. Tantos crímenes gravados en sus manos, que habían tapizado la arena de púrpura antes de que tú hubieras llegado. Ni el sheriff ni los otros tenían el valor de hacerle frente, demasiados bandidos errando por los caminos como para jugarse la vida con esos dados.
Los tiempos han cambiado el paisaje, pero no el corazón de los hombres, … y yo,… yo entonces sólo era un niño, con muchos pájaros en la cabeza, que soñaba con ser un héroe.
Mientras miraba como dabas de nuevo tus últimos pasos clavando la bota a la arena, eran profundas las huellas pues todo ese peso caía sobre tus hombros, y se metía hasta el fondo de tu conciencia.
El viento llegaba y recorría el pueblo con su cuerpo, sin reposarlo siquiera, dejando que la arena enterrara en el olvido tantas leyendas, como tumbas sin marca ni huella. Yo miraba la escena a salvo, detrás de un pequeño y reciente agüjero de bala, que había en la pared de la posada. Tenía que ponerme de puntillas, estirando bien el cuerpo, como si estuviera tumbado, clavándome las astillas, pero no me importaba, aquella era mi ventana al mundo para contemplar el que yo creía mi futuro.
Y mientras Caronte esperaba, miraste al otro a los ojos, como antes, otras veces, habías mirado a otros muchos. Pasó una eternidad en un instante cómo si ambos en ese momento pensarais en lo más importante. Unos metros os separaban, los dos a veinte pasos y a una bala de la muerte. Un escalofrío. ¡Supongo que nunca pensaste en las veces que recorriste el camino de arena y lo convertirte en sangre! En aquel momento, los revólveres salieron rápidos de las fundas, al contacto con los dedos. Como si fuesen buitres carroñeros que volaban en busca de la muerte, disparando balas como graznidos, que cortaron el viento, y que me robaron  el aliento, apuñalando mi oído. Olor a pólvora y gritos.
Me dolían los pies, me dolían los dedos de estar de puntillas. Sentí un calambre en mis piernas. Y cuando vi, cuando vi que tu cuerpo caía desplomado, salí corriendo hacia tí, pensando que morirías en mis brazos ¡En los brazos de un muchacho desconocido, que tanto te había admirado!
Pero al llegar a tu lado, con mi corazón en los puños, comprobé que tu herida no era profunda, y que en ella no cabía aún tu vida, ni mi llanto. Y al mirar, al mirar al otro le ví tendido en un charco de sangre y arena, y supe que el villano había caído por tus manos.
-  ¿Está bien, señor?- y me sonreíste al levantarte. Me alborotaste el pelo sucio, cubierto de tierra, y con tu voz grave me dijiste:
-  Apártate de mi camino, pequeño.- y pusiste una moneda de oro en mi mano-  Odiame a mí, y odia todo lo mío. Soy sólo un bandido.- y te alejaste aún herido, desvaneciéndote de nuevo en el polvo del que habías aparecido, dejando todas esas huérfanas huellas, que muy pronto serian tapadas por el viento y la arena.
Unas gotas de sangre unidas al polvo, atestiguaban lo que allí había ocurrido. Sangre tuya, sangre de aquel al que segaste la vida manchaban el camino. Y una mancha roja arropaba en silencio la moneda, que parecía susurrarme aquellas palabras, que entonces, me dije para dentro “un día seré un héroe, como tú”.
Pero los años cabalgan por caminos inciertos, separándose de los sueños. Y aquel día resultó que no sólo mataste a ese cobarde, sino que por cada ojo escondido que había contemplado aquella hazaña, dejaste un rastro de sangre por camino,  que multiplicó al bandido que yacía muerto y semienterrado por el viento, que lo multiplicó por cada estrella suspendida, que tiritaba en el cielo. ¿Qué es verdad, lo que fue o lo que se recuerda? ¿Cuántos bandidos murieron aquel día? “Una gesta inigualable”, dirían.
¿Y en cuántos lugares ocurrió lo mismo? ¿A cuántos niños compraste? Compraste tu mito, con tus balas y tus monedas. ¿No debería caer todo esto, del lado de bueno de la balanza? Deberían recibirte con un aplauso en el estrado, en lugar de con una soga en el cadalso. Dímelo tú, bandido. Dime a cuantos salvaste la vida aquellos días furiosos.
Todas esos rostros hechos de arena, que se confunden en el horizonte. Todas esas huellas, que ni el tiempo, ni el viento han borrado.Todos esa sangre que derramaste al cortar sus venas. Todas esas palabras que llegan a mis oídos.
Miro tus ojos brillantes, y aún en el fondo, me parece que no eres como los otros, que eres un hombre bueno. Por qué si no, nadie se atrevió a cobrar la recompensa hasta ahora, que los tiempos han cambiado tanto, que son tan distintos… Estos tiempos en los que no hace falta pronunciar tu nombre.
El tiempo no ha borrado el rojo de tu sangre en la moneda. Ese rojo que  me quema en el bolsillo, esta moneda que me pesa tanto que cuando mañana con la luz del alba tus pecados cuelguen de un hilo para ser medidos y pesados, antes de enterrarlos en el polvo, tal vez mi estrella plateada y mi moneda pesarán más que tus pecados.
Y tus ojos oscuros como dos balas, entre una nube de arena  me perseguirán y serán mi condena. Te unirás a las sombras que te rodean y a la tormenta de arena, que hace tanto tiempo ya enterró todos mis sueños.
Vete lejos de mí. Vete y déjame con mi cobardía. Pero si me miras, perdóname. Perdóname, por no encontrar dentro de mí el valor para ser,  un bandido como tú.

 M.S.

LA MALA HIERBA

Empezar a hablar de Denis hablando sobre mi mismo, puede parecer presuntuoso, pero creo que es necesario. Para empezar Denis y yo crecimos juntos como espigas de un mismo campo que el viento agita suavemente en la misma dirección, pero incluso así, el sol parecía haber beneficiado a Denis con sus mejores rayos dotándole de belleza, talento y simpatía, mientras que a mi, como mala hierba, me había dejado en la sombra. Si yo existía en el mundo, sólo era para engrandecer  a Denis en comparación. En todo había sido siempre el mejor sin ni siquiera pretenderlo. Siempre el preferido de todos en la escuela y luego en la universidad. E incluso cuando ambos empezamos a escribir, mientras mis escritos no eran más que una sucesión de palabras sin sentido ni trascendencia, él había sido adulado y reconocido como una promesa de las letras con su primera novela “el príncipe maldito”.

En parte yo me sentía ese principe maldito, oculto desde el nacimiento, ese hombre talentoso que muere sin que nadie nunca se fije en él. Y Denis era el rey coronado, con su corte de bufones alrededor. Y lo más dificil para mí, es que era un rey amado por su pueblo. Todos los que le conocían sentían un anhelo constante de estar junto a él. El odio es un sentimiento extraño, porque puede esperar para siempre anidando cual oruga o crisálida hasta el momento de convertirse en mariposa. No es fácil saber qué despierta el rugido del odio en su cueva, pero en mi caso sé con certeza que fue Eunice.
Eunice era la criatura más irreal en su perfección que yo había contemplado, exceptuando al propio Denis, y me enamoré de ella al instante.
No pude resignarme a contemplar cómo me era arrebatada. Tal vez fuese sólo la gota de agua que faltaba para desbordar el mar. Desesperado y enfermo de celos, fui a ver a un brujo que se anunciaba en las páginas de un periódico. No sé si creía o no en la brujería, pero pensé que valía la pena intentar un encantamiento por doscientos dólares. Aunque fuera el último dinero del que disponía. El brujo puso en mis manos un amuleto, una extraña flor llamada “Rosa de Jericó” originaria de Asia y de África, que tenía, según me dijo, propiedades mágicas.
-          La flor es inmortal, pero con una inmortalidad intermitente, sus ramas sólo se abren a la vida cuando se sumergen en agua
Pasando por alto la incongruencia de la existencia de una inmortalidad intermitente, comenzamos con un ritual de vudú, con pelo del propio Denis que le había robado de su chaqueta,  y cuando terminamos conduje hasta el West Side, deseoso de entregarle el amuleto. Hacia pocos meses que vivía en aquel ático, que le había dejado su editor .
 
 Me precipité escaleras arriba hacia el ático, nervioso, en contraste con el inocente y tranquilo semblante que encontré al abrir la puerta. Él estaba imponente, con un traje oscuro.  Puse el amuleto en sus manos, y al hacerlo sentí el roce de su piel caliente contra la mía. Por un instante nos miramos el uno al otro y sentí que me encontraba ante un espejo, aunque fuera distorsionado. Me dio las gracias distraidamente  con su encantadora sonrisa, y le expliqué que para atraer la fortuna debía sumergirlo en agua, y esperar a que recobrara la vida, pero creo que no me escuchó. Por un momento me arrepentí. Pero en seguida vi a Eunice en la terraza, sola, bebiendo una copa de vino blanco, y aquello me animó. Detrás de ella, centelleaba la ciudad sobre el Hudson como si fuese un hada que atrajera a las luciérnagas. Fui hacia ella hechizado, mientras Denis decía algo ininteligible y se escabullía hacia el pequeño despacho en el que escribía.
 
Saludé a Eunice, y la hice sonreír. Pensé que podía ser el efecto del hechizo. Una invitación para algo más. Aprovechando la oportunidad de estar solos, me acerqué a ella,atraído por el efecto que debía estar haciendo el vino en sus labios.
El pulso de Denis parecía agitado desde la habitación contigua, si atendemos al repiqueteo de sus dedos contra las teclas de la máquina de escribir que bombeaba sus palabras envolviendo con sonido acompasado el aire que respirábamos. Denis se había puesto a escribir así de pronto, lo que no era una actitud extraña en él.
Me tiré al vacío y traté de besar a Eunice. Ella se retiró, asqueada, y me dijo que me odiaba. Me amenazo entre susurros, apretando fuertemente los dientes.  Me dijo que si no quería que Denis se enterara de aquello no debía volver a verla.
 
Me marché. Dejé la ciudad. Puede parecer exagerado, pero preferí poner tierra de por medio. Tal vez aquella era la excusa que necesitaba para romper con todo mi pasado, e iniciar una nueva vida. Alejarme de aquella parte de mi mismo. Alejarme de Denis. Recogí todas mis cosas y me marche hacia el oeste. Conduje varios días, hasta que encontré una cabaña donde vivir, y un trabajo a partir del que empezar de nuevo.
No dí señales de vida, más que alguna postal a mi familia. Unos años después, volví a escribir. Pura basura, ahora me doy cuenta.
Envié el manuscrito a muchas editoriales, y fuíamablemente rechazado una tras otra, hasta que finalmente me llamaron de una pequeña editorial de Nueva York. Así fue como volví a la ciudad en el tercer aniversario de mi extraña partida, con mis esperanzas de nuevo llenas hasta rebosar. La ciudad no parecía haber cambiado y me parecía ver a Denis en cada escaparate, y al doblar cada esquina. No pensaba en ella, en Eunice. Mi pasión por ella se había evaporado. Por eso mi corazón dio un vuelco cuando la vi sentada, esperándome, en el despacho de la editora. Eunice, era mi editora.
-Hola- me dijo, sin muestra de sorpresa- !Cuánto tiempo!
-Hola.- dije yo, recordando aquella noche funesta en la que había intentado besarla.- ¿Qué es de Denis?-
- Denis murió. Murió hace un tiempo. ¿Nadie te lo ha dicho?
- Nadie tiene mi dirección.
 
 
Y Eunice me contó lo que había ocurrido en mi ausencia. Lo que sigue a continuación, es un relato de los hechos tal y como me los confió Eunice, excluyendo de ellos mis intervenciones en el relato, mis preguntas, sus llantos, y esas pequeñas aproximaciones de sus manos a su rostro, tratando de tapar con ellos su vergüenza, como  breve telón del drama:
 ”Todo cambió. Cuando tú te marchaste. Denis cambió. Al principio no parecía que fuera algo definitivo. La verdad que trataba de no estar preocupado porque tú no le respondieras. Pensaba que te había ofendido de alguna manera, y no lograba entenderlo. Se puso en contacto con tus padres, pero Mary le dijo que no sabía donde estabas pero que le habías dicho necesitabas soledad. Pareció tranquilizarse, pero creo que en el fondo, le preocupaba mucho. Un día que paseábamos por el Soho, pasamos por una tienda de antigüedades, y como la boda de Antoine estaba cerca, entramos. Sobre una repisa había una flor extraña en un recipiente con agua, como una mandrágora sumergida, y él pareció acordarse de algo, pues por su rostro pareció cruzarse un recuerdo, que le arrugó la frente. Luego supe que pensó en ti.  La última noche le habías regalado una de esas flores.
Me pareció un poco trastornado entonces, pero nada que me preparara para lo que sucedería más tarde. Volvió a casa corriendo, debía encontrar aquella flor, como si tu te hubieras encarnado en aquel objeto, y al perderte, al olvidarte en algún rincón, te hubiera perdido para siempre.
Traté de decirle que era una locura. Que las personas no habitan en las cosas inanimadas, pero él decía que existía una metafísica de las cosas, algo intangible que las rodea y les da significado.
Recordaba a menudo aquella noche en el  ático. ¿Dónde habría dejado aquella flor? Se decía, en una mesa, en una esquina, en un cajón, olvidada eternamente. Nunca la encontró.
Empezó a recopilar las historias místicas que encontraba sobre la rosa, y una cosa aparentemente banal, se convirtió en obsesión. Parecía que ahora que no estabas tú, él se hubiera vaciado de sí mismo.
No quiero culparte a ti, en realidad, fue mi culpa. Yo te dije que te quería fuera de mi vida, de nuestra vida. No me gustabas.
Ni siquiera le pude contarle la verdad sobre nuestro encuentro en la terraza. Cuando él me dijo que para él, eráis como cuchillas de un mismo trineo, que se apoyan la una en la otra, con la huella del pasado recorrido tras ellas, debí decirle lo engañado que estaba contigo. Debí decirle que hubieras sido capaz de traicionarle. Pero no lo hice, y le traicioné de esa forma yo también.
Dejé que llenara la casa de todas aquellas estrafalarias flores,  y no sé cómo se volvió completamente loco. Esa pequeña línea de cordura que todavía le tenía atado al mundo, se rompió.
Dejó el trabajo, o le invitaron a irse. Dejó de comer, de asearse. Siempre en su jardín de flores muertas y renacidas.
Creo que entonces sólo tú podrías haberle salvado. 
 En cualquier caso, murió, y tendrías que haberle visto, tumbado, y desnudo como un recién nacido rodeado de aquellas flores retorcidas, en el centro de un jardín de  muerte. Tiramos toda aquella porquería. y le vestimos, con su mejor traje. Te acordarás de él seguro, aquel traje oscuro que llevaba la última vez que le viste, en el ático, aquella noche que fue el principio del fin.
Lo más irónico fue que al ponerle la chaqueta ahí estaba, la maldita flor que que le habías regalado aquella noche, en el bolsillo izquierdo.
Todo el tiempo había estado allí. Eterna,  esperando su momento, con una eternidad intermitente, cómo tú le habías dicho”.
 
Aquellas palabras de Eunice me estremecieron. Necesitaba pensar y me marché. No sabía si sentía culpabilidad, pues ¿qué había hecho yo? Si, yo había deseado un gran mal a Denis por Eunice. ¿Por Eunice realmente? ¿Y ella? Ella pensaba que era la culpable de todo, y no podía vivir con ello, por eso al ver mi nombre en el sobre con el manuscrito, supo que para poder redimirse debía ayudarme a publicar mi novela.
 
Ayudándome a mi, le ayudaba a él, y de nuevo, si yo tenía éxito sería por el.  En cambio yo, ¿cómo podría encontrar redención?
 
M.S.

LA MALA HIERBA

Empezar a hablar de Denis hablando sobre mi mismo, puede parecer presuntuoso, pero creo que es necesario.. Para empezar Denis y yo crecimos juntos como espigas de un mismo campo que el viento agita suavemente en la misma dirección, pero incluso así, el sol parecía haber beneficiado a Denis con sus mejores rayos dotándole de belleza, talento y simpatía, mientras que a mi, como mala hierba, me había dejado en la sombra. Si yo existía en el mundo, sólo era para engrandecer  a Denis en comparación. En todo había sido siempre el mejor sin ni siquiera pretenderlo. Siempre el preferido de todos en la escuela y luego en la universidad. E incluso cuando ambos empezamos a escribir, mientras mis escritos no eran más que una sucesión de palabras sin sentido ni trascendencia, él había sido adulado y reconocido como una promesa de las letras con su primera novela “el príncipe maldito”.

En parte yo me sentía ese principe maldito, oculto desde el nacimiento, ese hombre talentoso que muere sin que nadie nunca se fije en él. Y Denis era el rey coronado, con su corte de bufones alrededor. Y lo más dificil para mí, es que era un rey amado por su pueblo. Todos los que le conocían sentían un anhelo constante de estar junto a él. El odio es un sentimiento extraño, porque puede esperar para siempre anidando cual oruga o crisálida hasta el momento de convertirse en mariposa. No es fácil saber qué despierta el rugido del odio en su cueva, pero en mi caso sé con certeza que fue Eunice.
Eunice era la criatura más irreal en su perfección que yo había contemplado, exceptuando al propio Denis, y me enamoré de ella al instante.
No pude resignarme a contemplar cómo me era arrebatada. Tal vez fuese sólo la gota de agua que faltaba para desbordar el mar. Desesperado y enfermo de celos, fui a ver a un brujo que se anunciaba en las páginas de un periódico. No sé si creía o no en la brujería, pero pensé que valía la pena intentar un encantamiento por doscientos dólares. Aunque fuera el último dinero del que disponía. El brujo puso en mis manos un amuleto, una extraña flor llamada “Rosa de Jericó” originaria de Asia y de África, que tenía, según me dijo, propiedades mágicas.
-          La flor es inmortal, pero con una inmortalidad intermitente, sus ramas sólo se abren a la vida cuando se sumergen en agua
Pasando por alto la incongruencia de la existencia de una inmortalidad intermitente, comenzamos con un ritual de vudú, con pelo del propio Denis que le había robado de su chaqueta,  y cuando terminamos conduje hasta el West Side, deseoso de entregarle el amuleto. Hacia pocos meses que vivía en aquel ático, que le había dejado su editor .
 
 Me precipité escaleras arriba hacia el ático, nervioso, en contraste con el inocente y tranquilo semblante que encontré al abrir la puerta. Él estaba imponente, con un traje oscuro.  Puse el amuleto en sus manos, y al hacerlo sentí el roce de su piel caliente contra la mía. Por un instante nos miramos el uno al otro y sentí que me encontraba ante un espejo, aunque fuera distorsionado. Me dio las gracias distraidamente  con su encantadora sonrisa, y le expliqué que para atraer la fortuna debía sumergirlo en agua, y esperar a que recobrara la vida, pero creo que no me escuchó. Por un momento me arrepentí. Pero en seguida vi a Eunice en la terraza, sola, bebiendo una copa de vino blanco, y aquello me animó. Detrás de ella, centelleaba la ciudad sobre el Hudson como si fuese un hada que atrajera a las luciérnagas. Fui hacia ella hechizado, mientras Denis decía algo ininteligible y se escabullía hacia el pequeño despacho en el que escribía.
 
Saludé a Eunice, y la hice sonreír. Pensé que podía ser el efecto del hechizo. Una invitación para algo más. Aprovechando la oportunidad de estar solos, me acerqué a ella,atraído por el efecto que debía estar haciendo el vino en sus labios.
El pulso de Denis parecía agitado desde la habitación contigua, si atendemos al repiqueteo de sus dedos contra las teclas de la máquina de escribir que bombeaba sus palabras envolviendo con sonido acompasado el aire que respirábamos. Denis se había puesto a escribir así de pronto, lo que no era una actitud extraña en él.
Me tiré al vacío y traté de besar a Eunice. Ella se retiró, asqueada, y me dijo que me odiaba. Me amenazo entre susurros, apretando fuertemente los dientes.  Me dijo que si no quería que Denis se enterara de aquello no debía volver a verla.
 
Me marché. Dejé la ciudad. Puede parecer exagerado, pero preferí poner tierra de por medio. Tal vez aquella era la excusa que necesitaba para romper con todo mi pasado, e iniciar una nueva vida. Alejarme de aquella parte de mi mismo. Alejarme de Denis. Recogí todas mis cosas y me marche hacia el oeste. Conduje varios días, hasta que encontré una cabaña donde vivir, y un trabajo a partir del que empezar de nuevo.
No dí señales de vida, más que alguna postal a mi familia. Unos años después, volví a escribir. Pura basura, ahora me doy cuenta.
Envié el manuscrito a muchas editoriales, y fuíamablemente rechazado una tras otra, hasta que finalmente me llamaron de una pequeña editorial de Nueva York. Así fue como volví a la ciudad en el tercer aniversario de mi extraña partida, con mis esperanzas de nuevo llenas hasta rebosar. La ciudad no parecía haber cambiado y me parecía ver a Denis en cada escaparate, y al doblar cada esquina. No pensaba en ella, en Eunice. Mi pasión por ella se había evaporado. Por eso mi corazón dio un vuelco cuando la vi sentada, esperándome, en el despacho de la editora. Eunice, era mi editora.
-Hola- me dijo, sin muestra de sorpresa- !Cuánto tiempo!
-Hola.- dije yo, recordando aquella noche funesta en la que había intentado besarla.- ¿Qué es de Denis?-
- Denis murió. Murió hace un tiempo. ¿Nadie te lo ha dicho?
- Nadie tiene mi dirección.
 
 
Y Eunice me contó lo que había ocurrido en mi ausencia. Lo que sigue a continuación, es un relato de los hechos tal y como me los confió Eunice, excluyendo de ellos mis intervenciones en el relato, mis preguntas, sus llantos, y esas pequeñas aproximaciones de sus manos a su rostro, tratando de tapar con ellos su vergüenza, como  breve telón del drama:
 ”Todo cambió. Cuando tú te marchaste. Denis cambió. Al principio no parecía que fuera algo definitivo. La verdad que trataba de no estar preocupado porque tú no le respondieras. Pensaba que te había ofendido de alguna manera, y no lograba entenderlo. Se puso en contacto con tus padres, pero Mary le dijo que no sabía donde estabas pero que le habías dicho necesitabas soledad. Pareció tranquilizarse, pero creo que en el fondo, le preocupaba mucho. Un día que paseábamos por el Soho, pasamos por una tienda de antigüedades, y como la boda de Antoine estaba cerca, entramos. Sobre una repisa había una flor extraña en un recipiente con agua, como una mandrágora sumergida, y él pareció acordarse de algo, pues por su rostro pareció cruzarse un recuerdo, que le arrugó la frente. Luego supe que pensó en ti.  La última noche le habías regalado una de esas flores.
Me pareció un poco trastornado entonces, pero nada que me preparara para lo que sucedería más tarde. Volvió a casa corriendo, debía encontrar aquella flor, como si tu te hubieras encarnado en aquel objeto, y al perderte, al olvidarte en algún rincón, te hubiera perdido para siempre.
Traté de decirle que era una locura. Que las personas no habitan en las cosas inanimadas, pero él decía que existía una metafísica de las cosas, algo intangible que las rodea y les da significado.
Recordaba a menudo aquella noche en el  ático. ¿Dónde habría dejado aquella flor? Se decía, en una mesa, en una esquina, en un cajón, olvidada eternamente. Nunca la encontró.
Empezó a recopilar las historias místicas que encontraba sobre la rosa, y una cosa aparentemente banal, se convirtió en obsesión. Parecía que ahora que no estabas tú, él se hubiera vaciado de sí mismo.
No quiero culparte a ti, en realidad, fue mi culpa. Yo te dije que te quería fuera de mi vida, de nuestra vida. No me gustabas.
Ni siquiera le pude contarle la verdad sobre nuestro encuentro en la terraza. Cuando él me dijo que para él, eráis como cuchillas de un mismo trineo, que se apoyan la una en la otra, con la huella del pasado recorrido tras ellas, debí decirle lo engañado que estaba contigo. Debí decirle que hubieras sido capaz de traicionarle. Pero no lo hice, y le traicioné de esa forma yo también.
Dejé que llenara la casa de todas aquellas estrafalarias flores,  y no sé cómo se volvió completamente loco. Esa pequeña línea de cordura que todavía le tenía atado al mundo, se rompió.
Dejó el trabajo, o le invitaron a irse. Dejó de comer, de asearse. Siempre en su jardín de flores muertas y renacidas.
Creo que entonces sólo tú podrías haberle salvado. 
 En cualquier caso, murió, y tendrías que haberle visto, tumbado, y desnudo como un recién nacido rodeado de aquellas flores retorcidas, en el centro de un jardín de  muerte. Tiramos toda aquella porquería. y le vestimos, con su mejor traje. Te acordarás de él seguro, aquel traje oscuro que llevaba la última vez que le viste, en el ático, aquella noche que fue el principio del fin.
Lo más irónico fue que al ponerle la chaqueta ahí estaba, la maldita flor que que le habías regalado aquella noche, en el bolsillo izquierdo.
Todo el tiempo había estado allí. Eterna,  esperando su momento, con una eternidad intermitente, cómo tú le habías dicho”.
 
Aquellas palabras de Eunice me estremecieron. Necesitaba pensar y me marché. No sabía si sentía culpabilidad, pues ¿qué había hecho yo? Si, yo había deseado un gran mal a Denis por Eunice. ¿Por Eunice realmente? ¿Y ella? Ella pensaba que era la culpable de todo, y no podía vivir con ello, por eso al ver mi nombre en el sobre con el manuscrito, supo que para poder redimirse debía ayudarme a publicar mi novela.
 
Ayudándome a mi, le ayudaba a él, y de nuevo, si yo tenía éxito sería por el.  En cambio yo, ¿cómo podría encontrar redención?
 
M.S.