Mis hermanas y yo cosíamos por la tarde en el cuarto azul, hasta que la luz de las ventanas hacía que los ojos se volvieran torpes, como envueltos en una nebulosa muy parecida a la niebla que había tras las ventanas. La rutina diaria incluía cuando el tiempo lo permitía un paseo por el pueblo o por los páramos, pero irremediablemente, la tarde pertenecía a la costura. Mis hermanas sacaban sus cestillos y se afanaban en hacer bordados para su futuro ajuar. Ese ajuar que nunca llegaba el momento de utilizar, y que empezábamos a pensar que nunca llegaría.
Yo me sentaba junto a la ventana, en un pequeño escritorio y también cosía, pero cosía palabras. Cada uno de los puntos de mi labor era una palabra, un adjetivo, un adverbio… Cada palabra se encadenaba a la siguiente haciendo un hermoso dibujo, como parte indisoluble de aquellos relatos que en las noches de invierno leía a mis hermanas y que nos cubrían con un manto de esperanza hasta entrar en calor.
Ahora trabajaba en la historia de Micaela Roberts, una joven huérfana. Había sido criada por una anciana, que veía en ella el mismo espíritu que tenía de niña. Esta señora le había hablado del mar y de aquel verano extraño, en el que se convirtió en lo que era, una aventurera. Aunque habían pasado muchos años desde que ella se hizo a la mar, todavía cuando miraba el suelo, le parecía que se movía bajo sus pies, a causa del agua.
“Si me hubieras visto Micaela, surcando el mar en un barco de vela. El pirata Michael no era lo que se dice un hombre honrado, pero que me aspen si he visto hombre más bueno. La mitad de mi vida la viví en aquel barco, el Espíritu del Mar, y allí morí, con el cuerpo de mi amado Michael en mis brazos, el barco balanceándose, y aquellos hombres abordándolo. Tenía un dinero guardado, y lo recogí y compré esta granja, luego llegaste tú, como escupida del mar, como un trofeo, como un regalo. La hija que nunca tuve. Te llamé Micaela por él”
Micaela creció con el amor al mar y al agua salada en cada rincón de su cuerpo. Sentía la llamada del mar, de las olas que rompían con fuerza contra las rocas. No tenía miedo de nada. Siempre supo que ella quería ser bucanera, como lo había sido su madre adoptiva.
- No sabes lo que dices, muchacha.- decía la señora Roberts, tal vez pensando que había exagerado las virtudes de la vida en el mar, y poco las incomodidades de las mareas.
Un día Micaela se echó a la mar con su barco de remos, sin atender a razones. En mitad de su paseo empezó a llover copiosamente. Hasta que su pequeña barquita pintada de color azul acabó por zozobrar. Micaela no nadaba demasiado bien, y luchó con todas sus fuerzas contra la inmensidad de las olas, tratando de aferrarse a la vida.
Sin embargo, sus brazos, sus piernas, cada vez estaban más cansados y adormecidos por el frío mar que la mecía. A punto estaba de perder el conocimiento cuando unos brazos aguerridos la cogieron de los hombros y la levantaron como si fuera tan sólo una muñeca.
Ella no recordaba como había sido su rescate. De hecho pensó que había muerto, hasta que abrió los ojos al sol y tuvo que volver a cerrarlos.
Le dolía la cabeza, y tenía una fuerte sensación de mareo. Debía estar viva. Nunca oyó de fantasmas con nauseas. Su salvador no era un pirata como había pensado.
Era sólo un pescador. Micaela, disimuló cierta decepción, ya que por lo demás el chico era lo que siempre había querido…
- Me parece que viene alguien- me interrumpió Susan, apartando por un momento sus ojos de la labor.
No me importaba que mis hermanas estuvieran a mí alrededor mientras escribía, pero me ponía furiosa, si oía pasos desconocidos en el pasillo. No me gustaban mucho las visitas porque tenían la costumbre de interrumpirme en mi momento de mayor creatividad, cuando estaba inmersa en un duelo, o en un momento íntimo, o como en este caso en el momento del rescate de Micaela. El momento era importante, conocía a su salvador y a la vez al hombre que amó desde el primer momento, un honrado y pobre pescador.
Ahora debía dejar a la pareja, con sus sentimientos recién nacidos en el barco pesquero, mientras atendía a los visitantes. Dejar el manuscrito tapado con la labor, y mientras ofrecía un té y una sonrisa, mirar de soslayo a la historia, y en silencio pensar un poco ella, mientras las palabras que se podían decir, eran dichas en el salón, y las otras, las silenciosas, se quedaban en los labios apenas rozaban la taza de porcelana. Quizás, Micaela Roberts se quedara inmersa también en sus pensamientos, mirando a Matthew Cole, cuando pensaba que él no estaba mirando. Quizás ella tenía también una vida silenciosa e interior, o quizás con los ojos chispeantes y borrosos se fijara en su rostro curtido o en su camisa humeda por la brisa marina.
“Se miraron unos momentos a penas. Ambos apartaron la mirada. Tímidos. Nerviosos. ¿Podía ser que dos personas fueran reunidas en el mar de esa manera? Ya había pasado con la señora Roberts, y ahora, con Micaela.
- No seré bucanera. Seré su esposa, y estaré contenta- se dijo en silencio la muchacha”
Así fue como aquel día en el que Micaela fue rescatada por Matthew Cole, el pobre y bonachón Cole, recibí a Arthur Honneyline. Como Cole, Arthur Honneyline, el hijo del Squire, había venido a salvarme de alguna manera. A hacerme una proposición.
Cada día era lo mismo, Arthur era una buena compañía. Era apuesto, culto y siempre nos traía noticias divertidas de pueblo, a mí y a mis hermanas. Mentiría si no dijera que me agradaba su compañía. Pero más allá de eso no quería pensar nada.
Susan, que bordaba preciosos tapices, con los que decorar la casa, o Mary, tan buena, tan honrada. Dos buenas esposas, esperando eternamente en el salón, sin mucho más que hacer a parte de esperar y bordar.
Yo no escuchaba. No era una buena elección para Arthur, así que cuando me dijo que deseaba tener una entrevista a solas conmigo y salimos al jardín, con los páramos llamándome a lo lejos, supe que debía rechazarle. Por el camino pensaba en Micaela, oculta bajo la costura, y pensaba en Matthew Cole, y fui vislumbrando su declaración de amor.
“- Soy pobre, Micaela. Pobre, pero trabajador. No puedo ofrecerte mucho, pero todo lo mío es tuyo.
Y Micaela, y la señora Roberts, se abrazaron y lloraron de felicidad, cuando le despidieron en la puerta, y le vieron marchar. Las nubes llegaban a lo lejos en ese instante, y al momento, la calma del día se transformó. Las ramas se retorcían, y un chillido enloquecedor precedió a la gran tormenta.”
- Querida.- Honneyline cortó el torbellino de pensamientos de mi cabeza como un portazo corta el espíritu del viento- No puedes saber lo mucho que he sufrido desde hace años, pero ya está todo arreglado. Desde el principio, para mí, no ha habido nadie más que tú. Ya sé que pensarás que es una locura, pero solía llegar hasta los páramos y agazaparme cuando sólo era un muchacho. Y te veía jugar con tus hermanas, junto a la casa, con las piernas arañadas por el brezo, con el rostro manchado por el viento. Siempre eras tú, la más valiente, la más hermosa. Y siempre supe que me casaría contigo.
Le dejé hablar como en sueño, pero bien sabía yo que lo que pretendía era impensable. No podía casarme con él. Era imposible. En realidad no podía casarme con nadie. Supongo que hay personas que han nacido para estar cosidas al alma de otras personas. Pero yo no.
¿Qué pensaría de mí Arthur si supiera mi secreto?, me pregunté. Si supiera que escribo noches enteras cuentos de piratas, a la luz de las velas. No soy una buena esposa, para él. ¿Y si fuera todo diferente? !Si pudiera amarle sin renunciar a mi vida, a mi arte!
¿Realmente escribir es tan importante?
Si al menos, él hubiera elegido a Susan o a Mary… yo le tendría cerca, como un buen amigo. Tan sólo sería la cuñada excéntrica. Pero ¿cómo rechazar su propuesta, cuando el alma está partida en dos? Cómo arrojar una parte al olvido, y encarar el destino con resignación. ¿Podría dar una puntada sin hilo? ¿Podría cortar el hilo, y hacer un nudo en el corazón?
¿Si no lo hacía cuanto tiempo podríamos vivir así, de una pequeña renta, tres mujeres solas? Siempre habíamos dicho que una al menos debía casarse. Y debía casarse bien. No podía fallarles. No podría mirarlas a la cara mientras los inviernos se sucedían marcando su piel, y los años pasaban como las hojas de un libro sin ser leídas.
Puede que la pequeña llama de amor, si puede llamarse así, que sentía por Arthur no ardiera lo suficiente como para convencerme, pero el cariño a mis hermanas era mayor. Y así, pensando todo esto, mis labios acertaron a pronunciar un “sí”, que me atravesó el alma al momento. Un “sí” que se convirtió en rayo a lo lejos y partió el barco de Cole en dos, y le dejó a él a la deriva. Muerto.
Me despedí de Honnelyne con un beso. Él se marchó feliz y en silencio. Demasiadas palabras dichas, que debían consolar su alma torturada durante tanto tiempo. Mis hermanas me preguntaron, pero no les dije nada. “Todavía no diré nada” me dije, mientras corría a mi escritorio. Escribiría toda la noche. Sin parar. Se me iría el alma con cada palabra. Aunque las palabras se las llevara el viento. Aunque el manuscrito muriera en casa, en triste silencio.
A Micaela le dirían “el barco nunca llegó a su destino, se perdió entre las olas, entre la tormenta, en un infierno gris de desolación”. Y Micaela desconsolada entrará en el agua decidida y con cada paso su falda mojada se hará más pesada, hasta que ya no pueda tocar el suelo y la falda la arrastre hacia el fondo, donde por fin será consolada.
Y me veo a mi misma rodeada de agua, La falda pesa demasiado. Y sólo puedo pensar en mis hermanas haciendo bordados, mientras yo poco a poco me voy hundiendo, como si yo fuera el hilo, y la aguja me atravesara por el medio y me empujara debajo, al fondo del mar, en el centro del bordado.
Los rayos jóvenes del día entraron por la ventana anunciando la mañana, cuando me dormí en mi escritorio. A lo lejos, en los páramos de mi sueño, logré distinguir un barco, logre distinguir una bandera pirata, que ondeaba en la lontananza. ·”Es mi conciencia que busca otro final para la muchacha Micaela”. Un nuevo rescate del mar. Y así entre sueños, doy las últimas puntadas a mi relato, y sólo por la noche, entre las sábanas, veo las velas de un barco, y veo a Micaela en lo alto, que sonríe y me da las gracias, por dejarle vivir surcando los mares a bordo del “Espíritu de mar”. Cuantas historias que no serán escritas vivirá Micaela en el silencio de mi pensamiento !Cuánto llorará a Matthew Cole, el pobre pescador!
Y mirará al horizonte, y pensará en él y pensará en sus sueños rotos, y desvanecidos, perdidos para siempre entre la espuma de la marea. Y quien sabe si un día, el mar brillará con la luz de la luna a lo lejos, y se verá la sombra de un barco que se irá acercando, como atraído por un imán. Y desde el mástil en el que se apoyará Micaela, a través del catalejo, sus ojos verán a un hombre apuesto, de anchos hombros, la camisa abierta y húmeda por la brisa del mar. Los ojos, brillantes y borrosos. “No puede ser verdad…”, dirá con el corazón palpitando con fuerza, golpeando el mástil que se tambalea, como agitando su brazo en pleno mar. “Él tiene que verme ahora. Ahora él me verá”, mientras sus lágrimas saladas caen al mar. Las últimas lágrimas que derramará.
Ahora, mis hermanas y yo cosemos cada tarde en el cuarto azul. Y Arthur me coge de la mano, mientras por un momento dejo la labor a un lado. Y él, con su traje azul bien abotonado, me dice con ojos brillantes “me encantan, me encantan tus bordados”. Y yo sonrío, y le beso, y a veces pienso en mi tumba que sólo será visitada por el viento y en mi pluma arrastrada por el mar.
M.S.