Si habéis visto alguna de las estupendas películas de Matt Hobson, sabéis a lo que me refiero cuando hablo de presencia hipnótica. Si las habéis visto dobladas reconoceréis mi voz.
Yo no tenía vocación de actor, y menos de doblaje. Empecé en esto por casualidad, y aunque él no lo sabía, llevaba ya quince años pegado a su sombra y prestándole mi voz y mi poco talento, la verdad es que se me fue metiendo dentro. Acabé vistiendo como él, adelgazando, o engordando según su papel. Hacia cualquier cosa que hiciese él, y estuviese al alcance de mi famélico bolsillo, como si fuese su espejo.
Aquel fatídico 15 de febrero, me inclinaba sobre el atril de metal leyendo el guión, con su reflejo posado suavemente sobre mí, tratando de encajar cada sílaba en sus movimientos labiales.
-Repite esa última línea desde el hola- dijo el director desde la cabina iluminada.
- Hola- repetí encajándolo perfectamente en el hello silenciado de Matt.
- Espera. Corta, ha ocurrido algo, me acaban de decir, que Matt Hobson ha muerto esta mañana.
Fue a las 8 de la mañana hora de Los Ángeles cuando ocurrió. Sobredosis, dijeron. Busqué por toda la ciudad una licorería en la que envolvieran las botellas en papel marrón. Quería emborracharme sí, pero quería hacerlo cómo en las películas.
La ciudad estaba a oscuras, y es que parecía que ahora que Matt no existía, se apagaban todas las luces como señal de respeto, o quizás la ciudad no estuviera hecha para la lluvia.
-Esto es por ti, – dije levantando la botella a la luna cubierta de nubes de tormenta.
Cuando llegué a casa empapado, abrazado a la soledad de cristal de las botellas, tuve que subir a tientas por la escalera. Y una vez en el apartamento, fui bebiendo pequeños sorbos por su memoria, mientras revolvía todo buscando las cerillas, hasta que las encontré, y encendí la primera.
Miré a mi alrededor, elevando la pequeña llama hasta iluminar mi rostro, y descubrí sombras, contornos extraños en las paredes del cuarto. Se me cortó la respiración. Me asusté y tiré al suelo la cerilla, y al hacerlo las figuras se apagaron, se desvanecieron. Pensé que estaba loco.
Bebí un sorbo más. No había nadie allí conmigo. “Debe ser el alcohol, que me hace ver cosas que no son” me dije y encendí otra cerilla.
- Hola, hijo mío- dijo una señora que no recordaba haber visto en mi vida, pero estaba seguro de que no era mi madre. Me asustó con sus gafas gruesas, que distorsionaban su mirada. Era de mediana edad, llevaba una bata y una redecilla en el pelo.
- No me gusta la casa que tienes ahora. ¿Dónde está la piscina?- añadió la señora.- Y quitaté esa ropa mojada.
- Matt, soy Hal- dijo una voz a su lado. Un rostro de hombre mayor, con poco pelo y cara de preocupación- ¿Por qué me traicionaste? ¿Por qué te marchaste de la agencia? Yo fui quien te hice grande, podría haber encontrado un papel maravilloso para ti.
- Matt, sólo necesito 200 dólares, de verdad, los necesito. Será la última vez que te pida dinero, por favor ayúdame. – dijo una muchacha, comiéndose las sílabas, y mordiéndose al mismo tiempo nerviosamente el pelo. La cara pálida y delgada, los brazos calados de agujeros.
- !Pero yo no soy Matt!- les dije- !Os habéis equivocado! Matt ha muerto esta mañana.
Pero no me creían, habían seguido la voz de Matt y les había llevado hasta mí. Yo no era Matt, pero la confusión era posible alumbrado por la luz de una simple cerilla.
- !Marchaos de aquí!- y soplaba sobre la cerilla, y al minuto encendía una nueva buscando compañía.
Nunca me gustó beber solo.
Y volvieron a aparecer esas figuras. La mujer que no era mi madre, el hombre mayor que me regañaba por haber cambiado de agente y haberle dejado en la estacada, y la joven llamada Sue, que me pedía insistentemente 200 dólares -”lo juro, Matt serán los últimos”, me decía-. Apagaba y encendía las cerillas, y cada vez me sentía más extrañamente acompañado.
Soplaba la pequeña llama azulada acallando sus palabras y antes de que el humo desapareciera, las anhelaba. “No puedo estar sólo, no quiero estar sólo”. Y encendía de nuevo una cerilla. No sé como fue, una cerilla mal apagada cayó al suelo.
La llama brillante recorrió la habitación rápidamente, y el fuego creció hacia arriba y me cubrió como un edredón.
No me moví. Poco sentía yo después de varias botellas.
No sé quien me sacó. Recuerdo un infierno rojo y gris. Lograron sacarme de allí con mi piel quemada en casi un 90 %. Debería haber muerto, y de hecho pensé que había muerto.
Me debatí durante semanas dudando si coger un camino u otro. Florence Hobson cuidándome noche y día, contenta de que le dejara entrar al fin en mi vida. “Te cuidaré, como no te cuidé cuando eras niño”. “Vale, mamá”, le dije, sin atreverme a contradecirle. Le di 200 euros a Sue, y me besó en los labios y caminó con una gran sonrisa hacia la luz. Y le dije a Hal que por supuesto aceptaría el papel que encontrara para mí y se llevaría el 15%.
Cuando desperté entre las sábanas blancas del hospital y el olor a carne quemada, la primera llamada que recibí fue extraña. Me daban el papel principal de un gran musical. Había sido recomendado por alguien, aunque nunca supe por quien. Lo más raro es que nunca me presenté a la audición, así que pensé en Hal. Es una locura, lo sé.
Y ahora tras la máscara de látex, simulo ser un fantasma. Y oigo aplausos desde cada butaca. Butacas rojas teñidas por miles de colores diferentes. ¡Y me aplauden a mí! !A mí!
Y yo, Luis, envuelto en mi capa oscura que oculta mi piel cubierta de cicatrices negras, proyecto desde arriba mi propia voz detrás de la máscara y despojada de toda impostura.
Y sí, ahora soy una estrella, pero aún tengo una queja: por mucho que enciendo cerillas en la oscuridad del camerino, no veo nada más que sombras y humo, lo me preocupa, porque no sé cómo hacerle llegar a Hal su 15%.
M.S.