BORDADOS

Mis hermanas y yo cosíamos por la tarde en el cuarto azul, hasta que la luz de las ventanas hacía que los ojos se volvieran torpes, como envueltos en una nebulosa muy parecida a la niebla que había tras las ventanas. La rutina diaria incluía cuando el tiempo lo permitía un paseo por el pueblo o por los páramos, pero irremediablemente, la tarde pertenecía a la costura. Mis hermanas sacaban sus cestillos y se afanaban en hacer bordados para su futuro ajuar. Ese ajuar que nunca llegaba el momento de utilizar, y que empezábamos a pensar que nunca llegaría.  
 
Yo me sentaba junto a la ventana, en un pequeño escritorio y también cosía, pero cosía palabras. Cada uno de los puntos de mi labor era una palabra, un adjetivo, un adverbio… Cada palabra se encadenaba a la siguiente haciendo un hermoso dibujo, como parte indisoluble de aquellos relatos que en las noches de invierno leía a mis hermanas y que nos cubrían con un manto de esperanza hasta entrar en calor. 
 
Ahora trabajaba en la historia de Micaela Roberts, una joven huérfana. Había sido criada por una anciana, que veía en ella el mismo espíritu que tenía de niña. Esta señora le había hablado del mar y de aquel verano extraño, en el que se convirtió en lo que era, una aventurera. Aunque habían pasado muchos años desde que ella se hizo a la mar, todavía cuando miraba el suelo, le parecía que se movía bajo sus pies, a causa del agua. 
 
“Si me hubieras visto Micaela, surcando el mar en un barco de vela. El pirata Michael no era lo que se dice un hombre honrado, pero que me aspen si he visto hombre más bueno. La mitad de mi vida la viví en aquel barco, el Espíritu del Mar, y allí morí, con el cuerpo de mi amado Michael en mis brazos, el barco balanceándose, y aquellos hombres abordándolo. Tenía un dinero guardado, y lo recogí y compré esta granja, luego llegaste tú, como escupida del mar, como un trofeo, como un regalo. La hija que nunca tuve. Te llamé Micaela por él” 
 
Micaela creció con el amor al mar y al agua salada en cada rincón de su cuerpo. Sentía la llamada del mar, de las olas que rompían con fuerza contra las rocas. No tenía miedo de nada. Siempre supo que ella quería ser bucanera, como lo había sido su madre adoptiva. 
 
-         No sabes lo que dices, muchacha.- decía la señora Roberts, tal vez pensando que había exagerado las virtudes de la vida en el mar, y poco las incomodidades de las mareas.  
Un día Micaela se echó a la mar con su barco de remos, sin atender a razones. En mitad de su paseo empezó a llover copiosamente. Hasta que su pequeña barquita pintada de color azul acabó por zozobrar. Micaela no nadaba demasiado bien, y luchó con todas sus fuerzas contra la inmensidad de las olas, tratando de aferrarse a la vida.  
 
Sin embargo, sus brazos, sus piernas, cada vez estaban más cansados y adormecidos por el frío mar que la mecía. A punto estaba de perder el conocimiento cuando unos brazos aguerridos la cogieron de los hombros y la levantaron como si fuera tan sólo una muñeca.  
Ella no recordaba como había sido su rescate. De hecho pensó que había muerto, hasta que abrió los ojos al sol y tuvo que volver a cerrarlos.  
 
Le dolía la cabeza, y tenía una fuerte sensación de mareo. Debía estar viva. Nunca oyó de fantasmas con nauseas. Su salvador no era un pirata como había pensado.
Era sólo un pescador. Micaela, disimuló cierta decepción, ya que por lo demás el chico era lo que siempre había querido… 
 
- Me parece que viene alguien- me interrumpió Susan, apartando por un momento sus ojos de la labor. 
No me importaba que mis hermanas estuvieran a mí alrededor mientras escribía, pero me ponía furiosa, si oía pasos desconocidos en el pasillo. No me gustaban mucho las visitas porque tenían la costumbre de interrumpirme en mi momento de mayor creatividad, cuando estaba inmersa en un duelo, o en un momento íntimo, o como en este caso en el momento del rescate de Micaela. El momento era importante, conocía a su salvador y a la vez al hombre que amó desde el primer momento, un honrado y pobre pescador.
 
Ahora debía dejar a la pareja, con sus sentimientos recién nacidos en el barco pesquero, mientras atendía a los visitantes. Dejar el manuscrito tapado con la labor, y mientras ofrecía un té y una sonrisa, mirar de soslayo a la historia, y en silencio pensar un poco ella, mientras las palabras que se podían decir, eran dichas en el salón, y las otras, las silenciosas, se quedaban en los labios apenas rozaban la taza de porcelana. Quizás, Micaela Roberts se quedara inmersa también en sus pensamientos, mirando a Matthew Cole, cuando pensaba que él no estaba mirando. Quizás ella tenía también una vida silenciosa e interior, o quizás con los ojos chispeantes y borrosos se fijara en su rostro curtido o en su camisa humeda por la brisa marina.

 
“Se miraron unos momentos a penas. Ambos apartaron la mirada. Tímidos. Nerviosos. ¿Podía ser que dos personas fueran reunidas en el mar de esa manera? Ya había pasado con la señora Roberts, y ahora, con Micaela.
-          No seré bucanera. Seré su esposa, y estaré contenta- se dijo en silencio la muchacha”
 
Así fue como aquel día en el que Micaela fue rescatada por Matthew Cole, el pobre y bonachón Cole,  recibí a Arthur Honneyline. Como Cole, Arthur Honneyline, el hijo del Squire, había venido a salvarme de alguna manera. A hacerme una proposición.
Cada día era lo mismo, Arthur era una buena compañía. Era apuesto, culto y siempre nos traía noticias divertidas de pueblo, a mí y a mis hermanas. Mentiría si no dijera que me agradaba su compañía. Pero más allá de eso no quería pensar nada. 
 
Susan, que bordaba preciosos tapices, con los que decorar la casa, o Mary, tan buena, tan honrada. Dos buenas esposas, esperando eternamente en el salón, sin mucho más que hacer a parte de esperar y bordar. 
Yo no escuchaba. No era una buena elección para Arthur, así que cuando me dijo que deseaba tener una entrevista a solas conmigo y salimos al jardín, con los páramos llamándome a lo lejos, supe que debía rechazarle. Por el camino pensaba en Micaela, oculta bajo la costura, y pensaba en Matthew Cole, y fui vislumbrando su declaración de amor.
 
“-   Soy pobre, Micaela. Pobre, pero trabajador. No puedo ofrecerte mucho, pero todo lo mío es tuyo.  
Y Micaela, y la señora Roberts, se abrazaron y lloraron de felicidad, cuando le despidieron en la puerta, y le vieron marchar. Las nubes llegaban a lo lejos en ese instante, y al momento, la calma del día se transformó. Las ramas se retorcían, y un chillido enloquecedor precedió a la gran tormenta.”
 
-          Querida.- Honneyline cortó el torbellino de pensamientos de mi cabeza como un portazo corta el espíritu del viento- No puedes saber lo mucho que he sufrido desde hace años, pero ya está todo arreglado. Desde el principio, para mí, no ha habido nadie más que tú. Ya sé que pensarás que es una locura, pero solía llegar hasta los páramos y agazaparme cuando sólo era un muchacho. Y te veía jugar con tus hermanas, junto a la casa, con las piernas arañadas por el brezo, con el rostro manchado por el viento. Siempre eras tú, la más valiente, la más hermosa. Y siempre supe que me casaría contigo. 
 
Le dejé hablar como en sueño, pero bien sabía yo que lo que pretendía era impensable. No podía casarme con él. Era imposible. En realidad no podía casarme con nadie. Supongo que hay personas que han nacido para estar cosidas al alma de otras personas. Pero yo no.
 
¿Qué pensaría de mí Arthur si supiera mi secreto?, me pregunté. Si supiera que escribo noches enteras cuentos de piratas, a la luz de las velas. No soy una buena esposa, para él. ¿Y si fuera todo diferente? !Si pudiera amarle sin renunciar a mi vida, a mi arte!
¿Realmente escribir es tan importante? 
 
Si al menos, él hubiera elegido a Susan o a Mary… yo le tendría cerca, como un buen amigo. Tan sólo sería la cuñada excéntrica. Pero ¿cómo rechazar su propuesta, cuando el alma está partida en dos? Cómo arrojar una parte al olvido, y encarar el destino con resignación.   ¿Podría dar una puntada sin hilo? ¿Podría cortar el hilo, y hacer un nudo en el corazón?
¿Si no lo hacía cuanto tiempo podríamos vivir así, de una pequeña renta, tres mujeres solas? Siempre habíamos dicho que una al menos debía casarse. Y debía casarse bien. No podía fallarles. No podría mirarlas a  la cara mientras los inviernos se sucedían marcando su piel, y los años pasaban como las hojas de un libro sin ser leídas. 
 
Puede que la pequeña llama de amor, si puede llamarse así, que sentía por Arthur no ardiera lo suficiente como para convencerme, pero el cariño a mis hermanas era mayor. Y así, pensando todo esto, mis labios acertaron a pronunciar un “sí”, que me atravesó el alma al momento. Un “sí” que se convirtió en rayo a lo lejos y partió el barco de Cole en dos, y le dejó a él a la deriva. Muerto. 
 
Me despedí de Honnelyne con un beso. Él se marchó feliz y en silencio. Demasiadas palabras dichas, que debían consolar su alma torturada durante tanto tiempo. Mis hermanas me preguntaron, pero no les dije nada. “Todavía no diré nada” me dije, mientras corría a mi escritorio. Escribiría toda la noche. Sin parar. Se me iría el alma con cada palabra. Aunque las palabras se las llevara el viento. Aunque el manuscrito muriera en casa, en triste silencio. 
 
A Micaela le dirían “el barco nunca llegó a su destino, se perdió entre las olas, entre la tormenta, en un infierno gris de desolación”. Y Micaela desconsolada entrará en el agua decidida y con cada paso su falda mojada se hará más pesada, hasta que ya no pueda tocar el suelo y la falda la arrastre hacia el fondo, donde por fin será consolada.  
 
Y me veo a mi misma rodeada de agua, La falda pesa demasiado. Y sólo puedo pensar en mis hermanas haciendo bordados, mientras yo poco a poco me voy hundiendo, como si yo fuera el hilo, y la aguja me atravesara por el medio y me empujara debajo,  al fondo del mar, en el centro del bordado.  

Los rayos jóvenes del día entraron por la ventana anunciando la mañana, cuando me dormí en mi escritorio. A lo lejos, en los páramos de mi sueño, logré distinguir un barco, logre distinguir una bandera pirata, que ondeaba en la lontananza. ·”Es mi conciencia que busca otro final para la muchacha Micaela”. Un nuevo rescate del mar. Y así entre sueños, doy las últimas puntadas a mi relato, y sólo por la noche, entre las sábanas, veo las velas de un barco, y veo a Micaela en lo alto, que sonríe y me da las gracias, por dejarle vivir surcando los mares a bordo del “Espíritu de mar”. Cuantas historias que no serán escritas vivirá Micaela en el silencio de mi pensamiento !Cuánto llorará a Matthew Cole, el pobre pescador!
 
Y mirará al horizonte, y pensará en él y pensará en sus sueños rotos, y desvanecidos, perdidos para siempre entre la espuma de la marea. Y quien sabe si un día, el mar brillará con la luz de la luna a lo lejos, y se verá la sombra de un barco que se irá acercando, como atraído por un imán. Y desde el mástil en el que se apoyará Micaela, a través del catalejo, sus ojos verán a un hombre apuesto, de anchos hombros, la camisa abierta y húmeda por la brisa del mar. Los ojos, brillantes y borrosos. “No puede ser verdad…”, dirá con el corazón palpitando con fuerza, golpeando el mástil que se tambalea, como agitando su brazo en pleno mar. “Él tiene que verme ahora. Ahora él me verá”, mientras sus lágrimas saladas caen al mar. Las últimas lágrimas que derramará.
 
Ahora, mis hermanas y yo cosemos cada tarde en el cuarto azul. Y Arthur me coge de la mano, mientras por un momento dejo la labor a un lado. Y él, con su traje azul bien abotonado, me dice con ojos brillantes “me encantan, me encantan tus bordados”. Y yo sonrío, y le beso, y a veces pienso en mi  tumba que sólo será visitada por el viento y en mi pluma arrastrada por el mar.

M.S.

BORDADOS

Mis hermanas y yo cosíamos por la tarde en el cuarto azul, hasta que la luz de las ventanas hacía que los ojos se volvieran torpes, como envueltos en una nebulosa muy parecida a la niebla que había tras las ventanas. La rutina diaria incluía cuando el tiempo lo permitía un paseo por el pueblo o por los páramos, pero irremediablemente, la tarde pertenecía a la costura. Mis hermanas sacaban sus cestillos y se afanaban en hacer bordados para su futuro ajuar. Ese ajuar que nunca llegaba el momento de utilizar, y que empezábamos a pensar que nunca llegaría.  
 
Yo me sentaba junto a la ventana, en un pequeño escritorio y también cosía, pero cosía palabras. Cada uno de los puntos de mi labor era una palabra, un adjetivo, un adverbio… Cada palabra se encadenaba a la siguiente haciendo un hermoso dibujo, como parte indisoluble de aquellos relatos que en las noches de invierno leía a mis hermanas y que nos cubrían con un manto de esperanza hasta entrar en calor. 
 
Ahora trabajaba en la historia de Micaela Roberts, una joven huérfana. Había sido criada por una anciana, que veía en ella el mismo espíritu que tenía de niña. Esta señora le había hablado del mar y de aquel verano extraño, en el que se convirtió en lo que era, una aventurera. Aunque habían pasado muchos años desde que ella se hizo a la mar, todavía cuando miraba el suelo, le parecía que se movía bajo sus pies, a causa del agua. 
 
“Si me hubieras visto Micaela, surcando el mar en un barco de vela. El pirata Michael no era lo que se dice un hombre honrado, pero que me aspen si he visto hombre más bueno. La mitad de mi vida la viví en aquel barco, el Espíritu del Mar, y allí morí, con el cuerpo de mi amado Michael en mis brazos, el barco balanceándose, y aquellos hombres abordándolo. Tenía un dinero guardado, y lo recogí y compré esta granja, luego llegaste tú, como escupida del mar, como un trofeo, como un regalo. La hija que nunca tuve. Te llamé Micaela por él” 
 
Micaela creció con el amor al mar y al agua salada en cada rincón de su cuerpo. Sentía la llamada del mar, de las olas que rompían con fuerza contra las rocas. No tenía miedo de nada. Siempre supo que ella quería ser bucanera, como lo había sido su madre adoptiva. 
 
-         No sabes lo que dices, muchacha.- decía la señora Roberts, tal vez pensando que había exagerado las virtudes de la vida en el mar, y poco las incomodidades de las mareas.  
Un día Micaela se echó a la mar con su barco de remos, sin atender a razones. En mitad de su paseo empezó a llover copiosamente. Hasta que su pequeña barquita pintada de color azul acabó por zozobrar. Micaela no nadaba demasiado bien, y luchó con todas sus fuerzas contra la inmensidad de las olas, tratando de aferrarse a la vida.  
 
Sin embargo, sus brazos, sus piernas, cada vez estaban más cansados y adormecidos por el frío mar que la mecía. A punto estaba de perder el conocimiento cuando unos brazos aguerridos la cogieron de los hombros y la levantaron como si fuera tan sólo una muñeca.  
Ella no recordaba como había sido su rescate. De hecho pensó que había muerto, hasta que abrió los ojos al sol y tuvo que volver a cerrarlos.  
 
Le dolía la cabeza, y tenía una fuerte sensación de mareo. Debía estar viva. Nunca oyó de fantasmas con nauseas. Su salvador no era un pirata como había pensado.
Era sólo un pescador. Micaela, disimuló cierta decepción, ya que por lo demás el chico era lo que siempre había querido… 
 
- Me parece que viene alguien- me interrumpió Susan, apartando por un momento sus ojos de la labor. 
No me importaba que mis hermanas estuvieran a mí alrededor mientras escribía, pero me ponía furiosa, si oía pasos desconocidos en el pasillo. No me gustaban mucho las visitas porque tenían la costumbre de interrumpirme en mi momento de mayor creatividad, cuando estaba inmersa en un duelo, o en un momento íntimo, o como en este caso en el momento del rescate de Micaela. El momento era importante, conocía a su salvador y a la vez al hombre que amó desde el primer momento, un honrado y pobre pescador.
 
Ahora debía dejar a la pareja, con sus sentimientos recién nacidos en el barco pesquero, mientras atendía a los visitantes. Dejar el manuscrito tapado con la labor, y mientras ofrecía un té y una sonrisa, mirar de soslayo a la historia, y en silencio pensar un poco ella, mientras las palabras que se podían decir, eran dichas en el salón, y las otras, las silenciosas, se quedaban en los labios apenas rozaban la taza de porcelana. Quizás, Micaela Roberts se quedara inmersa también en sus pensamientos, mirando a Matthew Cole, cuando pensaba que él no estaba mirando. Quizás ella tenía también una vida silenciosa e interior, o quizás con los ojos chispeantes y borrosos se fijara en su rostro curtido o en su camisa humeda por la brisa marina.

 
“Se miraron unos momentos a penas. Ambos apartaron la mirada. Tímidos. Nerviosos. ¿Podía ser que dos personas fueran reunidas en el mar de esa manera? Ya había pasado con la señora Roberts, y ahora, con Micaela.
-          No seré bucanera. Seré su esposa, y estaré contenta- se dijo en silencio la muchacha”
 
Así fue como aquel día en el que Micaela fue rescatada por Matthew Cole, el pobre y bonachón Cole,  recibí a Arthur Honneyline. Como Cole, Arthur Honneyline, el hijo del Squire, había venido a salvarme de alguna manera. A hacerme una proposición.
Cada día era lo mismo, Arthur era una buena compañía. Era apuesto, culto y siempre nos traía noticias divertidas de pueblo, a mí y a mis hermanas. Mentiría si no dijera que me agradaba su compañía. Pero más allá de eso no quería pensar nada. 
 
Susan, que bordaba preciosos tapices, con los que decorar la casa, o Mary, tan buena, tan honrada. Dos buenas esposas, esperando eternamente en el salón, sin mucho más que hacer a parte de esperar y bordar. 
Yo no escuchaba. No era una buena elección para Arthur, así que cuando me dijo que deseaba tener una entrevista a solas conmigo y salimos al jardín, con los páramos llamándome a lo lejos, supe que debía rechazarle. Por el camino pensaba en Micaela, oculta bajo la costura, y pensaba en Matthew Cole, y fui vislumbrando su declaración de amor.
 
“-   Soy pobre, Micaela. Pobre, pero trabajador. No puedo ofrecerte mucho, pero todo lo mío es tuyo.  
Y Micaela, y la señora Roberts, se abrazaron y lloraron de felicidad, cuando le despidieron en la puerta, y le vieron marchar. Las nubes llegaban a lo lejos en ese instante, y al momento, la calma del día se transformó. Las ramas se retorcían, y un chillido enloquecedor precedió a la gran tormenta.”
 
-          Querida.- Honneyline cortó el torbellino de pensamientos de mi cabeza como un portazo corta el espíritu del viento- No puedes saber lo mucho que he sufrido desde hace años, pero ya está todo arreglado. Desde el principio, para mí, no ha habido nadie más que tú. Ya sé que pensarás que es una locura, pero solía llegar hasta los páramos y agazaparme cuando sólo era un muchacho. Y te veía jugar con tus hermanas, junto a la casa, con las piernas arañadas por el brezo, con el rostro manchado por el viento. Siempre eras tú, la más valiente, la más hermosa. Y siempre supe que me casaría contigo. 
 
Le dejé hablar como en sueño, pero bien sabía yo que lo que pretendía era impensable. No podía casarme con él. Era imposible. En realidad no podía casarme con nadie. Supongo que hay personas que han nacido para estar cosidas al alma de otras personas. Pero yo no.
 
¿Qué pensaría de mí Arthur si supiera mi secreto?, me pregunté. Si supiera que escribo noches enteras cuentos de piratas, a la luz de las velas. No soy una buena esposa, para él. ¿Y si fuera todo diferente? !Si pudiera amarle sin renunciar a mi vida, a mi arte!
¿Realmente escribir es tan importante? 
 
Si al menos, él hubiera elegido a Susan o a Mary… yo le tendría cerca, como un buen amigo. Tan sólo sería la cuñada excéntrica. Pero ¿cómo rechazar su propuesta, cuando el alma está partida en dos? Cómo arrojar una parte al olvido, y encarar el destino con resignación.   ¿Podría dar una puntada sin hilo? ¿Podría cortar el hilo, y hacer un nudo en el corazón?
¿Si no lo hacía cuanto tiempo podríamos vivir así, de una pequeña renta, tres mujeres solas? Siempre habíamos dicho que una al menos debía casarse. Y debía casarse bien. No podía fallarles. No podría mirarlas a  la cara mientras los inviernos se sucedían marcando su piel, y los años pasaban como las hojas de un libro sin ser leídas. 
 
Puede que la pequeña llama de amor, si puede llamarse así, que sentía por Arthur no ardiera lo suficiente como para convencerme, pero el cariño a mis hermanas era mayor. Y así, pensando todo esto, mis labios acertaron a pronunciar un “sí”, que me atravesó el alma al momento. Un “sí” que se convirtió en rayo a lo lejos y partió el barco de Cole en dos, y le dejó a él a la deriva. Muerto. 
 
Me despedí de Honnelyne con un beso. Él se marchó feliz y en silencio. Demasiadas palabras dichas, que debían consolar su alma torturada durante tanto tiempo. Mis hermanas me preguntaron, pero no les dije nada. “Todavía no diré nada” me dije, mientras corría a mi escritorio. Escribiría toda la noche. Sin parar. Se me iría el alma con cada palabra. Aunque las palabras se las llevara el viento. Aunque el manuscrito muriera en casa, en triste silencio. 
 
A Micaela le dirían “el barco nunca llegó a su destino, se perdió entre las olas, entre la tormenta, en un infierno gris de desolación”. Y Micaela desconsolada entrará en el agua decidida y con cada paso su falda mojada se hará más pesada, hasta que ya no pueda tocar el suelo y la falda la arrastre hacia el fondo, donde por fin será consolada.  
 
Y me veo a mi misma rodeada de agua, La falda pesa demasiado. Y sólo puedo pensar en mis hermanas haciendo bordados, mientras yo poco a poco me voy hundiendo, como si yo fuera el hilo, y la aguja me atravesara por el medio y me empujara debajo,  al fondo del mar, en el centro del bordado.  

Los rayos jóvenes del día entraron por la ventana anunciando la mañana, cuando me dormí en mi escritorio. A lo lejos, en los páramos de mi sueño, logré distinguir un barco, logre distinguir una bandera pirata, que ondeaba en la lontananza. ·”Es mi conciencia que busca otro final para la muchacha Micaela”. Un nuevo rescate del mar. Y así entre sueños, doy las últimas puntadas a mi relato, y sólo por la noche, entre las sábanas, veo las velas de un barco, y veo a Micaela en lo alto, que sonríe y me da las gracias, por dejarle vivir surcando los mares a bordo del “Espíritu de mar”. Cuantas historias que no serán escritas vivirá Micaela en el silencio de mi pensamiento !Cuánto llorará a Matthew Cole, el pobre pescador!
 
Y mirará al horizonte, y pensará en él y pensará en sus sueños rotos, y desvanecidos, perdidos para siempre entre la espuma de la marea. Y quien sabe si un día, el mar brillará con la luz de la luna a lo lejos, y se verá la sombra de un barco que se irá acercando, como atraído por un imán. Y desde el mástil en el que se apoyará Micaela, a través del catalejo, sus ojos verán a un hombre apuesto, de anchos hombros, la camisa abierta y húmeda por la brisa del mar. Los ojos, brillantes y borrosos. “No puede ser verdad…”, dirá con el corazón palpitando con fuerza, golpeando el mástil que se tambalea, como agitando su brazo en pleno mar. “Él tiene que verme ahora. Ahora él me verá”, mientras sus lágrimas saladas caen al mar. Las últimas lágrimas que derramará.
 
Ahora, mis hermanas y yo cosemos cada tarde en el cuarto azul. Y Arthur me coge de la mano, mientras por un momento dejo la labor a un lado. Y él, con su traje azul bien abotonado, me dice con ojos brillantes “me encantan, me encantan tus bordados”. Y yo sonrío, y le beso, y a veces pienso en mi  tumba que sólo será visitada por el viento y en mi pluma arrastrada por el mar.

LUNÁTICA Y DESCABEZADA

Me despierto. Hay luna llena. Subo al desván muy despacio por la escalera de caracol, tratando de que los peldaños de la escalera no crujan bajo mis pies descalzos.
Es curioso como los peldaños sólo crujen por la noche, por más que los pises durante el día no consigues un solo sonido de ellos…

Abro con sigilo la puerta de madera, y miro hacia dentro. Puedo ver con claridad a pesar de la semipenumbra que me envuelve, a pesar de la tenue luz que a penas entra por el tragaluz del techo. Distingo los muebles viejos, las cajas y los baúles que se amontonan por las paredes.

Me siento justo debajo del tragaluz, allí donde la luna refleja en el suelo de madera su propia figura, y las estrellas que tiritan suspendidas en el cielo, se desdoblan dentro proyectándose en la madera.
Me cojo las piernas con mis manos, e inclino la cabeza todo lo que puedo hacia atrás,  mirando al cielo.

Por un instante ocurre algo extraño, el reflejo de la luna se posa sobre mi cara y parece robarme el rostro, cosiendo con su luz su cara a la mía.
La luz de la luna parece entonces entrar con más fuerza, y en su trayectoria veo multitud de puntitos blancos que parecen ir cobrando forma según van cayendo y posándose en el suelo. Justo a mi lado.

Y como por arte de magia aparece frente a mí una muchacha. Al principio su pelo le oculta el rostro, y luego levanta la mirada dejando ver su abrupta y pálida cara.
Sólo por un instante, pero es suficiente.

Después, se acerca a mí en un movimiento rápido, y yo retrocedo instintivamente, arrastrándome por el suelo, en busca de refugio bajo los muebles.
Por mucho que corra, bien sé que no tengo escapatoria. Que estoy atrapada.
Ella parece un animal salvaje en su locura.

Consigue atraparme el pie y tira de él con fuerza, hasta que feroz, lo muerde, o quizás lo atraviesa con un cuchillo porque noto un dolor que me hiela la sangre.
-         No vuelvas a apoderarte de mi cara niña, si vuelves a conjurarme y a apoderarte de ella morirás-  me advierte la muchacha, con mi sangre cayendo en finos hilillos desde su boca, dejando un surco carmesí en su accidentada cara.

 
Y se desvanece, convirtiéndose de nuevo en polvo, que sale por el tragaluz hasta llegar de nuevo al cielo al que pertenece. 
Me quedo sola, en medio de un charco de sangre. El miedo y la excitación me hacen llorar durante horas en la soledad del desván. Nadie me oye. El dolor me impide levantarme.

Por la mañana encuentran mi cuerpo inerte, como una hoja seca, sobre la madera. Tan solo acompañada de mi propia sangre muerta.
La tía Lilly llama al cirujano, temiendo que tenga que amputar el pie. La herida está infectada y llena de un pus amarillento.

Todos piensan que yo misma me he causado la herida, y no pueden disimular cierta mirada de terror hacia la niña huérfana, sonámbula y medio loca de la que se han hecho cargo.
- Sangrías y mucha paciencia.- dictamina el cirujano. – aunque tal vez persista la cojera.

Al principio quise pensar como todos ellos que mi imaginación había sido la causa de todo aquello, y que yo misma me había causado las heridas.
Pero cuando me quitaron la venda, tenía la marca de la luna llena sobre el tobillo.
 Y desde entonces, siempre que la luna se quita su velo de la cara y me mira a los ojos, sé que esta historia es cierta, y  bajo la mirada temerosa de que cumpla su amenaza.

M.S.

MEJILLONES AL CURRY

El niño estaba en el fondo de un oscuro pozo, llorando, muerto de frío. Le castañeaban los dientes. Tenía la ropa empapada por su propio vómito. Pero dejémosle unos momentos. Dejemos una chincheta sujetando el instante, y  movamos las manillas del reloj hacia atrás, para entender cómo los finos hilos del azar tejen el destino.

Burdeos. Sur de Francia. El paisaje estaba lleno de hermosos viñedos. Olor a rosas. Una nueva fiesta en el Chateaux. Gente encorbatada. Trajes oscuros.
El niño entornó la puerta, pensando que tal vez podría llegar al jarrón de extrañas figuras que había en el salón sin que toda esa gente reparara en él. Como era bajito, incluso para su edad, no sería difícil. En la escuela siempre le llamaban enano. “Tengo que esconder el gomitao” se dijo. Cada vez llamaba con más insistencia a su boca, desde las profundidades de su estómago.
En el salón había un jarrón lo suficientemente grande como para guardar la pasta naranja. Pero el salón estaba lleno de gente extraña. Es que estaba harto de que la casa se llenara de toda esa gente. Todos se empeñaban en pellizcarle la cara, y en alborotarle el pelo. Mientras su madre siempre le regañaba por todo. “Tienes que portarte bien”, le decía. Siempre se reducía todo a que se portara bien. El problema era que no sabía cuando se estaba portando bien y cuando se portaba mal. Siempre escuchaba que era un niño “poblemático”.
 
Su madre. La buscó con la mirada entre toda esa gente del salón. Y la encontró en un rincón, riendo ruidosamente, siempre reía así cuando había invitados, pero cuando no había nadie nunca lo hacía. De hecho, nunca sonreía.
Salió al jardín, pasó por debajo de la verja. Y ahí estaba rodeado de viñedos. Qué mal se encontraba. “Si pudiera hacer un agujero, y esconderlo dentro…”, se dijo.
Cecilia estaba harta de aquellas fiestas de su marido. Se aburría enormemente, aunque no lo parecía. Su sonrisa forzada, sus ojos pintados, el carmín rojo en sus labios. Había ido a la peluquería y había supervisado personalmente la cena. Y ella misma había hecho su especialidad, mejillones al curry. Y lo había hecho pensando que por fin, era la última vez que cocinaba para su marido, y para toda esa gente. Mejillones, vino blanco, curry…
Lo tenía todo preparado, y Fran la recogería junto a la carretera a las diez y cuarto, justo durante el discurso siempre aburrido de su marido. Las palmaditas en la espalda de los unos a los otros. Los brindis con los vinos. Las catas. Antes de que los cristales de las copas tintinearan por todo el Chateaux. Lo que empezó con un brindis por los novios, terminaría con ese otro brindis.
Desde el principio siempre pensó que se equivocaba al aceptar la proposición de matrimonio. En realidad no le amaba, nunca le amó. Y había aceptado la proposición de enterrarse en vida en el campo, con él. Y luego el niño. El pequeño niño que siempre le recordaba con los rasgos mezclados de ambos el error que había cometido.
Las maletas las había dejado en el jardín, escondidas, tan solo esperando que ella las recogiera, y atravesara los apenas trescientos metros desde la verja del viñedo hasta la puerta del Chateaux donde Fran la rescataría de una vida insípida, en la que los días se sucedían uno a uno sin descansar, sin tregua, y sin ninguna emoción o sobresalto.
No miraría atrás. Como si pudiera pudieran enterrar una vida entera. Enterrarla en el olvido para siempre. ¡Cómo se había equivocado!, ahora lo sabía. Sabía que era un alma inquieta, y que no podía amar a Jean Claude, porque ya lo había intentado. Lo había intentado durante años.  Y ahora, debía huir en la noche como si fuera un ladrón. Huía en la noche, llevándose consigo como botín, su propia vida.
Hablaba con la gente como si fuera una sonámbula. Las palabras iban y venían, pero Cecilia sólo pensaba en su liberación. En Fran. Entró en la cocina un segundo tratando de reponerse entre tanta falsedad y entonces lo vio. El taburete apoyado contra la encimera, y sobre ella, la fuente de mejillones al curry, según la receta tradicional de su abuela. “Hazlos con cariño, le había dicho, y tu vida será una balsa de aceite”. Y lo había sido. Pero quien hubiera dicho que una balsa de aceite no podía también hundirse hasta el mismo fondo del olvido. Era el plato perfecto para acompañar al vino blanco.
Ese año su aroma era insuperable. En aquel lugar, lo único que tenía sabor era el vino.
Las conchas estaban rebañadas, no quedaba a penas carne. El taburete acusaba claramente al niño. Ese mocoso siempre haciendo de las suyas. Le tenía que haber enviado a un internado, era pequeño, difícil. Antes de irse para siempre le iba a regañar tanto, que el niño recordaría siempre a su madre como una mujer regañona, vestida con un vestido de negra seda.
El niño en el jardín vio a lo lejos el pozo. Sólo tenía que levantar la tapa, e inclinarse. Y además, así, nadie descubriría que se había comido todos los mejillones.
Así se inclinó sobre el pozo y empezó a vomitar, con tanta fuerza, que no pudo evitar caerse detrás, y hasta el fondo del pozo.
Cecilia salió al jardín llamado al niño, pero nadie respondía. Su carroza de cristal esperaría hasta las diez y cuarto, tan solo. Junto a la carretera. Fran le había dicho “ni un minuto más te esperaré, princesa. Si no estás me marcharé sin tí, y nunca más nos veremos”. Y ahora ese niño “¿dónde se había metido?”. ¡Iba a matarlo! El reloj parecía resonar con fuerza en su cabeza. Eran ya diez toques. Era el momento. Y ella escuchaba a penas un sollozo a lo lejos.
Salió a los viñedos, levantando la verja. Ese olor a rosas que ya tenía metido dentro. Cómo lo odiaba porque era falso, era mentira. Tardes en el viñedo, con el sol regalando sus últimos rayos, y Jean Claude a su lado. Y Jean Claude sin saber a penas que ella existía. Sin mirarla, sin abrazarla, sin preguntarle si necesitaba algo para hacer de su vida algo diferente a una vida indiferente, insípida, y carente de significado
Fran. Fran era un buen hombre. Había venido a vendimiar. Y desde el principio Cecilia se permitió ciertos coqueteos. ¡Qué importaba ya lo que pudiera ocurrir! Jean Claude no sabía amarla, si es que todavía la amaba. Besos en el olvido. Una buena cosecha se preparaba, todos lo sabían. Y Cecilia sonreía por dentro, porque por una vez se sentía viva. “Sí que sería una buena cosecha, por fin”. Ahora todos esos recuerdos aparecieron atormentándola. Chateaux Clement, ¿por qué?. “Fran vino para salvarme, para liberarme, como en los cuentos”. Como los cuentos que nunca había leído al niño. A su hijo.
  Llamó corriendo a Jean Claude, que empezaba su discurso “mis queridos invitados, esta noche es una noche de celebración. Es una noche especial porque cada nueva cosecha lo es…”. Cecilia le cortó.
- Jean Claude, hay un problema, el niño está en el pozo
-  ¿Qué dices?
- Han sido los mejillones
  Y el niño estaba en el pozo, y ese era el momento. Un pequeño imperdible. Un pequeño apunte en su vida. Una anécdota tal vez insignificante. Llamaron a los bomberos, y mientras esperaban, los minutos se clavaban en el alma de Cecilia. Tenía un nudo en el estómago. “El niño está bien, márchate”, se decía. Pero sus pies no la obedecían. “Fran se irá sin mí, le perderé. ¿Cuándo tendré una nueva oportunidad de huir?”. Miraba a Jean Claude y ya no sabía lo que debía hacer…
“Los malditos mejillones, por esto es por lo que decía mi abuela que la vida sería una balsa de aceite? Nunca pasará nada, en mi vida nunca pasará nada”, gritaba en silencio desde las profundidades de su alma. Mientras, todos a su alrededor, la miraban. “Que gran mujer”. “Qué gran madre”.  “Que entereza”. Los pensamientos se cruzaban atravesando el viento.
Toda esa gente. Trajes oscuros. Mentes idénticas, arrojando idénticas preguntas. “¿Un descuido?”. “Con los niños pequeños, ya se sabe”. “Ese niño es un mal bicho”. Pero era sólo un niño. Un niño pequeño. Un pequeño niño.
Ya nada podía hacerse. Las diez y media pasadas. Fran se habría marchado. ¡Cuántos años iguales a éste, al anterior! Cuantas fiestas en el jardín, cuantas sonrisas y caricias falsas vendrían después de esa noche. ¡Cuánto sacrificio, cuanta resignación!. “Igual que mi madre. Igual que mi abuela. Es como los mejillones, la receta tradicional de la familia, compuesta por miedo, y unas gotas de autocompasión, ¿por qué no de veneno?”. 
Al niño le sacaron a las doce en punto. Asustado. Temblando. Las manos arañadas de tratar de escalar por las duras piedras que resbalaban. “Me portaré bien, mamá.  Te lo prometo”. Le había dicho al mismísimo silencio.
Salió del agujero negro, del pozo cubierto por una repugnante capa naranja, y un olor a curry casi insoportable. Descompuesto. Ese fue su segundo nacimiento y el verdadero. Y cómo la primera vez, le pusieron en brazos de su madre, de Cecilia.
Otro niño quedó atrapado para siempre en la oscuridad del pozo, con la cabeza inclinada hacia atrás, mirando la escena desde abajo. Mientras André era abrazado fuertemente por su madre, que le limpiaba con sus lágrimas, sin dejarle espacio a penas para respirar, manchándose el precioso vestido negro de seda de esa pasta naranja fluorescente. 
Y en el ambiente flotaba el insistente olor de las rosas, que casi ocultaba el fuerte olor a curry de la receta tradicional de la familia.
 

M.S.

HORMIGA ROJA, CORAZÓN OSCURO

Empujé hacia arriba con mis patas delanteras, la hoja que me había servido de refugio y pude ver cómo los rayos del sol esquivaban las cuerpos e iluminaban las sombras,  acariciando  todas esas gotas que la tormenta había regalado y que brillaban como si fueran joyas engalanando un mar de hierbas, matas y brezo, con olas verdes y amarillas que movía el viento.
Mi mirada quedó cautiva, prisionera en esas gotas que  veía todos esos ojos que parecían entrar por mis pupilas y atravesarme el alma. Al restregarme los ojos vidriosos por las lágrimas pude ver mi propio rostro mil veces reflejado, una vez por cada gota. ¿Eran gotas de lluvia o eran lágrimas? ¡Qué importaba!
Esos ojos, acusadores, tan parecidos a aquellos otros que me habían sentenciado: Deserción o muerte.
¿Cuánto peso puede soportar una conciencia?. Dicen que las hormigas pueden soportar siete veces su peso. Pero creo que es mentira.
Veo un rostro, y luego otro. ¿Es el mío o es de otros? ¿Es de mis víctimas o es de mi verdugos? ¿Qué soy yo víctima del destino, o verdugo del Reino Rojo? Cómo si cada uno fuera una puñalada Un cuchillo en plena batalla.. Cómo si todavía estuviera en el hormiguero, frente al Consejo de Guerra, temblorosa y asustada.
¿Cómo hacer una confesión ahora? Cómo si fuera posible confesar y pedir perdón. Tengo la pintura roja que me cubre mi cuerpo, y que puedo usar como tinta con la que dar forma a mi confesión. Puedo escribir con mis finas patas en estas hojas amarillas, húmedas por la lluvia. Una palabra tras otra. Ojalá al hacerlo, al tener las palabras ante mí, pueda leer en ellas algo. Alguna esperanza con la que vivir. Un pequeño rayo de luz que ilumine mi camino entre las ramas del páramo, o por el contrario la ver oscuridad que sellará mi fin.
Me gustaría decir que vendí a la Reina Roja, a mi reina, por una causa noble, pero sería mentira. Me gustaría decir que maté a la Reina Oscura para garantizar la paz en el páramo. Pero si lo dijera también mentiría
Yo no nací diferente a las otras. Podría estar frente a cualquiera de ellas, de las hormigas del Reino Rojo y hubiera visto el mismo rostro. ¿Qué importa si sobrevive el Reino Rojo, o el Reino Oscuro? Yo soy proscrita de ambos reinos, y ahora que no hay un lugar al que pertenezca, puedo volver al principio y pensar en el problema. ¿Por qué luchan los dos reinos?
Hace años, nuestros antepasados se hicieron la misma pregunta, y las hormigas sabias lo leyeron en las runas. Una paz que pendía de un hilo del que tiraban el Reino Rojo y el Reino Oscuro. Cada una del lado de su hormiguero. Y entonces se decidió un trueque de reinas. La paz se consiguió, pero la siguiente generación ya estaba de nuevo en guerra. Unas contra otras. Rojas contra Oscuras, y Oscuras contra Rojas.
Pero el cambio de reinas había supuesto un cambio también físico en todas ellas.
Ahora las hormigas del Reino Rojo, no eran ya rojas, sino que al nacer eran negras. Y las oscuras, en cambio, eran iguales que su reina, completamente rojas. Pero tanto unas como otras pintaban su cuerpo con los colores opuestos, aferradas a un pasado al que en realidad no habían pertenecido, nada más que sus contrarias…
Las palabras salían a borbotones, coloreadas con la pintura de mi cuerpo y no podía parar. No podía. Podía haber sido mi propia sangre la que manchaba aquellas hojas amarillas. Cerré los ojos un segundo y empecé a pensar en cómo podía llegar a entenderme a mi misma, a comprender mis errores.
No había conseguido convencer al jurado frente a mí, pero pensaba que tal vez podría convencer tan sólo a ese otro jurado. A esos rostros encerrados en esas gotas de lluvia que borraba el sol con sus rayos, empujándolas a su tumba de barro, compartida por tantas hormigas caídas en una guerra sin principio, sin final y sin ningún sentido.
Pensaba que tal vez si caía la última gota, acusadora, yo podría perdonarme de alguna forma. Una última gota de lluvia, y una última lágrima ¿Merezco vivir?, me preguntaba. Tal vez esta extraña confesión, esta pequeña nota que podría ser de suicidio de una pequeña hormiga sin corazón, tal vez podría servir de algo.
Y me arranqué esa pintura roja que aún me cubría en parte y seguí escribiendo:
¿Alguien entiende una guerra tan absurda? El trueque, en realidad, no es una razón para luchar, pero ¿No podría ser una razón para la paz?
¿No estamos de alguna forma emparentadas? ¿No guardamos en realidad la memoria de las Rojas que aparece tras nosotros como una sombra, porque en el fondo, es la memoria de las oscuras?
¿Por qué se lucha? El fragor de la batalla. Los destellos que provoca el choque de espada contra espada, ciegan la vista, y siegan la vida y el alma más que el hierro que las forman. Y la ira, que la empuña, se mete en el cuerpo, y ya no existe nada más que el momento. Tú en el campo de batalla, rodeado de enemigos y la espada en tus manos, como único amigo.
Recuerdo un momento en el que ascendí sobre todos aquellos cuerpos, todas esas hormigas con sus armaduras, y pude ver desde arriba a ambos ejércitos.
Ambos ejércitos dejaban un rastro de pintura al avanzar, como una estela que alfombraba el suelo. Una alfombra para que las reinas Oscura y, pisaran majestuosas desde la retaguardia, en la seguridad de sus carros tirados por pulgones. Pese a lo terrible de la situación pensé en aquella imagen hermosa.
Y me ví a mi entre el barro, malherida. No sé como llegué hasta ella, hasta la Reina Oscura y me arrastré entre el dolor y la locura, alzando el puñal que acabó con su vida. ¡Oía ya los vítores de las mías! ¡La alegría de las Rojas por la derrota de las oscuras. Pero ahí con la sangre roja de la Reina Oscura entre mis manos, no podía articular palabra. La pintura roja de mis manos se había levantado, y ahora la reemplazaba aquella sangre roja de la Reina Oscura. ¡Por qué lo hice?
Las hormigas oscuras clamaban venganza. Y aunque enfurecidas, decidieron perdonarme la vida, pues viva podría llevarlas al Reino Rojo, y servirles en bandeja una nueva reina, la única que existía ahora en el páramo. ¡Mi propia reina! ¡la Reina Roja!
Y así a cambio de mi vida entregué a mi reina, y al hacerlo sentencié a  mi pueblo. Y ahora que estoy aquí sola, ahora pienso, que la única forma de paz, la única forma posible de terminar esta guerra y de que no muera nadie más es que reconozcamos que sólo existe un reino.
¿Lo pensarás mi Reina Roja, mi Reina Oscura?
Y al terminar de escribir la hoja amarilla escrita por ambos lados, en mi cuerpo ya no quedaba tinta y por primera vez desde que había nacido era de mi propio color, y pude verme reflejada en aquella última gota de lluvia que suavemente ví caer al barro.
Y supe que había nacido para era enrollar suavemente aquella hoja y caminar en ese momento, sin nada que perder, hacia el Reino Oscuro.

M.S.

BIENVENIDO A OLVIDO

Llegó a Olvido el niño y nadie le dijo que era un recuerdo olvidado porque a nadie vio. Aquel parque con cemento en el suelo era el mundo entero. No recordaba nada antes, ni nada después. La piel rugosa del balón naranja contra sus dedos infantiles, y Lucy que llegaba una vez más con los ojos llorosos.
 
-          Me marcho esta tarde, no volveremos a vernos. Pero quiero que me recuerdes, y que guardes esto- le dijo entre sollozos la niña, poniendo en sus manos una canción, una partitura. – ahora es tuya, y recuerda que la música lo puede todo. Recuerda que igual que las notas se elevan del pentagrama, se expanden y llenan el aire, si los dos nos rodeamos de música volaremos alto, y nos encontraremos. Y ya nunca nos separaremos.
 
Un pequeño beso. Una despedida con la cara mojada por el llanto. Y el mundo se paró. Se paró la música, ahogada por el silencio. Y sonó la canción de amor.
 
Aun no lo sabía, pero aquel beso salado, aquella despedida que le atormentó al principio, que se le clavó como una aguja, cicatrizó.
En algún lugar de la mente, la llave giró en su cerradura, con un suave chirrido. Ya nunca saldría Lucy, ya nunca escucharía su voz.
 
A partir de ese instante, Lucy viviría sí, pero viviría muy lejos, y tendría otra vida, y al mismo tiempo viviría en el Olvido noche y día. Día y noche, en aquella  eterna despedida.
 
En otro lugar, más allá de la puerta cerrada, más allá de las murallas de la memoria, allí dónde las cosas son recordadas, un hombre anciano postrado en su cama, descansa. Los ojos cerrados hacia sus recuerdos. A su alrededor tubos, cables, le conectan todavía con el mundo. Igual que los pentagramas mantienen viva la melodía, los cables mantienen el ritmo de su corazón.
 
Y mientras, los dos niños en el cemento viajan por un túnel del tiempo, y navegan por esos cables recorriendo cada rincón de su cuerpo.
 
De nuevo se oyen golpes a lo lejos, el latido del corazón se confunde con el balón del niño golpeando el cemento gris. Los dedos contra la piel rugosa, naranja. Se oye el golpe del balón, y como un eco, los golpes de su corazón. Es como un ritmo, una canción.
 
El hombre mira la luz brillante a su alrededor, y al fondo ve al niño pequeño. ¿Era él mismo ese muchacho cubierto de pecas? ¿Ese muchacho de pelo rojizo? A penas podía recordar nada. Algunos detalles que iban y venían, y le golpeaban la cabeza.
 
Con un balón en sus manos, ese recuerdo debe ser anterior a todo. “¿Existió una vida anterior a la música? ¿Antes de que sus notas ahogaran cualquier otra voz?”
 
Y entonces, en esa realidad borrosa se da cuenta de que el niño no está solo. Una niña con los ojos tapados con sus finos dedos, oculta sus lágrimas. Ahora lo recuerda. “¿No es esa Lucy? ¡Cómo podría haber olvidado este momento!”
Y la niña se quita las manos de la cara, y el anciano se quita el velo que le cubre la memoria.
 
- Te juro, Lucy- le dijo el niño- que seré famoso, vendrán de todo el mundo a escuchar mi música. Pondrán mi nombre a calles y a plazas, e incluso a este parque, que será para siempre el nuestro. La música nos unirá de nuevo. Cuando sea famoso, ¿volverás a mí?
 
Pero la vida tenía notas discordantes. Y fue girando en su órbita de aplausos y de gloria. Los años se sucedieron, las canas plateadas hicieron brillar su rojo pelo. Y la música acalló el sonido de su corazón y lo envolvió de silencio.
 
¿Acaso no había sido Lucy su musa inconsciente? ¿Aquella que le había susurrado notas en el corazón? Aquella melodía que le regaló. Esa cancioncilla infantil, que creía recordar, y empezó a tararear el anciano en aquella fría habitación de hospital. Aquellas notas escritas de forma nerviosa por una niña tantos años atrás, en una partitura que olvidó en algún lugar.
 
Pero no había nadie que le cogiera la mano, nadie que le escuchara aquel último susurro, aquella última melodía. Estaba sólo. Sólo era una marioneta que mantenían con vida aquellos cables, aquellos hilos.
 Esa melodía que fue la primera. ¿Cómo empezaba aquella canción de amor…?
 ”Viviré eternamente en tu recuerdo, y pensaré en ti, y te echaré de menos…”
 
“¿Qué fue de ti, pequeña musa de ojos verdes? ¿Acaso volviste a mí? ¡Cuanto brillo, cuanto resplandor hay en tu recuerdo más incluso que en una canción! Temo que volvieras a mi, y que no supiera verte de nuevo”.
 
Y ahora él contempla con los ojos cerrados el momento más importante de su vida, sin recordar nada más. Fuera, la prensa espera, quizá impaciente. Están deseando volver a sus casas. El día es frío detrás de las ventanas. Llenarán los periódicos de noticias que muy pronto serán olvidadas. “Sólo la música pervive, Lucy, mi pequeña niña”.
Ahora, en las brumas eternas que le envuelven sólo brillan las lágrimas de Lucy, pequeñas semicorcheas en el viento, pequeñas estrellas en el cielo. Y ya no existe la música, sólo el latido de su corazón, Y se lleva las manos al pecho, y busca el corazón que late con fuerza en su interior.
 
Pero se da cuenta de que no hay ningún sonido. Que los latidos son los golpes del balón. Del balón naranja contra el cemento gris. La única música que queda allí.

M.S.

NAUFRAGO

El mar estiró las arrugas

                                            que el viento había formado

Tumbas sin marca ni huella

                                             habitaban en sus brazos

Si hubiera un puente de madera

                                              colgando de ambos lados

cada paso sería un sueño,

                                              y cada suspiro, un peldaño

¡Guarda tu aliento, pequeño

                                              que tú ya estás sentenciado!

El horizonte burlesco

                                            pintó de rojo un presagio

Y una medusa iluminó solemne

                                             tu camino desde abajo

Busca junto a ti un cortejo

                                              de caballeros emplatados,

Y nada hacia el olvido,

                                                con grietas en los labios

¡Guarda tu llanto,  pequeño,

                                                  Qué de llorar el mar es salado!

No hay nada que hacer

                                                 cuándo el mar te aprieta en su abrazo

 frías colchas de espuma

                                                 y un suave murmullo arropado

Pronto te habrás dormido

                                                  Y  ya nunca serás despertado

Busca dentro de tí, mi niño

                                                  Busca el ancla que hasta aquí te ha varado

Que llegar a puerto es soñar,

                                                       Y soñar es vivir, 

                                                                                          aún naufragando

 

M.S.

NAUFRAGO

El mar estiró las arrugas

                                                 que el viento había formado

Tumbas sin marca ni huella

                                                  habitaban en sus brazos

Si hubiera un puente de madera

                                                 colgando de ambos lados

cada paso sería un sueño,

                                                    y cada suspiro, un peldaño

¡Guarda tu aliento, pequeño

                                                    que tú ya estás sentenciado!

El horizonte burlesco

                                                   pintó de rojo un presagio

Y una medusa iluminó solemne

                                                    tu camino desde abajo

Busca junto a ti un cortejo

                                                     de caballeros emplatados,

Y nada hacia el olvido,

                                                             con grietas en los labios

¡Guarda tu llanto,  pequeño,

                                                  Qué de llorar el mar es salado!

No hay nada que hacer

                                                 cuándo el mar te aprieta en su abrazo

 frías colchas de espuma

                                                 y un suave murmullo arropado

Pronto te habrás dormido

                                                  Y  ya nunca serás despertado

Busca dentro de tí, mi niño

                                                  Busca el ancla que hasta aquí te ha varado

Que llegar a puerto es soñar,

                                                       Y soñar es vivir, 

                                                                                          aún naufragando

 

M.S.

NAUFRAGO

El mar estiró las arrugas

                                                     que el viento había formado

Tumbas sin marca ni huella

                                                       habitaban en sus brazos

Si hubiera un puente de madera

                                                       colgando de ambos lados

cada paso sería un sueño,

                                                            y cada suspiro, un peldaño

¡Guarda tu aliento, pequeño

                                                            que tú ya estás sentenciado!

El horizonte burlesco

                                                             pintó de rojo un presagio

Y una medusa iluminó solemne

                                                             tu camino desde abajo

Busca junto a ti un cortejo

                                                            de caballeros emplatados,

Y nada hacia el olvido,

                                                             con grietas en los labios

¡Guarda tu llanto,  pequeño,

                                                              Qué de llorar el mar es salado!

No hay nada que hacer

                                                    cuándo el mar te aprieta en su abrazo

 frías colchas de espuma

                                                     y un suave murmullo arropado

Pronto te habrás dormido

                                                         Y  ya nunca serás despertado

Busca dentro de tí, mi niño

                                                           Busca el ancla que hasta aquí te ha varado

Que llegar a puerto es soñar,

                                                            Y soñar es vivir, 

                                                                                                   aún naufragando

 

M.S.

ZAPATOS MOJADOS

Para Elena

Llego con lágrimas en los ojos a la puerta de embarque. Mi aspecto es grotesco con estos zapatos mojados. La gente me mira. No me importa. No puedo sacarme esa última imagen de mi cabeza. Los dos juntos por última vez bajo la lluvia, despidiéndonos para siempre. Y la bolsa de papel marrón rompiéndose, dejando que las manzanas rojas rueden por la acera cubierta de charcos.
La atención de la gente pronto se desvía hacia ella. Yo tampoco puedo dejar de mirarla con su kimono azul con flores, su tez pintada de blanco, y su pelo negro y fino recogido en un moño. Por un momento al mirarla dejo de pensar en él, y en mi misma, abandonada como mi propio paraguas. Olvidado para siempre. Retorcido en cualquier esquina.

Entro en la cabina del avión, haciendo ruido al andar con mis zapatos mojados. Estoy ridícula. ¡Es que nadie más que yo se ha mojado con esta lluvia! Miro mi tarjeta de embarque, y  busco mi número de asiento con la mirada, y me doy cuenta de que me toca sentarme al lado de ella. De aquella mujer salida de otro tiempo. Mi asiento es de ventanilla, así que trato de pasar a su lado sin mojar su kimono.

Nos abrochamos los cinturones de seguridad. Masco chicle, nerviosa. Noto toda la presión del despegue sobre mi cuerpo, pero en seguida estamos en el aire, flotando en el vacío. Alcanzamos la altitud deseada. El vuelo será de seis horas y quince minutos. Saco de mi bolsa de plástico los calcetines que he comprado en el aeropuerto, y me quito los zapatos, y los calcetines ejecutivos, que parece que se han fundido hace rato con mi piel mojada, formando una masa amorfa. Me pongo los calcetines nuevos, me quedaré descalza. ¿En seis horas se secarán los malditos zapatos?

Alguien llama a la azafata. La geisha a mi lado pide un té, y saca de una bolsa de seda una taza de porcelana. Introduce el agua caliente dentro de la taza, y después la gira varias veces  sobre la palma de su mano. Me llega el olor a té, aunque tal vez me sugestiono. Sólo es una bolsita de hornimans. Creo que tengo fiebre. ¿En qué estaría pensando al traerme estos zapatos conmigo? Supongo que en él. Y todo para nada.

Traen la comida o la cena. Ya no lo sé. No soy capaz de comer nada. Si al menos tuviera una de esas manzanas que rodaron por el suelo esta mañana, justo antes de que él me dejara. La geisha se levanta con un movimiento lento, que hace que vuelva a fijarme en ella, dejando a un lado mis pensamientos. Vuelve a coger su bolsa de seda, y saca dos manzanas. Con una sonrisa pintada en su cara me ofrece una. No le gusta comer sola, me dice. Y yo asiento y se lo agradezco.

Muerdo la manzana, y en cada bocado, me siento más tranquila. Más reconfortada. “Manzanas que caen, semillas germinan”, dice la geisha, y yo sonrío. Creo que empiezo a comprenderlo.
Llegamos al aeropuerto de Madrid-Barajas. La temperatura exterior es de 25 º C. El tiempo es soleado. Mis zapatos milagrosamente están secos, y ya no me siento desconsolada.
Bajo del avión, dejando tras de mí las últimas horas, como en un sueño. Y miro por última vez a esa etérea mujer, salida de un intemporal jardín japonés. Tomando el té eternamente, bajo las ramas de un árbol cargado de manzanas.

M.S.