Indefensión Aprendida

Hace dos fines de semana me encontré en mi twitter con una grata sorpresa, @jjdeharo había publicado un vídeo para reflexionar sobre “Indefensión Aprendida”.

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Como es un tema que desde primero de carrera me comenzó a interesar y me sigue pareciendo muy interesante, me llamó mucho la atención. Como vemos en el vídeo, es muy sencillo y rápido que puedan causarnos el aprendizaje de la indefensión. He de decir que desde primero de carrera me interesó este tema por dos motivos: porque fue en ese curso cuando leí el libro “Indefensión” de Selligman (1985) y porque fue en la carrera donde tuve unos cinco años para sentirla en mí misma.

Siempre había sido una alumna brillante, entendiendo por este concepto una alumna capaz de aprobar todo y sacar notas altas, pero al llegar a la Universidad a estudiar la única carrera que yo había querido estudiar, comencé a suspender absolutamente todas las asignaturas. Al principio pensé que era un tema de adaptación, de nivel, falta de estudio, pero poco a poco fui descubriendo que se debía a un tema competencial ante los exámenes. Me llevó seis años aprender a aprobar, y conseguir mi objetivo: poder licenciarme.

Pero vamos al concepto y lo que esto puede suponer en muchas de las instituciones educativas actuales. Pensemos por un momento si este término no puede estar relacionado con el famoso Fracaso Escolar que nos trae de cabeza, intentando rehacer leyes y temarios, y demás temas burocráticos para luchar contra él sin obtener la mayor parte de las veces éxito.

Hace unos años me fui de vacaciones de Navidad con unos amigos que tenían un hijo adolescente de 14 años que había suspendido alrededor de cinco asignaturas. No era la primera vez, ya era reiterativo, llevaba suspendiendo desde que había entrado en la ESO. La actitud del chico era de pasotismo absoluto, daba a entender que no le importaba suspender y que la culpa de todo era de los profesores. Los adultos que estábamos con él intentábamos explicarle que tenía que sacar el genio, estudiar, luchar, hablar con los profesores… Estuvimos un buen rato dándole alternativas, preocupándonos por él cuando él no daba muestras de estar preocupado. Sin embargo sí lo estaba, probablemente más que preocupado, estaba indefenso. Tal y como comenta Selligman en su libro, cuando no encontramos la “puerta de salida a la situación aversiva” nos quedamos inmóviles y en un rincón “aguantando lo que nos venga”. Y en este punto es importante la forma en que veamos la salida, nuestra forma de enfocar la vida, si creemos que somos nosotros quienes hemos de salir (lugar de control interno) o si creemos que está fuera de nosotros (lugar de control externo). En definitiva, si llegamos a la conclusión de que tenemos que seguir intentándolo, o si creemos que hagamos lo que hagamos el resultado será el mismo.

Este chaval había llegado a la conclusión de que hiciera lo que hiciera, suspendería. Aprendió la indefensión. Y eso le llevó al más absoluto fracaso, nunca terminó la secundaria y en la actualidad se dedica profesionalmente a algo que le hace feliz pero que descubrió tarde: la cocina. Finalmente parece que sí aprendió a salir.

Ahí va mi reflexión sobre el tema, ¿qué podemos hacer para que estos chavales no desarrollen indefensión aprendida, o que si lo desarrollan tengan alguna herramienta para que puedan desaprenderla? ¿hacemos algo cuando vemos a un chico “pasota” que no le importa fracasar? ¿somos capaces de darnos cuenta de que quizás no estemos dando las mismas “listas de palabras” a unos que a otros?

Y a modo de final, enlazo este artículo del Blog de Francesc Puertas, que leí también hace unas semanas para lograr que al menos seamos capaces de salir de situaciones de indefensión que inevitablemente hemos de vivir. Quizás ahí reside el reto, enseñar también a localizar dentro de uno los recursos, habilidades y capacidades para salir de ella.

 

Esos locos no tan bajitos… para los adolescentes

Tengo que empezar este artículo felicitando al Grupo Abierto de Debate Unamuno-Prim, por organizar la Tertulia de ayer en el Club Savoy donde tuve la oportunidad de escuchar a Javier Urra, y que ha servido de inspiración y de reflexión profunda hacia un tema que normalmente hace que la mayor parte de nosotros contemplemos con cierta tensión: la adolescencia.

Me gustó comprobar que la psicología no es esa disciplina en tierra de nadie y plagada de intrusistas de diferentes disciplinas (a cual más esotérica) que hacen de ella casi una afición en boca de todo el mundo. Me gustó comprobar que hay profesionales que la dignifican y que hacen de ella lo que es, una disciplina indispensable para el avance y la adaptación de las personas a la sociedad.

Pero sobre todo me encantó descubrir que hay personas que, aunque han tenido que presenciar y trabajar con escenarios tremendamente duros, siguen siendo positivos, y creen que la adolescencia y los jóvenes son apasionantes.

Además de psicóloga soy madre de dos hijas adolescentes, gemelas. En este momento tienen catorce años, pero muy pronto cumplirán quince, y por tanto seguirán avanzando hacia ese terreno que los adultos (sobre todo los padres) contemplamos con cierto temor. Hace dos años que estoy en pleno proceso de aprendizaje con ellas, otra vez. Aprendí mucho de su infancia, aprendí de elllas pero aprendí mucho de mí misma en mi nuevo papel de madre. Cuando los hijos se convierten en adolescentes, los adultos nos creemos que ya está todo hecho, pensamos que ya hemos atendido sus necesidades, y que es el momento en que ellos han de comenzar a “independizarse”. Y eso es cierto, lo de la independencia, pero no hemos terminado de hacer nuestro trabajo, es más, aparecen nuevos escenarios desconocidos que nos hacen tambalear el suelo sobre el que pensábamos que pisábamos firme. Y sí, estoy volviendo a aprender mucho, de ellas pero también de mí misma. Enfrentarme a las situaciones de mis dos hijas adolescentes me hace replantearme nuevamente cuál ha de ser mi papel.

Escuchar ayer a Javier Urra me tranquilizó, porque no es cierto que tener adolescentes sea algo por lo que dar el pésame, más bien al contrario, ha de ser algo emocionante y apasionante lleno de retos personales que les ayude a madurar y hacerse independientes de verdad. A veces confundimos independencia con desapego o con dejar hacer. Y particularmente creo que es importante discriminar entre fomentar su autonomía y dejarles desprotegidos completamente. Hay que estar pero no vigilar, confiar pero siempre con los ojos abiertos y, sobre todo, hay que hablar, hablar mucho para que aprendan a protegerse y a ser responsables de sus actos.

Alguno de los tertulianos ayer decía que nuestra sociedad es permisiva, pero yo no estoy del todo de acuerdo. Es cierto que es una sociedad permisiva, pero a la vez reclama penas, reclama actuaciones siempre en el sentido penalizador, ejemplificador… siempre desde el aprendizaje basado en el castigo. Pero yo no creo que esto funcione, el castigo no enseña, al menos si se hace de manera emocional sólo buscando la reparación del daño cuando en muchos casos esa reparación nunca se va a producir dada la gravedad de los hechos. Y aunque  es cierto que necesitamos esas penas para aquellos que traspasan la línea, es mucho más importante pensar en lo que estamos haciendo como sociedad con nuestros adolescentes. ¿Somos una sociedad permisiva o somos una sociedad “adolescente”? Mis compañeros se ríen cuando digo esta frase, que somos una sociedad adolescente. En el sentido de que no queremos crecer ni madurar, pero a la vez nos sentimos “súper mayores” para algunos temas, como el alcohol, las drogas, la moda, la alimentación… y ofrecemos modelos poco responsables. La responsabilidad es la clave del proceso de autonomía en una persona. No podemos estar siempre encima de nuestros hijos, eso lo sabemos, pero hemos de propiciar que caminen con paso tranquilo y seguro hacia la independencia sin romper los vínculos que siempre nos han unido a ellos. Crecer no significa abandono.

Muchas veces los padres tenemos miedo, y cuando eso pasa es muy difícil educar. Tenemos miedo a que les pueda pasar algo, miedo a que alguien les influya negativamente y miedo a no tenerlos más en formato pequeño. Muchas veces observo a padres y madres de mi entorno con sus hijos e hijas adolescentes y tengo la sensación de que en realidad lo que sienten es nostalgia de lo que sus hijos fueron y que no volverán a ser, unos niños. Y cuando observo eso me da mucha pena porque aunque es cierto que los hijos crecen, en realidad no hay mejor noticia que esa, y pretender que sigan siendo unos niños es encarcelarlos y alejarlos de nosotros. No podemos pretender que sigan siendo esos locos bajitos que nos admiran profundamente y sobre todas las cosas de manera incondicional. Lo que sí debemos hacer es promover una relación sana con unos “locos” ya no tan bajitos, que han ampliado su círculo de admiración. Admiran a sus amigos, a sus cantantes favoritos, a sus hobbies, a sus novios y novias… pero también admiran a sus padres y profesores si son capaces de mantener un criterio y una relación basada en la confianza y el respeto.

Evidentemente hay casos para todos los gustos, pero creo que hemos de desmitificar la adolescencia y convertirla en una etapa apasionante donde está todo por descubrir, donde está todo por aprender. Merece la pena convertirse en educadores también de adolescentes, seamos responsables y enseñaremos a ser responsables, seamos respetuosos y enseñaremos a respetar, seamos padres y madres, no colegas, no represores ni espías, simplemente padres y madres, porque así enseñamos a serlo el día de mañana.

Sé que estas palabras suenan como algo muy bonito y que muchas veces no es fácil, pero creo en la educación como una de las únicas formas de evolución del ser humano, como una de las herramientas indispensables para terminar con la violencia y el dolor. Y aunque parece que en nuestra sociedad andamos un poco deprimidos observando situaciones incomprensibles entre padres e hijos, o entre chicos y chicas, no podemos dejar de hacer. Una sociedad responsable es aquella que asume que algo está haciendo mal si las cosas van mal entre nuestros jóvenes, pero también es una sociedad que es capaz de asumir que puede cambiar para mejorar. Solo se me ocurre la educación como instrumento para la evolución de nuestra sociedad.

Algunos desafíos para el cambio

¡Qué rápido va todo! ¿verdad? Vivimos tiempos de mucha aceleración, de muchas palabras sobre nuestra sociedad, la actual y la venidera. ¿Estamos en la Sociedad de la Información pero aún no en la del Conocimiento? ¿Y cuando hablamos de ello, cómo afecta a nuestro cambio en particular, el educativo? En estos momentos estamos en disposición de asistir a multitud de eventos, muchos presenciales, pero cada vez más eventos virtuales. Hemos comprendido que en el entorno educativo necesitamos un cambio. La invasión de las tecnologías han propiciado una revolución que se ha ido abordando de múltiples maneras. Unas veces se ha abordado introduciendo la tecnología en el aula pensando que así se realiza innovación, sin embargo de nada sirve ésta si no hay formación del profesorado, y multitud de profesores se han formado en la utilización de herramientas. Pero esto tampoco parece que haya dado resultados profundos en nuestras aulas. Necesitamos algo más, pero ¿qué es?

Desde mi punto de vista, y  de mi experiencia, lo que de verdad moviliza todos esos pasos que queremos dar, es la planificación de un Proyecto donde se establezcan los pilares de nuestros deseos de cambio. Sin un proyecto que marque las directrices, nuestro esfuerzo será mucho mayor y de menor impacto. Y ese proyecto ha de partir de la visión común de un grupo de personas que definan claramente cuáles son los objetivos de la nueva escuela inmersa en la Sociedad del Conocimiento y del Aprendizaje.

El primer desafío, por tanto, es imaginar la clase de futuro que queremos para nuestras escuelas y disponernos a crearlo. Una vez imaginado podremos comenzar a trabajar.

¿Y cómo hemos de llevar a cabo nuestro proyecto? La parte fundamental para que funcione cualquier plan son las personas, la capacidad para Trabajar en Equipo, Liderar procesos, Diseñar objetivos, Cumplirlos o readaptarlos. Necesitamos un equipo de personas que sean capaces de trabajar juntas, repartirse responsabilidades, ejercer un liderazgo “contagioso”, que entusiasme y extienda el sueño.

El segundo desafío: trabajar en equipo. Si somos capaces de hacerlo, tendremos mucho avanzado puesto que:

“El trabajo en equipo es la habilidad de trabajar juntos hacia una visión común. Es el combustible que le permite a la gente común obtener resultados poco comunes.”

Andrew Carnegie

Y ¿sabemos trabajar en equipo? ¿qué necesitamos para hacer equipo?

El primer paso es la responsabilidad individual, la capacidad de involucrarse y responsabilizarse de la tarea que uno tiene asignada para la consecución de la meta común. Elaborar un proyecto es fácil, lo difícil es llevarlo a la práctica si las personas no asumen su parte dentro de él. Quizás sea importante la organización del proceso dentro del proyecto: mirar hacia dónde queremos ir, con quién y cómo. Trabajar en equipo también requiere de unas altas dosis de empatía, entusiasmo y comunicación para poder contagiar y conectar en la consecución de nuestra meta común.

Pero más allá del trabajo de un grupo de personas involucradas directamente con el proyecto, está la misión de extender a otras personas nuestra filosofía, el sueño, el objetivo para el cambio. Es el turno de la Red, la estructura que nos permite poner en marcha procesos mucho más amplios, contagiar a otros, iniciar nuevas rutas y sumar. La Red que soporta toda la estructura de un cambio profundo.

Tal como señalan Antonio Moreno y Fernando de la Riva, el trabajo en red supone una forma de trabajar dentro de las propias organizaciones, así como la relación y cooperación entre ellas, destacándose principios como los de horizontalidad, sinergia (complementariedad-unión de fuerzas), autonomía, pertenencia participativa (la pertenencia se expresa en la participación activa, en la implicación), compromiso, etc. En el trabajo en red de los colectivos sociales, por tanto, resultan claves ideas como el que tod@s ganan, pero también el que tod@s ponen, o el que tod@s participan y tod@s lideran (de formas diferentes) (Ibáñez, 2003)

El trabajo en red, permite unir lazos con otros compañeros, pero también con otros centros. Permite arrancar procesos de construcción del espacio de acción común con una dinámica y un espíritu basado en el aprendizaje mutuo, el respeto y aprovechamiento de las diversidades, constituyendo un factor de fortalecimiento e impulso.

Tercer desafío: tejer y extender la red.

Queremos impulsar los procesos de innovación educativa desde nuestras aulas, desde nosotros mismos, soñando, imaginando y emprendiendo. Necesitamos aprender nuevos conceptos y herramientas, pero también desaprender ciertas formas de hacer. Necesitamos estar seguros, pero a la vez sentimos que no tenemos tiempo. Nuestro tiempo es este, marcado por grandes cambios que se cuelan en las vidas de nuestros niños, y nosotros queremos ofrecer lo mucho que sabemos desde otro escenario más cercano a ellos pero, a veces, muy lejano al nuestro.

¡Y para todo ello no puedo sola! ¿me acompañas?

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¿Y a ti, qué te apasiona?

Todavía estoy con resaca del XI Congreso EC que se celebró los pasados 24, 25 y 26. Allí estuve, sin perder detalle, invitada como “tuitera” por @alfredohernando, gracias una vez más.
La verdad es que ha sido una experiencia muy grata, por muchos motivos pero los principales han sido haber conocido a gente estupenda que me han enseñado mucho en tan pocos días. Compartir mesa con ellos ha sido toda una experiencia, escuchando y sintiendo sus pasiones me he sentido pequeñita. Escuchar, sólo eso, para aprender de esos compañeros que, además de tuiteros, entran cada día al aula con ganas de hacer cosas, de mejorar, de atender a sus chicos, a sus niños, de la mejor forma posible. Unas veces apoyados por sus directores y otras no tanto.
Ahí estaban @mercetomelloso y @jjpaganc, que se fueron con la intención de “#liarlaparda” el lunes. Comenzar a realizar los sueños que durante estos días nos hicieron sentir ponentes de la talla de Montserrat del Pozo o Pilar Jericó. Todavía tengo los ojos de Mercedes diciéndonos lo que le había gustado y lo que había sentido, unos ojos llenos de pasión.
Durante la dinámica con la que empezó Pilar Jericó su presentación tuve ocasión de compartirla con @marmarmur, se trataba de darnos la mano, presentarnos y decir algo que nos gustase hacer (otra vez la pasión). Fue breve, y me quedé con ganas de saber más, (Mar, tendríamos que quedar por twitter para poder seguir contándonos nuestras pasiones).
Aunque a @cpoyatos ya le conocía de otros muchos eventos, nunca había tenido la ocasión de charlar distendidamente con él. Nuestros paseos por el hotel, de recepción al guardarropa, del guardarropa a la otra recepción y de allí a la primera… qué laberinto! Todavía sonrío cuando recuerdo el entusiasmo con el que me contaba que los profes pueden hacer la revolución, desde abajo. Me entra una envidia sana cuando recuerdo como trabaja con sus alumnos, parece tan fácil que hasta que no te paras a pensar no te das cuenta del trabajo que hay detrás.
Y hablando de trabajo, cómo no voy a mencionar a @flosforum, cómo nos dejó con la boca abierta durante la comida del viernes cuando nos contó el trabajazo que hace con sus alumnos, con los padres de los alumnos, con ella misma. Y como colofón, la mayor delicia, escuchar a Carmen hablar de música, ¡ahí sí que hay pasión!

No puedo dejar de mencionar a nuestros organizadores, @jmbautista2, @iarrimadas, @alfredohernando, que volcaron auténtica devoción con todos los que por allí nos movíamos, y sintieron ya al final de las jornadas la euforia de quienes saben que han hecho las cosas bien, ¡enhorabuena!

No voy a seguir mencionando a tanta gente con la que he tenido la oportunidad de conocer, escuchar y aprender porque no hablaría de otra cosa en este blog. Sólo quiero resaltar algo que merece la pena destacar. Durante todo el Congreso se habló de enseñar con pasión, mostrar pasión en lo que haces, la pasión. El caso es que no sólo se habló de ello, también se sintió. Hubo ponentes apasionados, hubo asistentes apasionados, tuiteros apasionados. Una pasión por lo que allí se decía o se hacía. Y mientras se hablaba de eso yo pensaba, ¿cuántas personas de las que están aquí escuchando cambiarán su forma de enseñar el lunes para mostrar esa pasión en su trabajo?, ¿cuántas serán capaces de reconocer que, quizás, nos dejamos llevar demasiado por la rutina? Me preguntaba si habría muchos que estuvieran vibrando tanto como nosotros, los tuiteros. A cuántos se les puso un nudo en la garganta durante alguna de las ponencias. La respuesta no la sé, aunque creo que hoy puedo afirmar, después de ver las reacciones el último día, que a muchos. Y no sé cómo habrá ido el día de hoy, si al entrar en vuestros coles, vuestras aulas, y ver a vuestros compañeros y alumnos, os habéis planteado que sí, que lo que hacéis cada día hay que hacerlo lo mejor posible. Y que hay que ponerle pasión.

La pasión nos hace sentir, emocionarnos, vibrar. Nos hace ser más felices, y tener más salud. Cuando hacemos algo que nos apasiona transmitimos esa sensación, hacemos que nuestras interacciones sean mucho más gratas. Ser profesor debe ser una de las profesiones más apasionantes del mundo. Saber que de ti depende en parte el desarrollo de una persona tiene que ser muy estimulante, emocionante y, a la vez, de una gran responsabilidad y necesita altas dosis de pasión.

Pero seguro que además de la pasión por educar, cada uno de nosotros tiene otras pasiones, esas que asomaban estos días en ese ambiente de ilusión pero que no me dio tiempo a conocer. Empezaré por mí.

Me encanta mi trabajo, le decía a Mar en la dinámica que soy adicta. Y me gusta leer, ver cine, teatro… ah! y escribir, me encanta escribir.  El arte me emociona, y eso se lo debo a una profesora que tuve en el cole. Y por último, pero no por eso menos importante, mis dos grandes pasiones: mis dos hijas, seguro que ya lo sabíais!

¿Y a ti, qué te apasiona?

¿Cómo influyen las emociones en el aprendizaje?

En los últimos eventos en los que he estado ha habido una constante casi universal, la importancia de las emociones, el afecto, a la hora de enseñar y aprender. De lo que yo deduzco otras variables como la confianza, la empatía, el buen humor… ¡Comprobado! La mayor parte de los seres humanos aprenden más y mejor en contextos en los que se sienten bien, ríen, confían y tienen emociones positivas. Lo estoy descubriendo este año después de ir conociendo diversas experiencias directas con los mismos niños en unos ambientes o en otros.

Muchos dirán que en la secundaria no se puede tener tan “buen rollito” porque los adolescentes se te suben a la parra. Y es que para unos cuantos, esta generación de adolescentes es una generación pasota, que no quiere aprender, que falta al respeto, que miente, que no saben nada… Pero nada más lejos de la realidad, los adolescentes de hoy (como los de todas las épocas) quieren aprender, eso es seguro. Lo que quizás no quieran o no sepan aprender es el lenguaje codificado que utilizamos muchas veces en el aula, el lenguaje verbal y, por supuesto, no verbal y emocional. Lo que es un hecho es que los adolescentes no toleran las injusticias, lo que ellos creen que son injusticias, comienzan a tener autonomía en sus pensamientos y eso los adultos no lo llevamos siempre bien. Esta generación además, es una generación mucho más desinhibida que las anteriores, más capaz de expresarse y de mostrar sus opiniones, cosa que en las aulas no es siempre bien tolerada. Vivimos las opiniones muchas veces como faltas de respeto. Quizás ha llegado el momento de enseñar a expresar emociones de una manera inteligente y eficaz… ¿sabemos?

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El primer problema al que nos enfrentamos es nosotros mismos, ¿cómo resolver nuestros propios déficits en cuanto a inteligencia emocional se refiere si nunca nos han enseñado qué es eso, si además nuestro entorno dedicaba gran cantidad de tiempo a entrenarnos en la disciplina y el orden? Hemos aprendido en un entorno diferente, donde los contenidos lo eran todo para poder llegar a ser algo más que tus padres. Pero ahora parece que a nuestros chicos no les importan los contenidos, parece que les importan más otros temas. Las relaciones con sus iguales, las relaciones con sus profesores y con sus padres, marcan definitivamente cómo aprenden o cómo se vuelcan o no en los estudios. Pero nosotros no nos damos cuenta porque nos da miedo. Pensamos que si les dejamos rienda suelta a sus intereses y sus formas de aprender estamos siendo blandos o quizás no estamos encaminando sus pasos. Tenemos miedo a perder el control, o la autoridad, y luchamos contra nosotros mismos para que eso no pase. Y es que tenemos dudas, no tenemos claro qué es eso de la autoridad, lo confundimos muchas veces. También nos da miedo la risa, porque creemos que es un síntoma de que no se toman en serio nada (ellos, no nosotros), y preferimos verles en el aula sentados, serios, y callados porque pensamos que así están concentrados en la clase y aprenden más.

Divertido ¿verdad?

Sin embargo la risa es la expresión del bienestar en el ser humano. Todos queremos reír, porque nos gusta sentirnos bien. Lo que pasa es que por alguna razón nos han convencido de que tanto en el trabajo como en la escuela, para rendir bien hay que estar serio y callado.

Tremendo error, cada vez hay mas empresas que crean espacios divergentes donde dar rienda suelta a la creatividad de sus empleados, son esas empresas sí, que dan gran valor al trabajo en equipo, a la comunicación y a la “disrupción”, entendiéndose ésta como algo positivo desde donde salen muy buenas ideas.

¿Y el aula entonces cómo debería ser? Aparte de cambiar radicalmente nuestros espacios físicos para aprender, sobre todo tenemos que cambiar nuestras cabezas, hacia una escuela mas emocional.

Si tuviera que soñar en cómo debería ser mi aula ideal la soñaría del siguiente modo:

Sería un grupo de personas implicadas en el proceso de enseñar y aprender, de diferentes edades e intereses, donde sobre todo se exploraran los talentos de cada uno y siempre hubiera risas. Que cada logro fuera resaltado, por muy pequeño que fuera, y que cada fracaso se convirtiera en una oportunidad para lograrlo. Los maestros se equivocarían también y mostrarían sus emociones de manera eficaz para poder enseñar a sus alumnos a mostrar las suyas. Y todos, sobre todo, estaríamos contentos de enseñar y aprender.

¿Utopías? ¿Conoces alguna escuela así? Cuéntamelo…

Tecno-adicciones y otras hierbas

El pasado 17 de septiembre El Confidencial publicó un reportaje sobre Niños adictos a la Blackberry en el que tuve la oportunidad de participar como “experta” en el tema. El títular era ese y el subtitular: “No es recomendable que los menores de 17 años tengan su propio dispositivo” y exponía dos posturas contrapuestas aunque no tan diferentes como veremos a continuación. En cualquier caso no me considero “tecnófila” como me presentan en el artículo, si no más bien preocupada e interesada en los procesos de cambios y adaptación.

El artículo expone que también los dispositivos electrónicos móviles pueden generar adicciones igual que las sustancias consideradas adictivas hasta ahora. Y efectivamente es así, pero esto no va relacionado con el uso que normalmente vemos a nuestros jóvenes hacer. La ausencia de límites en general conlleva muchos trastornos para los niños, tanto si usan o no móviles, blackberrys, iPhones… Hay una serie de repertorios fundamentales que el ser humano debe aprender para tener una adecuada adaptación a la sociedad, como por ejemplo horarios, límites,  consecuencias a su comportamiento, recibir y expresar afecto,  resistencia a la frustración, demora del refuerzo… y si somos capaces de enseñar todos estos repertorios y algunos más a nuestros infantes, seremos capaces de hacerles ver que no pueden depender de ninguna sustancia ni ningún dispositivo para ser felices.

Los cambios generacionales en general se llevan mal. Esta mañana en el vestuario de la piscina escuchaba como dos mujeres comentaban que los niños de ahora no quieren aprender, que no sienten curiosidad, y que es importantísimo el clima de cultura que se viva en las casas. Son comentarios demasiado serios, si el ser humano está llegando a no querer aprender estamos completamente sentenciados a la extinción como especie. Por otra parte, nunca ha existido tanta cultura en las casas como ahora, por lo menos en mi ciudad. Yo recuerdo mi infancia y mi adolescencia (y no es que sea una jovencita precisamente) y sé que en mi casa la cultura estaba restringida, no porque mis padres no quisieran si no porque no podían, porque el entorno educativo era muy diferente, porque nuestros padres bastante tenían con suministrarnos el acceso a la educación-cultura que ellos no pudieron tener en muchos casos. Y esto se traducía en enciclopedias de 50 tomos con el saber estático y, en algunos casos, doctrinario. Se traducía después en algunos programas educativos que podíamos ver con cuentagotas, y quien tuviera suerte, quizás, podría tener algún padre, madre o hermano mayor que le ayudara con los deberes aunque esto era en contadas ocasiones. ¿Recordamos con nostalgia esta época? ¿o es que estamos absolutamente perdidos con la generación que nos acompaña ahora? ¿Creemos que éramos mejores o teníamos menos riesgos? Durante mi adolescencia el riesgo a consumir drogas en edades tempranas era real, existían también (como ahora) y además teníamos mucha menos información tanto padres como hijos. No por eso nos hicimos todos drogadictos.

¿Y queríamos aprender? ¿O teníamos que aprender? Era una deuda con tus padres, con la sociedad, con tu entorno, con tu generación. Pero evidentemente, tampoco esto era para todos.

Vivimos una etapa magnífica para el saber, tenemos una generación magnífica para el aprendizaje, pero tenemos muchos miedos y muchos prejuicios. Demasiada nostalgia de tiempos pasados que nos impide desarrollar la creatividad para explorar nuevos lugares, nuevos métodos, nuevos escenarios para la generación actual que se caracteriza por formas diferentes de aprendizaje, de relacionarse con el entorno. Es una generación muy motivada para el aprendizaje, al contrario de lo que mucha gente se empeña en hacernos creer.

Sin embargo, es una generación con poca orientación justamente porque sus adultos (nosotros) nos empeñamos en no quererlos conocer. Queremos que sean como éramos nosotros, nos extrañan sus formas de reaccionar, y nos molestan. Y como no sabemos, les dejamos hacer. Y como TODOS lo hacen, no se nos vaya a frustrar, hay que dejarles hacer lo que hacen todos. Y ahí sí que existen riesgos de adicciones o determinados comportamientos que les impida desarrollarse adecuadamente. Han de plantearse los límites también con las tecnologías móviles, hay que mostrarles lo absurdo de sus comportamientos (cuando se den). Pero hemos de mentalizarnos de que las tecnologías móviles o no, tienen mucho de positivo para que ellos quieran aprender también.

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Las adicciones existen, normalmente motivadas por la ausencia de aprendizaje de diferentes repertorios. Una Blackberry por supuesto que tiene riesgos de generar adicciones, pero no todos los niños con BB son adictos. Ni tampoco lo son los que continuamente consultan sus mensajes o, incluso, participan de una reunión liderada por estos aparatitos con sus amigos. La adicción la define el comportamiento que se da cuando no existe el elemento adictivo, si a esos niños les quitamos la BB u otro de los dispositivos móviles a los que están enganchados, manifiestan síntomas de un síndrome de abstinencia (irascibilidad, ansiedad, obsesión, …), en definitiva muestran dependencia y pérdida de control sobre el dispositivo. Y esto se puede dar, pero no creo que el hecho de prohibir y limitar la edad de acceso sea la solución. Creo que la solución se ha de dar durante toda la vida del individuo. Enseñamos y orientamos desde que nacen, y no hemos de dejar de hacerlo con ninguna de las cosas que se encuentren en el camino, ni con los aparatitos, ni con las sustancias, ni con las personas. Es una educación del carácter, de saber decir no, de tener autocontrol.

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Poner límites de edad sólo provoca que los niños tengan la necesidad de mentir, como pasa con las redes sociales (¿cuántos niños tienen tuenti o facebook con 12 años?), a sabiendas de los padres que lo consideran normal. ¿Alguna vez nos hemos planteado que permitir que un niño mienta sobre su edad en las redes, está enseñándole a mentir en otros sitios? Quizás sólo estamos centrándonos en el aparato (BB, iPhone, iPod, móvil) en lugar de en lo que no se ve. Quizás estamos dejando de hacer algunas cosas que como sociedad deberíamos hacer, como enseñar a utilizar las cosas, y a prevenir la aparición de conductas dañinas y poco saludables.

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El espejo de Alicia

Alicia se miró al espejo y vio una niña que no era ella, como si hubiese perdido su alma, el espejo la miraba con sus mismos ojos y su misma boca, hasta su misma ropa, pero no era ella. No conseguía saber qué era, sonrió y el espejo sonrió, sacó la lengua y también la imagen lo hizo, movió una mano, la otra, saltó, se agachó, se puso de perfil, nada, seguía igual, la imagen hacía todo lo que ella, pero no era ella. Despacio, se acercó y miró dentro de sus ojos, los de la imagen, los suyos propios y, de repente, los ojos se agrandaron hasta convertirse en dos grandes agujeros oscuros que la aspiraban hacia dentro y cayó.

Pensó que estaba soñando, igual que Alicia en el País de las Maravillas, cayendo a través de la madriguera, o Alicia a través del espejo, ¡claro, eso era!, lo que había detrás de su espejo. Quiso despertar pero no sentía que estuviera dormida, hasta se pellizcó y se hizo daño. No entendía qué estaba pasando, los sueños son absurdos pero esto era muy real, veía claramente las paredes del lugar donde había caido,  que eran rugosas y húmedas, le recordaban a una cueva. Hasta el olor era húmedo y oscuro, como si se hallara en el interior de un sótano. Intentó encontrar algo con lo que iluminar el recinto para buscar la salida, por lo menos saber si podría volver, y tanteó con las manos temerosas el suelo y la pared. Tropezó con una piedra y volvió a caer quedando boca abajo. Allí estaba, era como una especie de farol diminuto con una luz diminuta. Reptó hasta él y lo cogió. En ese momento, el farol comenzó a emitir más luz, creció hasta hacerse del tamaño de su mano e iluminó la estancia. Alicia sentía el corazón en la garganta, le dolía la cabeza y le escocían los ojos, pero había algo en esa luz que la reconfortaba. Miró alrededor de sí y pudo ver una habitación parecida a una cueva pero mucho más bonita, las paredes estaban manchadas de humedad, pero el techo era abovedado y tenía varias comunicaciones a otras estancias similares. Volvió a negar con la cabeza, como diciéndose a sí misma que su imaginación era demasiado, pero la luz siguió brillando y ella se sintió confiada al mismo tiempo que intrigada por saber donde estaba. Se dio la vuelta y ahí estaba, ella misma, mirándola sonriendo. Por un momento pensó que se había vuelto loca y cerró los ojos, ¡la imagen del espejo estaba allí con ella! No podía ser, eso sólo pasaba en los cuentos y en los sueños.

- No temas, no estás loca, es cierto que me está viendo – le dijo la imagen.

Alicia abrió los ojos mucho y la volvió a ver, allí estaba. Tuvo ganas de salir corriendo pero ¿adonde? No sabía donde estaba, así que respondió:

- Pero ¿tú quien eres? Pareces yo, mejor dicho, eres yo, pero pareces otra.

- Soy tu imagen, la del espejo, te he traido hasta aquí para que me reconozcas y volvamos juntas al otro lado, a tu casa, a nuestra casa.

- ¿Pero qué dices? Como vas a ser mi imagen, no estamos en el País de Nunca Jamás, no soy Peter Pan. Ya sé que esto será un sueño pero la verdad, está durando más de la cuenta, yo quiero despertar.

La otra Alicia comenzó a caminar, se metió por una de las dependencias de la sala y desapareció. Alicia se quedó quieta por un momento, pensando que quizás si volviera a cerrar muy fuerte los ojos cuando los abriera estaría en su cama, pero no fue así. Decidió levantarse y caminar detrás de su imagen. Al entrar en la nueva estancia reconoció otras paredes, incluso otra luz. Parecían las paredes de su instituto, con azulejos verdes hasta la mitad y una pintura color beige descascarillada hasta el techo. En el centro de la sala estaba ella (mejor dicho, su otra ella) con otra niña que reconoció al instante, su mejor amiga. Ambas se pasaban notas y reían, no había nadie más, pero parecía que ellas sentían que estaban haciendo algo malo porque se reían por lo bajo y miraban continuamente hacia el frente como si estuvieran en clase. Reconoció la escena, se vio a sí misma en el Instituto y sonrió por primera vez. Le duró poco la sonrisa porque la escena cambió y comenzó una nueva, su amiga le decía que hiciera algo que ella no quería hacer, y ella lo hacía a regañadientes para no disgustarla. Aunque no escuchaba sus voces, Alicia volvió a reconocer la escena… un momento, se dijo, ¿qué está pasando aquí? ¿estoy presenciando mi propia vida?, ¿acaso estoy muerta? ¡Es como el Cuento de Navidad!, exclamó. La otra Alicia se volvió y la miró: “quizás empieces a reconocerme ¿no? Al fin y al cabo, somos una”, le dijo y se volvió a ir, dejándola sola otra vez.

Cada vez estaba más confusa, no le gustaba lo que había presenciado, ni tampoco lo que le había respondido la niña esa. Se había reconocido, pero unos meses atrás, y además había algo en esa imagen que le hacía diferente, era como una especie de suplente o doble, una Alicia mucho más oscura, con más tensión. Hasta cuando sonreía se veía que no era ella, porque ella sonreía más como su hermana gemela, con los ojos, con la boca y con los dientes, como su madre, achinando los ojos hasta hacerse dos rayitas finas. Pero la imagen proyectaba una sonrisa seria, sin arrugas, dejando ver los dientes sí, pero el resto de la cara permaneciendo igual, definitivamente no era ella.

Sin embargo entró en la siguiente habitación y volvió a cambiar de escenario. Ahora era como su casa, de hecho olía como en su casa, a una mezcla de cocina, incienso y colonia. Miró y la volvió a ver, esta vez le dio un vuelco el corazón, la imagen (su imagen) estaba con su madre y su hermana. Un pinchazo profundo debajo de sus ojos la sacudió entera, ¿también estaba su madre en todo esto? Parecía que actuase como si fuera ella, pero notaba un rayo de preocupación en la frente de su madre. Su hermana las observaba nerviosa y hacía gestos para tranquilizar a su madre. La imagen de Alicia, miraba fijamente a su madre sin pestañear con los ojos abiertos de par en par y una seriedad indiferente que comenzó a mover todas las cosas de la estancia. Cuanto más miraba así, más se movían los cubiertos, las cacerolas, el mantel, los vestidos y cabellos de su madre y hermana, que a estas alturas miraban desconcertadas a la imagen de Alicia, le pedían que dejara de hacerlo, pero ella seguía mirando así.

Alicia se acercó a su imagen y le cerró los ojos. Sujetó con una mano los ojos de la imagen que, por cierto, era tan real como ella misma. Con la otra mano tocó a su madre en la frente para borrarle ese rayo de preocupación que se había convertido en una arruga profunda como si hubiese cumplido diez años de golpe. Su hermana, temerosa, se acercó y le ayudó a tapar los ojos a su imagen para que pudiera abrazar a su madre. Entonces la otra Alicia volvió a hablar:

- ¿Qué pasa Alicia?, ¿vas a dejar que tu hermana me elimine así como así? Tú sabes quien soy, sabes que soy la que quieres ser. Si me reconoces, podremos irnos juntas y ya nunca más sentirás miedo. Tú sabes a qué me refiero, sabes que no eres como tu hermana, tampoco como tu madre. Tú eres diferente, eres como yo.

Alicia lloraba y se tapaba los oídos para no escuchar. El sonido de la voz inundaba su cabeza y comenzó a ver imágenes: la de sí misma de niña, obediente y buena, no queriendo herir a nadie, no queriendo herir a su madre sobre todo a su madre; se vio en clase, maltratada por esa compañera; y se vio en las noches oscuras, en camas ajenas con manos ajenas, llorando, consolada solo por su hermana, anhelando a su madre en su otra casa, notando las horas una tras otra hasta poder volver. Apretó más los ojos y logró verse sonriendo de verdad produciéndole una sensación de bienestar y una determinación que hasta ese momento no había sentido. Se separó de su madre, y se puso frente a su imagen, apartó las manos de su hermana de los ojos de la otra Alicia y la miró. Abrió los ojos, y miró, como antes había hecho en el espjo, se acercó y sonrió arrugando tanto los ojos que ya no eran igual que los ojos de su imagen. Poco a poco, Alicia empezó a reír, primero tímidamente, después muy fuerte, con ganas. Agarró las manos de su madre y hermana y trasladó una corriente de optimismo y seguridad que las mantuvo unidas mientras, mirando a los ojos de la falsa imagen comenzaron a flotar y a volar alto, libres. Abajo quedaron las imágenes de su cabeza, la imagen falsa de sí misma que la miraba con la boca en círculo por la sorpresa pero cada vez más y más pequeña.

Alicia llegó acompañada a su casa, una casa rodeada de espejos que le devolvían una imagen de sí misma, la imagen de una adolescente con ganas de enfrentarse al mundo.