EN CARNE E HILO

Dame la vuelta
como si fuera un guante y verás
de qué están hechas
mis costuras
 
Comprueba la longitud de mis dedos
los hilos entretejidos
que forman mi cuerpo
¿No es el calor
que siempre has querido?
 
Colócame en tu mano y sentirás

como mis miembros de lana
se ajustan a tu piel, reconfortada
como si estuviera cosida con hilo a tu palma
 
Pero recuerda, no me pierdas,
no me rompas, no me olvides
 
y si lo haces, yo te maldigo, porque el
invierno
llegará de todas formas
y no  encontrarás abrigo
 
 y te juro que el frío comerá de tu mano
dejará migas perdidas de escarcha,
 y de desengaño

 M.S.

CUSTODIA COMPARTIDA

-   ¿Tú me quieres?

Paraba el mando a distancia cada vez que ella hablaba, y me quedaba hipnotizado mirando a través de sus ojos cristalinos la pantalla de plasma.

Lo hacía cuando pensaba que  la echaba de menos, y lo hacía cuando me sentía enfadado. En realidad una cosa siempre iba unida a la otra.

Mientras la jurisprudencia al parecer iba en mi contra, el juez me había otorgado como medida cautelar la custodia de los malos recuerdos, mientras los buenos se los quedaba ella. 

 Esos recuerdos perdidos… ¿Cómo eran? Ya no lo recordaba. En realidad, había pensado  que sería mucho más fácil olvidarme de ella, recordando tan sólo el desamor, así que tampoco me había parecido del todo mal el arreglo.

 El pequeño apartamento en Villa Divorcio, en el que se amontonaban los muebles de Ikea, que él ni siquiera había comprado. Las cajas de cartón escalaban por todas partes, y en una de ellas una cinta VHS. “Verano 2006″se podía leer en la etiqueta escrita con rotulador negro.

 Debía haber sido feliz aquel verano, en el que ella en la playa de arena blanca se daba la vuelta y me miraba coqueta de aquella forma directamente a los ojos, directamente a la cámara. Se apartaba algunos mechones de pelo, y me dejaba ver sus ojos azul verdoso. 625 líneas de ella.

Y siempre las mismas palabras que resonaban a través de aquellos altavoces del home cinema que compré para compartir con ella las tardes lluviosas.

-  Será que no me quieres- me decía.
 
Y escuchaba mi propia voz que sonaba mortecina.

-          Te quiero desde siempre, desde el primer día, desde el principio. No sería nada sin ti. Sin ti yo no existiría.

 En la cocina la lasagna congelada que había comprado, giraba en el microondas  a la vez que mis pensamientos. Todavía quedaba tiempo para la cena y sin embargo pensaba que cuanto antes cenara, antes llegaría la noche, y antes la mañana.

 A fuerza de dudar, ella había acabado con todo lo bueno. No me habría fijado jamás en ninguna otra. Sí, esa es la verdad. Pero las dudas la consumían, y siempre dudaba y dudaba y no vivía. “Me hartas”, le decía yo.  La mirada de ella, coqueta y cruel. Su piel, tan pálida. Y siempre tan desconfiada.

“Fue su culpa, sin duda”, pensé yo. Incluso en un recuerdo feliz como en el de la playa, ella me exasperaba con sus celos sin causa.

 Sonó un pequeño timbre, que me alejó de aquella ensoñación. La lasagna, o tal vez la puerta. Todo parecía posible. Me decidí por la puerta, y al abrirla  allí estaba, sonriendo tímidamente. Tal vez hubo un tiempo en la que ella sonreía como lo hacía en aquel video que resonaba en aquel apartamento, y del que no recordaba nada.

 -  Derechos de visita- dijo ella un tanto aturdida, como extrañada de ver el aspecto demacrado que yo tenía- ¿No lo recuerdas? Vengo a buscar los malos recuerdos para llevarlos a dar una vuelta. ¿Qué haces?

-   Preparaba la cena. Puedes quedarte con todo. Con los buenos, los malos ¡Qué importa!  ¿Sabes? No los traigas de vuelta.

 Ella reflexionó unos instantes en la puerta, mientras  parecía tomar fuerzas de flaqueza.

-  Prefiero que te quedes con todo.- le repetí  con firmeza.
 
-  No seas tonto- me contestó. Me asustó esa mirada clara, y esas pestañas que parecían arañarme la memoria.-  Me los llevaré a un bar. Necesito pensar en ellos, y dar una vuelta. ¿Sabes? He estado pensando una cosa y … creo que me quieres.

-  Eso es porque no te acuerdas.

Al  fondo se escuchaba mi propia voz que repetía en la pantalla “te quiero desde siempre, desde el principio, desde el primer día”. Una y otra vez la misma melodía.
 
-  Sé que me quieres. Que siempre me has querido. Que nunca has amado a otra.- me dijo ella recordando, mirando la pantalla con las imágenes de aquel verano .-Dime que me quieres.
 
-  No te quiero.
 
-  Pero sí que me quieres.- Y acercó su mano temblorosa. ¡Temblorosa! Y con sus dudas en la yema de los dedos me acarició la mejilla.
 
No recordaba nada bueno. Recordaba portazos. Discusiones. Llantos. Y al fondo esa mirada cristalina. Transparente como aquella playa en la que veíamos los peces nadar en el fondo.…
 
Tal vez en el fondo, muy en el fondo, yo todavía sentía algo por ella, algo escondido como un tesoro entre la arena.
 
-  Te propongo custodia compartida- me dijo ella, casi en un susurro.- Te propongo… – y se calló.
 
Yo intuí que apenas  podía pronunciar las palabras, sin poder apartar la mirada de aquel video de la playa.
Y sonó un pequeño timbre en la cocina. La lasagna. La cena estaba lista.

-  He  hecho lasagna. Puedes quedarte, si quieres- le dije resignado y vencido, como única respuesta. – Pero tú sola, como al principio. Dejemos que todos los recuerdos  se queden fuera en el jardín. Cerraremos la puerta.

 Y ella se sentó en el sillón envuelto todavía en plástico, justo a mi lado.  Con el mando  a distancia en una mano, y el tenedor en la otra. La mirada puesta en  aquel video de las vacaciones del 2006, que ahora ninguno recordaba.

M.S.

CUSTODIA COMPARTIDA

-   ¿Tú me quieres?

Paraba el mando a distancia cada vez que ella hablaba, y me quedaba hipnotizado mirando a través de sus ojos cristalinos la pantalla de plasma.

Lo hacía cuando pensaba que  la echaba de menos, y lo hacía cuando me sentía enfadado. En realidad una cosa siempre iba unida a la otra.

Mientras la jurisprudencia al parecer iba en mi contra, el juez me había otorgado como medida cautelar la custodia de los malos recuerdos, mientras los buenos se los quedaba ella. 

 Esos recuerdos perdidos… ¿Cómo eran? Ya no lo recordaba. En realidad, había pensado  que sería mucho más fácil olvidarme de ella, recordando tan sólo el desamor, así que tampoco me había parecido del todo mal el arreglo.

 El pequeño apartamento en Villa Divorcio, en el que se amontonaban los muebles de Ikea, que él ni siquiera había comprado. Las cajas de cartón escalaban por todas partes, y en una de ellas una cinta VHS. “Verano 2006″se podía leer en la etiqueta escrita con rotulador negro.

 Debía haber sido feliz aquel verano, en el que ella en la playa de arena blanca se daba la vuelta y me miraba coqueta de aquella forma directamente a los ojos, directamente a la cámara. Se apartaba algunos mechones de pelo, y me dejaba ver sus ojos azul verdoso. 625 líneas de ella. Y siempre las mismas palabras que resonaban a través de aquellos altavoces del home cinema que compré para compartir con ella las tardes lluviosas.

-  Será que no me quieres- me decía.
 
Y escuchaba mi propia voz que sonaba mortecina.

-          Te quiero desde siempre, desde el primer día, desde el principio. No sería nada sin ti. Sin ti yo no existiría.

 En la cocina la lasagna congelada que había comprado, giraba en el microondas  a la vez que mis pensamientos. Todavía quedaba tiempo para la cena y sin embargo pensaba que cuanto antes cenara, antes llegaría la noche, y antes la mañana.

 A fuerza de dudar, ella había acabado con todo lo bueno. No me habría fijado jamás en ninguna otra. Sí, esa es la verdad. Pero las dudas la consumían, y siempre dudaba y dudaba y no vivía. “Me hartas”, le decía yo.  La mirada de ella, coqueta y cruel. Su piel, tan pálida. Y siempre tan desconfiada.

“Fue su culpa, sin duda”, pensé yo. Incluso en un recuerdo feliz como en el de la playa, ella me exasperaba con sus celos sin causa.

 Sonó un pequeño timbre, que me alejó de aquella ensoñación. La lasagna, o tal vez la puerta. Todo parecía posible. Me decidí por la puerta, y al abrirla  allí estaba, sonriendo tímidamente. Tal vez hubo un tiempo en la que ella sonreía como lo hacía en aquel video que resonaba en aquel apartamento, y del que no recordaba nada.

 -  Derechos de visita- dijo ella un tanto aturdida, como extrañada de ver el aspecto demacrado que yo tenía- ¿No lo recuerdas? Vengo a buscar los malos recuerdos para llevarlos a dar una vuelta. ¿Qué haces?

-   Preparaba la cena. Puedes quedarte con todo. Con los buenos, los malos ¡Qué importa!  ¿Sabes? No los traigas de vuelta.

 Ella reflexionó unos instantes en la puerta, mientras  parecía tomar fuerzas de flaqueza.

-  Prefiero que te quedes con todo.- le repetí  con firmeza.
 
-  No seas tonto- me contestó. Me asustó esa mirada clara, y esas pestañas que parecían arañarme la memoria.-  Me los llevaré a un bar. Necesito pensar en ellos, y dar una vuelta. ¿Sabes? He estado pensando una cosa y … creo que me quieres.

-  Eso es porque no te acuerdas.

Al  fondo se escuchaba mi propia voz que repetía en la pantalla “te quiero desde siempre, desde el principio, desde el primer día”. Una y otra vez la misma melodía.
 
-  Sé que me quieres. Que siempre me has querido. Que nunca has amado a otra.- me dijo ella recordando, mirando la pantalla con las imágenes de aquel verano .-Dime que me quieres.
 
-  No te quiero.
 
-  Pero sí que me quieres.- Y acercó su mano temblorosa. ¡Temblorosa! Y con sus dudas en la yema de los dedos me acarició la mejilla.
 
No recordaba nada bueno. Recordaba portazos. Discusiones. Llantos. Y al fondo esa mirada cristalina. Transparente como aquella playa en la que veíamos los peces nadar en el fondo.…
 
Tal vez en el fondo, muy en el fondo, yo todavía sentía algo por ella, algo escondido como un tesoro entre la arena.
 
-  Te propongo custodia compartida- me dijo ella, casi en un susurro.- Te propongo… – y se calló.
 
Yo intuí que apenas  podía pronunciar las palabras, sin poder apartar la mirada de aquel video de la playa.
Y sonó un pequeño timbre en la cocina. La lasagna. La cena estaba lista.

-  He  hecho lasagna. Puedes quedarte, si quieres- le dije resignado y vencido, como única respuesta. – Pero tú sola, como al principio. Dejemos que todos los recuerdos  se queden fuera en el jardín. Cerraremos la puerta.

 Y ella se sentó en el sillón envuelto todavía en plástico, justo a mi lado.  Con el mando  a distancia en una mano, y el tenedor en la otra. La mirada puesta en  aquel video de las vacaciones del 2006, que ahora ninguno recordaba.

M.S.

CUSTODIA COMPARTIDA

-          ¿Tú me quieres?

Paraba el mando a distancia cada vez que ella hablaba, y me quedaba hipnotizado mirando a través de sus ojos cristalinos la pantalla de plasma.

Lo hacía cuando pensaba que  la echaba de menos, y lo hacía cuando me sentía enfadado. En realidad una cosa siempre iba unida a la otra.

Mientras la jurisprudencia al parecer iba en mi contra, el juez me había otorgado como medida cautelar la custodia de los malos recuerdos, mientras los buenos se los quedaba ella. 

 Esos recuerdos perdidos… ¿Cómo eran? Ya no lo recordaba. En realidad, había pensado  que sería mucho más fácil olvidarme de ella, recordando tan sólo el desamor, así que tampoco me había parecido del todo mal el arreglo.

 El pequeño apartamento en Villa Divorcio, en el que se amontonaban los muebles de Ikea, que él ni siquiera había comprado. Las cajas de cartón escalaban por todas partes, y en una de ellas una cinta VHS. “Verano 2006″se podía leer en la etiqueta escrita con rotulador negro.

 Debía haber sido feliz aquel verano, en el que ella en la playa de arena blanca se daba la vuelta y me miraba coqueta de aquella forma directamente a los ojos, directamente a la cámara. Se apartaba algunos mechones de pelo, y me dejaba ver sus ojos azul verdoso. 625 líneas de ella. Y siempre las mismas palabras que resonaban a través de aquellos altavoces del home cinema que compré para compartir con ella las tardes lluviosas.

 

-          Será que no me quieres- me decía.
 
Y escuchaba mi propia voz que sonaba mortecina.

-          Te quiero desde siempre, desde el primer día, desde el principio. No sería nada sin ti. Sin ti yo no existiría.

 En la cocina la lasagna congelada que había comprado, giraba en el microondas  a la vez que mis pensamientos. Todavía quedaba tiempo para la cena y sin embargo pensaba que cuanto antes cenara, antes llegaría la noche, y antes la mañana.

 

A fuerza de dudar, ella había acabado con todo lo bueno. No me habría fijado jamás en ninguna otra. Sí, esa es la verdad. Pero las dudas la consumían, y siempre dudaba y dudaba y no vivía. “Me hartas”, le decía yo.  La mirada de ella, coqueta y cruel. Su piel, tan pálida. Y siempre tan desconfiada.
 

“Fue su culpa, sin duda”, pensé yo. Incluso en un recuerdo feliz como en el de la playa, ella me exasperaba con sus celos sin causa.

 Sonó un pequeño timbre, que me alejó de aquella ensoñación. La lasagna, o tal vez la puerta. Todo parecía posible. Me decidí por la puerta, y al abrirla  allí estaba, sonriendo tímidamente. Tal vez hubo un tiempo en la que ella sonreía como lo hacía en aquel video que resonaba en aquel apartamento, y del que no recordaba nada.

 

-          Derechos de visita- dijo ella un tanto aturdida, como extrañada de ver el aspecto demacrado que yo tenía- ¿No lo recuerdas? Vengo a buscar los malos recuerdos para llevarlos a dar una vuelta. ¿Qué haces?
 

-          Preparaba la cena. Puedes quedarte con todo. Con los buenos, los malos ¡Qué importa!  ¿Sabes? No los traigas de vuelta.

 

Ella reflexionó unos instantes en la puerta, mientras  parecía tomar fuerzas de flaqueza.

-          Prefiero que te quedes con todo.- le repetí  con firmeza.
 
-          No seas tonto- me contestó. Me asustó esa mirada clara, y esas pestañas que parecían arañarme la memoria.-  Me los llevaré a un bar. Necesito pensar en ellos, y dar una vuelta. ¿Sabes? He estado pensando una cosa y … creo que me quieres.

-          Eso es porque no te acuerdas.

Al  fondo se escuchaba mi propia voz que repetía en la pantalla “te quiero desde siempre, desde el principio, desde el primer día”. Una y otra vez la misma melodía.
 
-          Sé que me quieres. Que siempre me has querido. Que nunca has amado a otra.- me dijo ella recordando, mirando la pantalla con las imágenes de aquel verano .-Dime que me quieres.
 
-          No te quiero.
 
-          Pero sí que me quieres.- Y acercó su mano temblorosa. ¡Temblorosa! Y con sus dudas en la yema de los dedos me acarició la mejilla.
 
No recordaba nada bueno. Recordaba portazos. Discusiones. Llantos. Y al fondo esa mirada cristalina. Transparente como aquella playa en la que veíamos los peces nadar en el fondo.…
 
Tal vez en el fondo, muy en el fondo, yo todavía sentía algo por ella, algo escondido como un tesoro entre la arena.

 

-          Te propongo custodia compartida- me dijo ella, casi en un susurro.- Te propongo… – y se calló.
 
Yo intuí que apenas  podía pronunciar las palabras, sin poder apartar la mirada de aquel video de la playa.
Y sonó un pequeño timbre en la cocina. La lasagna. La cena estaba lista.
 

-          He  hecho lasagna. Puedes quedarte, si quieres- le dije resignado y vencido, como única respuesta. – Pero tú sola, como al principio. Dejemos que todos los recuerdos  se queden fuera en el jardín. Cerraremos la puerta.

 

 Y ella se sentó en el sillón envuelto todavía en plástico, justo a mi lado.  Con el mando  a distancia en una mano, y el tenedor en la otra. La mirada puesta en  aquel video de las vacaciones del 2006, que ahora ninguno recordaba.

M.S.

CUSTODIA COMPARTIDA

-          ¿Tú me quieres?

Paraba el mando a distancia cada vez que ella hablaba, y me quedaba hipnotizado mirando a través de sus ojos cristalinos la pantalla de plasma.

Lo hacía cuando pensaba que  la echaba de menos, y lo hacía cuando me sentía enfadado. En realidad una cosa siempre iba unida a la otra.

 

Mientras la jurisprudencia al parecer iba en mi contra, el juez me había otorgado como medida cautelar la custodia de los malos recuerdos, mientras los buenos se los quedaba ella. 
 
Esos recuerdos perdidos… ¿Cómo eran? Ya no lo recordaba. En realidad, había pensado  que sería mucho más fácil olvidarme de ella, recordando tan sólo el desamor, así que tampoco me había parecido del todo mal el arreglo.

 

El pequeño apartamento en Villa Divorcio, en el que se amontonaban los muebles de Ikea, que él ni siquiera había comprado. Las cajas de cartón escalaban por todas partes, y en una de ellas una cinta VHS. “Verano 2006″se podía leer en la etiqueta escrita con rotulador negro.

 

Debía haber sido feliz aquel verano, en el que ella en la playa de arena blanca se daba la vuelta y me miraba coqueta de aquella forma directamente a los ojos, directamente a la cámara. Se apartaba algunos mechones de pelo, y me dejaba ver sus ojos azul verdoso. 625 líneas de ella. Y siempre las mismas palabras que resonaban a través de aquellos altavoces del home cinema que compré para compartir con ella las tardes lluviosas.

 

-          Será que no me quieres- me decía.
 

Y escuchaba mi propia voz que sonaba mortecina.

-          Te quiero desde siempre, desde el primer día, desde el principio. No sería nada sin ti. Sin ti yo no existiría.

 

En la cocina la lasagna congelada que había comprado, giraba en el microondas  a la vez que mis pensamientos. Todavía quedaba tiempo para la cena y sin embargo pensaba que cuanto antes cenara, antes llegaría la noche, y antes la mañana.

 

A fuerza de dudar, ella había acabado con todo lo bueno. No me habría fijado jamás en ninguna otra. Sí, esa es la verdad. Pero las dudas la consumían, y siempre dudaba y dudaba y no vivía. “Me hartas”, le decía yo.  La mirada de ella, coqueta y cruel. Su piel, tan pálida. Y siempre tan desconfiada.
 

“Fue su culpa, sin duda”, pensé yo. Incluso en un recuerdo feliz como en el de la playa, ella me exasperaba con sus celos sin causa.

 

Sonó un pequeño timbre, que me alejó de aquella ensoñación. La lasagna, o tal vez la puerta. Todo parecía posible. Me decidí por la puerta, y al abrirla  allí estaba, sonriendo tímidamente. Tal vez hubo un tiempo en la que ella sonreía como lo hacía en aquel video que resonaba en aquel apartamento, y del que no recordaba nada.

 

-          Derechos de visita- dijo ella un tanto aturdida, como extrañada de ver el aspecto demacrado que yo tenía- ¿No lo recuerdas? Vengo a buscar los malos recuerdos para llevarlos a dar una vuelta. ¿Qué haces?
 

-          Preparaba la cena. Puedes quedarte con todo. Con los buenos, los malos ¡Qué importa!  ¿Sabes? No los traigas de vuelta.

 

Ella reflexionó unos instantes en la puerta, mientras  parecía tomar fuerzas de flaqueza.

-          Prefiero que te quedes con todo.- le repetí  con firmeza.
 
-          No seas tonto- me contestó. Me asustó esa mirada clara, y esas pestañas que parecían arañarme la memoria.-  Me los llevaré a un bar. Necesito pensar en ellos, y dar una vuelta. ¿Sabes? He estado pensando una cosa y … creo que me quieres.
 

-          Eso es porque no te acuerdas.

Al  fondo se escuchaba mi propia voz que repetía en la pantalla “te quiero desde siempre, desde el principio, desde el primer día”. Una y otra vez la misma melodía.
 
-          Sé que me quieres. Que siempre me has querido. Que nunca has amado a otra.- me dijo ella recordando, mirando la pantalla con las imágenes de aquel verano .-Dime que me quieres.
 
-          No te quiero.
 
-          Pero sí que me quieres.- Y acercó su mano temblorosa. ¡Temblorosa! Y con sus dudas en la yema de los dedos me acarició la mejilla.
 
No recordaba nada bueno. Recordaba portazos. Discusiones. Llantos. Y al fondo esa mirada cristalina. Transparente como aquella playa en la que veíamos los peces nadar en el fondo.…
 
Tal vez en el fondo, muy en el fondo, yo todavía sentía algo por ella, algo escondido como un tesoro entre la arena.

 

-          Te propongo custodia compartida- me dijo ella, casi en un susurro.- Te propongo… – y se calló.
 
Yo intuí que apenas  podía pronunciar las palabras, sin poder apartar la mirada de aquel video de la playa.
Y sonó un pequeño timbre en la cocina. La lasagna. La cena estaba lista.
 

-          He  hecho lasagna. Puedes quedarte, si quieres- le dije resignado y vencido, como única respuesta. – Pero tú sola, como al principio. Dejemos que todos los recuerdos  se queden fuera en el jardín. Cerraremos la puerta.

 

 Y ella se sentó en el sillón envuelto todavía en plástico, justo a mi lado.  Con el mando  a distancia en una mano, y el tenedor en la otra. La mirada puesta en  aquel video de las vacaciones del 2006, que ahora ninguno recordaba.

M.S.

CUSTODIA COMPARTIDA

-          ¿Tú me quieres?

Paraba el mando a distancia cada vez que ella hablaba, y me quedaba hipnotizado mirando a través de sus ojos cristalinos la pantalla de plasma.

Lo hacía cuando pensaba que  la echaba de menos, y lo hacía cuando me sentía enfadado. En realidad una cosa siempre iba unida a la otra.

 

Mientras la jurisprudencia al parecer iba en mi contra, el juez me había otorgado como medida cautelar la custodia de los malos recuerdos, mientras los buenos se los quedaba ella. 
 
Esos recuerdos perdidos… ¿Cómo eran? Ya no lo recordaba. En realidad, había pensado  que sería mucho más fácil olvidarme de ella, recordando tan sólo el desamor, así que tampoco me había parecido del todo mal el arreglo.

 

El pequeño apartamento en Villa Divorcio, en el que se amontonaban los muebles de Ikea, que él ni siquiera había comprado. Las cajas de cartón escalaban por todas partes, y en una de ellas una cinta VHS. “Verano 2006″se podía leer en la etiqueta escrita con rotulador negro.

 

Debía haber sido feliz aquel verano, en el que ella en la playa de arena blanca se daba la vuelta y me miraba coqueta de aquella forma directamente a los ojos, directamente a la cámara. Se apartaba algunos mechones de pelo, y me dejaba ver sus ojos azul verdoso. 625 líneas de ella. Y siempre las mismas palabras que resonaban a través de aquellos altavoces del home cinema que compré para compartir con ella las tardes lluviosas.

 

-          Será que no me quieres- me decía.
 

Y escuchaba mi propia voz que sonaba mortecina.

-          Te quiero desde siempre, desde el primer día, desde el principio. No sería nada sin ti. Sin ti yo no existiría.

 

En la cocina la lasagna congelada que había comprado, giraba en el microondas  a la vez que mis pensamientos. Todavía quedaba tiempo para la cena y sin embargo pensaba que cuanto antes cenara, antes llegaría la noche, y antes la mañana.

 

A fuerza de dudar, ella había acabado con todo lo bueno. No me habría fijado jamás en ninguna otra. Sí, esa es la verdad. Pero las dudas la consumían, y siempre dudaba y dudaba y no vivía. “Me hartas”, le decía yo.  La mirada de ella, coqueta y cruel. Su piel, tan pálida. Y siempre tan desconfiada.
 

“Fue su culpa, sin duda”, pensé yo. Incluso en un recuerdo feliz como en el de la playa, ella me exasperaba con sus celos sin causa.

 

Sonó un pequeño timbre, que me alejó de aquella ensoñación. La lasagna, o tal vez la puerta. Todo parecía posible. Me decidí por la puerta, y al abrirla  allí estaba, sonriendo tímidamente. Tal vez hubo un tiempo en la que ella sonreía como lo hacía en aquel video que resonaba en aquel apartamento, y del que no recordaba nada.

 

-          Derechos de visita- dijo ella un tanto aturdida, como extrañada de ver el aspecto demacrado que yo tenía- ¿No lo recuerdas? Vengo a buscar los malos recuerdos para llevarlos a dar una vuelta. ¿Qué haces?
 

-          Preparaba la cena. Puedes quedarte con todo. Con los buenos, los malos ¡Qué importa!  ¿Sabes? No los traigas de vuelta.

 

Ella reflexionó unos instantes en la puerta, mientras  parecía tomar fuerzas de flaqueza.

-          Prefiero que te quedes con todo.- le repetí  con firmeza.
 
-          No seas tonto- me contestó. Me asustó esa mirada clara, y esas pestañas que parecían arañarme la memoria.-  Me los llevaré a un bar. Necesito pensar en ellos, y dar una vuelta. ¿Sabes? He estado pensando una cosa y … creo que me quieres.
 

-          Eso es porque no te acuerdas.

Al  fondo se escuchaba mi propia voz que repetía en la pantalla “te quiero desde siempre, desde el principio, desde el primer día”. Una y otra vez la misma melodía.
 
-          Sé que me quieres. Que siempre me has querido. Que nunca has amado a otra.- me dijo ella recordando, mirando la pantalla con las imágenes de aquel verano .-Dime que me quieres.
 
-          No te quiero.
 
-          Pero sí que me quieres.- Y acercó su mano temblorosa. ¡Temblorosa! Y con sus dudas en la yema de los dedos me acarició la mejilla.
 
No recordaba nada bueno. Recordaba portazos. Discusiones. Llantos. Y al fondo esa mirada cristalina. Transparente como aquella playa en la que veíamos los peces nadar en el fondo.…
 
Tal vez en el fondo, muy en el fondo, yo todavía sentía algo por ella, algo escondido como un tesoro entre la arena.

 

-          Te propongo custodia compartida- me dijo ella, casi en un susurro.- Te propongo… – y se calló.
 
Yo intuí que apenas  podía pronunciar las palabras, sin poder apartar la mirada de aquel video de la playa.
Y sonó un pequeño timbre en la cocina. La lasagna. La cena estaba lista.
 

-          He  hecho lasagna. Puedes quedarte, si quieres- le dije resignado y vencido, como única respuesta. – Pero tú sola, como al principio. Dejemos que todos los recuerdos  se queden fuera en el jardín. Cerraremos la puerta.

 

 Y ella se sentó en el sillón envuelto todavía en plástico, justo a mi lado.  Con el mando  a distancia en una mano, y el tenedor en la otra. La mirada puesta en  aquel video de las vacaciones del 2006, que ahora ninguno recordaba.

Cautiva

Si vas a Granada y paseas por el Albayzin la verás. Subiendo por la Cuesta del Chapiz, casi en la Iglesia del Salvador, a mano derecha, está la calle San Martín. En cuanto te asomas Ella aparece al fondo, altiva, morena y elegante. Su mirada te detecta de inmediato y, aunque tú no la mires, sientes sus ojos clavados en ti. Es así desde que fue liberada porque antes era una cautiva rodeada de cal y puertas cerradas.

Si entraras en ella te cuenta historias enormes, de cómo era antes, de cómo fue rescatada y de cómo ahora crece cada día en que es habitada.

Nació hace mucho tiempo, y tuvo una infancia feliz habitada por sus padres y junto a sus hermanos que tatuaban en su piel historias de una época tumultuosa y prohibida pero a la vez feliz y constante. El caer de los días, compartir los momentos con personajes auténticos, llenos de sabiduría que observaban el mundo para poder pintarlo, reflejarlo y vivirlo. Personajes olvidados durante mucho tiempo porque se fueron, sí, ellos se fueron y la dejaron allí sola.

Las lluvias en Granada son escasas, pero cuando caen son como si alguien desde el cielo tuviera una pena muy grande, la pena de sentir que la belleza no se ve, ni se valora. Así se quedó ella, llorando por dentro, lloviendo por fuera durante siglos en los que fueron poniendo un poco de su paso por ella, más paredes, más puertas, tapando sus tatuajes para no mostrar su verdadero origen. Cada habitante buscaba su propio beneficio, alterando su estructura, haciéndola a su imagen y semejanza para albergar personas invisibles que solo dejaron un rastro de paso vano por el mundo. Y así fue, banalidad que la ancló a un suelo desconocido, como si nunca hubiese pertenecido a esa tierra extraña habitada por gente extraña que arrastraba sus pasos para llegar al fin del día y, después, volver a comenzar.

Nada quedaba ya de aquellos que acompañaban a sus padres, personas altas de cabezas llenas, obsesionadas por dejar su huella en el mundo, dejando un hueco entre los pasos que daban para llenarlo de conocimiento y saber estar, saber vivir. Ahora ella era la única que recordaba esa época, pero cautiva como estaba no podía mostrarlo. Y con cada pensamiento, cada recuerdo, su estructura crujía, desmoronándose poco a poco, sangrando por dentro. Sus propietarios ponían vendas, parches de madera, cal y ladrillo para sujetar su pena, pero ella poco a poco iba cayendo en el pozo de la tristeza.

Y así pasó tiempo hasta que también ellos se fueron y la dejaron sola de nuevo. Sola y desesperada, sin posibilidad para escapar ni para poder enseñarse y gritar: “aquí estoy yo, bella, grande y sólida”, porque ella ya no era bella ni sólida. Su paso por el tiempo, la cautividad a la que fue sometida había dejado huellas que consideraba irreparables. Solo quería morir, dejarse caer al vacío, levantar una polvareda inmensa con su desmoronamiento para volar por todo el Albayzin y dejar poso de su existencia en cada uno de los rincones de su barrio. Pero ni siquiera podía hacer eso, las cadenas que la ataban al suelo le hacían daño y no la soltaban. Ella quería caer, pero no podía.

Y entonces llegaron ellos, otra vez entró gente por su puerta, pisó su patio, acarició su piel, aunque no sintió mucho porque aquella no era su piel si no la capa blanquecina que la cubría para pretender ser otra distinta a quién era ella. Tuvo miedo y tembló, pero no pasó nada porque sus cadenas eran fuertes.

Pero sucedió el milagro, aunque fue doloroso. En sus nuevos habitantes detectó el brillo de los ojos de sus padres, de sus amigos, y sintió que se le quebraba el corazón, ¿estaría volviéndose loca? No parecía que ellos fueran a liberarla al principio, pero había algo en sus ojos, en la forma que tenían de mirarla y tocarla. Hasta que tomó la decisión de mostrarse y enseñar sus heridas.

Se asustó, durante bastante tiempo no volvió a verlos y pensó que se había equivocado con ellos, que los había sobrestimado y volvió a llover. Sin embargo un día le vio, se acercó despacio y solo, mirándolo todo, mirando hacia arriba y hacia los lados. Pudo verle los ojos y pensó: “no, no me había equivocado, esta es mi oportunidad, tengo que gritar hasta que me escuche, hasta que me entienda y me libere”. Y sintió ganas de vivir.

Él tenía dudas, demasiado vieja para rehabilitarla, ¿no estaría volviéndose loco? ¿viendo fantasmas de otra época? Le pareció que la casa le hablaba y le contaba historias de otra vida. Sintió un susurro que le decía: no soy así, sólo estoy sola hace mucho tiempo, hubo un tiempo que fui bella y sólida, construida para dejar rastro de un pasado. Y sintió que tenía que verla, descubrir si de verdad aquel primer impulso que le había llevado a visitarla otra vez era sueño o realidad.

Y comenzó el reencuentro. Cada día la despojaba de una prenda y descubría algo nuevo, una estructura sólida, unos ojos grandes, una piel morena con sus tatuajes y sus historias. Lloraron, rieron, se fundieron en uno solo.

Ella lo sabía, había visto algo en sus ojos, no podía haberse confundido. En sus ojos y en los que la miraron a partir de ese momento donde volvió a ser ella, donde volvió a escuchar, a ver, a sentir los pasos de su gente, las conversaciones para un futuro mejor, las risas y los silencios.

Si vas a Granada y subes al Albayzin la verás, la casa cautiva, liberada por los hijos de sus padres, aquellos que hicieron de ella el testimonio de una época para mirar hacia el futuro. Su mirada te detecta aún cuando acabas de asomarte y, aunque tú no la mires, sientes sus ojos clavados en ti, embrujándote desde sus columnas ochavadas que se elevan para mostrarse en todo su esplendor.

A los moradores de la Casa Liberada

Gracias por dejarme verla y sentirla

Cautiva

Si vas a Granada y paseas por el Albayzin la verás. Subiendo por la Cuesta del Chapiz, casi en la Iglesia del Salvador, a mano derecha, está la calle San Martín. En cuanto te asomas Ella aparece al fondo, altiva, morena y elegante. Su mirada te detecta de inmediato y, aunque tú no la mires, sientes sus ojos clavados en ti. Es así desde que fue liberada porque antes era una cautiva rodeada de cal y puertas cerradas.

Si entraras en ella te cuenta historias enormes, de cómo era antes, de cómo fue rescatada y de cómo ahora crece cada día en que es habitada.

Nació hace mucho tiempo, y tuvo una infancia feliz habitada por sus padres y junto a sus hermanos que tatuaban en su piel historias de una época tumultuosa y prohibida pero a la vez feliz y constante. El caer de los días, compartir los momentos con personajes auténticos, llenos de sabiduría que observaban el mundo para poder pintarlo, reflejarlo y vivirlo. Personajes olvidados durante mucho tiempo porque se fueron, sí, ellos se fueron y la dejaron allí sola.

Las lluvias en Granada son escasas, pero cuando caen son como si alguien desde el cielo tuviera una pena muy grande, la pena de sentir que la belleza no se ve, ni se valora. Así se quedó ella, llorando por dentro, lloviendo por fuera durante siglos en los que fueron poniendo un poco de su paso por ella, más paredes, más puertas, tapando sus tatuajes para no mostrar su verdadero origen. Cada habitante buscaba su propio beneficio, alterando su estructura, haciéndola a su imagen y semejanza para albergar personas invisibles que solo dejaron un rastro de paso vano por el mundo. Y así fue, banalidad que la ancló a un suelo desconocido, como si nunca hubiese pertenecido a esa tierra extraña habitada por gente extraña que arrastraba sus pasos para llegar al fin del día y, después, volver a comenzar.

Nada quedaba ya de aquellos que acompañaban a sus padres, personas altas de cabezas llenas, obsesionadas por dejar su huella en el mundo, dejando un hueco entre los pasos que daban para llenarlo de conocimiento y saber estar, saber vivir. Ahora ella era la única que recordaba esa época, pero cautiva como estaba no podía mostrarlo. Y con cada pensamiento, cada recuerdo, su estructura crujía, desmoronándose poco a poco, sangrando por dentro. Sus propietarios ponían vendas, parches de madera, cal y ladrillo para sujetar su pena, pero ella poco a poco iba cayendo en el pozo de la tristeza.

Y así pasó tiempo hasta que también ellos se fueron y la dejaron sola de nuevo. Sola y desesperada, sin posibilidad para escapar ni para poder enseñarse y gritar: “aquí estoy yo, bella, grande y sólida”, porque ella ya no era bella ni sólida. Su paso por el tiempo, la cautividad a la que fue sometida había dejado huellas que consideraba irreparables. Solo quería morir, dejarse caer al vacío, levantar una polvareda inmensa con su desmoronamiento para volar por todo el Albayzin y dejar poso de su existencia en cada uno de los rincones de su barrio. Pero ni siquiera podía hacer eso, las cadenas que la ataban al suelo le hacían daño y no la soltaban. Ella quería caer, pero no podía.

Y entonces llegaron ellos, otra vez entró gente por su puerta, pisó su patio, acarició su piel, aunque no sintió mucho porque aquella no era su piel si no la capa blanquecina que la cubría para pretender ser otra distinta a quién era ella. Tuvo miedo y tembló, pero no pasó nada porque sus cadenas eran fuertes.

Pero sucedió el milagro, aunque fue doloroso. En sus nuevos habitantes detectó el brillo de los ojos de sus padres, de sus amigos, y sintió que se le quebraba el corazón, ¿estaría volviéndose loca? No parecía que ellos fueran a liberarla al principio, pero había algo en sus ojos, en la forma que tenían de mirarla y tocarla. Hasta que tomó la decisión de mostrarse y enseñar sus heridas.

Se asustó, durante bastante tiempo no volvió a verlos y pensó que se había equivocado con ellos, que los había sobrestimado y volvió a llover. Sin embargo un día le vio, se acercó despacio y solo, mirándolo todo, mirando hacia arriba y hacia los lados. Pudo verle los ojos y pensó: “no, no me había equivocado, esta es mi oportunidad, tengo que gritar hasta que me escuche, hasta que me entienda y me libere”. Y sintió ganas de vivir.

Él tenía dudas, demasiado vieja para rehabilitarla, ¿no estaría volviéndose loco? ¿viendo fantasmas de otra época? Le pareció que la casa le hablaba y le contaba historias de otra vida. Sintió un susurro que le decía: no soy así, sólo estoy sola hace mucho tiempo, hubo un tiempo que fui bella y sólida, construida para dejar rastro de un pasado. Y sintió que tenía que verla, descubrir si de verdad aquel primer impulso que le había llevado a visitarla otra vez era sueño o realidad.

Y comenzó el reencuentro. Cada día la despojaba de una prenda y descubría algo nuevo, una estructura sólida, unos ojos grandes, una piel morena con sus tatuajes y sus historias. Lloraron, rieron, se fundieron en uno solo.

Ella lo sabía, había visto algo en sus ojos, no podía haberse confundido. En sus ojos y en los que la miraron a partir de ese momento donde volvió a ser ella, donde volvió a escuchar, a ver, a sentir los pasos de su gente, las conversaciones para un futuro mejor, las risas y los silencios.

Si vas a Granada y subes al Albayzin la verás, la casa cautiva, liberada por los hijos de sus padres, aquellos que hicieron de ella el testimonio de una época para mirar hacia el futuro. Su mirada te detecta aún cuando acabas de asomarte y, aunque tú no la mires, sientes sus ojos clavados en ti, embrujándote desde sus columnas ochavadas que se elevan para mostrarse en todo su esplendor.

A los moradores de la Casa Liberada

Gracias por dejarme verla y sentirla

Cautiva

Si vas a Granada y paseas por el Albayzin la verás. Subiendo por la Cuesta del Chapiz, casi en la Iglesia del Salvador, a mano derecha, está la calle San Martín. En cuanto te asomas Ella aparece al fondo, altiva, morena y elegante. Su mirada te detecta de inmediato y, aunque tú no la mires, sientes sus ojos clavados en ti. Es así desde que fue liberada porque antes era una cautiva rodeada de cal y puertas cerradas.

Si entraras en ella te cuenta historias enormes, de cómo era antes, de cómo fue rescatada y de cómo ahora crece cada día en que es habitada.

Nació hace mucho tiempo, y tuvo una infancia feliz habitada por sus padres y junto a sus hermanos que tatuaban en su piel historias de una época tumultuosa y prohibida pero a la vez feliz y constante. El caer de los días, compartir los momentos con personajes auténticos, llenos de sabiduría que observaban el mundo para poder pintarlo, reflejarlo y vivirlo. Personajes olvidados durante mucho tiempo porque se fueron, sí, ellos se fueron y la dejaron allí sola.

Las lluvias en Granada son escasas, pero cuando caen son como si alguien desde el cielo tuviera una pena muy grande, la pena de sentir que la belleza no se ve, ni se valora. Así se quedó ella, llorando por dentro, lloviendo por fuera durante siglos en los que fueron poniendo un poco de su paso por ella, más paredes, más puertas, tapando sus tatuajes para no mostrar su verdadero origen. Cada habitante buscaba su propio beneficio, alterando su estructura, haciéndola a su imagen y semejanza para albergar personas invisibles que solo dejaron un rastro de paso vano por el mundo. Y así fue, banalidad que la ancló a un suelo desconocido, como si nunca hubiese pertenecido a esa tierra extraña habitada por gente extraña que arrastraba sus pasos para llegar al fin del día y, después, volver a comenzar.

Nada quedaba ya de aquellos que acompañaban a sus padres, personas altas de cabezas llenas, obsesionadas por dejar su huella en el mundo, dejando un hueco entre los pasos que daban para llenarlo de conocimiento y saber estar, saber vivir. Ahora ella era la única que recordaba esa época, pero cautiva como estaba no podía mostrarlo. Y con cada pensamiento, cada recuerdo, su estructura crujía, desmoronándose poco a poco, sangrando por dentro. Sus propietarios ponían vendas, parches de madera, cal y ladrillo para sujetar su pena, pero ella poco a poco iba cayendo en el pozo de la tristeza.

Y así pasó tiempo hasta que también ellos se fueron y la dejaron sola de nuevo. Sola y desesperada, sin posibilidad para escapar ni para poder enseñarse y gritar: “aquí estoy yo, bella, grande y sólida”, porque ella ya no era bella ni sólida. Su paso por el tiempo, la cautividad a la que fue sometida había dejado huellas que consideraba irreparables. Solo quería morir, dejarse caer al vacío, levantar una polvareda inmensa con su desmoronamiento para volar por todo el Albayzin y dejar poso de su existencia en cada uno de los rincones de su barrio. Pero ni siquiera podía hacer eso, las cadenas que la ataban al suelo le hacían daño y no la soltaban. Ella quería caer, pero no podía.

Y entonces llegaron ellos, otra vez entró gente por su puerta, pisó su patio, acarició su piel, aunque no sintió mucho porque aquella no era su piel si no la capa blanquecina que la cubría para pretender ser otra distinta a quién era ella. Tuvo miedo y tembló, pero no pasó nada porque sus cadenas eran fuertes.

Pero sucedió el milagro, aunque fue doloroso. En sus nuevos habitantes detectó el brillo de los ojos de sus padres, de sus amigos, y sintió que se le quebraba el corazón, ¿estaría volviéndose loca? No parecía que ellos fueran a liberarla al principio, pero había algo en sus ojos, en la forma que tenían de mirarla y tocarla. Hasta que tomó la decisión de mostrarse y enseñar sus heridas.

Se asustó, durante bastante tiempo no volvió a verlos y pensó que se había equivocado con ellos, que los había sobrestimado y volvió a llover. Sin embargo un día le vio, se acercó despacio y solo, mirándolo todo, mirando hacia arriba y hacia los lados. Pudo verle los ojos y pensó: “no, no me había equivocado, esta es mi oportunidad, tengo que gritar hasta que me escuche, hasta que me entienda y me libere”. Y sintió ganas de vivir.

Él tenía dudas, demasiado vieja para rehabilitarla, ¿no estaría volviéndose loco? ¿viendo fantasmas de otra época? Le pareció que la casa le hablaba y le contaba historias de otra vida. Sintió un susurro que le decía: no soy así, sólo estoy sola hace mucho tiempo, hubo un tiempo que fui bella y sólida, construida para dejar rastro de un pasado. Y sintió que tenía que verla, descubrir si de verdad aquel primer impulso que le había llevado a visitarla otra vez era sueño o realidad.

Y comenzó el reencuentro. Cada día la despojaba de una prenda y descubría algo nuevo, una estructura sólida, unos ojos grandes, una piel morena con sus tatuajes y sus historias. Lloraron, rieron, se fundieron en uno solo.

Ella lo sabía, había visto algo en sus ojos, no podía haberse confundido. En sus ojos y en los que la miraron a partir de ese momento donde volvió a ser ella, donde volvió a escuchar, a ver, a sentir los pasos de su gente, las conversaciones para un futuro mejor, las risas y los silencios.

Si vas a Granada y subes al Albayzin la verás, la casa cautiva, liberada por los hijos de sus padres, aquellos que hicieron de ella el testimonio de una época para mirar hacia el futuro. Su mirada te detecta aún cuando acabas de asomarte y, aunque tú no la mires, sientes sus ojos clavados en ti, embrujándote desde sus columnas ochavadas que se elevan para mostrarse en todo su esplendor.

A los moradores de la Casa Liberada

Gracias por dejarme verla y sentirla

Cautiva

Si vas a Granada y paseas por el Albayzin la verás. Subiendo por la Cuesta del Chapiz, casi en la Iglesia del Salvador, a mano derecha, está la calle San Martín. En cuanto te asomas Ella aparece al fondo, altiva, morena y elegante. Su mirada te detecta de inmediato y, aunque tú no la mires, sientes sus ojos clavados en ti. Es así desde que fue liberada porque antes era una cautiva rodeada de cal y puertas cerradas.

Si entraras en ella te cuenta historias enormes, de cómo era antes, de cómo fue rescatada y de cómo ahora crece cada día en que es habitada.

Nació hace mucho tiempo, y tuvo una infancia feliz habitada por sus padres y junto a sus hermanos que tatuaban en su piel historias de una época tumultuosa y prohibida pero a la vez feliz y constante. El caer de los días, compartir los momentos con personajes auténticos, llenos de sabiduría que observaban el mundo para poder pintarlo, reflejarlo y vivirlo. Personajes olvidados durante mucho tiempo porque se fueron, sí, ellos se fueron y la dejaron allí sola.

Las lluvias en Granada son escasas, pero cuando caen son como si alguien desde el cielo tuviera una pena muy grande, la pena de sentir que la belleza no se ve, ni se valora. Así se quedó ella, llorando por dentro, lloviendo por fuera durante siglos en los que fueron poniendo un poco de su paso por ella, más paredes, más puertas, tapando sus tatuajes para no mostrar su verdadero origen. Cada habitante buscaba su propio beneficio, alterando su estructura, haciéndola a su imagen y semejanza para albergar personas invisibles que solo dejaron un rastro de paso vano por el mundo. Y así fue, banalidad que la ancló a un suelo desconocido, como si nunca hubiese pertenecido a esa tierra extraña habitada por gente extraña que arrastraba sus pasos para llegar al fin del día y, después, volver a comenzar.

Nada quedaba ya de aquellos que acompañaban a sus padres, personas altas de cabezas llenas, obsesionadas por dejar su huella en el mundo, dejando un hueco entre los pasos que daban para llenarlo de conocimiento y saber estar, saber vivir. Ahora ella era la única que recordaba esa época, pero cautiva como estaba no podía mostrarlo. Y con cada pensamiento, cada recuerdo, su estructura crujía, desmoronándose poco a poco, sangrando por dentro. Sus propietarios ponían vendas, parches de madera, cal y ladrillo para sujetar su pena, pero ella poco a poco iba cayendo en el pozo de la tristeza.

Y así pasó tiempo hasta que también ellos se fueron y la dejaron sola de nuevo. Sola y desesperada, sin posibilidad para escapar ni para poder enseñarse y gritar: “aquí estoy yo, bella, grande y sólida”, porque ella ya no era bella ni sólida. Su paso por el tiempo, la cautividad a la que fue sometida había dejado huellas que consideraba irreparables. Solo quería morir, dejarse caer al vacío, levantar una polvareda inmensa con su desmoronamiento para volar por todo el Albayzin y dejar poso de su existencia en cada uno de los rincones de su barrio. Pero ni siquiera podía hacer eso, las cadenas que la ataban al suelo le hacían daño y no la soltaban. Ella quería caer, pero no podía.

Y entonces llegaron ellos, otra vez entró gente por su puerta, pisó su patio, acarició su piel, aunque no sintió mucho porque aquella no era su piel si no la capa blanquecina que la cubría para pretender ser otra distinta a quién era ella. Tuvo miedo y tembló, pero no pasó nada porque sus cadenas eran fuertes.

Pero sucedió el milagro, aunque fue doloroso. En sus nuevos habitantes detectó el brillo de los ojos de sus padres, de sus amigos, y sintió que se le quebraba el corazón, ¿estaría volviéndose loca? No parecía que ellos fueran a liberarla al principio, pero había algo en sus ojos, en la forma que tenían de mirarla y tocarla. Hasta que tomó la decisión de mostrarse y enseñar sus heridas.

Se asustó, durante bastante tiempo no volvió a verlos y pensó que se había equivocado con ellos, que los había sobrestimado y volvió a llover. Sin embargo un día le vio, se acercó despacio y solo, mirándolo todo, mirando hacia arriba y hacia los lados. Pudo verle los ojos y pensó: “no, no me había equivocado, esta es mi oportunidad, tengo que gritar hasta que me escuche, hasta que me entienda y me libere”. Y sintió ganas de vivir.

Él tenía dudas, demasiado vieja para rehabilitarla, ¿no estaría volviéndose loco? ¿viendo fantasmas de otra época? Le pareció que la casa le hablaba y le contaba historias de otra vida. Sintió un susurro que le decía: no soy así, sólo estoy sola hace mucho tiempo, hubo un tiempo que fui bella y sólida, construida para dejar rastro de un pasado. Y sintió que tenía que verla, descubrir si de verdad aquel primer impulso que le había llevado a visitarla otra vez era sueño o realidad.

Y comenzó el reencuentro. Cada día la despojaba de una prenda y descubría algo nuevo, una estructura sólida, unos ojos grandes, una piel morena con sus tatuajes y sus historias. Lloraron, rieron, se fundieron en uno solo.

Ella lo sabía, había visto algo en sus ojos, no podía haberse confundido. En sus ojos y en los que la miraron a partir de ese momento donde volvió a ser ella, donde volvió a escuchar, a ver, a sentir los pasos de su gente, las conversaciones para un futuro mejor, las risas y los silencios.

Si vas a Granada y subes al Albayzin la verás, la casa cautiva, liberada por los hijos de sus padres, aquellos que hicieron de ella el testimonio de una época para mirar hacia el futuro. Su mirada te detecta aún cuando acabas de asomarte y, aunque tú no la mires, sientes sus ojos clavados en ti, embrujándote desde sus columnas ochavadas que se elevan para mostrarse en todo su esplendor.

A los moradores de la Casa Liberada

Gracias por dejarme verla y sentirla