ZAPATOS MOJADOS

Llego con lágrimas en los ojos a la puerta de embarque. Mi aspecto es grotesco con estos zapatos mojados. La gente me mira. No me importa. No puedo sacarme esa última imagen de mi cabeza. Los dos juntos por última vez bajo la lluvia, despidiéndonos para siempre. Y la bolsa de papel marrón rompiéndose, dejando que las manzanas rojas rueden por la acera cubierta de charcos. 
La atención de la gente pronto se desvía hacia ella. Yo tampoco puedo dejar de mirarla con su kimono azul con flores, su tez pintada de blanco, y su pelo negro y fino recogido en un moño. Por un momento al mirarla dejo de pensar en él, y en mi misma, abandonada como mi propio paraguas. Olvidado para siempre. Retorcido en cualquier esquina.
 
Entro en la cabina del avión, haciendo ruido al andar con mis zapatos mojados. Estoy ridícula. ¡Es que nadie más que yo se ha mojado con esta lluvia! Miro mi tarjeta de embarque, y  busco mi número de asiento con la mirada, y me doy cuenta de que me toca sentarme al lado de ella. De aquella mujer salida de otro tiempo. Mi asiento es de ventanilla, así que trato de pasar a su lado sin mojar su kimono.
 
Nos abrochamos los cinturones de seguridad. Masco chicle, nerviosa. Noto toda la presión del despegue sobre mi cuerpo, pero en seguida estamos en el aire, flotando en el vacío. Alcanzamos la altitud deseada. El vuelo será de seis horas y quince minutos. Saco de mi bolsa de plástico los calcetines que he comprado en el aeropuerto, y me quito los zapatos, y los calcetines ejecutivos, que parece que se han fundido hace rato con mi piel mojada, formando una masa amorfa. Me pongo los calcetines nuevos, me quedaré descalza. ¿En seis horas se secarán los malditos zapatos?
 
Alguien llama a la azafata. La geisha a mi lado pide un té, y saca de una bolsa de seda una taza de porcelana. Introduce el agua caliente dentro de la taza, y después la gira varias veces  sobre la palma de su mano. Me llega el olor a té, aunque tal vez me sugestiono. Sólo es una bolsita de hornimans. Creo que tengo fiebre. ¿En qué estaría pensando al traerme estos zapatos conmigo? Supongo que en él. Y todo para nada.
 
Traen la comida o la cena. Ya no lo sé. No soy capaz de comer nada. Si al menos tuviera una de esas manzanas que rodaron por el suelo esta mañana, justo antes de que él me dejara. La geisha se levanta con un movimiento lento, que hace que vuelva a fijarme en ella, dejando a un lado mis pensamientos. Vuelve a coger su bolsa de seda, y saca dos manzanas. Con una sonrisa pintada en su cara me ofrece una. No le gusta comer sola, me dice. Y yo asiento y se lo agradezco.
 
Muerdo la manzana, y en cada bocado, me siento más tranquila. Más reconfortada. “Manzanas que caen, semillas germinan”, dice la geisha, y yo sonrío. Creo que empiezo a comprenderlo.
Llegamos al aeropuerto de Madrid-Barajas. La temperatura exterior es de 25 º C. El tiempo es soleado. Mis zapatos milagrosamente están secos, y ya no me siento desconsolada.
Bajo del avión, dejando tras de mí las últimas horas, como en un sueño. Y miro por última vez a esa etérea mujer, salida de un intemporal jardín japonés. Tomando el té eternamente, bajo las ramas de un árbol cargado de manzanas.

M.S.

A FONDO

Tira al sable. Y lo hace bastante bien. Todos los días cuando cojo el autobús y voy a entrenar pienso en él con su chaquetilla blanca, de algodón y poliéster, que le queda tan bien.

Llego cansada de todo el día de trabajo y con ganas de que desaparezcan todas las preocupaciones. Quiero perderme en el tiempo y en el espacio durante una hora. Que nadie me encuentre, ser otra persona. Ponerme una careta y batirme en duelo.

Antes de llegar, siempre pienso en todo lo que tengo que hacer al día siguiente, pero una vez que cruzo el umbral de la puerta todo se me olvida.

Primero el calentamiento. Tenemos que estirar esos músculos. Tocamos el suelo sin flexionar las rodillas, estirándonos todo lo que podemos. No puedo evitar mirarle con el rabillo del ojo, y que al hacerlo nuestras miradas se crucen un instante. Desviamos los dos a la vez tímidamente la mirada, para volver a mirarnos un momento después. Esta vez más intensamente. La mantenemos unos segundos y sonreímos. “Hoy tenemos un duelo a muerte“. Me dice. Yo sonrío, y noto cómo sube el color a mis mejillas. Tal vez no se note por el ejercicio.

Los dos somos bastante flexibles, y físicamente estamos muy preparados. Él es técnicamente bastante mejor que yo, pero nadie lo diría en la pista porque lo cierto es que nos adaptamos perfectamente. Él sabe que yo sé, que me deja ganar.

No puedo apartar mi mirada de sus muslos, mientras nos sentamos en las colchonetas y me dice que tiene agujetas del otro día en esa zona, y que necesitaría un buen masaje en la parte interior. Sonrío como una tonta mientras bajo la mirada tratando de concentrarme en un punto fijo.

Él parece darse cuenta y llama mi atención preguntándome por el fin de semana, mientras nuestra entrenadora dice que empecemos con las abdominales. Superiores, inferiores, laterales, posteriores….

Al hacer las posteriores de nuevo mi mirada se fija en él. No puedo apartarla, al ver como se estira, dejando que sus músculos se peguen a su camiseta. Ni muy desarrollados, ni poco. En su punto justo.

Terminamos las abdominales, sudorosos y jadeantes. Comentamos cualquier tontería y nos vamos a los vestuarios a ponernos el equipo.

Descuelgo con la pértiga la chaquetilla con mis iniciales. Me la pongo sobre el protector de plástico. Y me subo la cremallera con mis manos hasta arriba ajustando bien la chaquetilla al cuerpo. En el cuarto de al lado, él estará haciendo lo mismo, pienso.

Cojo el sable, la careta y el guante, y salgo a la pista. Anhelante.

La pista cuatro es sólo para nosotros. Le veo al otro lado, en su línea de guardia y distingo bien su rostro a través de la careta. No puedo evitar sentir como me sube la adrenalina y cómo me emociono al verle, con su mirada borrosa fija sobre mí.

Me está esperando, me dice. Y me dirijo nerviosa, a mi línea de guardia a colocarme. Oigo su voz, que con autoridad grita ” en guardia“. Y me coloco, con la pierna derecha adelantada, la izquierda atrasada, y ambas muy flexionadas.

Listos. Adelante”. Y salgo lentamente hacia él, y voy cambiando el ritmo. Marcha. Marcha, y él hace un fondo estirando bien el brazo. Rompo y paro en cuarta. Respondo a la cabeza con un fondo. Parada y respuesta de él al travesón. 1-0.

Me dice que sea mucho más agresiva y que le de mucho más fuerte. Que me olvide de su sable. Y que le busque a él. Yo me estiro todo lo que puedo tratando de acercarme lo máximo a él, buscando su flanco, pero él mete su sable por debajo de mi brazo y me da en el mío. 2-0.

Me doy cuenta de que no estoy tirando bien. Los nervios me están traicionando. Necesito un cambio de estrategia.  

En guardia“, digo, mientras nuestras miradas permanecen fijas, y pienso cómo puedo sorprenderle.

Listos“, y concentrados más intensamente si cabe el uno en el otro, ponemos todo el cuerpo en tensión, preparándolo para el ataque, cómo si fuéramos animales a punto de saltar sobre nuestra presa.

Adelante“. Y marchamos deprisa, impacientes por deshacer el espacio que todavía existe entre nosotros. ¡Estamos tan cerca, y a la vez, tan lejos!.

Nos estiramos los dos todo lo que podemos, como si estuviéramos en un espejo, y nos damos fuerte al travesón. “Ataque simultáneo. Nada hecho“.

Volvemos a ponernos en posición. “En guardia, listos, adelante“. Y salimos de forma explosiva,  con las sonrisas en los labios y en los ojos, sabiendo que no tenemos que desviarlas al estar resguardadas del peligro, detrás de nuestras caretas.

Las gotas de sudor, empiezan a deslizarse suavemente por la cara. El pelo, se sale de la coleta, y queda suelto dentro de la careta, acercándose a mis ojos, entorpeciendo mi vista. Paramos un momento. Él me ayuda a quitarme la careta. Y nuestros dedos protegidos por el guante se tocan.  Sólo un instante. Él me sujeta la careta, mientras me ato el pelo, y me ayuda a ajustarme de nuevo el cuello de la chaquetilla, que parece haberse desabrochado por el ejercicio.

Ahora sí que estamos cerca. Muy cerca. Tan cerca, que me roza el cuello con los dedos, y parece susurrarme algo que no entiendo. Pero nos separamos y cada uno vuelve a su línea de guardia, sabiendo que un momento después volveremos juntos al centro de la pista.

En guardia. Listos. Adelante“. Salimos a la vez. Hago un paso resbalado húngaro y un fondo. Nuestros sables se entrelazan, buscándose, interponiéndose entre nosotros. Robándonos nuestro espacio.

Él lo aparta bruscamente y busca mi cuerpo con él, yo retrocedo, pero en el fondo me gustaría no hacerlo, y tenerle mucho más cerca. Desde dónde estoy oigo su respiración entrecortada.

Salto hacia atrás. Ataque fallido suyo. Le dejo corto. Ataque mío a la avanzada. Punto mío. 2-1.

Noto que sonríe tras la careta. ¿Se ha dejado ganar?. Me felicita por el golpe, y me dice “Ahora sí. Sin piedad. Vamos a muerte“.

Seguimos así toda la clase. Ataque simultáneo. Ataque suyo. Parada. Flanco. Cabeza. Figura…

Perdemos la cuenta de los puntos que llevamos. En realidad no importa quien gana y quien pierda cada punto. Tengo la sensación de estar jugándome algo mucho más importante.

Finalmente, la manecilla traidora del reloj de la pared es la que nos gana y nos vuelve a la realidad, recordándonos que tenemos una vida después de entrenar. Una vida en la que no hay duelos ni entrenamientos.

Nos acercamos lentamente, alargando el momento lo máximo que podemos, estirándolo como si fuera un fondo.

Nos damos la mano como saludo, con la mano desnuda. Y dejamos por unos segundos nuestras manos se reconozcan, lentamente. No podemos evitar que las emociones nos embarguen, mientras nos miramos y nos regalamos esos momentos, dejando que poco a poco nuestra respiración vaya recobrando su ritmo normal.

Muy despacio, apartamos la mirada el uno del otro y dejamos que detrás de ellas se separen nuestras manos y después, nuestros cuerpos. Y nos marchamos cabizbajos, buscando refugio en el vestuario. Tardo todavía unos momentos en recobrarme.

Me ducho. Me visto. Y parece que recupero mi vida normal, al contacto con mi ropa de calle.

Subo el equipo con la pértiga y parece que las emociones quedaran también suspendidas en el aire, esperando el día siguiente. Y entonces, vuelvo a pensar en el trabajo. En mi marido. En mis hijos.

Al salir, coincidimos en el ascensor, pero a penas sabemos que decirnos. Miramos al suelo evitando que nuestras miradas se encuentren. Los dos estamos en guardia.

Tensos, temblorosos y torpes. Ambos retrocedemos, dejando espacio entre nosotros. Cada uno a un lado del ascensor, evitando rozarnos.  

Y al salir, nos despedimos nerviosos y distantes hasta el día siguiente. Pensando en lo que podría ocurrir si bajáramos la guardia, y fuéramos por una vez a fondo.

M.S.

 

 

A FONDO

Tira al sable. Y lo hace bastante bien. Todos los días cuando cojo el autobús y voy a entrenar pienso en él con su chaquetilla blanca, de algodón y poliéster, que le queda tan bien.

Llego cansada de todo el día de trabajo y con ganas de que desaparezcan todas las preocupaciones. Quiero perderme en el tiempo y en el espacio durante una hora. Que nadie me encuentre, ser otra persona. Ponerme una careta y batirme en duelo.

Antes de llegar, siempre pienso en todo lo que tengo que hacer al día siguiente, pero una vez que cruzo el umbral de la puerta todo se me olvida.

Primero el calentamiento. Tenemos que estirar esos músculos. Tocamos el suelo sin flexionar las rodillas, estirándonos todo lo que podemos. No puedo evitar mirarle con el rabillo del ojo, y que al hacerlo nuestras miradas se crucen un instante. Desviamos los dos a la vez tímidamente la mirada, para volver a mirarnos un momento después. Esta vez más intensamente. La mantenemos unos segundos y sonreímos. “Hoy tenemos un duelo a muerte“. Me dice. Yo sonrío, y noto cómo sube el color a mis mejillas. Tal vez no se note por el ejercicio.

Los dos somos bastante flexibles, y físicamente estamos muy preparados. Él es técnicamente bastante mejor que yo, pero nadie lo diría en la pista porque lo cierto es que nos adaptamos perfectamente. Él sabe que yo sé, que me deja ganar.

No puedo apartar mi mirada de sus muslos, mientras nos sentamos en las colchonetas y me dice que tiene agujetas del otro día en esa zona, y que necesitaría un buen masaje en la parte interior. Sonrío como una tonta mientras bajo la mirada tratando de concentrarme en un punto fijo.

Él parece darse cuenta y llama mi atención preguntándome por el fin de semana, mientras nuestra entrenadora dice que empecemos con las abdominales. Superiores, inferiores, laterales, posteriores….

Al hacer las posteriores de nuevo mi mirada se fija en él. No puedo apartarla, al ver como se estira, dejando que sus músculos se peguen a su camiseta. Ni muy desarrollados, ni poco. En su punto justo.

Terminamos las abdominales, sudorosos y jadeantes. Comentamos cualquier tontería y nos vamos a los vestuarios a ponernos el equipo.

Descuelgo con la pértiga la chaquetilla con mis iniciales. Me la pongo sobre el protector de plástico. Y me subo la cremallera con mis manos hasta arriba ajustando bien la chaquetilla al cuerpo. En el cuarto de al lado, él estará haciendo lo mismo, pienso.

Cojo el sable, la careta y el guante, y salgo a la pista. Anhelante.

La pista cuatro es sólo para nosotros. Le veo al otro lado, en su línea de guardia y distingo bien su rostro a través de la careta. No puedo evitar sentir como me sube la adrenalina y cómo me emociono al verle, con su mirada borrosa fija sobre mí.

Me está esperando, me dice. Y me dirijo nerviosa, a mi línea de guardia a colocarme. Oigo su voz, que con autoridad grita ” en guardia“. Y me coloco, con la pierna derecha adelantada, la izquierda atrasada, y ambas muy flexionadas.

Listos. Adelante”. Y salgo lentamente hacia él, y voy cambiando el ritmo. Marcha. Marcha, y él hace un fondo estirando bien el brazo. Rompo y paro en cuarta. Respondo a la cabeza con un fondo. Parada y respuesta de él al travesón. 1-0.

Me dice que sea mucho más agresiva y que le de mucho más fuerte. Que me olvide de su sable. Y que le busque a él. Yo me estiro todo lo que puedo tratando de acercarme lo máximo a él, buscando su flanco, pero él mete su sable por debajo de mi brazo y me da en el mío. 2-0.

Me doy cuenta de que no estoy tirando bien. Los nervios me están traicionando. Necesito un cambio de estrategia.  

En guardia“, digo, mientras nuestras miradas permanecen fijas, y pienso cómo puedo sorprenderle.

Listos“, y concentrados más intensamente si cabe el uno en el otro, ponemos todo el cuerpo en tensión, preparándolo para el ataque, cómo si fuéramos animales a punto de saltar sobre nuestra presa.

Adelante“. Y marchamos deprisa, impacientes por deshacer el espacio que todavía existe entre nosotros. ¡Estamos tan cerca, y a la vez, tan lejos!.

Nos estiramos los dos todo lo que podemos, como si estuviéramos en un espejo, y nos damos fuerte al travesón. “Ataque simultáneo. Nada hecho“.

Volvemos a ponernos en posición. “En guardia, listos, adelante“. Y salimos de forma explosiva,  con las sonrisas en los labios y en los ojos, sabiendo que no tenemos que desviarlas al estar resguardadas del peligro, detrás de nuestras caretas.

Las gotas de sudor, empiezan a deslizarse suavemente por la cara. El pelo, se sale de la coleta, y queda suelto dentro de la careta, acercándose a mis ojos, entorpeciendo mi vista. Paramos un momento. Él me ayuda a quitarme la careta. Y nuestros dedos protegidos por el guante se tocan.  Sólo un instante. Él me sujeta la careta, mientras me ato el pelo, y me ayuda a ajustarme de nuevo el cuello de la chaquetilla, que parece haberse desabrochado por el ejercicio.

Ahora sí que estamos cerca. Muy cerca. Tan cerca, que me roza el cuello con los dedos, y parece susurrarme algo que no entiendo. Pero nos separamos y cada uno vuelve a su línea de guardia, sabiendo que un momento después volveremos juntos al centro de la pista.

En guardia. Listos. Adelante“. Salimos a la vez. Hago un paso resbalado húngaro y un fondo. Nuestros sables se entrelazan, buscándose, interponiéndose entre nosotros. Robándonos nuestro espacio.

Él lo aparta bruscamente y busca mi cuerpo con él, yo retrocedo, pero en el fondo me gustaría no hacerlo, y tenerle mucho más cerca. Desde dónde estoy oigo su respiración entrecortada.

Salto hacia atrás. Ataque fallido suyo. Le dejo corto. Ataque mío a la avanzada. Punto mío. 2-1.

Noto que sonríe tras la careta. ¿Se ha dejado ganar?. Me felicita por el golpe, y me dice “Ahora sí. Sin piedad. Vamos a muerte“.

Seguimos así toda la clase. Ataque simultáneo. Ataque suyo. Parada. Flanco. Cabeza. Figura…

Perdemos la cuenta de los puntos que llevamos. En realidad no importa quien gana y quien pierda cada punto. Tengo la sensación de estar jugándome algo mucho más importante.

Finalmente, la manecilla traidora del reloj de la pared es la que nos gana y nos vuelve a la realidad, recordándonos que tenemos una vida después de entrenar. Una vida en la que no hay duelos ni entrenamientos.

Nos acercamos lentamente, alargando el momento lo máximo que podemos, estirándolo como si fuera un fondo.

Nos damos la mano como saludo, con la mano desnuda. Y dejamos por unos segundos nuestras manos se reconozcan, lentamente. No podemos evitar que las emociones nos embarguen, mientras nos miramos y nos regalamos esos momentos, dejando que poco a poco nuestra respiración vaya recobrando su ritmo normal.

Muy despacio, apartamos la mirada el uno del otro y dejamos que detrás de ellas se separen nuestras manos y después, nuestros cuerpos. Y nos marchamos cabizbajos, buscando refugio en el vestuario. Tardo todavía unos momentos en recobrarme.

Me ducho. Me visto. Y parece que recupero mi vida normal, al contacto con mi ropa de calle.

Subo el equipo con la pértiga y parece que las emociones quedaran también suspendidas en el aire, esperando el día siguiente. Y entonces, vuelvo a pensar en el trabajo. En mi marido. En mis hijos.

Al salir, coincidimos en el ascensor, pero a penas sabemos que decirnos. Miramos al suelo evitando que nuestras miradas se encuentren. Los dos estamos en guardia.

Tensos, temblorosos y torpes. Ambos retrocedemos, dejando espacio entre nosotros. Cada uno a un lado del ascensor, evitando rozarnos.  

Y al salir, nos despedimos nerviosos y distantes hasta el día siguiente. Pensando en lo que podría ocurrir si bajáramos la guardia, y fuéramos por una vez a fondo.

M.S.

 

 

EL BESO

Yo, Charmion, miraba a mi reina borrosa tras las cortinas. Parecía perder sus contornos, y mezclarlos con las sombras rosáceas del Nilo. Nadie dormía bien en palacio desde la batalla de Actium. Mi mirada cansada se perdía en el río buscando la de mi reina amada entre las sombras del recién nacido día. “Los días andarán a partir de ahora, huérfanos, sin su reina”, decía Cleopatra. Se escuchaba el eco del río cercano que bañando los dos reinos, como serpientes, el Alto y el Bajo Egipto, los inundaba de vida, y acallaba las palabras de mi reina, que parecía volver a la vida  por unos instantes, al ver el reflejo de Antonio a lo lejos como un espejismo en el desierto.  
Desde Actium. Desde Actium la vida había sido muy diferente en palacio. Como si a mi señor le hubiera mordido la más venenosa serpiente, la de la cobardía, y fuera consumiéndole poco a poco.  Un valeroso general huyendo de su propio pueblo. Y Roma acechando a cada momento, como una serpiente rodea con su frío cuerpo su presa.
La salida victoriosa para mi reina era aliarse con Octavio. Un beso. Un beso que le hechizara como antes a César y luego a Antonio. Pero Octavio era diferente. Y su corazón de reina aún latiendo en su pecho, yacía ya en la tumba de Antonio, todavía caliente. No. La única opción posible, la única salida era unirse en la muerte con él, como se había unido en la vida. Y yo, Charmion, su fiel criada, lo sabía. Aunque no lo hubiéramos hablado. No podía permitir que mi reina, mi amada reina, la única persona a la que realmente había amado acabara sus días cautiva en una tierra extranjera, tan lejos del Nilo.  

Bala levantó los ojos del libro. Después de horas leyendo en el porche alumbrada tan solo por las estrellas del cielo, y la tenue luz de una vela, contemplaba las luces de la mañana sobre el río a través de una nebulosa tejida por el cansancio.  
¡Demasiado peso en sus pequeños párpados! Miró al horizonte con la mirada perdida, hasta donde la vista mezclaba las formas. Pasó sus finos dedos por las palabras escritas en aquel libro de la biblioteca del mayor Firch, y buscó con sus ojos el final de aquella historia “Cleopatra VII de los Ptolomeos”, pero estaba tan cansada que las palabras, caían sobre sus pestañas cerrándole los ojos.  

Bala era shudra, era sierva según el sistema de castas. Ese sistema de castas que nunca había funcionado tras los muros de aquella casa inglesa a orillas del Ganges. El mayor Firch la había recogido hacía muchos años, y lejos de tratarla como su criada, le había enseñado cosas de la vida, entre ellas, a leer las palabras inglesas. Y así leía ella, con los pies enroscados, como serpientes, alrededor de su cuerpo y el sari tapando su piel morena. 
La consciencia se escabullía de su cuerpo y se desvanecía entre las sombras del porche, y Bala antes de dormirse al fin, pudo ver en un segundo un resplandor dorado moverse en el jardín. “Debe ser una serpiente”, se dijo. “En cuanto despunte el día haré que la busquen bien entre las ramas”. 
Y antes de que el brillo de la  mañana, redujera la oscuridad a su cárcel de sombras, haciendo brillar la madera del porche, Bala penetró entre sueños en la claridad del día que se filtraba a través de unas lujosas cortinas. Muy lejos del Ganges, a orillas del Nilo. En el palacio de Cleopatra.  
“Es el momento, mi reina, ya es de día, y pronto llegará Octavio”, le susurré al oído, ofreciendo con mis gastados dedos de sierva la cesta de fruta fresca.
Ahora Yo, Charmión ya no era egipcia, era una muchacha india fea y deforme. “Soy shudra”, recordaba Bala. “Y la reina nunca me amó, como nunca me amó el mayor”. 
“Si sólo fuera más hermosa”, se susurró Bala en su corazón. “Y tuviera un bonito vestido”, y miraba el sari reconvertido extrañamente en un vestido muy diferente, hecho de lino. Y la reina, clavaba su mirada expectante, con los ojos vacíos.
Muy cerca, las serpientes anunciaban con su siseo su presencia.  Sólo había necesitado una mirada de mi reina y había comprendido. Dos serpientes. Enrolladas, y escondidas en la cesta, bajo la fruta. Salían ahora presurosas en busca de alguien a quien inyectar su veneno. Muy cerca. Sólo le quedaba esperar. Esperar ese último beso envenenado, mientras, yo, Bala contemplaba con ojos de Charmion la triste escena.  
 
 Aquella mañana el mayor Firch estaba inquieto y se levantó antes de tiempo, empapado por el sudor, salió en busca de aire fresco. Y la vió a ella tendida, velando su sueño. “De nuevo se ha quedado dormida leyendo”, pensó. India se le había metido dentro de tal manera que era incapaz de pensar en otra cosa. “Hasta esa pequeña niña que recogí, y que se ha convertido en una perfecta criada inglesa, ¿no es verdad que es hermosa?, o tal vez es que me estoy haciendo viejo”  
Y el mayor a penas penetró en su precioso jardín inglés enmarañado, cuando la cobra dorada, cayó sobre él como un rayo de sol en la mañana. Fue muy rápido, el veneno se extendió con tal rapidez, que paralizó hasta sus palabras. No tuvo que esperar, y aunque intentó llamar a Bala, ésta dormía mecida por la brisa del río, inmersa en un profundo sueño.
Y  la luz del sol alcanzó los ojos de Bala, y ésta despertó sobresaltada, con las imágenes del sueño grabadas en las retinas,  no sabía si había despertado. Ahora era Charmion, y se veía así misma bajando las escaleras hasta el jardín, con los pies descalzos.” ¿No es la reina tendida en el suelo?” Pero se acercó despacio y sintió un profundo dolor que empezaba en el pecho y le recorría el cuerpo, rebañándolo por dentro. No era un sueño. No era Cleopatra. Era el mayor Firch. ! El mayor Firch! ¡Siempre fue tan bueno y amable! Y ella le amaba tanto… Y ahora ¿que ocurriría con ella?, ¿qué ocurriría?  Le rozó con sus labios sólo un momento. Todavía notaba el calor de su aliento. Bala abrazó fuertemente su cuerpo, como nunca se había atrevido. Ahora era suyo, sólo suyo. Y así le meció, vertiendo dulcemente en su oído palabras de amor, esperando que la cobra saliera de su escondite y le otorgara a ella también la eternidad, inyectada en sus colmillos.   
 
 Y en el jardín les encontramos a ambos, enredados como dos serpientes. Nada se pudo hacer por ellos. Y en el porche, encontramos un libro olvidado, el libro de Bala, y leímos en alto el último párrafo:  
“El último beso. El último beso de Antonio, !cómo lo recuerdo!”, decía Cleopatra, tratando de no pensar en el dolor punzante que notaba en el pecho. Pensaba en la calidez de su beso, de sus brazos rodeando su cuerpo. “Si lo hubiera sabido, si hubiera sabido que era el último beso, nunca le hubiera dejado sólo. Tengo todavía su sabor dentro. ¡Y pensar que llegué a imaginarme con Octavio después! Y creo que el veneno va fluyendo dentro de mí. Pero yo sólo puedo pensar en Antonio” 
Y así fue, con estas palabras,  como mi reina se despidió del mundo, y murió en mis brazos. Y yo cerré sus ojos, contemplándola por última vez. Acerqué mis labios y me despedí con un beso, sabiendo que pronto, muy pronto, volvería a estar con ella.  

M.S.

EL BESO

Yo, Charmion, miraba a mi reina borrosa tras las cortinas. Parecía perder sus contornos, y mezclarlos con las sombras rosáceas del Nilo. Nadie dormía bien en palacio desde la batalla de Actium. Mi mirada cansada se perdía en el río buscando la de mi reina amada entre las sombras del recién nacido día. “Los días andarán a partir de ahora, huérfanos, sin su reina”, decía Cleopatra. Se escuchaba el eco del río cercano que bañando los dos reinos, como serpientes, el Alto y el Bajo Egipto, los inundaba de vida, y acallaba las palabras de mi reina, que parecía volver a la vida  por unos instantes, al ver el reflejo de Antonio a lo lejos como un espejismo en el desierto.  
Desde Actium. Desde Actium la vida había sido muy diferente en palacio. Como si a mi señor le hubiera mordido la más venenosa serpiente, la de la cobardía, y fuera consumiéndole poco a poco.  Un valeroso general huyendo de su propio pueblo. Y Roma acechando a cada momento, como una serpiente rodea con su frío cuerpo su presa.
La salida victoriosa para mi reina era aliarse con Octavio. Un beso. Un beso que le hechizara como antes a César y luego a Antonio. Pero Octavio era diferente. Y su corazón de reina aún latiendo en su pecho, yacía ya en la tumba de Antonio, todavía caliente. No. La única opción posible, la única salida era unirse en la muerte con él, como se había unido en la vida. Y yo, Charmion, su fiel criada, lo sabía. Aunque no lo hubiéramos hablado. No podía permitir que mi reina, mi amada reina, la única persona a la que realmente había amado acabara sus días cautiva en una tierra extranjera, tan lejos del Nilo.  

Bala levantó los ojos del libro. Después de horas leyendo en el porche alumbrada tan solo por las estrellas del cielo, y la tenue luz de una vela, contemplaba las luces de la mañana sobre el río a través de una nebulosa tejida por el cansancio.  
¡Demasiado peso en sus pequeños párpados! Miró al horizonte con la mirada perdida, hasta donde la vista mezclaba las formas. Pasó sus finos dedos por las palabras escritas en aquel libro de la biblioteca del mayor Firch, y buscó con sus ojos el final de aquella historia “Cleopatra VII de los Ptolomeos”, pero estaba tan cansada que las palabras, caían sobre sus pestañas cerrándole los ojos.  

Bala era shudra, era sierva según el sistema de castas. Ese sistema de castas que nunca había funcionado tras los muros de aquella casa inglesa a orillas del Ganges. El mayor Firch la había recogido hacía muchos años, y lejos de tratarla como su criada, le había enseñado cosas de la vida, entre ellas, a leer las palabras inglesas. Y así leía ella, con los pies enroscados, como serpientes, alrededor de su cuerpo y el sari tapando su piel morena. 
La consciencia se escabullía de su cuerpo y se desvanecía entre las sombras del porche, y Bala antes de dormirse al fin, pudo ver en un segundo un resplandor dorado moverse en el jardín. “Debe ser una serpiente”, se dijo. “En cuanto despunte el día haré que la busquen bien entre las ramas”. 
Y antes de que el brillo de la  mañana, redujera la oscuridad a su cárcel de sombras, haciendo brillar la madera del porche, Bala penetró entre sueños en la claridad del día que se filtraba a través de unas lujosas cortinas. Muy lejos del Ganges, a orillas del Nilo. En el palacio de Cleopatra.  
“Es el momento, mi reina, ya es de día, y pronto llegará Octavio”, le susurré al oído, ofreciendo con mis gastados dedos de sierva la cesta de fruta fresca.
Ahora Yo, Charmión ya no era egipcia, era una muchacha india fea y deforme. “Soy shudra”, recordaba Bala. “Y la reina nunca me amó, como nunca me amó el mayor”. 
“Si sólo fuera más hermosa”, se susurró Bala en su corazón. “Y tuviera un bonito vestido”, y miraba el sari reconvertido extrañamente en un vestido muy diferente, hecho de lino. Y la reina, clavaba su mirada expectante, con los ojos vacíos.
Muy cerca, las serpientes anunciaban con su siseo su presencia.  Sólo había necesitado una mirada de mi reina y había comprendido. Dos serpientes. Enrolladas, y escondidas en la cesta, bajo la fruta. Salían ahora presurosas en busca de alguien a quien inyectar su veneno. Muy cerca. Sólo le quedaba esperar. Esperar ese último beso envenenado, mientras, yo, Bala contemplaba con ojos de Charmion la triste escena.  
 
 Aquella mañana el mayor Firch estaba inquieto y se levantó antes de tiempo, empapado por el sudor, salió en busca de aire fresco. Y la vió a ella tendida, velando su sueño. “De nuevo se ha quedado dormida leyendo”, pensó. India se le había metido dentro de tal manera que era incapaz de pensar en otra cosa. “Hasta esa pequeña niña que recogí, y que se ha convertido en una perfecta criada inglesa, ¿no es verdad que es hermosa?, o tal vez es que me estoy haciendo viejo”  
Y el mayor a penas penetró en su precioso jardín inglés enmarañado, cuando la cobra dorada, cayó sobre él como un rayo de sol en la mañana. Fue muy rápido, el veneno se extendió con tal rapidez, que paralizó hasta sus palabras. No tuvo que esperar, y aunque intentó llamar a Bala, ésta dormía mecida por la brisa del río, inmersa en un profundo sueño.
Y  la luz del sol alcanzó los ojos de Bala, y ésta despertó sobresaltada, con las imágenes del sueño grabadas en las retinas,  no sabía si había despertado. Ahora era Charmion, y se veía así misma bajando las escaleras hasta el jardín, con los pies descalzos.” ¿No es la reina tendida en el suelo?” Pero se acercó despacio y sintió un profundo dolor que empezaba en el pecho y le recorría el cuerpo, rebañándolo por dentro. No era un sueño. No era Cleopatra. Era el mayor Firch. ! El mayor Firch! ¡Siempre fue tan bueno y amable! Y ella le amaba tanto… Y ahora ¿que ocurriría con ella?, ¿qué ocurriría?  Le rozó con sus labios sólo un momento. Todavía notaba el calor de su aliento. Bala abrazó fuertemente su cuerpo, como nunca se había atrevido. Ahora era suyo, sólo suyo. Y así le meció, vertiendo dulcemente en su oído palabras de amor, esperando que la cobra saliera de su escondite y le otorgara a ella también la eternidad, inyectada en sus colmillos.   
 
 Y en el jardín les encontramos a ambos, enredados como dos serpientes. Nada se pudo hacer por ellos. Y en el porche, encontramos un libro olvidado, el libro de Bala, y leímos en alto el último párrafo:  
“El último beso. El último beso de Antonio, !cómo lo recuerdo!”, decía Cleopatra, tratando de no pensar en el dolor punzante que notaba en el pecho. Pensaba en la calidez de su beso, de sus brazos rodeando su cuerpo. “Si lo hubiera sabido, si hubiera sabido que era el último beso, nunca le hubiera dejado sólo. Tengo todavía su sabor dentro. ¡Y pensar que llegué a imaginarme con Octavio después! Y creo que el veneno va fluyendo dentro de mí. Pero yo sólo puedo pensar en Antonio” 
Y así fue, con estas palabras,  como mi reina se despidió del mundo, y murió en mis brazos. Y yo cerré sus ojos, contemplándola por última vez. Acerqué mis labios y me despedí con un beso, sabiendo que pronto, muy pronto, volvería a estar con ella.  

M.S.

EL BESO

Yo, Charmion, miraba a mi reina borrosa tras las cortinas. Parecía perder sus contornos, y mezclarlos con las sombras rosáceas del Nilo. Nadie dormía bien en palacio desde la batalla de Actium. Mi mirada cansada se perdía en el río buscando la de mi reina amada entre las sombras del recién nacido día. “Los días andarán a partir de ahora, huérfanos, sin su reina”, decía Cleopatra. Se escuchaba el eco del río cercano que bañando los dos reinos, como serpientes, el Alto y el Bajo Egipto, los inundaba de vida, y acallaba las palabras de mi reina, que parecía volver a la vida  por unos instantes, al ver el reflejo de Antonio a lo lejos como un espejismo en el desierto.  
Desde Actium. Desde Actium la vida había sido muy diferente en palacio. Como si a mi señor le hubiera mordido la más venenosa serpiente, la de la cobardía, y fuera consumiéndole poco a poco.  Un valeroso general huyendo de su propio pueblo. Y Roma acechando a cada momento, como una serpiente rodea con su frío cuerpo su presa.
La salida victoriosa para mi reina era aliarse con Octavio. Un beso. Un beso que le hechizara como antes a César y luego a Antonio. Pero Octavio era diferente. Y su corazón de reina aún latiendo en su pecho, yacía ya en la tumba de Antonio, todavía caliente. No. La única opción posible, la única salida era unirse en la muerte con él, como se había unido en la vida. Y yo, Charmion, su fiel criada, lo sabía. Aunque no lo hubiéramos hablado. No podía permitir que mi reina, mi amada reina, la única persona a la que realmente había amado acabara sus días cautiva en una tierra extranjera, tan lejos del Nilo.  
Bala levantó los ojos del libro. Después de horas leyendo en el porche alumbrada tan solo por las estrellas del cielo, y la tenue luz de una vela, contemplaba las luces de la mañana sobre el río a través de una nebulosa tejida por el cansancio.  
¡Demasiado peso en sus pequeños párpados! Miró al horizonte con la mirada perdida, hasta donde la vista mezclaba las formas. Pasó sus finos dedos por las palabras escritas en aquel libro de la biblioteca del mayor Firch, y buscó con sus ojos el final de aquella historia “Cleopatra VII de los Ptolomeos”, pero estaba tan cansada que las palabras, caían sobre sus pestañas cerrándole los ojos.  

Bala era shudra, era sierva según el sistema de castas. Ese sistema de castas que nunca había funcionado tras los muros de aquella casa inglesa a orillas del Ganges. El mayor Firch la había recogido hacía muchos años, y lejos de tratarla como su criada, le había enseñado cosas de la vida, entre ellas, a leer las palabras inglesas. Y así leía ella, con los pies enroscados, como serpientes, alrededor de su cuerpo y el sari tapando su piel morena. 
La consciencia se escabullía de su cuerpo y se desvanecía entre las sombras del porche, y Bala antes de dormirse al fin, pudo ver en un segundo un resplandor dorado moverse en el jardín. “Debe ser una serpiente”, se dijo. “En cuanto despunte el día haré que la busquen bien entre las ramas”. 
Y antes de que el brillo de la  mañana, redujera la oscuridad a su cárcel de sombras, haciendo brillar la madera del porche, Bala penetró entre sueños en la claridad del día que se filtraba a través de unas lujosas cortinas. Muy lejos del Ganges, a orillas del Nilo. En el palacio de Cleopatra.  
“Es el momento, mi reina, ya es de día, y pronto llegará Octavio”, le susurré al oído, ofreciendo con mis gastados dedos de sierva la cesta de fruta fresca.
Ahora Yo, Charmión ya no era egipcia, era una muchacha india fea y deforme. “Soy shudra”, recordaba Bala. “Y la reina nunca me amó, como nunca me amó el mayor”. 
“Si sólo fuera más hermosa”, se susurró Bala en su corazón. “Y tuviera un bonito vestido”, y miraba el sari reconvertido extrañamente en un vestido muy diferente, hecho de lino. Y la reina, clavaba su mirada expectante, con los ojos vacíos.
Muy cerca, las serpientes anunciaban con su siseo su presencia.  Sólo había necesitado una mirada de mi reina y había comprendido. Dos serpientes. Enrolladas, y escondidas en la cesta, bajo la fruta. Salían ahora presurosas en busca de alguien a quien inyectar su veneno. Muy cerca. Sólo le quedaba esperar. Esperar ese último beso envenenado, mientras, yo, Bala contemplaba con ojos de Charmion la triste escena.  
 
 Aquella mañana el mayor Firch estaba inquieto y se levantó antes de tiempo, empapado por el sudor, salió en busca de aire fresco. Y la vió a ella tendida, velando su sueño. “De nuevo se ha quedado dormida leyendo”, pensó. India se le había metido dentro de tal manera que era incapaz de pensar en otra cosa. “Hasta esa pequeña niña que recogí, y que se ha convertido en una perfecta criada inglesa, ¿no es verdad que es hermosa?, o tal vez es que me estoy haciendo viejo”  
Y el mayor a penas penetró en su precioso jardín inglés enmarañado, cuando la cobra dorada, cayó sobre él como un rayo de sol en la mañana. Fue muy rápido, el veneno se extendió con tal rapidez, que paralizó hasta sus palabras. No tuvo que esperar, y aunque intentó llamar a Bala, ésta dormía mecida por la brisa del río, inmersa en un profundo sueño.
Y  la luz del sol alcanzó los ojos de Bala, y ésta despertó sobresaltada, con las imágenes del sueño grabadas en las retinas,  no sabía si había despertado. Ahora era Charmion, y se veía así misma bajando las escaleras hasta el jardín, con los pies descalzos.” ¿No es la reina tendida en el suelo?” Pero se acercó despacio y sintió un profundo dolor que empezaba en el pecho y le recorría el cuerpo, rebañándolo por dentro. No era un sueño. No era Cleopatra. Era el mayor Firch. ! El mayor Firch! ¡Siempre fue tan bueno y amable! Y ella le amaba tanto… Y ahora ¿que ocurriría con ella?, ¿qué ocurriría?  Le rozó con sus labios sólo un momento. Todavía notaba el calor de su aliento. Bala abrazó fuertemente su cuerpo, como nunca se había atrevido. Ahora era suyo, sólo suyo. Y así le meció, vertiendo dulcemente en su oído palabras de amor, esperando que la cobra saliera de su escondite y le otorgara a ella también la eternidad, inyectada en sus colmillos.   
 
 Y en el jardín les encontramos a ambos, enredados como dos serpientes. Nada se pudo hacer por ellos. Y en el porche, encontramos un libro olvidado, el libro de Bala, y leímos en alto el último párrafo:  
“El último beso. El último beso de Antonio, !cómo lo recuerdo!”, decía Cleopatra, tratando de no pensar en el dolor punzante que notaba en el pecho. Pensaba en la calidez de su beso, de sus brazos rodeando su cuerpo. “Si lo hubiera sabido, si hubiera sabido que era el último beso, nunca le hubiera dejado sólo. Tengo todavía su sabor dentro. ¡Y pensar que llegué a imaginarme con Octavio después! Y creo que el veneno va fluyendo dentro de mí. Pero yo sólo puedo pensar en Antonio” 
Y así fue, con estas palabras,  como mi reina se despidió del mundo, y murió en mis brazos. Y yo cerré sus ojos, contemplándola por última vez. Acerqué mis labios y me despedí con un beso, sabiendo que pronto, muy pronto, volvería a estar con ella.  

M.S.

EL BESO

Yo, Charmion, miraba a mi reina borrosa tras las cortinas. Parecía perder sus contornos, y mezclarlos con las sombras rosáceas del Nilo. Nadie dormía bien en palacio desde la batalla de Actium. Mi mirada cansada se perdía en el río buscando la de mi reina amada entre las sombras del recién nacido día. “Los días andarán a partir de ahora, huérfanos, sin su reina”, decía Cleopatra. Se escuchaba el eco del río cercano que bañando los dos reinos, como serpientes, el Alto y el Bajo Egipto, los inundaba de vida, y acallaba las palabras de mi reina, que parecía volver a la vida  por unos instantes, al ver el reflejo de Antonio a lo lejos como un espejismo en el desierto.  
Desde Actium. Desde Actium la vida había sido muy diferente en palacio. Como si a mi señor le hubiera mordido la más venenosa serpiente, la de la cobardía, y fuera consumiéndole poco a poco.  Un valeroso general huyendo de su propio pueblo. Y Roma acechando a cada momento, como una serpiente rodea con su frío cuerpo su presa.
La salida victoriosa para mi reina era aliarse con Octavio. Un beso. Un beso que le hechizara como antes a César y luego a Antonio. Pero Octavio era diferente. Y su corazón de reina aún latiendo en su pecho, yacía ya en la tumba de Antonio, todavía caliente. No. La única opción posible, la única salida era unirse en la muerte con él, como se había unido en la vida. Y yo, Charmion, su fiel criada, lo sabía. Aunque no lo hubiéramos hablado. No podía permitir que mi reina, mi amada reina, la única persona a la que realmente había amado acabara sus días cautiva en una tierra extranjera, tan lejos del Nilo.  
Bala levantó los ojos del libro. Después de horas leyendo en el porche alumbrada tan solo por las estrellas del cielo, y la tenue luz de una vela, contemplaba las luces de la mañana sobre el río a través de una nebulosa tejida por el cansancio.  
¡Demasiado peso en sus pequeños párpados! Miró al horizonte con la mirada perdida, hasta donde la vista mezclaba las formas. Pasó sus finos dedos por las palabras escritas en aquel libro de la biblioteca del mayor Firch, y buscó con sus ojos el final de aquella historia “Cleopatra VII de los Ptolomeos”, pero estaba tan cansada que las palabras, caían sobre sus pestañas cerrándole los ojos.  

Bala era shudra, era sierva según el sistema de castas. Ese sistema de castas que nunca había funcionado tras los muros de aquella casa inglesa a orillas del Ganges. El mayor Firch la había recogido hacía muchos años, y lejos de tratarla como su criada, le había enseñado cosas de la vida, entre ellas, a leer las palabras inglesas. Y así leía ella, con los pies enroscados, como serpientes, alrededor de su cuerpo y el sari tapando su piel morena. 
La consciencia se escabullía de su cuerpo y se desvanecía entre las sombras del porche, y Bala antes de dormirse al fin, pudo ver en un segundo un resplandor dorado moverse en el jardín. “Debe ser una serpiente”, se dijo. “En cuanto despunte el día haré que la busquen bien entre las ramas”. 
Y antes de que el brillo de la  mañana, redujera la oscuridad a su cárcel de sombras, haciendo brillar la madera del porche, Bala penetró entre sueños en la claridad del día que se filtraba a través de unas lujosas cortinas. Muy lejos del Ganges, a orillas del Nilo. En el palacio de Cleopatra.  
“Es el momento, mi reina, ya es de día, y pronto llegará Octavio”, le susurré al oído, ofreciendo con mis gastados dedos de sierva la cesta de fruta fresca.
Ahora Yo, Charmión ya no era egipcia, era una muchacha india fea y deforme. “Soy shudra”, recordaba Bala. “Y la reina nunca me amó, como nunca me amó el mayor”. 
“Si sólo fuera más hermosa”, se susurró Bala en su corazón. “Y tuviera un bonito vestido”, y miraba el sari reconvertido extrañamente en un vestido muy diferente, hecho de lino. Y la reina, clavaba su mirada expectante, con los ojos vacíos.
Muy cerca, las serpientes anunciaban con su siseo su presencia.  Sólo había necesitado una mirada de mi reina y había comprendido. Dos serpientes. Enrolladas, y escondidas en la cesta, bajo la fruta. Salían ahora presurosas en busca de alguien a quien inyectar su veneno. Muy cerca. Sólo le quedaba esperar. Esperar ese último beso envenenado, mientras, yo, Bala contemplaba con ojos de Charmion la triste escena.  
 
 Aquella mañana el mayor Firch estaba inquieto y se levantó antes de tiempo, empapado por el sudor, salió en busca de aire fresco. Y la vió a ella tendida, velando su sueño. “De nuevo se ha quedado dormida leyendo”, pensó. India se le había metido dentro de tal manera que era incapaz de pensar en otra cosa. “Hasta esa pequeña niña que recogí, y que se ha convertido en una perfecta criada inglesa, ¿no es verdad que es hermosa?, o tal vez es que me estoy haciendo viejo”  
Y el mayor a penas penetró en su precioso jardín inglés enmarañado, cuando la cobra dorada, cayó sobre él como un rayo de sol en la mañana. Fue muy rápido, el veneno se extendió con tal rapidez, que paralizó hasta sus palabras. No tuvo que esperar, y aunque intentó llamar a Bala, ésta dormía mecida por la brisa del río, inmersa en un profundo sueño.
Y  la luz del sol alcanzó los ojos de Bala, y ésta despertó sobresaltada, con las imágenes del sueño grabadas en las retinas,  no sabía si había despertado. Ahora era Charmion, y se veía así misma bajando las escaleras hasta el jardín, con los pies descalzos.” ¿No es la reina tendida en el suelo?” Pero se acercó despacio y sintió un profundo dolor que empezaba en el pecho y le recorría el cuerpo, rebañándolo por dentro. No era un sueño. No era Cleopatra. Era el mayor Firch. ! El mayor Firch! ¡Siempre fue tan bueno y amable! Y ella le amaba tanto… Y ahora ¿que ocurriría con ella?, ¿qué ocurriría?  Le rozó con sus labios sólo un momento. Todavía notaba el calor de su aliento. Bala abrazó fuertemente su cuerpo, como nunca se había atrevido. Ahora era suyo, sólo suyo. Y así le meció, vertiendo dulcemente en su oído palabras de amor, esperando que la cobra saliera de su escondite y le otorgara a ella también la eternidad, inyectada en sus colmillos.   
 
 Y en el jardín les encontramos a ambos, enredados como dos serpientes. Nada se pudo hacer por ellos. Y en el porche, encontramos un libro olvidado, el libro de Bala, y leímos en alto el último párrafo:  
“El último beso. El último beso de Antonio, !cómo lo recuerdo!”, decía Cleopatra, tratando de no pensar en el dolor punzante que notaba en el pecho. Pensaba en la calidez de su beso, de sus brazos rodeando su cuerpo. “Si lo hubiera sabido, si hubiera sabido que era el último beso, nunca le hubiera dejado sólo. Tengo todavía su sabor dentro. ¡Y pensar que llegué a imaginarme con Octavio después! Y creo que el veneno va fluyendo dentro de mí. Pero yo sólo puedo pensar en Antonio” 
Y así fue, con estas palabras,  como mi reina se despidió del mundo, y murió en mis brazos. Y yo cerré sus ojos, contemplándola por última vez. Acerqué mis labios y me despedí con un beso, sabiendo que pronto, muy pronto, volvería a estar con ella.  

M.S.

EL BESO

Yo, Charmion, miraba a mi reina borrosa tras las cortinas. Parecía perder sus contornos, y mezclarlos con las sombras rosáceas del Nilo. Nadie dormía bien en palacio desde la batalla de Actium. Mi mirada cansada se perdía en el río buscando la de mi reina amada entre las sombras del recién nacido día. “Los días andarán a partir de ahora, huérfanos, sin su reina”, decía Cleopatra. Se escuchaba el eco del río cercano que bañando los dos reinos, como serpientes, el Alto y el Bajo Egipto, los inundaba de vida, y acallaba las palabras de mi reina, que parecía volver a la vida  por unos instantes, al ver el reflejo de Antonio a lo lejos como un espejismo en el desierto.  
Desde Actium. Desde Actium la vida había sido muy diferente en palacio. Como si a mi señor le hubiera mordido la más venenosa serpiente, la de la cobardía, y fuera consumiéndole poco a poco.  Un valeroso general huyendo de su propio pueblo. Y Roma acechando a cada momento, como una serpiente rodea con su frío cuerpo su presa.
La salida victoriosa para mi reina era aliarse con Octavio. Un beso. Un beso que le hechizara como antes a César y luego a Antonio. Pero Octavio era diferente. Y su corazón de reina aún latiendo en su pecho, yacía ya en la tumba de Antonio, todavía caliente. No. La única opción posible, la única salida era unirse en la muerte con él, como se había unido en la vida. Y yo, Charmion, su fiel criada, lo sabía. Aunque no lo hubiéramos hablado. No podía permitir que mi reina, mi amada reina, la única persona a la que realmente había amado acabara sus días cautiva en una tierra extranjera, tan lejos del Nilo.  
Bala levantó los ojos del libro. Después de horas leyendo en el porche alumbrada tan solo por las estrellas del cielo, y la tenue luz de una vela, contemplaba las luces de la mañana sobre el río a través de una nebulosa tejida por el cansancio.  
¡Demasiado peso en sus pequeños párpados! Miró al horizonte con la mirada perdida, hasta donde la vista mezclaba las formas. Pasó sus finos dedos por las palabras escritas en aquel libro de la biblioteca del mayor Firch, y buscó con sus ojos el final de aquella historia “Cleopatra VII de los Ptolomeos”, pero estaba tan cansada que las palabras, caían sobre sus pestañas cerrándole los ojos.  

Bala era shudra, era sierva según el sistema de castas. Ese sistema de castas que nunca había funcionado tras los muros de aquella casa inglesa a orillas del Ganges. El mayor Firch la había recogido hacía muchos años, y lejos de tratarla como su criada, le había enseñado cosas de la vida, entre ellas, a leer las palabras inglesas. Y así leía ella, con los pies enroscados, como serpientes, alrededor de su cuerpo y el sari tapando su piel morena. 
La consciencia se escabullía de su cuerpo y se desvanecía entre las sombras del porche, y Bala antes de dormirse al fin, pudo ver en un segundo un resplandor dorado moverse en el jardín. “Debe ser una serpiente”, se dijo. “En cuanto despunte el día haré que la busquen bien entre las ramas”. 
Y antes de que el brillo de la  mañana, redujera la oscuridad a su cárcel de sombras, haciendo brillar la madera del porche, Bala penetró entre sueños en la claridad del día que se filtraba a través de unas lujosas cortinas. Muy lejos del Ganges, a orillas del Nilo. En el palacio de Cleopatra.  
“Es el momento, mi reina, ya es de día, y pronto llegará Octavio”, le susurré al oído, ofreciendo con mis gastados dedos de sierva la cesta de fruta fresca.
Ahora Yo, Charmión ya no era egipcia, era una muchacha india fea y deforme. “Soy shudra”, recordaba Bala. “Y la reina nunca me amó, como nunca me amó el mayor”. 
“Si sólo fuera más hermosa”, se susurró Bala en su corazón. “Y tuviera un bonito vestido”, y miraba el sari reconvertido extrañamente en un vestido muy diferente, hecho de lino. Y la reina, clavaba su mirada expectante, con los ojos vacíos.
Muy cerca, las serpientes anunciaban con su siseo su presencia.  Sólo había necesitado una mirada de mi reina y había comprendido. Dos serpientes. Enrolladas, y escondidas en la cesta, bajo la fruta. Salían ahora presurosas en busca de alguien a quien inyectar su veneno. Muy cerca. Sólo le quedaba esperar. Esperar ese último beso envenenado, mientras, yo, Bala contemplaba con ojos de Charmion la triste escena.  
 
 Aquella mañana el mayor Firch estaba inquieto y se levantó antes de tiempo, empapado por el sudor, salió en busca de aire fresco. Y la vió a ella tendida, velando su sueño. “De nuevo se ha quedado dormida leyendo”, pensó. India se le había metido dentro de tal manera que era incapaz de pensar en otra cosa. “Hasta esa pequeña niña que recogí, y que se ha convertido en una perfecta criada inglesa, ¿no es verdad que es hermosa?, o tal vez es que me estoy haciendo viejo”  
Y el mayor a penas penetró en su precioso jardín inglés enmarañado, cuando la cobra dorada, cayó sobre él como un rayo de sol en la mañana. Fue muy rápido, el veneno se extendió con tal rapidez, que paralizó hasta sus palabras. No tuvo que esperar, y aunque intentó llamar a Bala, ésta dormía mecida por la brisa del río, inmersa en un profundo sueño.
Y  la luz del sol alcanzó los ojos de Bala, y ésta despertó sobresaltada, con las imágenes del sueño grabadas en las retinas,  no sabía si había despertado. Ahora era Charmion, y se veía así misma bajando las escaleras hasta el jardín, con los pies descalzos.” ¿No es la reina tendida en el suelo?” Pero se acercó despacio y sintió un profundo dolor que empezaba en el pecho y le recorría el cuerpo, rebañándolo por dentro. No era un sueño. No era Cleopatra. Era el mayor Firch. ! El mayor Firch! ¡Siempre fue tan bueno y amable! Y ella le amaba tanto… Y ahora ¿que ocurriría con ella?, ¿qué ocurriría?  Le rozó con sus labios sólo un momento. Todavía notaba el calor de su aliento. Bala abrazó fuertemente su cuerpo, como nunca se había atrevido. Ahora era suyo, sólo suyo. Y así le meció, vertiendo dulcemente en su oído palabras de amor, esperando que la cobra saliera de su escondite y le otorgara a ella también la eternidad, inyectada en sus colmillos.   
 
 Y en el jardín les encontramos a ambos, enredados como dos serpientes. Nada se pudo hacer por ellos. Y en el porche, encontramos un libro olvidado, el libro de Bala, y leímos en alto el último párrafo:  
“El último beso. El último beso de Antonio, !cómo lo recuerdo!”, decía Cleopatra, tratando de no pensar en el dolor punzante que notaba en el pecho. Pensaba en la calidez de su beso, de sus brazos rodeando su cuerpo. “Si lo hubiera sabido, si hubiera sabido que era el último beso, nunca le hubiera dejado sólo. Tengo todavía su sabor dentro. ¡Y pensar que llegué a imaginarme con Octavio después! Y creo que el veneno va fluyendo dentro de mí. Pero yo sólo puedo pensar en Antonio” 
Y así fue, con estas palabras,  como mi reina se despidió del mundo, y murió en mis brazos. Y yo cerré sus ojos, contemplándola por última vez. Acerqué mis labios y me despedí con un beso, sabiendo que pronto, muy pronto, volvería a estar con ella.  

M.S.

EL BESO

Yo, Charmion, miraba a mi reina borrosa tras las cortinas. Parecía perder sus contornos, y mezclarlos con las sombras rosáceas del Nilo. Nadie dormía bien en palacio desde la batalla de Actium. Mi mirada cansada se perdía en el río buscando la de mi reina amada entre las sombras del recién nacido día. “Los días andarán a partir de ahora, huérfanos, sin su reina”, decía Cleopatra. Se escuchaba el eco del río cercano que bañando los dos reinos, como serpientes, el Alto y el Bajo Egipto, los inundaba de vida, y acallaba las palabras de mi reina, que parecía volver a la vida  por unos instantes, al ver el reflejo de Antonio a lo lejos como un espejismo en el desierto.  
Desde Actium. Desde Actium la vida había sido muy diferente en palacio. Como si a mi señor le hubiera mordido la más venenosa serpiente, la de la cobardía, y fuera consumiéndole poco a poco.  Un valeroso general huyendo de su propio pueblo. Y Roma acechando a cada momento, como una serpiente rodea con su frío cuerpo su presa.
La salida victoriosa para mi reina era aliarse con Octavio. Un beso. Un beso que le hechizara como antes a César y luego a Antonio. Pero Octavio era diferente. Y su corazón de reina aún latiendo en su pecho, yacía ya en la tumba de Antonio, todavía caliente. No. La única opción posible, la única salida era unirse en la muerte con él, como se había unido en la vida. Y yo, Charmion, su fiel criada, lo sabía. Aunque no lo hubiéramos hablado. No podía permitir que mi reina, mi amada reina, la única persona a la que realmente había amado acabara sus días cautiva en una tierra extranjera, tan lejos del Nilo.  
Bala levantó los ojos del libro. Después de horas leyendo en el porche alumbrada tan solo por las estrellas del cielo, y la tenue luz de una vela, contemplaba las luces de la mañana sobre el río a través de una nebulosa tejida por el cansancio.  
¡Demasiado peso en sus pequeños párpados! Miró al horizonte con la mirada perdida, hasta donde la vista mezclaba las formas. Pasó sus finos dedos por las palabras escritas en aquel libro de la biblioteca del mayor Firch, y buscó con sus ojos el final de aquella historia “Cleopatra VII de los Ptolomeos”, pero estaba tan cansada que las palabras, caían sobre sus pestañas cerrándole los ojos.  

Bala era shudra, era sierva según el sistema de castas. Ese sistema de castas que nunca había funcionado tras los muros de aquella casa inglesa a orillas del Ganges. El mayor Firch la había recogido hacía muchos años, y lejos de tratarla como su criada, le había enseñado cosas de la vida, entre ellas, a leer las palabras inglesas. Y así leía ella, con los pies enroscados, como serpientes, alrededor de su cuerpo y el sari tapando su piel morena. 
La consciencia se escabullía de su cuerpo y se desvanecía entre las sombras del porche, y Bala antes de dormirse al fin, pudo ver en un segundo un resplandor dorado moverse en el jardín. “Debe ser una serpiente”, se dijo. “En cuanto despunte el día haré que la busquen bien entre las ramas”. 
Y antes de que el brillo de la  mañana, redujera la oscuridad a su cárcel de sombras, haciendo brillar la madera del porche, Bala penetró entre sueños en la claridad del día que se filtraba a través de unas lujosas cortinas. Muy lejos del Ganges, a orillas del Nilo. En el palacio de Cleopatra.  
“Es el momento, mi reina, ya es de día, y pronto llegará Octavio”, le susurré al oído, ofreciendo con mis gastados dedos de sierva la cesta de fruta fresca.
Ahora Yo, Charmión ya no era egipcia, era una muchacha india fea y deforme. “Soy shudra”, recordaba Bala. “Y la reina nunca me amó, como nunca me amó el mayor”. 
“Si sólo fuera más hermosa”, se susurró Bala en su corazón. “Y tuviera un bonito vestido”, y miraba el sari reconvertido extrañamente en un vestido muy diferente, hecho de lino. Y la reina, clavaba su mirada expectante, con los ojos vacíos.
Muy cerca, las serpientes anunciaban con su siseo su presencia.  Sólo había necesitado una mirada de mi reina y había comprendido. Dos serpientes. Enrolladas, y escondidas en la cesta, bajo la fruta. Salían ahora presurosas en busca de alguien a quien inyectar su veneno. Muy cerca. Sólo le quedaba esperar. Esperar ese último beso envenenado, mientras, yo, Bala contemplaba con ojos de Charmion la triste escena.  
 
 Aquella mañana el mayor Firch estaba inquieto y se levantó antes de tiempo, empapado por el sudor, salió en busca de aire fresco. Y la vió a ella tendida, velando su sueño. “De nuevo se ha quedado dormida leyendo”, pensó. India se le había metido dentro de tal manera que era incapaz de pensar en otra cosa. “Hasta esa pequeña niña que recogí, y que se ha convertido en una perfecta criada inglesa, ¿no es verdad que es hermosa?, o tal vez es que me estoy haciendo viejo”  
Y el mayor a penas penetró en su precioso jardín inglés enmarañado, cuando la cobra dorada, cayó sobre él como un rayo de sol en la mañana. Fue muy rápido, el veneno se extendió con tal rapidez, que paralizó hasta sus palabras. No tuvo que esperar, y aunque intentó llamar a Bala, ésta dormía mecida por la brisa del río, inmersa en un profundo sueño.
Y  la luz del sol alcanzó los ojos de Bala, y ésta despertó sobresaltada, con las imágenes del sueño grabadas en las retinas,  no sabía si había despertado. Ahora era Charmion, y se veía así misma bajando las escaleras hasta el jardín, con los pies descalzos.” ¿No es la reina tendida en el suelo?” Pero se acercó despacio y sintió un profundo dolor que empezaba en el pecho y le recorría el cuerpo, rebañándolo por dentro. No era un sueño. No era Cleopatra. Era el mayor Firch. ! El mayor Firch! ¡Siempre fue tan bueno y amable! Y ella le amaba tanto… Y ahora ¿que ocurriría con ella?, ¿qué ocurriría?  Le rozó con sus labios sólo un momento. Todavía notaba el calor de su aliento. Bala abrazó fuertemente su cuerpo, como nunca se había atrevido. Ahora era suyo, sólo suyo. Y así le meció, vertiendo dulcemente en su oído palabras de amor, esperando que la cobra saliera de su escondite y le otorgara a ella también la eternidad, inyectada en sus colmillos.   
 
 Y en el jardín les encontramos a ambos, enredados como dos serpientes. Nada se pudo hacer por ellos. Y en el porche, encontramos un libro olvidado, el libro de Bala, y leímos en alto el último párrafo:  
“El último beso. El último beso de Antonio, !cómo lo recuerdo!”, decía Cleopatra, tratando de no pensar en el dolor punzante que notaba en el pecho. Pensaba en la calidez de su beso, de sus brazos rodeando su cuerpo. “Si lo hubiera sabido, si hubiera sabido que era el último beso, nunca le hubiera dejado sólo. Tengo todavía su sabor dentro. ¡Y pensar que llegué a imaginarme con Octavio después! Y creo que el veneno va fluyendo dentro de mí. Pero yo sólo puedo pensar en Antonio” 
Y así fue, con estas palabras,  como mi reina se despidió del mundo, y murió en mis brazos. Y yo cerré sus ojos, contemplándola por última vez. Acerqué mis labios y me despedí con un beso, sabiendo que pronto, muy pronto, volvería a estar con ella.  

M.S.

EL BESO

Yo, Charmion, miraba a mi reina borrosa tras las cortinas. Parecía perder sus contornos, y mezclarlos con las sombras rosáceas del Nilo. Nadie dormía bien en palacio desde la batalla de Actium. Mi mirada cansada se perdía en el río buscando la de mi reina amada entre las sombras del recién nacido día. “Los días andarán a partir de ahora, huérfanos, sin su reina”, decía Cleopatra. Se escuchaba el eco del río cercano que bañando los dos reinos, como serpientes, el Alto y el Bajo Egipto, los inundaba de vida, y acallaba las palabras de mi reina, que parecía volver a la vida  por unos instantes, al ver el reflejo de Antonio a lo lejos como un espejismo en el desierto.  
Desde Actium. Desde Actium la vida había sido muy diferente en palacio. Como si a mi señor le hubiera mordido la más venenosa serpiente, la de la cobardía, y fuera consumiéndole poco a poco.  Un valeroso general huyendo de su propio pueblo. Y Roma acechando a cada momento, como una serpiente rodea con su frío cuerpo su presa.
La salida victoriosa para mi reina era aliarse con Octavio. Un beso. Un beso que le hechizara como antes a César y luego a Antonio. Pero Octavio era diferente. Y su corazón de reina aún latiendo en su pecho, yacía ya en la tumba de Antonio, todavía caliente. No. La única opción posible, la única salida era unirse en la muerte con él, como se había unido en la vida. Y yo, Charmion, su fiel criada, lo sabía. Aunque no lo hubiéramos hablado. No podía permitir que mi reina, mi amada reina, la única persona a la que realmente había amado acabara sus días cautiva en una tierra extranjera, tan lejos del Nilo.  
Bala levantó los ojos del libro. Después de horas leyendo en el porche alumbrada tan solo por las estrellas del cielo, y la tenue luz de una vela, contemplaba las luces de la mañana sobre el río a través de una nebulosa tejida por el cansancio.  
¡Demasiado peso en sus pequeños párpados! Miró al horizonte con la mirada perdida, hasta donde la vista mezclaba las formas. Pasó sus finos dedos por las palabras escritas en aquel libro de la biblioteca del mayor Firch, y buscó con sus ojos el final de aquella historia “Cleopatra VII de los Ptolomeos”, pero estaba tan cansada que las palabras, caían sobre sus pestañas cerrándole los ojos.  

Bala era shudra, era sierva según el sistema de castas. Ese sistema de castas que nunca había funcionado tras los muros de aquella casa inglesa a orillas del Ganges. El mayor Firch la había recogido hacía muchos años, y lejos de tratarla como su criada, le había enseñado cosas de la vida, entre ellas, a leer las palabras inglesas. Y así leía ella, con los pies enroscados, como serpientes, alrededor de su cuerpo y el sari tapando su piel morena. 
La consciencia se escabullía de su cuerpo y se desvanecía entre las sombras del porche, y Bala antes de dormirse al fin, pudo ver en un segundo un resplandor dorado moverse en el jardín. “Debe ser una serpiente”, se dijo. “En cuanto despunte el día haré que la busquen bien entre las ramas”. 
Y antes de que el brillo de la  mañana, redujera la oscuridad a su cárcel de sombras, haciendo brillar la madera del porche, Bala penetró entre sueños en la claridad del día que se filtraba a través de unas lujosas cortinas. Muy lejos del Ganges, a orillas del Nilo. En el palacio de Cleopatra.  
“Es el momento, mi reina, ya es de día, y pronto llegará Octavio”, le susurré al oído, ofreciendo con mis gastados dedos de sierva la cesta de fruta fresca.
Ahora Yo, Charmión ya no era egipcia, era una muchacha india fea y deforme. “Soy shudra”, recordaba Bala. “Y la reina nunca me amó, como nunca me amó el mayor”. 
“Si sólo fuera más hermosa”, se susurró Bala en su corazón. “Y tuviera un bonito vestido”, y miraba el sari reconvertido extrañamente en un vestido muy diferente, hecho de lino. Y la reina, clavaba su mirada expectante, con los ojos vacíos.
Muy cerca, las serpientes anunciaban con su siseo su presencia.  Sólo había necesitado una mirada de mi reina y había comprendido. Dos serpientes. Enrolladas, y escondidas en la cesta, bajo la fruta. Salían ahora presurosas en busca de alguien a quien inyectar su veneno. Muy cerca. Sólo le quedaba esperar. Esperar ese último beso envenenado, mientras, yo, Bala contemplaba con ojos de Charmion la triste escena.  
 
 Aquella mañana el mayor Firch estaba inquieto y se levantó antes de tiempo, empapado por el sudor, salió en busca de aire fresco. Y la vió a ella tendida, velando su sueño. “De nuevo se ha quedado dormida leyendo”, pensó. India se le había metido dentro de tal manera que era incapaz de pensar en otra cosa. “Hasta esa pequeña niña que recogí, y que se ha convertido en una perfecta criada inglesa, ¿no es verdad que es hermosa?, o tal vez es que me estoy haciendo viejo”  
Y el mayor a penas penetró en su precioso jardín inglés enmarañado, cuando la cobra dorada, cayó sobre él como un rayo de sol en la mañana. Fue muy rápido, el veneno se extendió con tal rapidez, que paralizó hasta sus palabras. No tuvo que esperar, y aunque intentó llamar a Bala, ésta dormía mecida por la brisa del río, inmersa en un profundo sueño.
Y  la luz del sol alcanzó los ojos de Bala, y ésta despertó sobresaltada, con las imágenes del sueño grabadas en las retinas,  no sabía si había despertado. Ahora era Charmion, y se veía así misma bajando las escaleras hasta el jardín, con los pies descalzos.” ¿No es la reina tendida en el suelo?” Pero se acercó despacio y sintió un profundo dolor que empezaba en el pecho y le recorría el cuerpo, rebañándolo por dentro. No era un sueño. No era Cleopatra. Era el mayor Firch. ! El mayor Firch! ¡Siempre fue tan bueno y amable! Y ella le amaba tanto… Y ahora ¿que ocurriría con ella?, ¿qué ocurriría?  Le rozó con sus labios sólo un momento. Todavía notaba el calor de su aliento. Bala abrazó fuertemente su cuerpo, como nunca se había atrevido. Ahora era suyo, sólo suyo. Y así le meció, vertiendo dulcemente en su oído palabras de amor, esperando que la cobra saliera de su escondite y le otorgara a ella también la eternidad, inyectada en sus colmillos.   
 
 Y en el jardín les encontramos a ambos, enredados como dos serpientes. Nada se pudo hacer por ellos. Y en el porche, encontramos un libro olvidado, el libro de Bala, y leímos en alto el último párrafo:  
“El último beso. El último beso de Antonio, !cómo lo recuerdo!”, decía Cleopatra, tratando de no pensar en el dolor punzante que notaba en el pecho. Pensaba en la calidez de su beso, de sus brazos rodeando su cuerpo. “Si lo hubiera sabido, si hubiera sabido que era el último beso, nunca le hubiera dejado sólo. Tengo todavía su sabor dentro. ¡Y pensar que llegué a imaginarme con Octavio después! Y creo que el veneno va fluyendo dentro de mí. Pero yo sólo puedo pensar en Antonio” 
Y así fue, con estas palabras,  como mi reina se despidió del mundo, y murió en mis brazos. Y yo cerré sus ojos, contemplándola por última vez. Acerqué mis labios y me despedí con un beso, sabiendo que pronto, muy pronto, volvería a estar con ella.  

M.S.