Cautiva

Si vas a Granada y paseas por el Albayzin la verás. Subiendo por la Cuesta del Chapiz, casi en la Iglesia del Salvador, a mano derecha, está la calle San Martín. En cuanto te asomas Ella aparece al fondo, altiva, morena y elegante. Su mirada te detecta de inmediato y, aunque tú no la mires, sientes sus ojos clavados en ti. Es así desde que fue liberada porque antes era una cautiva rodeada de cal y puertas cerradas.

Si entraras en ella te cuenta historias enormes, de cómo era antes, de cómo fue rescatada y de cómo ahora crece cada día en que es habitada.

Nació hace mucho tiempo, y tuvo una infancia feliz habitada por sus padres y junto a sus hermanos que tatuaban en su piel historias de una época tumultuosa y prohibida pero a la vez feliz y constante. El caer de los días, compartir los momentos con personajes auténticos, llenos de sabiduría que observaban el mundo para poder pintarlo, reflejarlo y vivirlo. Personajes olvidados durante mucho tiempo porque se fueron, sí, ellos se fueron y la dejaron allí sola.

Las lluvias en Granada son escasas, pero cuando caen son como si alguien desde el cielo tuviera una pena muy grande, la pena de sentir que la belleza no se ve, ni se valora. Así se quedó ella, llorando por dentro, lloviendo por fuera durante siglos en los que fueron poniendo un poco de su paso por ella, más paredes, más puertas, tapando sus tatuajes para no mostrar su verdadero origen. Cada habitante buscaba su propio beneficio, alterando su estructura, haciéndola a su imagen y semejanza para albergar personas invisibles que solo dejaron un rastro de paso vano por el mundo. Y así fue, banalidad que la ancló a un suelo desconocido, como si nunca hubiese pertenecido a esa tierra extraña habitada por gente extraña que arrastraba sus pasos para llegar al fin del día y, después, volver a comenzar.

Nada quedaba ya de aquellos que acompañaban a sus padres, personas altas de cabezas llenas, obsesionadas por dejar su huella en el mundo, dejando un hueco entre los pasos que daban para llenarlo de conocimiento y saber estar, saber vivir. Ahora ella era la única que recordaba esa época, pero cautiva como estaba no podía mostrarlo. Y con cada pensamiento, cada recuerdo, su estructura crujía, desmoronándose poco a poco, sangrando por dentro. Sus propietarios ponían vendas, parches de madera, cal y ladrillo para sujetar su pena, pero ella poco a poco iba cayendo en el pozo de la tristeza.

Y así pasó tiempo hasta que también ellos se fueron y la dejaron sola de nuevo. Sola y desesperada, sin posibilidad para escapar ni para poder enseñarse y gritar: “aquí estoy yo, bella, grande y sólida”, porque ella ya no era bella ni sólida. Su paso por el tiempo, la cautividad a la que fue sometida había dejado huellas que consideraba irreparables. Solo quería morir, dejarse caer al vacío, levantar una polvareda inmensa con su desmoronamiento para volar por todo el Albayzin y dejar poso de su existencia en cada uno de los rincones de su barrio. Pero ni siquiera podía hacer eso, las cadenas que la ataban al suelo le hacían daño y no la soltaban. Ella quería caer, pero no podía.

Y entonces llegaron ellos, otra vez entró gente por su puerta, pisó su patio, acarició su piel, aunque no sintió mucho porque aquella no era su piel si no la capa blanquecina que la cubría para pretender ser otra distinta a quién era ella. Tuvo miedo y tembló, pero no pasó nada porque sus cadenas eran fuertes.

Pero sucedió el milagro, aunque fue doloroso. En sus nuevos habitantes detectó el brillo de los ojos de sus padres, de sus amigos, y sintió que se le quebraba el corazón, ¿estaría volviéndose loca? No parecía que ellos fueran a liberarla al principio, pero había algo en sus ojos, en la forma que tenían de mirarla y tocarla. Hasta que tomó la decisión de mostrarse y enseñar sus heridas.

Se asustó, durante bastante tiempo no volvió a verlos y pensó que se había equivocado con ellos, que los había sobrestimado y volvió a llover. Sin embargo un día le vio, se acercó despacio y solo, mirándolo todo, mirando hacia arriba y hacia los lados. Pudo verle los ojos y pensó: “no, no me había equivocado, esta es mi oportunidad, tengo que gritar hasta que me escuche, hasta que me entienda y me libere”. Y sintió ganas de vivir.

Él tenía dudas, demasiado vieja para rehabilitarla, ¿no estaría volviéndose loco? ¿viendo fantasmas de otra época? Le pareció que la casa le hablaba y le contaba historias de otra vida. Sintió un susurro que le decía: no soy así, sólo estoy sola hace mucho tiempo, hubo un tiempo que fui bella y sólida, construida para dejar rastro de un pasado. Y sintió que tenía que verla, descubrir si de verdad aquel primer impulso que le había llevado a visitarla otra vez era sueño o realidad.

Y comenzó el reencuentro. Cada día la despojaba de una prenda y descubría algo nuevo, una estructura sólida, unos ojos grandes, una piel morena con sus tatuajes y sus historias. Lloraron, rieron, se fundieron en uno solo.

Ella lo sabía, había visto algo en sus ojos, no podía haberse confundido. En sus ojos y en los que la miraron a partir de ese momento donde volvió a ser ella, donde volvió a escuchar, a ver, a sentir los pasos de su gente, las conversaciones para un futuro mejor, las risas y los silencios.

Si vas a Granada y subes al Albayzin la verás, la casa cautiva, liberada por los hijos de sus padres, aquellos que hicieron de ella el testimonio de una época para mirar hacia el futuro. Su mirada te detecta aún cuando acabas de asomarte y, aunque tú no la mires, sientes sus ojos clavados en ti, embrujándote desde sus columnas ochavadas que se elevan para mostrarse en todo su esplendor.

A los moradores de la Casa Liberada

Gracias por dejarme verla y sentirla

Cautiva

Si vas a Granada y paseas por el Albayzin la verás. Subiendo por la Cuesta del Chapiz, casi en la Iglesia del Salvador, a mano derecha, está la calle San Martín. En cuanto te asomas Ella aparece al fondo, altiva, morena y elegante. Su mirada te detecta de inmediato y, aunque tú no la mires, sientes sus ojos clavados en ti. Es así desde que fue liberada porque antes era una cautiva rodeada de cal y puertas cerradas.

Si entraras en ella te cuenta historias enormes, de cómo era antes, de cómo fue rescatada y de cómo ahora crece cada día en que es habitada.

Nació hace mucho tiempo, y tuvo una infancia feliz habitada por sus padres y junto a sus hermanos que tatuaban en su piel historias de una época tumultuosa y prohibida pero a la vez feliz y constante. El caer de los días, compartir los momentos con personajes auténticos, llenos de sabiduría que observaban el mundo para poder pintarlo, reflejarlo y vivirlo. Personajes olvidados durante mucho tiempo porque se fueron, sí, ellos se fueron y la dejaron allí sola.

Las lluvias en Granada son escasas, pero cuando caen son como si alguien desde el cielo tuviera una pena muy grande, la pena de sentir que la belleza no se ve, ni se valora. Así se quedó ella, llorando por dentro, lloviendo por fuera durante siglos en los que fueron poniendo un poco de su paso por ella, más paredes, más puertas, tapando sus tatuajes para no mostrar su verdadero origen. Cada habitante buscaba su propio beneficio, alterando su estructura, haciéndola a su imagen y semejanza para albergar personas invisibles que solo dejaron un rastro de paso vano por el mundo. Y así fue, banalidad que la ancló a un suelo desconocido, como si nunca hubiese pertenecido a esa tierra extraña habitada por gente extraña que arrastraba sus pasos para llegar al fin del día y, después, volver a comenzar.

Nada quedaba ya de aquellos que acompañaban a sus padres, personas altas de cabezas llenas, obsesionadas por dejar su huella en el mundo, dejando un hueco entre los pasos que daban para llenarlo de conocimiento y saber estar, saber vivir. Ahora ella era la única que recordaba esa época, pero cautiva como estaba no podía mostrarlo. Y con cada pensamiento, cada recuerdo, su estructura crujía, desmoronándose poco a poco, sangrando por dentro. Sus propietarios ponían vendas, parches de madera, cal y ladrillo para sujetar su pena, pero ella poco a poco iba cayendo en el pozo de la tristeza.

Y así pasó tiempo hasta que también ellos se fueron y la dejaron sola de nuevo. Sola y desesperada, sin posibilidad para escapar ni para poder enseñarse y gritar: “aquí estoy yo, bella, grande y sólida”, porque ella ya no era bella ni sólida. Su paso por el tiempo, la cautividad a la que fue sometida había dejado huellas que consideraba irreparables. Solo quería morir, dejarse caer al vacío, levantar una polvareda inmensa con su desmoronamiento para volar por todo el Albayzin y dejar poso de su existencia en cada uno de los rincones de su barrio. Pero ni siquiera podía hacer eso, las cadenas que la ataban al suelo le hacían daño y no la soltaban. Ella quería caer, pero no podía.

Y entonces llegaron ellos, otra vez entró gente por su puerta, pisó su patio, acarició su piel, aunque no sintió mucho porque aquella no era su piel si no la capa blanquecina que la cubría para pretender ser otra distinta a quién era ella. Tuvo miedo y tembló, pero no pasó nada porque sus cadenas eran fuertes.

Pero sucedió el milagro, aunque fue doloroso. En sus nuevos habitantes detectó el brillo de los ojos de sus padres, de sus amigos, y sintió que se le quebraba el corazón, ¿estaría volviéndose loca? No parecía que ellos fueran a liberarla al principio, pero había algo en sus ojos, en la forma que tenían de mirarla y tocarla. Hasta que tomó la decisión de mostrarse y enseñar sus heridas.

Se asustó, durante bastante tiempo no volvió a verlos y pensó que se había equivocado con ellos, que los había sobrestimado y volvió a llover. Sin embargo un día le vio, se acercó despacio y solo, mirándolo todo, mirando hacia arriba y hacia los lados. Pudo verle los ojos y pensó: “no, no me había equivocado, esta es mi oportunidad, tengo que gritar hasta que me escuche, hasta que me entienda y me libere”. Y sintió ganas de vivir.

Él tenía dudas, demasiado vieja para rehabilitarla, ¿no estaría volviéndose loco? ¿viendo fantasmas de otra época? Le pareció que la casa le hablaba y le contaba historias de otra vida. Sintió un susurro que le decía: no soy así, sólo estoy sola hace mucho tiempo, hubo un tiempo que fui bella y sólida, construida para dejar rastro de un pasado. Y sintió que tenía que verla, descubrir si de verdad aquel primer impulso que le había llevado a visitarla otra vez era sueño o realidad.

Y comenzó el reencuentro. Cada día la despojaba de una prenda y descubría algo nuevo, una estructura sólida, unos ojos grandes, una piel morena con sus tatuajes y sus historias. Lloraron, rieron, se fundieron en uno solo.

Ella lo sabía, había visto algo en sus ojos, no podía haberse confundido. En sus ojos y en los que la miraron a partir de ese momento donde volvió a ser ella, donde volvió a escuchar, a ver, a sentir los pasos de su gente, las conversaciones para un futuro mejor, las risas y los silencios.

Si vas a Granada y subes al Albayzin la verás, la casa cautiva, liberada por los hijos de sus padres, aquellos que hicieron de ella el testimonio de una época para mirar hacia el futuro. Su mirada te detecta aún cuando acabas de asomarte y, aunque tú no la mires, sientes sus ojos clavados en ti, embrujándote desde sus columnas ochavadas que se elevan para mostrarse en todo su esplendor.

A los moradores de la Casa Liberada

Gracias por dejarme verla y sentirla

¿Aprendemos juntos?

Ayer terminé, junto a mi compañero Abraham del Caño (@Abramchu), un curso de formación realmente gratificante sobre Aprendizaje Cooperativo. Los que más me conocen saben que es un tema que me apasiona, sobre el que formo pero que nunca dejo de aprender. Y es que creo que esta metodología es más que nunca necesaria y urgente. Creo que estamos ante una serie de cambios sociales, culturales y, en definitiva, generacionales que hacen que aprender juntos sea una necesidad y no una más de las metodologías que podemos poner en marcha. Nuestros alumnos piden a gritos que les enseñemos a cooperar, nos están pidiendo transformar el mundo, que pasemos de la “Jungla” en la que algunos dicen que viven, al “Paraíso” de la creatividad y la innovación.

Las TIC nos están dando la excusa, ya hay muy poca gente en el entorno educativo que se resista a acercarse a ellas (hoy leía que tan solo un 5% del profesorado no está interesado), pero las TIC sin un cambio en el orden de las cosas será una vez más el parche que no consigue solucionar los problemas a los que tendrán que enfrentarse.

Y nosotros, generación anterior a esta, seguimos resistiéndonos a creer en un mundo diferente, seguimos teniendo miedo al cambio, a cambiar las estrategias y estructuras de aprendizaje en el aula, desconfiamos de la capacidad de nuestros alumnos para aprender a respetarse, cooperar y competir sanamente. Y tenemos miedo de que en el mundo de los adultos se comprenda la necesidad de este cambio.

Pero estamos en el 2012, ante un mundo en constante cambio, donde las tecnologías han transformado nuestra forma de pensar, donde nuestros alumnos han crecido y en el que suceden cosas curiosas como movimientos espontáneos en la calle. Estamos asistiendo a transformaciones lentas pero seguras en la importancia de la creatividad, de la emocionalidad y del disfrute. Estamos asistiendo a un entorno que persigue romper con estructuras antiguas y arcaicas para dar paso a movimientos en red, espontáneos, frescos y, la mayor parte de las veces, poco estructurados.

Así que ¿no merece la pena embarcarse en algo que permitirá a nuestros alumnos adaptarse mejor a este mundo? Diseñar los espacios del aula donde sean ellos los que asumen la responsabilidad de su aprendizaje en compañía de otros que, a su vez, aprenden con ellos. Conseguir que sean ellos mismos los que nos pidan más y más, hasta saciar su ansia de saber que nada tiene que ver con las asignaturas encorsetadas y pobres que muchas veces impartimos. Alentar su capacidad para desarrollar nuevos conocimientos a partir de un entorno-red en el que se sientan además imprescindibles.

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Eso es el aprendizaje cooperativo, crear estructuras y espacios para el aprendizaje en grupos cohesionados que respetan a todos sus miembros, que aprenden a descubrir el potencial que cada uno tiene, que toman las riendas de lo que pasa en el aula y que ven en su profesor una persona que posibilita que este “milagro” suceda.

Así que, vaya esta entrada dedicada a todos aquellos docentes que se embarcan de forma valiente en la transformación de sus aulas dedicando horas de formación, de dedicación y de sueños para que sus alumnos, nuestros niños, construyan un mundo diferente en el que todos podamos aprender juntos.

¡Gracias por enseñarme cada día un poquito más!

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¿Aprendemos juntos?

Ayer terminé, junto a mi compañero Abraham del Caño (@Abramchu), un curso de formación realmente gratificante sobre Aprendizaje Cooperativo. Los que más me conocen saben que es un tema que me apasiona, sobre el que formo pero que nunca dejo de aprender. Y es que creo que esta metodología es más que nunca necesaria y urgente. Creo que estamos ante una serie de cambios sociales, culturales y, en definitiva, generacionales que hacen que aprender juntos sea una necesidad y no una más de las metodologías que podemos poner en marcha. Nuestros alumnos piden a gritos que les enseñemos a cooperar, nos están pidiendo transformar el mundo, que pasemos de la “Jungla” en la que algunos dicen que viven, al “Paraíso” de la creatividad y la innovación.

Las TIC nos están dando la excusa, ya hay muy poca gente en el entorno educativo que se resista a acercarse a ellas (hoy leía que tan solo un 5% del profesorado no está interesado), pero las TIC sin un cambio en el orden de las cosas será una vez más el parche que no consigue solucionar los problemas a los que tendrán que enfrentarse.

Y nosotros, generación anterior a esta, seguimos resistiéndonos a creer en un mundo diferente, seguimos teniendo miedo al cambio, a cambiar las estrategias y estructuras de aprendizaje en el aula, desconfiamos de la capacidad de nuestros alumnos para aprender a respetarse, cooperar y competir sanamente. Y tenemos miedo de que en el mundo de los adultos se comprenda la necesidad de este cambio.

Pero estamos en el 2012, ante un mundo en constante cambio, donde las tecnologías han transformado nuestra forma de pensar, donde nuestros alumnos han crecido y en el que suceden cosas curiosas como movimientos espontáneos en la calle. Estamos asistiendo a transformaciones lentas pero seguras en la importancia de la creatividad, de la emocionalidad y del disfrute. Estamos asistiendo a un entorno que persigue romper con estructuras antiguas y arcaicas para dar paso a movimientos en red, espontáneos, frescos y, la mayor parte de las veces, poco estructurados.

Así que ¿no merece la pena embarcarse en algo que permitirá a nuestros alumnos adaptarse mejor a este mundo? Diseñar los espacios del aula donde sean ellos los que asumen la responsabilidad de su aprendizaje en compañía de otros que, a su vez, aprenden con ellos. Conseguir que sean ellos mismos los que nos pidan más y más, hasta saciar su ansia de saber que nada tiene que ver con las asignaturas encorsetadas y pobres que muchas veces impartimos. Alentar su capacidad para desarrollar nuevos conocimientos a partir de un entorno-red en el que se sientan además imprescindibles.

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Eso es el aprendizaje cooperativo, crear estructuras y espacios para el aprendizaje en grupos cohesionados que respetan a todos sus miembros, que aprenden a descubrir el potencial que cada uno tiene, que toman las riendas de lo que pasa en el aula y que ven en su profesor una persona que posibilita que este “milagro” suceda.

Así que, vaya esta entrada dedicada a todos aquellos docentes que se embarcan de forma valiente en la transformación de sus aulas dedicando horas de formación, de dedicación y de sueños para que sus alumnos, nuestros niños, construyan un mundo diferente en el que todos podamos aprender juntos.

¡Gracias por enseñarme cada día un poquito más!

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¿Aprendemos juntos?

Ayer terminé junto a mi compañero Abraham del Caño (@Abramchu) una formación realmente gratificante sobre Aprendizaje Cooperativo. Los que más me conocen saben que es un tema que me apasiona, sobre el que formo pero que nunca dejo de aprender. Y es que creo que esta metodología es más que nunca necesaria y urgente. Creo que estamos ante una serie de cambios sociales, culturales y, en definitiva, generacionales que hacen de aprender juntos sea una necesidad y no una más de las metodologías que podemos poner en marcha. Nuestros alumnos piden a gritos que les enseñemos a cooperar, nos están pidiendo transformar el mundo, que pasemos de la “Jungla” en la que algunos dicen que viven, al “Paraíso” de la creatividad y la innovación.

Las TIC nos están dando la excusa, ya hay muy poca gente en el entorno educativo que se resista a acercarse a ellas (hoy leía que tan solo un 5% del profesorado no está interesado), pero las TIC sin un cambio en el orden de las cosas será una vez más el parche que no consigue solucionar los problemas a los que tendrán que enfrentarse.

Y nosotros, generación anterior a esta, seguimos resistiéndonos a creer en un mundo diferente, seguimos teniendo miedo al cambio, a cambiar las estrategias y estructuras de aprendizaje en el aula, desconfiamos de la capacidad de nuestros alumnos para aprender a respetarse, cooperar y competir sanamente. Y tenemos miedo de que en el mundo de los adultos se comprenda la necesidad de este cambio.

Pero estamos en el 2012, ante un mundo en constante cambio, donde las tecnologías nos han transformado nuestra forma de pensar, donde nuestros alumnos han crecido y en el que suceden cosas curiosas como movimientos espontáneos en la calle. Estamos asistiendo a transformaciones lentas pero seguras en la importancia de la creatividad, de la emocionalidad y del disfrute. Estamos asistiendo a un entorno que persigue romper con estructuras antiguas y arcaicas para dar paso a movimientos en red, espontáneos, frescos y, la mayor parte de las veces, poco estructurados.
Así que ¿no merece la pena embarcarse en algo que permitirá a nuestros alumnos adaptarse mejor a esta mundo? Diseñar los espacios del aula donde sean ellos los que asumen la responsabilidad de su aprendizaje en compañía de otros que, a su vez, aprenden con ellos. Conseguir que sean ellos mismos los que nos pidan más y más, hasta saciar su ansia de saber que nada tiene que ver con las asignaturas encorsetadas y pobres que muchas veces impartimos. Alentar su capacidad para desarrollar nuevos conocimientos a partir de un entorno-red en el que se sientan además imprescindibles.

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Eso es el aprendizaje cooperativo, crear estructuras y espacios para el aprendizaje en grupos cohesionados que respetan a todos sus miembros, que aprenden a descubrir el potencial que cada uno tiene, que toman las riendas de lo que pasa en el aula y que ven en su profesor una persona que posibilita que este “milagro” suceda.

Así que, vaya esta entrada dedicada a todos aquellos docentes que se embarcan de forma valiente en la transformación de sus aulas dedicando horas de formación, de dedicación y de sueños para que sus alumnos, nuestros niños, construyan un mundo diferente en el que todos podamos aprender juntos.

¡Gracias por enseñarme cada día un poquito más!

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¿Aprendemos juntos?

Ayer terminé junto a mi compañero Abraham del Caño (@Abramchu) una formación realmente gratificante sobre Aprendizaje Cooperativo. Los que más me conocen saben que es un tema que me apasiona, sobre el que formo pero que nunca dejo de aprender. Y es que creo que esta metodología es más que nunca necesaria y urgente. Creo que estamos ante una serie de cambios sociales, culturales y, en definitiva, generacionales que hacen de aprender juntos sea una necesidad y no una más de las metodologías que podemos poner en marcha. Nuestros alumnos piden a gritos que les enseñemos a cooperar, nos están pidiendo transformar el mundo, que pasemos de la “Jungla” en la que algunos dicen que viven, al “Paraíso” de la creatividad y la innovación.

Las TIC nos están dando la excusa, ya hay muy poca gente en el entorno educativo que se resista a acercarse a ellas (hoy leía que tan solo un 5% del profesorado no está interesado), pero las TIC sin un cambio en el orden de las cosas será una vez más el parche que no consigue solucionar los problemas a los que tendrán que enfrentarse.

Y nosotros, generación anterior a esta, seguimos resistiéndonos a creer en un mundo diferente, seguimos teniendo miedo al cambio, a cambiar las estrategias y estructuras de aprendizaje en el aula, desconfiamos de la capacidad de nuestros alumnos para aprender a respetarse, cooperar y competir sanamente. Y tenemos miedo de que en el mundo de los adultos se comprenda la necesidad de este cambio.

Pero estamos en el 2012, ante un mundo en constante cambio, donde las tecnologías nos han transformado nuestra forma de pensar, donde nuestros alumnos han crecido y en el que suceden cosas curiosas como movimientos espontáneos en la calle. Estamos asistiendo a transformaciones lentas pero seguras en la importancia de la creatividad, de la emocionalidad y del disfrute. Estamos asistiendo a un entorno que persigue romper con estructuras antiguas y arcaicas para dar paso a movimientos en red, espontáneos, frescos y, la mayor parte de las veces, poco estructurados.
Así que ¿no merece la pena embarcarse en algo que permitirá a nuestros alumnos adaptarse mejor a esta mundo? Diseñar los espacios del aula donde sean ellos los que asumen la responsabilidad de su aprendizaje en compañía de otros que, a su vez, aprenden con ellos. Conseguir que sean ellos mismos los que nos pidan más y más, hasta saciar su ansia de saber que nada tiene que ver con las asignaturas encorsetadas y pobres que muchas veces impartimos. Alentar su capacidad para desarrollar nuevos conocimientos a partir de un entorno-red en el que se sientan además imprescindibles.

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Eso es el aprendizaje cooperativo, crear estructuras y espacios para el aprendizaje en grupos cohesionados que respetan a todos sus miembros, que aprenden a descubrir el potencial que cada uno tiene, que toman las riendas de lo que pasa en el aula y que ven en su profesor una persona que posibilita que este “milagro” suceda.

Así que, vaya esta entrada dedicada a todos aquellos docentes que se embarcan de forma valiente en la transformación de sus aulas dedicando horas de formación, de dedicación y de sueños para que sus alumnos, nuestros niños, construyan un mundo diferente en el que todos podamos aprender juntos.

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Inteligencia emocional

Cuando estaba en 4º de carrera, uno de los trabajos que tuvimos que hacer fue pasar Test psicológicos, de inteligencia, de personalidad… estándares que clasifican y etiquetan a personas. Ya entonces me pareció un poco delicado, recuerdo que le pasé los test a mi familia, amigos, etc. Yo misma no llegué a brillar en el test de inteligencia por excelencia, mi CI no era ni alto ni bajo, normalito… madre mía! qué estaréis pensando, entre la indefensión aprendida y esto, je, je.

Sin embargo, es que ya hace mucho que estudié (lo reconozco) y aún no estudiábamos conceptos como Inteligencia emocional o Inteligencias Múltiples… ¡una pena! Lo he tenido que ir aprendiendo después, pero no pasa nada, ha merecido la pena!

Os dejo unos cuantos vídeos para que iniciemos el debate, en realidad cuando hablamos de inteligencia ¿a qué nos referimos? Y ¿cómo afecta esto al proceso de enseñanza y aprendizaje? Ufff, pedazo respuestas espero… :-)

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¡Qué caritas! ¿eh?

Aquí nos lo explica, resultados…

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¿Y tú? ¿te habrías comido el bombón? :-)

 

 

 

Inteligencia emocional

Cuando estaba en 4º de carrera, uno de los trabajos que tuvimos que hacer fue pasar Test psicológicos, de inteligencia, de personalidad… estándares que clasifican y etiquetan a personas. Ya entonces me pareció un poco delicado, recuerdo que le pasé los test a mi familia, amigos, etc. Yo misma no llegué a brillar en el test de inteligencia por excelencia, mi CI no era ni alto ni bajo, normalito… madre mía! qué estaréis pensando, entre la indefensión aprendida y esto, je, je.

Sin embargo, es que ya hace mucho que estudié (lo reconozco) y aún no estudiábamos conceptos como Inteligencia emocional o Inteligencias Múltiples… ¡una pena! Lo he tenido que ir aprendiendo después, pero no pasa nada, ha merecido la pena!

Os dejo unos cuantos vídeos para que iniciemos el debate, en realidad cuando hablamos de inteligencia ¿a qué nos referimos? Y ¿cómo afecta esto al proceso de enseñanza y aprendizaje? Ufff, pedazo respuestas espero… :-)

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¡Qué caritas! ¿eh?

Aquí nos lo explica, resultados…

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¿Y tú? ¿te habrías comido el bombón? :-)

 

 

 

Indefensión Aprendida

Hace dos fines de semana me encontré en mi twitter con una grata sorpresa, @jjdeharo había publicado un vídeo para reflexionar sobre “Indefensión Aprendida”.

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Como es un tema que desde primero de carrera me comenzó a interesar y me sigue pareciendo muy interesante, me llamó mucho la atención. Como vemos en el vídeo, es muy sencillo y rápido que puedan causarnos el aprendizaje de la indefensión. He de decir que desde primero de carrera me interesó este tema por dos motivos: porque fue en ese curso cuando leí el libro “Indefensión” de Selligman (1985) y porque fue en la carrera donde tuve unos cinco años para sentirla en mí misma.

Siempre había sido una alumna brillante, entendiendo por este concepto una alumna capaz de aprobar todo y sacar notas altas, pero al llegar a la Universidad a estudiar la única carrera que yo había querido estudiar, comencé a suspender absolutamente todas las asignaturas. Al principio pensé que era un tema de adaptación, de nivel, falta de estudio, pero poco a poco fui descubriendo que se debía a un tema competencial ante los exámenes. Me llevó seis años aprender a aprobar, y conseguir mi objetivo: poder licenciarme.

Pero vamos al concepto y lo que esto puede suponer en muchas de las instituciones educativas actuales. Pensemos por un momento si este término no puede estar relacionado con el famoso Fracaso Escolar que nos trae de cabeza, intentando rehacer leyes y temarios, y demás temas burocráticos para luchar contra él sin obtener la mayor parte de las veces éxito.

Hace unos años me fui de vacaciones de Navidad con unos amigos que tenían un hijo adolescente de 14 años que había suspendido alrededor de cinco asignaturas. No era la primera vez, ya era reiterativo, llevaba suspendiendo desde que había entrado en la ESO. La actitud del chico era de pasotismo absoluto, daba a entender que no le importaba suspender y que la culpa de todo era de los profesores. Los adultos que estábamos con él intentábamos explicarle que tenía que sacar el genio, estudiar, luchar, hablar con los profesores… Estuvimos un buen rato dándole alternativas, preocupándonos por él cuando él no daba muestras de estar preocupado. Sin embargo sí lo estaba, probablemente más que preocupado, estaba indefenso. Tal y como comenta Selligman en su libro, cuando no encontramos la “puerta de salida a la situación aversiva” nos quedamos inmóviles y en un rincón “aguantando lo que nos venga”. Y en este punto es importante la forma en que veamos la salida, nuestra forma de enfocar la vida, si creemos que somos nosotros quienes hemos de salir (lugar de control interno) o si creemos que está fuera de nosotros (lugar de control externo). En definitiva, si llegamos a la conclusión de que tenemos que seguir intentándolo, o si creemos que hagamos lo que hagamos el resultado será el mismo.

Este chaval había llegado a la conclusión de que hiciera lo que hiciera, suspendería. Aprendió la indefensión. Y eso le llevó al más absoluto fracaso, nunca terminó la secundaria y en la actualidad se dedica profesionalmente a algo que le hace feliz pero que descubrió tarde: la cocina. Finalmente parece que sí aprendió a salir.

Ahí va mi reflexión sobre el tema, ¿qué podemos hacer para que estos chavales no desarrollen indefensión aprendida, o que si lo desarrollan tengan alguna herramienta para que puedan desaprenderla? ¿hacemos algo cuando vemos a un chico “pasota” que no le importa fracasar? ¿somos capaces de darnos cuenta de que quizás no estemos dando las mismas “listas de palabras” a unos que a otros?

Y a modo de final, enlazo este artículo del Blog de Francesc Puertas, que leí también hace unas semanas para lograr que al menos seamos capaces de salir de situaciones de indefensión que inevitablemente hemos de vivir. Quizás ahí reside el reto, enseñar también a localizar dentro de uno los recursos, habilidades y capacidades para salir de ella.

 

Indefensión Aprendida

Hace dos fines de semana me encontré en mi twitter con una grata sorpresa, @jjdeharo había publicado un vídeo para reflexionar sobre “Indefensión Aprendida”.

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Como es un tema que desde primero de carrera me comenzó a interesar y me sigue pareciendo muy interesante, me llamó mucho la atención. Como vemos en el vídeo, es muy sencillo y rápido que puedan causarnos el aprendizaje de la indefensión. He de decir que desde primero de carrera me interesó este tema por dos motivos: porque fue en ese curso cuando leí el libro “Indefensión” de Selligman (1985) y porque fue en la carrera donde tuve unos cinco años para sentirla en mí misma.

Siempre había sido una alumna brillante, entendiendo por este concepto una alumna capaz de aprobar todo y sacar notas altas, pero al llegar a la Universidad a estudiar la única carrera que yo había querido estudiar, comencé a suspender absolutamente todas las asignaturas. Al principio pensé que era un tema de adaptación, de nivel, falta de estudio, pero poco a poco fui descubriendo que se debía a un tema competencial ante los exámenes. Me llevó seis años aprender a aprobar, y conseguir mi objetivo: poder licenciarme.

Pero vamos al concepto y lo que esto puede suponer en muchas de las instituciones educativas actuales. Pensemos por un momento si este término no puede estar relacionado con el famoso Fracaso Escolar que nos trae de cabeza, intentando rehacer leyes y temarios, y demás temas burocráticos para luchar contra él sin obtener la mayor parte de las veces éxito.

Hace unos años me fui de vacaciones de Navidad con unos amigos que tenían un hijo adolescente de 14 años que había suspendido alrededor de cinco asignaturas. No era la primera vez, ya era reiterativo, llevaba suspendiendo desde que había entrado en la ESO. La actitud del chico era de pasotismo absoluto, daba a entender que no le importaba suspender y que la culpa de todo era de los profesores. Los adultos que estábamos con él intentábamos explicarle que tenía que sacar el genio, estudiar, luchar, hablar con los profesores… Estuvimos un buen rato dándole alternativas, preocupándonos por él cuando él no daba muestras de estar preocupado. Sin embargo sí lo estaba, probablemente más que preocupado, estaba indefenso. Tal y como comenta Selligman en su libro, cuando no encontramos la “puerta de salida a la situación aversiva” nos quedamos inmóviles y en un rincón “aguantando lo que nos venga”. Y en este punto es importante la forma en que veamos la salida, nuestra forma de enfocar la vida, si creemos que somos nosotros quienes hemos de salir (lugar de control interno) o si creemos que está fuera de nosotros (lugar de control externo). En definitiva, si llegamos a la conclusión de que tenemos que seguir intentándolo, o si creemos que hagamos lo que hagamos el resultado será el mismo.

Este chaval había llegado a la conclusión de que hiciera lo que hiciera, suspendería. Aprendió la indefensión. Y eso le llevó al más absoluto fracaso, nunca terminó la secundaria y en la actualidad se dedica profesionalmente a algo que le hace feliz pero que descubrió tarde: la cocina. Finalmente parece que sí aprendió a salir.

Ahí va mi reflexión sobre el tema, ¿qué podemos hacer para que estos chavales no desarrollen indefensión aprendida, o que si lo desarrollan tengan alguna herramienta para que puedan desaprenderla? ¿hacemos algo cuando vemos a un chico “pasota” que no le importa fracasar? ¿somos capaces de darnos cuenta de que quizás no estemos dando las mismas “listas de palabras” a unos que a otros?

Y a modo de final, enlazo este artículo del Blog de Francesc Puertas, que leí también hace unas semanas para lograr que al menos seamos capaces de salir de situaciones de indefensión que inevitablemente hemos de vivir. Quizás ahí reside el reto, enseñar también a localizar dentro de uno los recursos, habilidades y capacidades para salir de ella.