Es curioso que ahora que ha pasado todo pienso en mi vida como la de un pequeño cuco atrapado en el reloj, deseando escapar de su destino cada hora, pero siempre retenido en su caja de madera.
Sobretodo desde que nos instalamos en este país, en esta ciudad, en esta calle perdida. Sin amigos, sin distracciones. “Es un ascenso, una oportunidad”, dijo él. Pero para mí era un camino lleno de polvo, que levantaba el aire, y llenaba mis ojos, haciéndome llorar lágrimas de barro.
Si no hubiéramos venido a este lugar, creo que los años hubieran pasado sin cambios. Había dejado toda mi vida, suspendida en el tiempo. Cómo si se hubiera parado, como si le hubiera puesto una chincheta atravesándola y sujetándola en un corcho. Llegamos aquí, y en la casa de dos pisos con el hermoso y fantasmal jardín de ramas retorcidas, tan sólo había un libro “el mecanismo de un reloj de cuco”, y mucho polvo.
Y entonces pensé, “un nuevo hobby con el que llenar las horas vacías, las páginas vacías de mi vida, que nunca serán leídas”.
Y cómo el cuco cada hora anunciando su visita, cada día llegaba aquel hombre extraño de la gabardina. Ese hombre extraño con olor a tabaco, gabardina oscura hasta los pies. Peluquín peinado hacia delante.
Ese hombre que cada día traía un sobre color manila bajo el brazo. Y allí fuera, en las sombras del jardín de flores marchitas, se lo entregaba a mi marido. ¿Quien era ese hombre extraño? ¿Y qué contenía ese sobre cerrado?
Siempre lo mismo, la misma pregunta. “¿Qué hacemos aquí?” todo estaba relacionado. Y mientras yo movía un poco de tierra para plantar nuevas plantas, con una pequeña pala, el viento devolvía una y otra vez la arena a su agujero. “¿Qué estás plantando hoy, querida?”. “Buganvillas, esto es tan triste… necesito ver algo que me transmita alegría”
Tal vez toda mi vida era una mentira. Vivía en mi pequeña casa, y soñaba con una vida que en realidad no existía. ¡Si no me hubiera planteado nada. Si hubiera acogido las preguntas sin respuestas! Si me hubiera resignado. Pero estaba aburrida. Aburrida mirando pasar las horas, dedicada a devolver color a un jardín que tal vez nunca lo tuvo, dedicada a leer el libro sobre el mecanismo del reloj de cuco: la vida que vive el cuco dentro del reloj, la vida a la que aspira cuando se abre la portezuela y casi ve la luz del sol.
Y la curiosidad me despertó, cómo si volviera a la vida al mirar una pequeña hoja tambaleante que flotaba, suspendida en el tiempo, tras la ventana. ¡Cómo lo recuerdo! Esos pequeños detalles son los que echo de menos. La luz centelleante, reflejándose en las hojas doradas, que anunciaban el otoño.
El aire era mucho más frío de lo que parecía aquella mañana, mirando hacia el jardín a través de la ventana.
¡Pensé en las veces que había tratado de entrar en su despacho sin conseguir nada! La cerradura siempre cerrada. Igual que se cerraban sus palabras cuando le preguntaba. “Olvídate de ese hombre, querida, no es importante”. “Exactamente, ¿a qué te dedicas?, ya sé que a algo de seguros, pero ahora que no tengo mucho que hacer, que tengo todo el día, me da por pensar cosas y …”, le decía. “Querida, olvídate de todo, sal a pasear”, me respondía.
Le obedecí y me encontré en una calle vacía de la ciudad frente una pequeña placa oxidada con un letrero: “DETECTIVES”. No quería subir, pero mis pies me desobedecieron, como siguiendo el dictado de mi curiosidad. El ascensor no funcionaba. Las escaleras eran estrechas. Puerta de cristal. Humo de cigarrillos. Personas, personas con las que hablar. Paredes desconchadas. ¿Cuanto valía la verdad? Les hice un talón, estaba nerviosa. Pronto lo sabría. Lo sabría todo, sabría la verdad.
Claro, serían seguros de vida, “que tonta soy”, pensé. Pero tenía que estar segura. Habíamos venido a este lugar porque él debía vender seguros de vida a estas personas. “¿Pero qué vida hay aquí? Grandes casas. Grandes parques, pero nadie sonríe, nadie habla. No hay más vida en esta ciudad que el viento que se mete por debajo de las contraventanas”
”El viento a veces azota con fuerza este lugar. El viento. Las ventanas. Las ventanas se abren con fuerza, y el viento susurra <<corre, aquí hay una salida>>. Pero no me atrevía. ¡Si hubiera tenido el valor que no tenía el cuco del reloj! ¡El valor de extender mis alas y emprender el vuelo! << ¿Qué digo? el valor lo tengo. He extendido mis alas, y estoy preparada para volar. ¿Seguros? ¿Un vendedor de seguros que trabaja en casa, que sale a horas intempestivas, que tiene amigos tan extraños como el hombre de la gabardina…? Maletines oscuros. Noche. Cerraduras ¿Cuantos años he vivido una mentira?>> Ahora, la puerta de mi pequeña casa de madera se abría y veía la verdad que entraba llenando de luz la estancia.
Después, en la casa, dieron las tres en el reloj de la pared del salón. El hombre extraño de gabardina oscura y peluquín llegó y entregó el sobre como cada día. Ese día sonreí oculta tras las cortinas que cubrían la ventana. Ese día. Ese día yo había quitado el papel de calco de debajo del libro de mi vida y había cambiado las palabras que debían ser escritas. “Hoy escribiré mi destino, con mi propia caligrafía” pronto sabría quien era ese hombre. Pronto encontraría sentido a mi vida.
Me encontraría con el detective en el parque unas horas después, un día más tarde. Le encontraría después del desayuno. Estaba tan impaciente que cuando llegó el momento a penas me manché los labios con la espuma del capuchino. Un bolso lo suficientemente grande para guardar los secretos de toda una vida. Un maquillaje discreto. Un murmullo, “me voy a dar un paseo”.
Y me encontré en el parque. “Hoy es domingo y el parque está lleno de niños que ríen ruidosamente”. Yo sonreía. “Si pudiera parar el tiempo, si pudiera volver al principio..”, pero no podía. El hombre llegaría con respuestas a mis preguntas, y me contaría mi vida. Pero las horas giraban en las manillas del reloj, y nadie aparecía.
Llegué a casa derrotada y confundida, con arena en el pelo y muchas más preguntas no respondidas. La tarjeta amarillenta escrita con letra de imprenta de los detectives en mi bolsillo. Había llamado varias veces desde una cabina, pero nada sabía.
No me esperaba encontrarle en casa aquel día. A ese hombre extraño con el que vivía, al que alguna vez había querido, con el batín puesto. Me esperaba en su despacho. “Pasa querida. Debo hablarte”. Noté algo extraño en su voz. Tal vez él notó que mi cuerpo temblaba como una hoja. Cómo aquella hoja frente a la ventana del salón. Moví mi sandalia, sintiendo la suavidad de la alfombra al pisarla, mientras él hablaba. “¡Tenías que fastidiarlo todo, tenías que meterte en mis asuntos!”. Y así, sin tiempo para reaccionar él que me había jurado un día amor eterno, sacó un revolver del cajón de arriba de su escritorio de cedro y disparo varias veces, dejándome en el suelo, tendida, cubierta por mi propia sangre muerta, que a penas salió de su agujero. Hay cosas que nunca pueden salir.
Y desde entonces, no veo la luz. No oigo el zumbido del aire. No oigo a los niños reír en el parque. El mecanismo del reloj de cuco falló en un instante, y la puerta cerró y ya no se abre. No puedo moverme. Permaneceré para siempre en esta pequeña caja de madera como si fuera un pequeño cuco atrapado en un reloj, cubierta de arena y sin ninguna respuesta, y fuera sólo las buganvillas lucharán por mantener mi recuerdo con vida.
M.S.